*

X
Vivir mi vida es también hacer un ejercicio de escritura sobre ella
Imagen de: http://www.torange-es.com/Fashion-and-beauty/childrens-art-and-craft/M%C3%A1quinas-de-la-diversi%C3%B3n-de-los-ni%C3%B1os-Dibujo-de-los-ni%C3%B1os-18644.html

Imagen de: http://www.torange-es.com/Fashion-and-beauty/childrens-art-and-craft/M%C3%A1quinas-de-la-diversi%C3%B3n-de-los-ni%C3%B1os-Dibujo-de-los-ni%C3%B1os-18644.html

 

No me divierte divertirme. Me parece frívolo. Me divierte seguir un camino; superar obstáculos; construir; poder. Por eso me divierte trabajar. O por eso trabajar me resulta divertido. No me divierte fugarme; al contrario, me divierte mucho concentrarme. Me divierte mucho más ocuparme de los que amo que de mí mismo. Me divierte construir desafíos y superarlos, si soy capaz. No me divierten los divertidos. Me divierte mi intimidad, muchísimo. No me divierte el gentío. Me divierten los excesos trascendentes, con sentido; las gestas. Me divierte escribir y me cuesta muchísimo escribir. No me divierten comer ni dormir. Me divierte saber que no es fácil. Me da vida.

Tengo apuro de trascendencia. Me incomodan mis urgencias de acopio; no me gusta que me importe acumular. Me molesta no poder conmigo. Me avergüenzan mis miedos (será por eso que a veces los desafío sin sentido). Tengo apuro de trascendencia porque no sé cuándo me iré a morir y no quiero hacerlo sin dejar algo que valga la pena y que me haga permanecer. Tengo apuro porque no sé cuánto tiempo me llevará construir lo que me justifique. Aún no lo he hecho, pero me he preparado para hacerlo. Y me llevó mucho tiempo. Me incomoda todo lo que me interrumpe (será por eso que jamás saludo a mi vecino de vuelo). Me desvela ser supereficiente con el sentido de mi vida. Casi todo me parece una distracción; a cada rato me agobia la frivolidad. Adoro la siesta con mi esposa; ese descanso feliz me hace sentido.

Se me van las cosas en los pormenores. Ya se me fueron demasiadas. A veces justifico mi frustración y me quedo sin alertas. Gasto esfuerzos en justificar. Invierto inteligencia en justificar; soy sofisticado en lo que no sirve. No ocupo mi memoria en nada. Nunca trato de recordar nada. Tuve una época (justificada médicamente) en que me olvidaba de las cosas y me asusté. Ya pasó. No busco recordar y es muy difícil que me olvide. No trato de ser eficiente operacional. No me importa demasiado ser útil; no me debería importar demasiado ser útil. Prefiero valer la pena. Me relajo en exceso en la intimidad y hasta a veces parece que desaparezco; lo contrario que en la social. Me identifico más con el yo íntimo y transparente. Me gusta no liderar. A veces, me da vértigo esa perdida de protagonismo en mis bastidores. Ejercito rutinariamente mi sobriedad, deliberadamente. Todavía me maravillo de lo que conseguí (será por eso que gasto poco); me vuelve a menudo aquella fantasía de que lo mío no tendría ningún valor de cambio. Siempre gusté.

Me fascina no mentir. ¡Puta que es difícil! Cada vez lo logro más. Se siente uno tan leve. Y esa levedad te pone ágil. Y esa agilidad te da velocidad… y entonces lo lejos queda más cerca y lo imposible comienza a volverse tal vez. Me resisto activamente a algunos placeres menores; evito esas tentaciones de las que tal vez sería presa (será por eso que no miro TV). Detesto las emociones ficticias, propias de alteraciones químicas artificiales. Nunca me emborraché y no me desafía. Me encantan las emociones que vienen de la adrenalina loca; experiencias extremas sin anabólicos. He hecho algunas locuras conscientes que me rebasaron. Gocé esos rebasamientos. No me asusté de mí aunque me desconociera. No sé lo que es asustarme de mí, y eso va adquiriendo forma de deuda. Tengo miedo a no ser valiente; pánico, mejor dicho (será por eso que mato las cucarachas yo mismo y tengo un perro bravo de 65kg). Necesito asistir a una valentía repentina propia que me reconcilie definitivamente conmigo; alguna vez la orillé.

Nada me representa más cabalmente que mi escritura, que me fascina y me frustra siempre. Es compleja del lado bueno de la complejidad y compleja del lado viciado, también. Es sutil y retórica y muchas veces no sé cuándo es qué. El mismo párrafo que hoy me da sensación de plenitud mañana me da relajo. No puedo releerme sin incomodarme. Me da miedo descubrirme menos de lo que me creo o gustarme de más. Sin embargo, sé que tiene valor lo que escribo y cómo lo escribo. No reviso las traducciones de lo que escribo. No sé narrar; no avanzo como avanzan las historias. Pospongo el día de empezar a contar algo. Doy rodeos. ¿Soy redundante? No estoy seguro de no estar siempre en los prolegómenos de mí mismo. Sé que mi escritura honra la complejidad y el espesor de la escritura misma. Me inquieta existencialmente el punto y coma.

Nunca me aburro pero muchas veces me inquieto. Jamás le he ganado al sueño y me avergüenza no haberlo hecho. Siempre reprogramo el día en que pasaré la noche entera escribiendo. Siempre estoy debiéndome. Cae la noche y quiero dormir. Cada vez pienso que debo leer más y cada vez leo menos. Cada año que envejezco me lleva más tiempo la lectura de cada párrafo; y no es por falta de destreza. Es por ansiedad. Si lo que leo me vale, entonces paso a escribir de inmediato; si no, entonces no sigo leyendo. Releo mucho más de lo que leo. Me hace bien superar la fase de “enterarme” de lo que leo y pasar a la de “profundizar” en los matices de lo leído. Por eso releo. Es una experiencia más calma y mucho más vertical. A veces da sueño.

No busco acción. No busco novedad. Así como releo, rutinizo también. Soy concéntrico –sí-- pero no redundante. Avanzo… hacia el interior. Me encanta no estar solo e imploro no ser invadido. Los míos, los muy míos, son parte de mí; los otros –en general-- son invasores. No aprendo de los demás (como un genérico), pero sí, muchas veces, con los demás. Aprendo de verlos, de espiarlos; me gusta espiar a los otros. Me gusta mirar sin ser visto. Y si estoy expuesto, entonces me gusta concentrar la atención en mí. Me gustaría muchísimo espiar más. No me divierte nada el modelo de Gran Hermano ni me da ganas Facebook; los dos me aburren completamente. Así y todo, siento que me encantaría espiar. No me interesa la intimidad de los otros como información; sí como experiencia. ¿Será por eso?

Trato cada vez de prolongar las duermevelas y no puedo demasiado. Tengo sueños muy desordenados y poco productivos; prefiero las fronteras con la vigilia, se me hacen más alucinadas y sagaces. Los sueños tienden a lo bizarro. Me gusta despertarme cuando puedo volverme a dormir. Siempre sufro un poquito (existencialmente, digo) al despertarme; luego me repongo. Tengo confundidos la vida y el trabajo y no me incomodo con eso; vivo y trabajo bien así. O mejor dicho, lo que me falta de cada uno no lo conseguiré por disociarlos. No estoy preparado ni para morirme ni para quedarme solo. No creo que lo vaya a estar alguna vez.

Vivo con la sensación vívida de que hay una escuela posible y millones de escuelas que no sirven casi para nada. Vivo con eso, qué le voy a hacer.

Vivir mi vida es también hacer un ejercicio de escritura sobre ella. Es una trama que me importa la de la vida y la narración de la vida, como aquella otra del trabajo y la vida. Me importa la vida y me gustan las biografías. Y me gusta mucho mi esposa. No sé por qué, pero pensé en ella en cada frase que escribí esta noche, en un avión sobre el océano, volviendo a casa. Es como en los buenos relatos, ¿no?, en los que la causa profunda está ausente pero va dejando marcas permanentes de su presencia. Mi esposa y el mar, y el ruidito de mis hijitos de fondo.

Ahora, voy a dormir. Llega un nuevo año.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

Te podría interesar:

¿Qué hace a los millennials la generación más conformista de la historia?

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/28/2015

A partir de lo que sucede en el pop y el rock contemporáneo es posible trazar un perfil generacional del conformismo al que el estilo de vida contemporánea ha orillado a esta generación
[caption id="attachment_105803" align="aligncenter" width="430"]mill3 Imagen: Rafiq Sarlie (Flickr)[/caption]

Ahora para muchos la denominación “millennial” es conocida o al menos identificada. Se trata de un segmento generacional específico que, según algunos analistas de lo social, comparte algunas características, entre otras:

-Su fecha de nacimiento: algún momento entre mediados de la década de 1980 y principios de los años 2000 (años más, años menos).

-Psicológica y conductualmente presentan cierta tendencia al egoísmo, el narcisismo y otras formas vivir el mundo casi exclusivamente desde el yo (de ahí también que, en cierto momento, se les conociera como “Generation Me”. En ese sentido, los propios millennials se han reconocido como absortos en sí mismos, derrochadores e incluso codiciosos. A diferencia de otras generaciones, en esta muchas cosas se toman como transitorias, fugaces, volátiles, como si todo participara del ciclo de compra-desecho-reemplazo necesario para el consumismo en que vivimos desde hace poco más de 20 años.

-También como rasgo de comportamiento presentan el llamado “síndrome de Peter Pan”: como el personaje de J. M. Barrie popularizado por Walt Disney, en cierta forma los millennials también son, en ciertos aspectos, niños que se niegan a crecer, jóvenes que rehúyen a las responsabilidades y el estatus de la edad adulta (independizarse de los padres, comprometerse con algo, etcétera).

-Políticamente son más proclives al liberalismo y sus batallas: las uniones civiles entre personas del mismo sexo, la legalización del uso recreativo y medicinal de ciertas sustancias, etcétera.

-Económicamente es algo similar: difícilmente se plantean una alternativa real al capitalismo, sino más bien los espacios liberales que se ofrecen dentro de éste: el voluntariado, la cooperación (en formas como el crowdsourcing), el “emprendedurismo”, etcétera.

Este perfil es sucinto y quizá no del todo exacto, pues mucha de su definición pasa por las formas de vida según se caracterizan en la ideología dominante. Dicho de otro modo, es claro que un joven neoyorquino de clase media no vive en las mismas circunstancias que un joven en Caracas, en Río de Janeiro o en Cali, aun cuando estas podrían ser equivalentes. Con todo, es posible hablar de ciertas similitudes. El adjetivo dominante no es gratutito: este sistema tiene medios suficientes para crear un entorno en donde la mayoría nos formamos de manera similar, con valores parecidos, a veces con los mismos propósitos y objetivos de vida. Por eso es posible encontrar millennials en Los Ángeles, Ciudad de México y Cali. Jóvenes que escuchan a Justin Bieber o Tame Impala, que tienen cuenta de Facebook, que apoyan las luchas por los derechos de los animales, que viven en la casa familiar tanto como puedan.

¿Pero cuál es la síntesis de todo esto? Si es posible hablar de un solo rasgo que caracteriza a los millennials, tal vez este sea que no sufren. En comparación con generaciones anteriores, cierto sector de los jóvenes de ahora tiene acceso a una mejor educación, empleos mejor pagados, mejores servicios públicos, más información y de mejor calidad, etc. Y esto no es un discurso político de país subdesarrollado. Es una realidad más o menos fácil de comprobar con sólo voltear a mirar las circunstancias propias: en varios casos los millennials son la primera generación con estudios universitarios de su familia, o con un posgrado; muchos de ellos trabajan en el sector de servicios, lo cual muchas veces supone un trabajo físico menos desgastante a cambio de un salario suficiente o francamente bueno; una computadora, un smartphone, una tablet: gadgets que los millennials tuvieron pronto en su vida, a diferencia de sus padres, por ejemplo, o aun generaciones más cercanas, para quienes el acceso a la tecnología no fue así de sencillo ni inmediato.

[caption id="attachment_105804" align="alignright" width="298"]16784790753_b85e333c01_b Imagen: wackystuff (Flickr)[/caption]

Todo esto, en general, nos habla de un estado de bienestar en el que los millennials crecieron y se formaron para, eventualmente, sustraerlos a la noción y la experiencia del sufrimiento, ese sufrimiento que, como bien sabían Nietzsche y los estoicos (entre varios más), templa la vida como la espada en la forja, nos enseña a apreciarla y entenderla mejor, en todos sus matices, nos da conocimiento y sabiduría. El sufrimiento que, por otro lado, tanto se empeña esta época en evitar, evadir, ignorar, esconder detrás de paliativos gozosos y recompensas efímeras: el entretenimiento, la distracción, la procrastinación y más.

Quizá, parafraseando el famoso título de Raymond Carver, podríamos preguntarnos por qué sufren los millennials cuando dicen sufrir. Porque, en efecto, por ciertas manifestaciones culturales sabemos que los millennials también sufren, aunque no por las causas que antes provocaban pesar.

A partir de la situación contemporánea de la música pop y rock que domina los top charts en Estados Unidos y otros países del mundo, el Tumblr POWERevolution publicó hace poco una interesante entrada a propósito del conformismo de los músicos millennials. Además de la tesis de la evasión del sufrimiento que hemos reformulado aquí, el redactor introduce otro elemento señalado anteriormente pero en este caso relacionado con la vida de goce perpetuo. Éste, de alguna forma, se convierte en una vida absorta en sí misma, sin ninguna otra preocupación más que la trivialidad de una existencia vacua en donde la carencia de sentido se llena con el consumo y el reemplazo incesante de mercancías (o de experiencias tratadas como mercancías). Al respecto de los músicos (y sus consumidores millennials) se lee en el artículo:

El mejor arte nace usualmente de la lucha, sea personal o empática. Y el estilo de vida de muchos de nuestros músicos más populares es cualquier cosa menos difícil. Su música no está basada en experiencias de vida, golpes duros o asuntos políticos o sociales. Tonterías ensimismadas, imbéciles, que harían sonrojarse a John Lennon con la vergüenza de toda la especie humana. Los “artistas” populares de hoy son una racha de llenos totales que no pueden estar contentos con la mansión que su música les permite. Necesitan una línea de fragancias, de ropa, un trabajo como conductores de un show, ganancias comerciales, para así poder adquirir todavía más cosas que no necesitan. Y muchos de los millennials de hoy se lo compran. Creen que si no se meten en lo que no les importa, si se mantienen lejos de los problemas, si nunca desafían al sistema y trabajan para mantener el mismo estilo de vida que sus ejemplos, hacen lo correcto. Obviamente la realidad es que eso los ha convertido en completos tontos.

El artículo abunda en circunstancias que, al menos en el ámbito musical, hacen de esta época millennial una más conformista y adecuada del todo a las necesidades del sistema (antes que a las propias). Una de éstas, entre las más inquietantes, es el control que tomaron los grandes consorcios de las estaciones de radio en Estados Unidos, con lo cual la programación y las prioridades radiofónicas viraron paulatinamente hacia lo comercial, en detrimento de lo artístico. La radio se convirtió en un negocio y poco a poco dejó de ser un medio de difusión de propuestas creativas y artísticas. “Los millennials se encuentran entre los más vulnerables porque no tienen una conexión personal con la época en que la música importaba”, se dice en la nota.

[caption id="attachment_105805" align="alignright" width="300"]lev Imagen: powerevolution.tumblr.com[/caption]

¿Es posible extrapolar esta situación en la música a una suerte de malestar generalizado de la cultura en tiempos de los millennials? Al menos para fines del discurso y la discusión, podríamos intentarlo. Para nadie es un secreto que, por un lado, desde hace unos años las corporaciones se han erigido como el verdadero poder detrás del poder, sus intereses se imponen a los de los gobiernos y las poblaciones nacionales, su influencia trasciende fronteras y es capaz de burlar casi cualquier obstáculo. Por otro, el mercado millennial es uno de los más suculentos y anhelados por parte de las marcas comerciales, de todos los tamaños y todos los productos, porque saben que los jóvenes contemporáneos difícilmente conocen otra forma de vida distinta al consumo constante (de información, de productos, de experiencias, etcétera).

La situación del millennial, es cierto, no es sencilla. Aunque se trate de una elección desafortunada de palabras, en vista de los muchos malentendidos que suscitó, la definición marxista de ideología como “falsa conciencia” lleva algo de razón, al menos en este caso. ¿Cómo resistirse a ese paraíso que ofrecen las marcas y las corporaciones? ¿Cómo renunciar a eso tan inmediato, tan fácil de alcanzar, a cambio de algo que aunque quizá se quiera, se percibe incierto, distante, a medio camino entre su consecución o el fracaso?

¿Cómo renunciar a eso que aunque quizá sea falsa conciencia, se presenta con toda la apariencia de lo auténtico y lo real?

 

También en Pijama Surf: ¿Esto es ser joven? Fotógrafo retrata a la juventud ausente y fatigada del siglo XXI