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"El comedor de hachís": alucinante novela autobiográfica del siglo XIX (Biblioteca PijamaSurf)

Por: pijamasurf - 09/07/2015

Un fascinante recuento en primera persona de los estados alterados provocados por el hachís y sus efectos en la percepción del tiempo, el espacio y el cuerpo
Fitz Hugh Ludlow

Fitz Hugh Ludlow

La literatura cannábica tiene un importante antecedente en The Hasheesh Eater: being passages from the life of a Pythagorean, del novelista y periodista estadunidense Fitz Hugh Ludlow, publicado en 1857. Más cercano en el tiempo y en el ímpetu a las Confesiones de un inglés comedor de opio de Thomas de Quincey, el libro de Ludlow también conversa con el fantástico Sobre el hachís de Walter Benjamin, combinando impresiones en primera persona sobre los efectos del extracto de cannabis y reflexiones filosóficas acerca de los estados alterados de conciencia.

Terence McKenna aseguraba que Ludlow había comenzado:

una tradición de literatura farmaco-picaresca que encontraría exponentes posteriores en William Burroughs y Hunter S. Thompson... Parte genio y parte loco, Ludlow está a medio camino entre el Capitán Ahab y P.fT. Barnum [un famoso cirquero del siglo XIX, famoso por su frase "Nace un tonto cada minuto"], una especie de Mark Twain en hachís. Hay un enorme encanto en esta apertura pseudocientífica, de espíritu libre, a medida que avanza en las oscilantes dunas del mundo del hachís.

Más que un tratado sobre la droga, el interés de Ludlow reside en pensar las formas en las que la percepción se organiza en la mente y la manera en que esta organización se ve modificada (incluso a nivel político y filosófico) a través de los estados alterados de conciencia: "Existen razones para temer que los hombres prefieren investigar cómo se hace la muselina, los rastrillos y, sobre todo y alrededor de todo, el dinero, en lugar de cómo están construidas sus mentes".

Aquí puede leerse en inglés, vía The Internet Archive:

 

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Un par de ejemplos de cómo la música puede manipular nuestro comportamiento

Por: Alejandro Albarrán - 09/07/2015

Dos estudios recientes revelan que obtener dinero es más placentero si estamos escuchando una canción que nos gusta, lo que nos hace más propensos a tomar riesgos para saciar ese deseo
[caption id="attachment_99966" align="aligncenter" width="700"]Louis Ducis - "Orphée et Eurydice" "Orphée et Eurydice", de Louis Ducis[/caption]

Cuando hablamos del poder de la música, casi siempre nos referimos a sus cualidades positivas: su capacidad de estimular, motivar o calmar nuestras almas. Empero, el poder de la música es mucho mayor.   

Una de las primeras historias que retratan el carácter “mágico” de la música (o el poder que ejerce en el escucha) se encuentra en el mito de Orfeo, quien con su lira y sus cantos ejercía poderes mágicos en las personas, animales e incluso las plantas. Gracias a su música hizo detenerse los tormentos del inframundo (por primera y única vez), y, llegado el momento, ablandó los corazones de Hades y Perséfone, quienes permitieron a Eurídice volver con él al mundo de los vivos.

Poco tiempo después de iniciado el siglo XVIII comenzó a estudiarse una teoría sobre los efectos de la música en las emociones humanas.

La “teoría de los afectos” (Affektenlehre) fue un concepto estético de la música barroca, derivado de las doctrinas griegas y latinas de la retórica y la oratoria, que se proponía describir cómo codificar las emociones y cómo estos códigos inducen emociones en el escucha.

La teoría surgió a partir de la filosofía y la psicología del siglo XVII. El pensamiento del filósofo francés René Descartes en su texto Las pasiones del alma ejerció una gran influencia sobre esta teoría y sobre el pensamiento de los músicos barrocos.

Y es justamente esta manera retórica del empleo de la música la que ha logrado establecer ciertos parámetros al momento de escuchar una tonada.

El figuralismo es una técnica que comenzó a usar estos elementos retóricos dentro de la música; la técnica se remonta a la época del canto gregoriano, en el que se encuentran estos elementos melódicos que expresan ideas emotivas y significados teológicos.

Por ejemplo, en el patrón fa-mi-sol-la, las notas fa y mi son (como lo hemos aprendido culturalmente) más oscuras que el resto y supuestamente expresan el sufrimiento, la humillación y la muerte de Cristo (mediante un movimiento descendente), mientras que sol es una nota más luminosa y representa la resurrección de Cristo. La nota la, aún más alta que las anteriores, indica la ascensión de Cristo a los cielos. Aunque este no es el único ejemplo del efectismo con el que la música también se construye. La mayoría de las canciones tristes que escuchamos están en tonos menores con progresiones descendentes. Por el contrario, las melodías felices casi siempre penden de una estructura mayor con progresiones ascendentes.

Igual que un discurso (oral o escrito), la música también puede ser una herramienta eficaz para manipular a la gente para comprar ciertos productos, o incluso votar por ciertos candidatos políticos.

Estos efectos suelen trabajar fuera de nuestra percepción consciente. Dos estudios recientemente publicados proporcionan ejemplos de la capacidad de la música para influir en nosotros de maneras potencialmente problemáticas.

Empezaremos en Finlandia, donde Marja-Liisa Halko y Markku Kaustia de la Universidad Aalto, en Helsinki, realizaron un estudio con 23 adolescentes de entre 12 y 17 años de edad. Los adolescentes fueron elegidos por dos razones: Ellos eran buenos para "identificar explícitamente su gusto musical específico" y era "más fácil crear incentivos monetarios eficaces" debido a sus bajos ingresos.

Antes del experimento principal, cada participante identificó cuatro de sus canciones favoritas y cuatro canciones que le desagradaban particularmente. Los gustos variaron considerablemente: personajes como 50 Cent, Eminem, Rihanna aparecieron en las "listas" como favoritos para unos y como desagradables para otros.

1 semana después, cada niño regresó al laboratorio para jugar un juego en el que fueron instruidos "para aceptar o rechazar apuestas que ofrecían una probabilidad de 50-50 de ganar o perder dinero". Por ejemplo, aceptar una apuesta marcada ("más 1.50, menos 1.20") significaba que tenían una probabilidad del 50% de ganar 1.5 euros, así como una probabilidad del 50% de perder 1.2 euros. Los participantes tuvieron un total de 5 segundos para elegir si aceptar o no cada apuesta.

La música preferida de los adolescentes se puso de fondo durante 64 de las apuestas. Por el contrario, la música que no les gustaba se tocó durante otras 64 apuestas, mientras que 128 se realizaron en silencio.

Los investigadores en la revista en línea PLOS One dicen que, comparado con el silencio, el sonido de sus canciones favoritas aumentó la toma de riesgos, mientras que la música que les disgustaba disminuyó la toma de riesgos. Específicamente, escriben: "los que escucharon su música favorita tuvieron 54.1% de aceptación de juego, los que escucharon de fondo la música que les desagradaba tuvieron el 47.4% de aceptación y toma de riesgos, mientras que jugaron en silencio tuvieron un 51.4%. de aceptación".

Los investigadores señalan que ni la teoría económica estándar, ni "teorías psicológicas importantes en el estado de ánimo y la toma de riesgos", explican estos resultados. Su explicación tentativa es que la música preferida aumenta la "utilidad marginal", término económico que generalmente se define como "la satisfacción adicional a las ganancias de los consumidores de consumir una unidad más de un bien o servicio".

En otras palabras, encontramos la idea de obtener dinero más placentera si estamos escuchando una canción que nos gusta, lo que nos hace más propensos a tomar un riesgo para saciar ese deseo.

Ese efecto es espeluznante, sin embargo, un estudio realizado por el investigador israelí Naomi Ziv publicado recientemente en la revista Psychology of Music describe un experimento realizado con 120 estudiantes universitarios, a quienes se les pidió subrayar en 90 segundos todas las vocales en una "página fotocopiada poco clara". Una cuarta parte lo hizo en silencio, mientras que los demás escuchaban una de las cuatro canciones alegres, optimistas, incluyendo a James Brown con "I Feel Good".

Después, con la música aún sonando de fondo, el asistente de investigación que administraba el experimento les dijo: “Hay otra estudiante que viene a la universidad hoy para participar en el estudio, ella tiene que hacerlo porque necesita el crédito para completar sus requisitos del curso. La cosa es que yo no tengo ganas de verla. ¿Les importaría si la llaman de mi parte y le dicen que he decidido que ella no pueda participar?".

65.6% de los que oían la música alegre estuvo de acuerdo con esta propuesta poco ética, mientras que sólo 40% de los que trabajaban en silencio lo hizo.

En un segundo experimento similar, el asistente de investigación pidió a cada participante que llamara a una estudiante que había estado gravemente enferma para decirle que, contrariamente a las promesas anteriores, ella no iba a obtener sus materiales del curso. Usando como única excusa: "Yo no me siento bien de dárselos a ella".

Más del 80% de los que escuchaban música accedió a hacerlo, a pesar del serio daño que representaba para su compañera. En contraste, sólo el 33% de los que trabajan en silencio dijo que sí.

Al igual que los investigadores finlandeses, Ziv no está del todo seguro de lo que está detrás de este efecto. Pero sus hallazgos sugieren que la música es lo suficientemente potente para desbalancear nuestras brújulas morales. Eso es digno de reflexión.

Así que ya sabes, si un día te encuentras caminando en un centro comercial o en algún casino y escuchas tu canción favorita, lo mejor que puedes hacer es volver a casa.

 

Twitter del autor: @tplimitrofe