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Las 22 puertas del castillo-espejo: XI La Rueda de la Fortuna (la carta 10)

AlterCultura

Por: Psicanzuelo - 12/02/2015

Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

la rueda de la fortuna

La herida es el lugar donde la luz entra en ti.

Rumi

 

El cambio favorable

Si entendemos al arcano como el cambio positivo o negativo, dependiendo de si aparece al derecho o al revés en una tirada la carta, podemos iniciar una reflexión sobre el cine industrial que se basa en el gran arcano que representa a toda la creación para funcionar. ¿Qué son los giros argumentales de un guión sino cartas de rueda de la fortuna?, ¿qué personaje no inicia una trama sin que la rueda de la fortuna lo éste mirando a punto de llegar cerca y hacerlo subirse de golpe, el famoso golpe del destino o, en términos dramáticos, el gancho incidental? 

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La rueda de la fortuna es el chakra del ombligo: sua adhisthana (“su propio lugar de estar”); el mismo ombligo de la creación, que la une dimensionalmente. La rueda es el cinturón de Orión. Acerca del número 10, que lleva la carta en el contexto pitagórico, el blog de tarot del Santuario Wicca “Compañía de Orión” nos comenta puntualmente:

el número 10 para los pitagóricos es la tetraktys, el más sagrado de todos los números por simbolizar la creación universal fuente y raíz de la eterna naturaleza; y si todo deriva de ella todo vuelve a ella. Es pues una imagen de la totalidad en movimiento. Como dijimos, la tetraktys forma un triángulo de 10 puntos colocados en cuatro líneas. En la cima, el primer punto simboliza la unidad, lo divino, origen y principio de todas las cosas, el ser todavía inmanifestado; en la segunda línea, los dos puntos simbolizan la díada, el desdoblamiento del punto para dar origen a la pareja, a lo masculino y lo femenino, al dualismo interno de todos los seres; en la tercera línea, los tres puntos simbolizan la tríada, los tres niveles del mundo, celeste, terrestre e infernal y todas las trinidades; en la base, los cuatro puntos simbolizan el cuaternario, los cuatro elementos, y con ellos la multiplicidad del universo material. Y el conjunto constituye la década, la totalidad del universo creado e increado; no deja de ser curioso que en la numeración binaria de los modernos ordenadores, el 2 se represente por 10.

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Para el médico y ocultista francés Gérard Anaclet Vincent Encausse, mejor conocido como Papus, el arcano representa al fluido astral. Papus decía: “así que representa la preservación universal de las fuerzas activas en la naturaleza”. También para Papus era claro ejemplo de dos factores, por un lado el dominio o la supremacía y por otro la idea de la duración eterna:

La rueda de la fortuna suspendida en su eje. A la derecha Anubis, el genio del bien ascendiendo; a la izquierda Typhon, el genio del mal descendiendo, la Esfinge está balanceada en el centro de la rueda, sosteniendo una espada con sus garras de león. La primera idea está expresada en el ternario, Anubis o positivo, Typhon o negativo, esfinge balanceada como gobernante. La segunda idea está expresada por la rueda, una línea sin principio ni fin, el símbolo de la eternidad.

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La estructura del círculo que da vueltas

Como una invitación al infinito, Tsai Ming-liang y sus escaleras infinitas de cuartos que conectan con otros cuartos y que vuelven a conectar con otros cuartos por medio de escaleras representan esta unidad sin principio ni fin. 

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En Goodbye, Dragon Inn (2003) es a través de la estructura de un cine antiguo que elabora los pasillos, las escaleras posteriores, las filas eternas de butacas en la penumbra, que conforman la rueda de la fortuna que posiciona en su cúspide la pantalla de cine, que vuelve a alzar al espectador en esta rueda interminable de reencarnaciones inagotables. Por medio de sus planos sostenidos el espectador tiene que despertar a estar viendo la cinta proyectada en un cine fuera de la pantalla donde la está viendo, al ver proyectada en ella otro cine: un espejo circular, una rueda de luz. En El agujero (1998) es por medio de la nada, o sea el negativo de lo que separa, de la pared, en este caso un hoyo en el suelo y techo, respectivamente, de dos departamentos vecinos, que finalmente conecta dos vidas; como los dos extremos de la rueda de la fortuna uno sube y otro baja, arriba la emoción y la comunicación que hace la cinta posible, el presente eterno nuevamente para que el espectador despierte durante lo que dure el filme. 

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Hay cintas que por su estructura de pasillo infinito, parecido literariamente a lo que hacdtenerse. Cintas como stillo, elaboran una rueda de la fotuna, que lleva al heroe de un lugar a otro sin re el filme como los doe Franz Kafka en El castillo o Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo, elaboran una rueda de la fortuna por medio de puertas que llevan a cuartos que tienen puertas que llevan a otros cuartos; parece que avanzamos pero en realidad simplemente estamos dando vueltas sobre un eje. Cintas como ¿Qué? (Roman Polanski, 1973) o Insania (Jan Svankmajer, 2005), en ambos casos no estamos seguros si nuestro protagonista está soñando o está despierto, y va encontrando personajes que lo van catapultando a una nueva dimensión. En términos hollywoodenses y hasta griegos de conflicto y tres actos, tampoco estamos seguros de los objetivos de ellos, únicamente continúan avanzando y sorprendiéndose por lo que se van encontrando, que es de alguna manera donde estaban. Las estructuras no son lineales sino circulares, como una rueda de fortunas e infortunios, parecido al juego de serpientes y escaleras o al juego de la oca. 

 

La ilusión de ganar o perder

El arcano de la rueda de la fortuna representa ganancias especiales o pérdidas insólitas. Pocas cintas para ejemplificar el tema como El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975), adaptación del relato de Kipling. Daniel Dravot (Sean Connery) y su compañero de aventuras, Peachy Carnehan (Michael Cane) huyendo de la guerra se internan en los Himalayas, donde en un pequeño poblado, gracias a un medallón masón que trae Dravot colgado, es confundido como heredero del trono de Alejandro Magno (entendiendo previamente que Magno era considerado un semidios, más que un emperador común). Así es como en esta civilización remota se les brindan todos los placeres y lujos, hasta que se descubre que no es ningún semidios, vaya, ni agente secreto 007 es en esta cinta. El descalabro del pretender o querer significar lo que nos ocurre como golpe de suerte sin que sea propiamente nuestra esa suerte, subirse a la rueda sin tener los motivos, puede hacer que no nos podamos sostener arriba y la misma intención nos jale hacia abajo de sopetón, sorpresivamente. A fin de cuentas la comedia necesita un bufón y la tragedia un sacrificio, es a través de la sangre que se puede definir a este hombre justo como hombre. Si nos fijamos detalladamente en la carta, son tres animales los que dan vuelta a la rueda de la fortuna, vestidos de persona, como bien recalca Sally Nichols. Así como el personaje que interpreta Sean Connery, por medio de un elemento de una logia, un collar en este caso, con los elementos característicos de la escuadra, la regla y el ojo del gran arquitecto, se viste de dios, cuando es simplemente un hombre común. 

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Fuentes

Encausse, G. (Papus). El tarot de los bohemios.

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el Tarot.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

http://78arcanos.blogspot.mx/2013/07/la-rueda.html

http://www.blancatarotmadrid.com/html/04-historia-tarot/04-historia-tarot-59-papus.html

 

Twitter del autor: @psicanzuelo 

También en Pijama Surf: Las 22 puertas del castillo-espejo: X El Ermitaño (la carta 9) 

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En un par de cartas escritas a los 30 años, el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky reflexionó a propósito de la depresión, su lugar en el mundo y una posible forma de salir de su laberinto

En años recientes, el término “depresión” ganó popularidad para dar un nombre a eso anímico o emocional que puede llegar a aquejar a una persona y que a lo largo de la historia (pero no toda, sino sólo desde hace unos 4 siglos) se distingue por el abatimiento, la abulia, el abandono de sí, la pérdida del deseo de vivir, la derrota de Eros. Tristeza, melancolía, aburrimiento, su nombre ha cambiado en distintas épocas, pero al final apunta hacia lo mismo: esa fuerza que tira hacia el lado contrario de la vida, hacia las sombras, el aislamiento y el goce estéril de la pena y el dolor.

Paradójicamente, hay momentos en que la depresión puede ocupar toda la energía que dedicaríamos a vivir, en una suerte de inversión del deseo que nos lleva hacia sus antípodas, con tal vehemencia que al parecer no podemos oponernos a ello.

¿Es posible salir de ese laberinto y recuperar la alegría de vivir? Muchos aseguran que sí, pero sin duda sólo a través de cierto esfuerzo, un cambio que sucede internamente y que un día nos devuelve el encanto por la existencia.

En este sentido, el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky escribió en la primavera de 1870, poco después de cumplir 30 años, una carta en la que reflexionó a propósito de la tristeza y su lugar en el mundo, cómo a pesar de que nos parezca contradictorio, las dificultades y los obstáculos conviven con lo más gratificante de la vida. Escribe Tchaikovsky:

Estoy sentado con la ventana abierta, a las 4 de la madrugada, respirando el aire delicioso de una mañana de primavera. La vida aún es buena y vale la pena vivir en una mañana de mayo… ¡Sostengo que la vida es hermosa a pesar de todo! Este “todo” incluye lo siguiente: 1. Enfermedad; estoy engordando, y mis nervios están hechos pedazos. 2. El Conservatorio me oprime hasta la extinción; cada vez estoy más convencido de que soy absolutamente inepto para enseñar teoría musical. 3. Mi situación pecuniaria es muy mala. 4. Dudo mucho que Undina se presente. He escuchado que es más probable que me echen.

En pocas palabras, hay muchas espinas, pero también las rosas están ahí.

Algunos años después, en el otoño de 1876, el compositor volvió sobre el tema también en una misiva, dirigida ésta a una sobrina suya que parecía buscar consuelo:

Probablemente no estabas del todo bien, mi pequeña paloma, cuando me escribiste, pues noto cierta melancolía real que impregna tu carta. La reconocí en un parecido natural cercano a la mía: conozco ese sentimiento demasiado bien. En mi vida, también, hay días, horas, semanas y sí, meses, en los que todo luce oscuro, en los que me atormenta el pensamiento de que estoy abandonado, de que no le importo a nadie. Mi vida, de hecho, es de poca importancia para cualquiera. Si hoy desapareciera de la faz del planeta, no sería una gran pérdida para la música rusa, y ciertamente no causaría mayor infelicidad. En breve, vivo la vida de un bachiller egoísta. Trabajo solo y para mí mismo y me cuido únicamente para mí mismo. Esto es en verdad muy cómodo, aunque aburrido, estrecho y estéril. Pero tú, que eres indispensable para tantos a quienes haces feliz, que des lugar a la depresión es más de lo que puedo creer. ¿Cómo puedes dudar por un momento del amor y la estima de aquellos que te rodean? ¿Cómo podría ser posible que no te amaran? No, no hay nadie en el mundo más estrechamente amada que tú. Por mi parte, sería absurdo hablar de mi amor por ti. Si por alguien me preocupo es por ti, por tu familia, por mis hermanos y por nuestro viejo padre. Los amo a todos, no porque estemos emparentados, sino porque son las mejores personas del mundo.

En ambos casos, Tchaikovsky parece alinearse a esa conocida máxima de El principito en la que Antoine de Saint-Exupéry afirmó que “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. El amor, podríamos decir reformulando las cartas de Tchaikovsky, siempre está ahí, incluso en medio de esa niebla cerrada que puede ser la depresión; sólo es cuestión de encontrarlo, saberlo mirar, reconocerlo en los rasgos inconfundibles de los regalos que la vida nos ofrece gratuita y cotidianamente.

 

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En Internet:

Salvador Elizondo, “El ocaso de la tristeza”

Byung-Chul Han, La agonía de Eros [PDF]