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Las 22 puertas del castillo-espejo: IX La Justicia (la carta 8)

Arte

Por: Psicanzuelo - 09/29/2015

Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del Tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

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El que camina en justicia y habla lo recto; el que aborrece la ganancia de violencias, el que sacude sus manos para no recibir cohecho, el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala.

 Isaías 33:15

 

Antecedentes

Sallie Nichols utiliza las palabras adecuadas para ubicarnos en el recorrido: Hemos completado la fila superior de los Arcanos del Tarot, los cuales comprendían el Reino de los Dioses, dominio de los arquetipos mayores. Vamos a estudiar ahora la fila de en medio, esto es el Reino del Equilibrio, llamada así pues se halla a la mitad del camino entre el cielo y la tierra.

Así que la carta de la justicia es la llegada desde el cielo al túnel que separa el territorio humano del divino, conceptos que registran maneras de mirar a lo limitado, un puente al infierno de la carencia, visto desde cierta óptica, desde donde venimos, la cúpula de la pirámide.

Así que iniciemos con algunos conceptos clásicos; según Platón la justicia es integrante y base de las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Funcionan en el ser humano por medio de la sabiduría (la prudencia), del valor (la fortaleza) y del autocontrol (templanza). Para los griegos existía una diosa que era hija de Zeus, llamada Diké, que se encargaba de cumplir las sentencias de su padre en la Tierra.    

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Podríamos relacionar ésta forma de conceptualizar con el lado agresivo de la justicia, o hacer justicia de forma agresiva, por la manera como la mujer blande la espada sobre su rodilla en la carta, ¿o será más bien que se la entrega al que lleve de la manera correcta la balanza para blandirla con justicia? La balanza que sostiene en la mano izquierda, sin duda nos conecta directamente con el panteón de dioses egipcios. En particular con Maat, quien más que un dios sería mejor entendido como la representación de una idea. Se conoce a Maat como la rectitud en la cualidad de algo, implicando el balance, la justicia. Es famoso el proceso, bastante cinematográfico aunque quizás más bien unido con otro naipe, la carta del juicio, del acto donde el alma del recién fallecido entraba a la recepción de Maat donde su corazón sería medido en la balanza contra una pluma de avestruz, para aspirar a ganar la vida eterna.      

 

El western y la venganza

Este arcano se vincula con la armonía por medio de la equidad, en base a las virtudes y el honor. Por medio de éstas definiciones, y basados en la imagen arquetípica que vemos en la carta, es imposible pensar en esta carta de forma cinematográfica sin vincularla con el género de cine norteamericano por excelencia: el western.

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Curiosamente, antes de los tiempos de postwestern clásico hubo un apartado particular en la manufactura de  western por parte de la nación italiana: eran de menor presupuesto que el típico western americano, conteniendo menos locaciones y con un diseño de arte que aunque limitado resultaba espectacular.  Como en todo, los italianos se destacan por su virtuoso diseño, y no es excepción su cine a través de los tiempos, el spaghetti western resulta ultrapensado en la manera como las expresivas tomas arman audaces escenas que empoderan la trama, el conflicto y que construyen potentes secuencias orquestadas con música impactante en un nivel emocional. Es así como los italianos se ponían “al tú por tú” con la industria de cine, suplían en su balanza dinero por ideas visuales que tenían correspondencias dramáticas. Es en esta subcategoría dentro del género western que podemos separar los elementos primordiales del western de forma más sencilla, ya que no dejan de estar algo caricaturizados, son grandilocuentes y de esa manera más distinguibles. Así la figura del vaquero rebelde, independiente, que llega como una figura justiciera, se destaca en varias cintas de directores como Serio Leone. La justicia en el cine funciona muchas veces como una merecida venganza cargada de violencia, donde el bien impera sobre una tremenda injusticia, así es el justiciero, que lleva a que impere un nuevo orden cósmico y el justiciero vuelva a desaparecer, como un arcángel Miguel bíblico que, por medio de una espalda flamígera, su inmensa Colt, extirpa el mal de la comunidad. 

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En Django (Sergio Corbucci, 1966) apreciamos a un vaquero sucio, Django (Franco Nero), que cruza el desierto cargando un ataúd con su espalda, arrastrándolo con una cuerda. Arriba a un pueblo para liberarlo pronto de la mano dura e injusta de un gánster que lo controla, pero al mismo tiempo queda atrapado en un fuego cruzado cuando llega un batallón de salvajes mexicanos que también quieren lo suyo. La clave y su resonancia arquetípica recae en el sarcófago que arrastra Django; en su interior carga una de esas metralletas antiguas que puede quitarle la vida a un ejercito entero; Django carga la muerte y esa muerte lo empodera para poder liberar, aspirando a una justicia equilibrada en conciencia, sin miedo alguno por terminar en ese ataúd que arrastra.

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Este es un homenaje a Django que el director británico Ben Wheatley construye para un video clip de rock indie, conteniendo los arquetipos de la cinta: 

En cuanto a la venganza, con violencia explícita en la pantalla que instaura un nuevo orden de armonía que más bien es una hegemonía, y nos remite a la espada filosa y la actitud solemne que tiene la carta, con la balanza que remplaza su corazón. Por medio de Charles Bronson podríamos seguir desarrollando el tema en bajos presupuestos industriales, la apodada serie B, con El vengador anónimo/Death Wish (Michael Winner, 1974) y sus secuelas. Paul Kersey (Bronson) pierde a su familia a manos de unos malhechores callejeros, quienes siguen a su esposa hasta su departamento para violarla despiadadamente y matarla a golpes, dejando a su hija en estado vegetal, después de que ella hiciese su compra habitual en un supermercado cercano. Paul, quien era un arquitecto civilizado, despierta ante la necesidad de hacer justicia en este mundo corrompido, saliendo al parque de noche, armado, buscando que lo asalten, y cuando ocurre asesina despiadadamente a sangre fría al criminal, toma la justicia en sus manos sin miramientos. Como Roger Ebert lo dijo en su tiempo, Bronson se vuelve abogado, juez y verdugo al mismo tiempo.

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En un sentido simbólico es la actitud que nos pide la carta en una tirada, nos pide tomar una decisión, si aparece en el tiempo presente, para poder avanzar en la vida; no es una decisión fácil, es una acción que limpia el mundo inmediato en el que vivimos.

En lo personal El vengador anónimo es una cinta que resuena fuerte en mis recuerdos cinematográficos de infancia, mi padre era fanático de la serie y solía ver infinidad de veces cada episodio. Más que disfrutar las escenas violentas y explicitas donde Kersey/Bronson castigaba al mal de maneras cada vez más extremas, me parece que mi padre encontraba en Bronson esa figura que le servía de modelo para plantarse ante la vida, sobre todo en el mundo de los negocios al que el pertenecía. Decisiones arriesgadas, súbitas, acelerar en las curvas y castigar los defectos de carácter propios como si fueran todos esos delincuentes, la pereza, la inconstancia, situaciones de injusticia en menor grado, etcétera…

 

Encabezando este arquetipo de la justicia como salvaje venganza podría estar ese personaje tan sólido que William Shakespeare creo en 1600, La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca. Una cara del arquetipo que ha tenido resonancias drásticas en el cinematógrafo desde sus obvias adaptaciones que van desde la versión de 1948 escrita, producida, actuada y dirigida por Laurence Olivier, hasta la posmoderna versión del protegido de David Lynch, Michael Almereyda, donde Ethan Hawke le da vida en nuestros tiempos. Pero hay versiones de Aki Kaurismaki (1987), de Disney (El rey león), Claude Chabrol, etc… Por el lado indirecto el western puede ser el género que más se nutrió de este personaje shakespeareano.

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La revolución de 1789

La Revolución Francesa fue un proceso de búsqueda radical de justicia que sucedió en Francia tras las ideas de ilustración de los más grandes intelectuales con intereses sociales (la Ilustración): Voltaire, Rousseau, Montesquieu, en una civilización consciente de su desigualdad social extrema, pero que se sale de control por varias razones que tienen que ver con la humanidad, para terminar con un golpe de estado militar de un entonces general, luego autoproclamado emperador, llamado Napoleón Bonaparte. 

Werner Herzog toma este sueño arquetípico social, ocupándose a profundidad de sus faltas, desarrollando satíricamente sus características esenciales, elaborando la película También los enanos empezaron pequeños (Herzog, 1970). En esta cinta una civilización enana (abierta para cualquier lectura simbólica) plantea a una clase trabajadora y otra explotadora, todos viven en una hacienda donde se plantea una revolución que explota violentamente y que busca justicia, armonía, en fin, nos plantea esta carta del tarot extensamente. No por nada Herzog filma esta cinta en 1969, en la cumbre de lo que fueron las revueltas estudiantiles; es una película que nos plantea los elementos y una vez más, lo disfuncional de una revolución masiva planteada físicamente ante un sistema que controla justamente así, físicamente:

En También los enanos empezaron pequeños  el gran protagonista es la colectividad. Pero se trata de una colectividad que, como ya hemos comentado, se encuentra aislada, concentrada y delimitada, en plena efervescencia subversiva, sí, pero contenida, encorsetada en una estructura arquitectónica que no responde a las necesidades de sus internos, incluidos mobiliario y accesorios. La altura de los techos, las ventanas, las puertas, las sillas, las camas, etc., no guardan concordancia con su tamaño, dando lugar a situaciones cómicas: (...) Herzog se ríe de nosotros y de los personajes: el enano contempla un dromedario o una moto que, como se ha repetido hasta la saciedad, no es que él sea demasiado pequeño para ella, sino que ella es demasiado grande para él.

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El cine de tribunales

Las películas de juicios constituyen un robusto género que jamás ha perdido fuerza en el cine, basándose en encontrar y jugar con el término de lo justo en un sistema legal que sustenta una sociedad democrática, con la figura del abogado como personaje central que hace funcionar una trama que por lo general es de suspenso, encontrando información oculta que vamos descubriendo junto con él, con clásicos que han fomentado la suerte de este género como 12 hombres en pugna (Sidney Lumet, 1957), con un reparto encabezado por Henry Fonda, que representa a un jurado que debe decidirse por unanimidad ante un caso. Es Fonda quien hace evidente lo que es un detalle que pone en juicio la justicia aplicada. 

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Años después de muchas pero muchas películas de tribunal, es Erin Brokovich (Steven Soderbergh, 2000) la cinta que nos brinda la cualidad femenina que tiene la carta para potenciar el género. En términos militares, en la vena de juicios marciales la película de Cuestión de honor (Rob Reiner, 1992), nos brinda una mirada aguda sobre la forma de vida militar, una lógica muy distinta  a la nuestra y juicios básicos para progresar aunque no sean frecuentes, por la protección de la que goza la milicia. En El misterio Von Bülow (Barbet Schroeder, 1990) un abogado, Alan Dershowitz (Ron Silver), es contratado por un aristócrata millonario para defenderlo porque se le acusa de haber asesinado a su multimillonaria esposa para obtener su herencia. La cinta arma los distintos escenarios que se van presentando en el juicio por medio de las teorías de un especie de bufete improvisado por Dershowitz, compuesto por  abogados, estudiantes de leyes y expertos en varias materias. Finalmente Don Von Bülow gana el dinero de la muerta, su inocencia y hasta el rembolso de su fianza de 1 millón de dólares, para que finalmente Dershowitz comprendiera que su cliente era culpable y terminar diciéndole que legalmente tuvo una victoria pero que moralmente quedaba solo, y es esta cinta la que nos deja clara la distancia entre hacer justicia y la justicia. 

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Lo que nos lleva a otra emblemática cinta de tribunales en este caso políticos, JFK (Oliver Stone, 1991), donde Jim Garrison (Kevin Costner) exfiscal de distrito de Nueva Orleans, descubre los eventos que indican el complot del asesinato del presidente y su encubrimiento.       

Estás dos cintas nos evidencian una manera de usar el poder de esta carta recientemente para controlar el mundo masivamente, sin tomar en cuenta sus características esenciales de armonía e igualdad. Un documental explora con toda la fuerza de la realidad este concepto, pero de una forma más desconcertante aún, sin develar un complot, sino simplemente una oscura necesidad humana para perpetuar crímenes sanguinarios y al mismo tiempo castigar a alguien por ello. Así ocurre el ritual en el anonimato en Paraíso perdido: Los infanticidios en Robin Hood Hills (Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, 1996) donde tres adolescentes son juzgados injustamente en un tribunal por un extremadamente brutal asesinato en contra de tres niños, parte de un ritual satánico que involucró la mutilación de órganos. 

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Nunca sabremos quién fue el culpable, ni siquiera con dos documentales secuelas de éste lo encontrarán, al igual que nunca sabremos quién mató a Laura Palmer ni quién perpetua los crímenes de El listón blanco (Michael Haneke, 2009) que forman la trama principal de la película. Eso sí, seremos testigos de varios crímenes a discreción tras los muros del guión que se protegen, llenos de misterio, de El listón blanco, pero no son tomados en cuenta para nada. El mismo Haneke dice sobre su obra:

Es un filme sobre las raíces del mal, sobre la perversión de la naturaleza humana. Mi propósito era mostrar cómo aquellos que erigen los principios de manera absoluta se convierten en verdaderos monstruos.

Así que nunca se logra hacer justicia en Robin Hood Hills, pero sirve el evento para provocar el ritual que se desprende del ritual, el carnaval televisivo del pensamiento social, que proclama querer justicia para jamás quererla hallar en su realidad inmediata. 

 

Fuentes

Bergman, K. Tarot.

Couste, A. El Tarot o la máquina de imaginar.

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el Tarot.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

http://www.abajournal.com/magazine/article/the_25_greatest_legal_movies/

http://www.academia.edu/3015326/TAMBI%C3%89N_LOS_ENANOS_EMPEZARON_PEQUE%C3%91OS_O_CUANDO_WERNER_HERZOG_FILM%C3%93_EN

http://www.ancientegyptonline.co.uk/maat.html

http://www.keen.com/articles/tarot/justice-tarot-card

http://www.rogerebert.com/reviews/death-wish-1974

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

También en Pijama Surf: Las 22 puertas del castillo-espejo: VIII El Carro (la carta 7)

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Más de 100 mil imágenes liberadas en Internet para uso y distribución libres

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Por: Alejandro Albarrán - 09/29/2015

2 mil años de la cultura de la humanidad se pueden encontrar gratis y al alcance de todos gracias al museo londinense Wellcome Collection, en su página Wellcome Images
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Imagen: Wellcome Images[/caption]

A pesar de ideas de creación liberadoras como la de El libro de los pasajes de Walter Benjamin, la literatura ha seguido mostrando y fomentando desde hace más de 3 siglos una visión pacata y conservadora respecto de su libre uso y distribución, como describe claramente en su ensayo “Copyright y maremoto” Wu Ming 1 (seudónimo de Roberto Bui) que aparece en el libro Contra el Copyright editado por editorial Tumbona:  

Es lo que el poder económico llama “piratería”. Es el movimiento real que suprime el estado actual de las cosas. Desde que se impuso —no hace más de 3 siglos— la creencia en la propiedad intelectual, los movimientos underground y alternativos, así como las vanguardias más radicales, la han criticado en nombre del “plagio” creativo, de la estética del cut-up y del sampling, de la filosofía do it yourself. Un vistazo retrospectivo nos llevaría del hip hop al punk al protosurrealista Conde de Lautréamont (“El plagio es necesario. El progreso lo implica. Retoma la frase de un autor, se vale de sus expresiones, cancela una idea falsa y la sustituye por la idea correcta”). En nuestros días esta vanguardia es de masas. Durante decenas de miles de años las civilizaciones humanas han prescindido del copyright, del mismo modo que han prescindido de otros axiomas falsos semejantes, como la “centralidad del mercado” o el “crecimiento ilimitado”. Si hubiera existido la propiedad intelectual, la humanidad no habría conocido La epopeya de Gilgamesh, el Mahabharata y el Ramayana, la Ilíada y la Odisea, el Popol Vuh, la Biblia y el Corán, las leyendas del Santo Grial y del ciclo artúrico, el Orlando enamorado y el Orlando furioso, Gargantúa y Pantagruel, todos frutos felices de un amplio proceso de mezcla y combinación, reescritura y transformación, es decir, de lo que se denomina plagio, casi siempre unido a la libre difusión y a presentaciones en vivo (sin la interferencia de los inspectores tributarios).

Un claro ejemplo de esta achatada visión sobre el uso libre de la literatura es el famoso escándalo protagonizado hace poco por la custodia de los derechos (que no de la ideología) de la obra de Borges, María Kodama, quien hiciera famosa la obra "El Aleph engordado" de Pablo Katchadjian al acusarlo de plagio.

Pero por otro lado, afortunadamente, están los que luchan en pos del copyleft y todo lo que esta ideología representa, distribuyendo y fomentando el uso y reproducción libre de material de arte (benditos).

La idea de que el arte es para unos cuantos no va a cambiar hasta que no comprendamos que las ideas no nos pertenecen, que ya todo (incluso esta frase) está dicho muchas veces, de muchas formas distintas y no, y aún así, esas ideas nos siguen diciendo cosas sobre nosotros mismos.

Por el lado de la literatura está el caso del poeta conceptual Kenneth Goldsmith, quien es fundador de UbuWeb (en honor a Ubu Rey de Alfred Jarry), un portal que almacena cientos de vídeos, audios y textos de distintos escritores y artistas de vanguardia. Por otro lado, el museo Wellcome Collection, un peculiar museo londinense que se autodefine como "el destino gratuito de los incurablemente curiosos", ha dado un paso más en esta política del libre uso y distribución del conocimiento colgando en Internet un impresionante acervo de más de 100 mil imágenes que pueden bajarse en alta resolución y ser utilizadas libremente, si su uso no es con fines de lucro, claro. Wellcome Images es uno de los conjuntos iconográficos más ricos, variados y singulares del mundo. Dentro de este enorme acervo se pueden encontrar imágenes médicas de 1600, manuscritos de textos tibetanos de budismo, grabados de Goya, y un largo etcétera.

Sólo basta con viajar en esta red y descubrir la gran diversidad de imágenes de distintos momentos de la historia de la humanidad, completamente libres para su descarga, "2 mil años de la cultura de la humanidad", como dicen los gestores de la colección. En este viaje por el tiempo "se trate de la medicina o la magia, lo sagrado o profano, la ciencia o la sátira, usted encontrará más de lo esperado".

Pensar que existe un origen puro, algo incorruptible por el entorno, es una idea inocente, desde que nosotros aprendemos por imitación estamos condenados a repetir distintos patrones que no necesariamente son parte de un origen incorruptible o puro, al contrario. Nosotros también estamos hechos de apropiaciones, pequeños “plagios” que van formando nuestra “particular” forma de ser. Nuestra personalidad es la suma de muchas personalidades, o como dice el protagonista de 500 days of summer: “somos las canciones con las que crecimos, las películas que vimos”, y podríamos agregar: somos la suma de todo lo que hemos visto y hemos elegido (consciente o inconscientemente) imitar. Seguir buscando la “originalidad” o la pureza es como la idea nazi de la raza perfecta. Una idea que trunca la libertad, en este caso la libertad creadora.  

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Imagen: Wellcome Images[/caption]

 

Twitter del autor: @tplimitrofe