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Cuando la publicidad mastica aquello que el arte formó detalladamente, el resultado es banal y vacío

 

Hace poco más de 1 año, entre septiembre de 2014 y enero de 2015, se presentó en México Obsesión infinita, la primera retrospectiva de la artista japonesa Yayoi Kusama en América Latina. La exposición provenía de Argentina, en donde batió los récords de asistencia del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) con poco más de 206 mil entradas en 73 días de duración, superando así las casi 196 mil visitas que recibió una muestra de Andy Warhol inaugurada en octubre de 2009. En México el entusiasmo fue parecido. El Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, usualmente modesto en cifras, duplicó su asistencia total del año anterior tan sólo 100 días después de inaugurada la muestra de Kusama, la cual cerró con cerca de 335 mil visitantes.

Las estadísticas son sin duda sorprendentes para la época, el lugar y las circunstancias en que vivimos, en donde con cierta frecuencia no parece haber mucho lugar ni margen de acción para el arte, menos aún para aquel que académicamente se clasifica como “moderno” o “contemporáneo”. Si de por sí acercarse a una expresión artística requiere de algo adicional a lo que normalmente tenemos (desde la curiosidad hasta los referentes necesarios para codificarla), en el caso del arte contemporáneo la exigencia puede ser aún mayor, pues el concepto de arte cambió sustancialmente a lo largo del siglo XX pero, a diferencia del arte más canónico, dichas nociones no transitaron fácilmente hacia el imaginario colectivo. Casi cualquiera, sin mucha dificultad, puede escuchar una sinfonía de Beethoven o mirar una pintura renacentista y sentir algo, sobrecogerse, admirarse, notar cómo eso monstruoso que tiene el arte auténtico lo inunda y lo conmueve, le muestra que el mundo, la humanidad, el sujeto, son más de lo que vemos y vivimos habitualmente, notar por sus efectos sobre nuestra percepción esa “aura” de la que con misticismo escribió Walter Benjamin y por la cual el arte nos impresiona pero también nos descifra, nos desconcierta pero en un segundo momento nos muestra aspectos antes ignorados de nosotros mismos y de nuestra realidad. Sin que el arte posterior a las vanguardias de principios de siglo XX carezca de esto, también es evidente que sus búsquedas y las preguntas que intenta responder han seguido otros derroteros, parecidos sólo en la intención compartida de cuestionar algún aspecto de la realidad en que vivimos, criticarlo, moverlo de lugar para mirar mejor su significado en su posición habitual. En este sentido quizá sea posible afirmar que ahí donde antes el arte conmovía, ahora confunde, perturba, nos enfrenta de inmediato con una o varias preguntas y no sólo con su efecto ya casi moldeado. Y eso, en el arte pero también en la vida, no siempre es fácil de manejar.

Sorpresivamente, la obra de Kusama se encuentra a medio camino entre esas dos formas de experimentar el arte. Sin ser sencillo, se ha vuelto asequible para el gran público. Mi impresión es que, por azar o porque verdaderamente Kusama es una de esas visionarias de antaño, una adelantada a su época, parte de su obra llegó a coincidir con circunstancias de nuestra realidad social que de pronto la volvieron notablemente actual, como si hubiera sido pensada justo para este momento, como una línea que dialoga con aspectos de nuestra realidad contemporánea. A este respecto pienso, sobre todo, en sus instalaciones que involucran una habitación pequeña cuyas paredes, techo y suelo son todos espejos, con lo cual se crea así un lugar que posibilita una experiencia única y de muchas implicaciones. Espacialmente es paradójico, porque es un sitio reducido que sin embargo da la sensación de amplitud e incluso de infinitud (Infinity Mirrored Room es el nombre de la serie de instalaciones). Psicológicamente puede ser angustiante estar de pie en medio de esa misma ilusión de eternidad, en la contemplación estática del yo (no estética ni extática, sino sólo estática), frente a frente con el narcisismo y sin posibilidad de escape, la supuesta y tan preciada individualidad iterada hasta la náusea. Místicamente, acerca la percepción humana a la experiencia de la eternidad, la disolución, la soledad, la experiencia “cósmica e íntima” (según escribió William Grimes en el New York Times hace un par de años a propósito de una de estas habitaciones). Artísticamente es la suma de esto y lo otro que cada persona encuentra de sí al entrar al cuarto. Ese es el sello del arte auténtico: su multiplicidad de significados, la resistencia que ofrece a la aprehensión y la conceptualización, la capacidad de hacer posible una experiencia que además amplía nuestros propios horizontes de percepción.

Se dirá, con razón, que no todas las personas que han ingresado a alguno de los cuartos de Kusama han tenido una experiencia que pasa por esos u otros significantes, un viejo problema de la semiótica del arte que se pregunta si las cualidades de una obra son sus atributos o si quien experimenta la obra es quien se los atribuye a partir de sus propios referentes. La posición más sensata al respecto optaría por una combinación de ambas: la obra de arte podría entenderse como una plataforma o un tablero que presenta ya cierto margen de acción pero a manera de líneas que pueden seguirse, menos instrucciones que “sugerencias de uso”, un juego abierto para quien entra en contacto con la obra.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando una obra de arte es sacada de su lugar en esta cadena de significantes para colocarla en otra, concretamente, en la cadena de significantes del mercado y el consumo?

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Por estos días, también en la ciudad de México se abrió temporalmente una habitación que aunque auspiciada por Facebook y bautizada, sencillamente, como “Facebook Room”, en redes sociales ha aparecido etiquetada con el hashtag #infinityroom, en clara alusión a la obra de Kusama. El cuarto se encuentra en el hotel Condesa DF, que tiene reputación de exclusivo, y está asociado a la celebración del festival de música Corona Capital. Se trata de un producto comercial y publicitario que, como se ve en las imágenes, tuvo una de sus estrategias de difusión principales en la compra de “influencers” y celebridades que entraron y se tomaron una fotografía que después difundieron en sus perfiles personales. Cabe resaltar que a diferencia de las habitaciones de Kusama, este “Facebook Room” tiene su propia cámara fotográfica integrada, con lo cual la posibilidad de experiencia tiene ya por eso un cambio importante: si los cuartos de Kusama propician el aislamiento y la desaparición momentánea de la realidad exterior, en el de Facebook se adivina la presencia del mundo en su forma más intrusiva, una cámara fotográfica exterior, un ojo vigilante, ese Otro con mayúscula que lacanianamente se refiere a la mirada atenta que censura, que cuida que todo esté en orden, que todo se desarrolle conforme a lo establecido. El juego abierto de la obra de arte se convierte entonces en una acción reglamentada y con directrices y objetivos específicos. La exclusividad del hotel, el desfile de celebridades de la televisión, el patrocinio de Facebook, el hurto del concepto: todo tiene su culminación apoteótica en esa cámara fotográfica que disimula su vigilancia con los afeites de la exhibición y el espectáculo. Quien está ahí sabe bien qué hacer: posar, sonreír, mostrar el mejor ángulo, pensar desde ese momento en el número de likes que se llevará la fotografía. Ese saber lo tenemos dominado, se podría decir no sin ironía, pues si no pensáramos y actuáramos así tal vez nos daríamos cuenta de que la dominación opera justo en sentido inverso.

Quien haya entrado a alguno de los Infinity Mirrored Room de Kusama tal vez convenga conmigo en que hacerlo se siente, en cierta forma, como ser arrojado en un lugar en donde no se sabe bien a bien qué hacer, cómo actuar o si algo tiene que hacerse (en especial en el Infinity Mirrored Room-Phalli's Field (Floor Show) (1965), en donde la puerta se cierra y el espectador se encuentra a solas). El río de selfies que corrió en redes sociales mientras duró Obsesión infinita en el Tamayo es la respuesta a ese no saber qué hacer, el equivalente a la llamada “risa nerviosa” que suelta quien se encuentra en una situación incómoda por ignorada. Un gran momento de duda y de pérdida de sentido que resulta angustiante porque la sensación general, en casi cualquier situación de la vida cotidiana, es que tenemos que hacer algo, que tenemos que seguir ciertos parámetros, obedecer instrucciones, apegarnos a un código social, responder a expectativas, etcétera. 

El “Facebook Room”, por el contrario, se encuentra en el punto opuesto del espectro: es la confirmación de que hemos aprendido muy bien las respuestas que la sociedad del espectáculo y del consumo espera escuchar de nosotros. Y esa es la diferencia.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Una introducción a la filosofía del microcosmos, imágenes y citas que muestran que el hombre es el espejo del cosmos y que su anatomía es una especie de templo para establecer una reconexión con la divinidad
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Sería pues necesario que al participar este todo en un mismo sentimiento y un mismo espíritu sus miembros se correspondieran entre sí, como miembros que vienen a ser de una misma totalidad.

                                                                    Sinesio

Los filósofos antiguos atisbaron una serie de correspondencias entre el cuerpo humano y el universo. Esta relación está en el origen de todo conocimiento esotérico y es en cierta forma un mapa de reconexión o un esquema anagógico (a la vez que analógico), que permite al hombre unirse con la divinidad entrando en ritmo y consonancia con este orden. La idea que se deriva del sistema de correspondencias es que el hombre contiene en su interior el mismo arquetipo que el universo entero y por lo tanto si logra conocerse a sí mismo podrá conocer a Dios, como los místicos han dicho, parafraseando la famosa frase inscrita en el oráculo de Delfos. Decía Paracelso que habían tres libros sagrados: la Biblia, el cuerpo del hombre y el cosmos.

El origen de las correspondencias, esa madeja de hebras luminosas que todo lo abarcan, según la tradición hermética viene de Egipto, donde se dice que existían dos columna o pilares en los que Thot (Hermes, egipcio) había escrito esta sabiduría primordial, antediluviana, la cual habría sido custodiada por los sacerdotes. Según Jámblico en sus Misterios egipcios, Pitágoras y Platón estudiaron las estelas egipcias en el templo de Sais (posiblemente Seth). La fuente principal que la tradición recoge es el texto atribuido a Maneto, el Libro de Sothis (o Libro de Sirio). Maneto fue un sacerdote egipcio, y el texto en cuestión fue citado por el monje Jorge Sincelo, pero ha desaparecido. La mayoría de los investigadores modernos consideran que es apócrifo, algunos investigadores esotéricos, como G. S. Mead, sin embargo, consideran que tiene bases sustanciales. Se dice ahí que Thot (el primer Hermes) inscribió una estela con sus conocimientos en jeroglíficos --para preservar la tradición ante un cataclismo-- que luego fueron traducidos. Este sería también el origen remoto de la famosa Tabla Esmeralda del Corpus Hermeticum.

Las expresiones más detalladas, y por momentos abrumadoras, de las correspondencias, seguramente las podemos encontrar en la India de los Vedas, con sus elaborados sacrificios en los que cada elemento corresponde a otro en una red vertiginosa de analogías. El fuego, el soma, el ghee, el poste central, el caballo, todos estos elementos no sólo están conectados con partes del cuerpo, planetas y con divinidades sino que son también un teatro vivo de memoria que narra acciones distantes en los mundos celestes. La otra gran demostración de una intrincada manifestación de correspondencias la podemos encontrar entre los cabalistas y los alquimistas. Los primeros, al buscar la creación del golem, crean un monumental edificio de correspondencias siguiendo el principio de que el universo entero fue construido con las 22 letras hebreas: las permutaciones de estas letras en correspondencia con los días de la semana, las 10 emanaciones, las partes del cuerpo, los astros y otros elementos, constituyen un sistema de meditación que es a la vez una especie de plano arquitectónico para construir un templo invisible. Los segundos, para conseguir la piedra filosofal, vinculan los siete metales con los siete planetas y con las siete etapas de la gran obra y de aquí se desprende una serie de correspondencias también con toda la fauna y flora conocida e imaginaria, haciendo una medicina espagírica de la naturaleza, también llamada agricultura celestial. Ambos, el golem y la piedra filosofal, son símbolos de un cuerpo espiritual, de una nave psíquica para alcanzar un nuevo estadio de conciencia y acercarse a la divinidad. Tanto la alquimia como la cábala utilizan el sistema astrológico, cuyos orígenes algunos sitúan en Babilonia, pero que su verdadera raíz es desconocida y seguramente más antigua.

[caption id="" align="aligncenter" width="710"] Da clic en la imagen para verla en tamaño completo[/caption]

Dice Borges sobre la cábala:

La idea del Ser eterno que siempre ha tenido esas 10 emanaciones es de difícil comprensión. Esas 10 emanaciones emanan una de otra. El texto nos dice que corresponden a los dedos de la mano. La primera emanación se llama la Corona y es comparable a un rayo de luz que surge del Ein Sof, un rayo de luz que no lo disminuye, un ser ilimitado al que no se puede disminuir. De la Corona surge otra emanación, de ésa, otra, de ésa, otra, y así hasta completar 10. Cada emanación es tripartita. Una de las tres partes es aquella por la cual se comunica con el Ser Superior; otra, la central, es la esencial; otra, la que le sirve para comunicarse con la emanación inferior.

Las 10 emanaciones forman un hombre que se llama el Adam Kadmon, el Hombre Arquetipo. Ese hombre está en el cielo y nosotros somos su reflejo. Ese hombre, de esas 10 emanaciones, emana un mundo, emana otro, hasta cuatro...

Aryeh Kaplan en su traducción del Sefer Yetzirah (p.193) nos dice que existen 1021 posibles permutaciones de las letras del alfabeto hebreo, "un número cercano al número total de estrellas totales en el universo... así que a partir de las permutaciones del alfabeto, un nombre puede ser formado para cada estrella del universo. Esto en concordancia con la enseñanza de que cada estrella tiene un nombre individual". Kaplan también menciona: "los comentarios señalan que los ángeles son como almas para las estrellas... y esto también significa que las estrellas y los planetas son como los 'cuerpos' de estos planetas'". Así tenemos esta idea de la correspondencia entre el hombre y las estrellas y los ángeles; Platón en el Timeo menciona también que cada alma está asociada a una estrella. 

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Manly P. Hall en su libro La filosofía de la astrología nos introduce a la visión del microcosmos de Paracelso:

En palabras de Paracelso: "Hay una estrella en el hombre por cada estrella en el cielo". Y porque hay una estrella en su interior, el hombre puede encontrar su contraparte en el universo; y porque tiene esta estrella en su propia alma, el hombre puede entender y fusionar sus energías racionales y emocionales con las más distantes en los cielos. No puede haber entendimiento entre disímiles. El hombre sólo puede entender lo que él mismo es. Es porque él es todas las cosas que a fin de cuentas puede entender todas las cosas. Este es el gran misterio que enseñaban en los antiguos templos. Es por esta sublime verdad que el ser humano tiene un potencial ilimitado, y contiene en sí mismo la posibilidad de crecer y saber todo.  

[caption id="attachment_103620" align="aligncenter" width="512"]robert fludd Imagen: Robert Fludd[/caption]

En el budismo podemos encontrar una interpretación distinta de las correspondencias en el concepto de pattica samuppada (la originación dependiente) y en la metáfora del collar de Indra, utilizada en el budismo hua-yen para explicar este mismo concepto. Se dice que quien percibe la originación dependiente ve el Dharma (la ley, la verdad). La idea de la originación dependiente es un tanto compleja pero en resumidas cuentas sostiene que todas las cosas y todos los fenómenos dependen el uno del otro y por lo tanto no tienen una realidad independiente. Todas las cosas dependen la una de la otra y si siguiéramos esta cadena hasta su última causa arribaríamos a la nada o al vacío. La realidad es entonces el vacío mismo o el cuerpo del Dharma, el dharmakaya, que está ligado a su vez con el estado de nirvana y aquello que no ha nacido ni morirá, aquello que es perpetuo devenir. El santo budista Nagarjuna dice que este cuerpo iluminado, también llamado dharmadatu, emerge cuando se purifican todas las aflicciones y los compuestos: es como la mantequilla en la leche que no vemos hasta que no se purifica. Podemos agregar, con una licencia poética que podría ser imprecisa dogmáticamente, que ese cuerpo purificado, ese ghee medular, es la totalidad del universo integrada en la unidad de la conciencia.

Así se describe el famoso collar de Indra:

Lejos en la mansión celestial del gran dios Indra hay una fabulosa red que ha sido colgada por un astuto artífice de tal manera que se extiende infinitamente en todas direcciones. En sintonía con los gustos extravagantes de las deidades, el artífice ha colgado una joya resplandeciente en cada “ojo” de la red, y como la red es en sí misma infinita en dimensión, las joyas son infinitas en número. Ahí cuelgan las joyas brillando como estrellas de primera magnitud, una suprema visión que sostener. Si seleccionamos arbitrariamente una de estas joyas para inspeccionar y la analizamos de cerca, descubriremos que en su superficie azogada se reflejan todas las demás joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya también está reflejando todas las otras joyas, así que hay un número infinito de procesos de reflejo ocurriendo.

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Por último tenemos a la física moderna, que ha encontrado una extraña propiedad en la naturaleza básica de la materia: el entrelazamiento cuántico. Esta propiedad, considerada como una aberración fantasmagórica por Einstein, describe la conexión instantánea que existe entre dos partículas que han entrado en contacto entre sí, no obstante la distancia (una definición muy parecida a la de la magia simpática de James Frazer). El entrelazamiento cuántico sugiere que el universo es no-local, es decir todas las regiones del espacio dependen la una de la otra, lo cual significa un principio intrínseco de inseparabilidad. Según el físico Mark Van Raamsdonk: “El espacio-tiempo es sólo una imagen geométrica de cómo un sistema cuántico se entrelaza". 

Todas estas ideas, uno conjetura, apuntan desde distintos frentes a la unidad indivisible de la realidad, todas revelan que la multiplicidad y la inconexión son meros juegos de apariencias e ilusiones. Como si observáramos el resplandor de una vela en una casa de espejos multiplicada en miles de reflejos y, sin embargo, es una única luz la que produce todos los reflejos.

 

Twitter del autor: @alepholo

Descarga aquí el texto Anatomía oculta, de Manly P. Hall