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Este 21 de diciembre a las 22:48 horas del centro de México (o a las 4:48 horas GMT) se celebra el solsticio de invierno en el hemisferio norte. Te decimos aquí todo lo que necesitas saber para festejar esta importante fecha astronómica y de alguna manera morir y renacer con el Sol

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Tradicionalmente el solsticio de invierno era una de las fechas más importantes del año, símbolo del recogimiento, la oscuridad, la muerte y el subsecuente triunfo de la luz. Si uno desea tener presente los ciclos de la naturaleza y busca armonizar con los patrones del tiempo y sus diferentes energías o arquetipos, celebrar el solsticio es una de las principales maneras de hacerlo.

Este 2015 en el hemisferio norte el solsticio se llevará a cabo exactamente el 22 de diciembre a las 4:48am, hora del meridiano de Greenwich; en la ciudad de México ocurrirá a las 10:48pm el 21 de diciembre, el día que tradicionalmente se asocia con el solsticio pero no necesariamente el día en el que ocurre este evento astronómico.

El solsticio de invierno es el día más corto del año y la noche más larga, por lo cual simboliza un proceso de muerte, también ligado al invierno y a la retirada de las energías vitales. El significado de la palabra “solsticio” viene del latín sol + sistere ("quedarse quieto"), una alusión al momento en el que el Sol llega al punto más alto del cielo desde nuestra perspectiva y en apariencia parece detenerse por un instante (un instante de mágica e ilusoria suspensión temporal que parece fijar, en esa espectral inmovilidad, el momento de su muerte).

Podemos decir que este día se trata de la observación de la sombra tanto psicológica como físicamente y si queremos ubicar en un punto específico el solsticio –además de que esta vez ocurrirá en su momento exacto en la noche— podemos notar el 21 de diciembre la sombra del Sol al mediodía, que será la sombra más larga de todo el año. En esa sombra, podemos adivinar, está una imagen del alma del Sol que muere este día. En esa sombra, si somos espejos del cielo, tal vez también esté tu muerte.

winter-solstice-ba_3530732eLas religiones antiguas consideraban al Sol un símbolo de la personalidad suprema, el gran héroe arquetípico que atraviesa las diferentes estaciones y debe también descender al inframundo para luego renacer y remarcar la victoria de la luz sobre las fuerzas de la oscuridad –una victoria inevitable pero que virtuosamente debe ser honrada con la contrición y el sacrificio. Al concebir al hombre como un microcosmos del cielo y a la naturaleza terrestre como una madeja interdependiente de los procesos cósmicos, los antiguos vieron reflejadas sus vidas en las vicisitudes del Sol. Así la muerte de nuestra estrella, su descenso y su pérdida de luminosidad es actuada y padecida de manera fractal por el hombre y por todos los seres de la naturaleza.

Al declinar el año suele aparecer un estado de recogimiento e incluso una depresión natural (en Escandinavia, por ejemplo, esto es una condición bastante seria ligada a la falta de serotonina que produce la ausencia de luz). La época del solsticio marca astrológicamente la entrada del signo zodiacal Capricornio, regido por Saturno, el planeta de la melancolía y de las dificultades que deben sufrirse para crecer. Saturno, sin embargo, también simboliza la paciencia, el trabajo y la preparación de la tierra para que retome las cualidades primeras que le permitirán más tarde florecer. En el I Ching, Richard Wilhelm escribe sobre lo Receptivo: “es cuando la fuerza oscura de la naturaleza origina el fin del año”. Ciertamente Capricornio, un signo femenino, cuyo elemento es la tierra, es una buena representación de la receptividad. Es esta época, en la que toda la vida está concentrada en el subsuelo, en la que los alquimistas excavan astrológicamente y encuentran la materia prima que tendrán que nutrir con “la sangre del león verde” (el espíritu vegetal), las sales y el rocío, como si se tratara de un niño (el “niño Dios”) al cual hay que cuidadosamente estimular para convertirlo en el Rey Sol (en Cristo). Es bajo el dominio de Saturno, de la muerte del Sol y de la bilis negra que inicia la primera fase de la alquimia, el nigredo, la cual culminará en la obtención de la piedra de los filósofos o la medicina universal. La alquimia ama la conjunción de los opuestos y no es de extrañarse que justamente en la muerte, en este período de agonía y decrepitud, se haga presente la vida, la semilla áurea, la luz inmortal. 

Así en esta melancolía, en este memento mori, en este descenso al limo del alma, se encuentra la semilla del espíritu que florecerá hacia el esplendor del solsticio de verano y que diseminará generosamente la vida en el mundo (y es que la luz y la vida son místicamente sinónimos: "In Him was life, and the life was the Light of men", San Juan). No parece ser una casualidad que en la antigua Roma se celebraran en estas fechas las saturnalias, las orgiásticas fiestas de Saturno, quien además de ser el viejo Padre Tiempo, también era el dios de la agricultura, ligado en sus orígenes preolímpicos con la Edad de Oro en la mítica Arcadia. Estas fiestas culminaban con las celebraciones del Sol Invictus, un apelativo empleado para el dios de la luz, Mitra, adorado en cultos iniciáticos romanos y una figura en la que existen ciertos paralelos con Cristo y Dionisio, por lo que algunos han propuesto la hipótesis de que la Navidad sustituyó en el calendario religioso a estas fiestas paganas siguiendo la agenda oculta del poder imperial. 

Aunque no se hacía con una fecha exacta en el México prehispánico se celebraba alrededor del solsticio también el  nacimiento de Huitzilopochtli, el dios-sol-colibrí, en la fiesta del Panquetzaliztli que al parecer marcaba su triunfo sobre Tezcatlipoca y las fuerzas de la oscuridad, en correspondencia con el motivo universal del solsticio.

Aunque el renacimiento de Cristo no se celebra en estas fechas --pero sí su nacimiento-- no podemos dejar de observar la resonancia que existe entre el proceso del Sol y la divinidad encarnada, siendo Cristo, el Mesías, esotéricamente una representación del Sol, especialmente si seguimos la antigua ley de las analogías. Leemos en la Tabla Esmeralda que: “Lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una cosa”. Siguiendo la vieja interpretación de que este texto hermético describe los principios filosóficos por los cuales se obtiene la piedra filosofal, debemos mencionar que este proceso de transformación, la opus magnum, es nombrado “la obra del Sol” y que los alquimistas consideraban que Cristo era en realidad la piedra filosofal, el espíritu de la luz (o el Logos) encarnado en la Tierra, la iluminación de la naturaleza y la restauración del reino de Dios. Johannes Trithemius, el maestro de Paracelso, escribió:

Pero esta Agua y este Fuego, que crecen en una sola esencia, producen la gran Panacea, compuesta de debilidad y fuerza: el Cordero y el León unidos en uno. El Lapis de los alquimistas, la Piedra Filosofal, es el Hijo de Dios. 

Lo anterior puede llevarnos a terrenos demasiado esotéricos para este artículo celebratorio del renacimiento del Sol que sobre todo invita a participar en una meditación sobre los procesos de la naturaleza y el vínculo que éstos tienen con nuestros propios procesos. En este sentido parece apropiado, si sintonizamos el cauce de estos días (el aspecto cualitativo del tiempo, el arcano de la naturaleza), morir también, morir aunque sea un poco, no resistirnos a un estado melancólico, a una sumersión a las profundidades cavernosas de nuestra psique y tal vez ahí, decir con Camus: “En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible”. En todo lo que muere --en este mismo Sol mortecino-- podemos ver aquello que nace y entonces podemos descubrir el secreto de la vida: que es eterna.

 

Twitter del autor: @alepholo

Solsticio de invierno 2017: muerte y renacimiento del Sol

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El budismo parece haber descubierto hace más de 2 mil 500 años la misma verdad que apenas ahora descubre la física cuántica, por un método de investigación interna

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Por más que las intersecciones entre el budismo y la física cuántica hayan sido el tema de numerosos libros y documentales new age que han sido criticados por divulgar una imagen de la física moderna poco fiel a la realidad --cargada de una dosis de magia y pensamiento positivo-- es indudable que algunos de los postulados de la mecánica cuántica tienen importantes coincidencias con algunos de los principios del budismo, algunos de los cuales tienen más de 2 mil 500 años. La simple curiosidad humana y la búsqueda de la verdad nos hacen maravillarnos de esto y pensar que tal vez el budismo, quizás la disciplina más penetrante en su averiguación de la naturaleza de la mente que el hombre conoce, tocó profundas verdades, que por otro método hoy estamos confirmando.

Hace apenas unos meses, el Dalái Lama fue anfitrión de una conferencia sobre budismo y física cuántica en la que discutieron las asombrosas similitudes, particularmente entre la filosofía de Madhyamaka del gran santo Nagarjuna y algunas de las teorías más extrañas de la mecánica cuántica, como la dualidad onda-partícula, el entrelazamiento cuántico y el colapso de la función de onda. Uno de los principios básicos del budismo de Nagarjuna es que todos los fenómenos y todas las cosas están vacías, ya que no tienen una esencia independiente: para existir dependen de otra cosa y esa otra cosa depende de otra y así ad infinitum --a esto se le llama originación dependiente. Lo anterior puede equipararse con la noción de la física cuántica de que el estado definido de una partícula en el tiempo y en el espacio no existe hasta que no es observada, es decir depende de otra cosa siempre, de tal forma que no podemos decir que exista por sí misma. 

Recientes investigaciones en torno al fenómeno conocido como entrelazamiento cuántico han llegado a la conclusión de que este entrelazamiento que aglutina sistemas cuánticos al instante superando cualquier distancia permea todo el universo y es de hecho la sustancia misma del tiempo-espacio. Esto significa que ninguna región del espacio puede separarse y analizarse independientemente: el universo es no-local, lo cual es equivalente a no separable y ciertamente interdependiente en su totalidad. El físico Juan Maldacena piensa que el entrelazamiento cuántico es responsable de la “bella continuidad del espacio-tiempo. En otras palabras, la estructura sólida y confiable del tiempo-espacio se debe a las propiedades fantasmagóricas del entrelazamiento”. 

Podemos ver el entrelazamiento cuántico como una expresión cuantificable de la noción de originación dependiente: un estado cuántico individual no puede separarse del sistema total de la misma forma que un fenómeno no existe independientemente de las condiciones de las que emerge. Algunos físicos incluso han dicho que las diferentes partículas de un sistema cuántico deben tomarse como si fueran una misma partícula. En el budismo lo único que permanece en este universo es el vacío que contiene en sí mismo todos los fenómenos eternamente manifestándose como sueños sin sustancia en una mente luminosa, como olas que se rompen en el viento y regresan al océano de la totalidad. 

Jay Garfield, traductor del Mulamadhyamakakarika, el texto esencial de Nagarjuna, pone el ejemplo de una mesa (y por qué está vacía):

Su existencia como objeto, eso es, como mesa, no sólo depende sí misma o de cualquier característica no relacional, sino también en nosotros. Eso es, si este tipo de mueble no hubiera evolucionado en nuestra cultura, lo que nos parece ser un objeto obviamente unitario en cambio sería descrito correctamente como cinco objetos: cuatros palos bastante útiles absurdamente montados sobre una tabla de madera esperando a ser labrada. Esto es para decir también que la mesa depende para existir de sus partes, de sus causas, de su material, y así sucesivamente. Aparte de éstos, no hay mesa. La mesa, podemos decir, es una tira de tiempo-espacio puramente arbitraria elegida por nosotros como el referente de un nombre único, y no una entidad demandando, por su propia cuenta, reconocimiento y análisis filosófico para revelar su esencia.   

El traductor de textos budistas y también físico Alan Wallace ha celebrado esta maravillosa coincidencia en las implicaciones filosóficas de la física cuántica, un tema que los físicos prefieren separar de su trabajo pero que inevitablemente debe discutirse cuando uno busca formar una teoría completa de la realidad. (La mentada teoría del todo que tanto ambicionan los físicos, no puede prescindir de su significado filosófico, de su aspecto cualitativo). En una entrevista reciente Wallace observa las coincidencias entre Nagarjuna y la física cuántica:

[Nagarjuna] negó la existencia independiente no sólo del yo, el observador, sino también del objeto, el observado; e incluso de la observación misma. El término madyamika deriva directamente del que empleó Nagarjuna para referirse al camino de en medio, aludiendo al espacio entre el nihilismo y el materialismo.

Esto mismo parece ser expresado por Werner Heisenberg al sugerir que la realidad a la que accedemos no existe separada de nuestra observación: "No observamos la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de cuestionamiento". Wallace cuenta que cuando le explicó esto al físico Anton Zellinger, éste se maravilló de que se pudiera llegar a esa conclusión sin conocer física cuántica. A lo que Wallace contestó que los budistas tienen otro método para investigar la realidad: "la práctica de samadhi. un método contemplativo para investigar la mente y los fenómenos objetivos".

Dos cosas fascinantes se derivan lo anterior, primero la validez de un método de investigación interno de observación del ser, el rayo de la mente, el buddhi, posiblemente tan preciso como uno de los telescopios de la ciencia moderna, pero para conocer el cosmos que existe adentro y, por otro lado, que del resultado de las investigaciones deriva toda una filosofía ética, la cual demuestra por qué el conocimiento no puede separarse, como a veces intenta la ciencia, y limitarse a la pura especulación teórica. "Al darte cuenta de que nada existe independientemente, ni los átomos, ni las personas, ni las culturas… brota naturalmente la compasión", dice Wallace. No existe ninguna motivación más poderosa para ayudar a los demás que experimentar claramente la unidad que existe en todas las cosas y la profunda identidad que existe entre el uno y el otro, de tal forma que no es una metáfora cuando se dice que al hacerle algo a alguien nos los hacemos a nosotros mismos (esta es la llamada ley de oro y el corazón de todas las religiones). La originación dependiente o el entrelazamiento cuántico al final significan que los demás dependen de nosotros y nosotros de ellos en una cadena infinita de reflejos, que estamos entrelazados indisociablemente. Esta no sólo es la conclusión de una visión metafísica del universo, es el principio de toda ética: el todo en el uno, el uno en el todo. 

 

Twitter del autor: @alepholo