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Las cosas más raras que hacían grandes escritores para escribir

Arte

Por: pijamasurf - 07/25/2015

Pintarse la cara de verde, oler manzanas podridas, beber Chivas Regal antes de desayunar, etcétera
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Foto de The Guardian: http://www.theguardian.com/books/2015/jul/23/facepaint-champagne-and-antelope-skin-writers-oddball-quirks-revealed?CMP=share_btn_tw

 

El proceso de escritura de los grandes escritores se ha mitificado a lo largo del tiempo, como una especie de round secreto con su propia mente en el que se utiliza todo tipo de técnicas para colocarse en el estado de ánimo adecuado para que las palabras puedan fluir. Algunas de estas técnicas obedecen a una lógica de estímulos comunes para propiciar la creatividad, desde café, alcohol y drogas hasta música o caminatas. Otras, sin embargo, son más extrañas y parecen entrar dentro de una región cabalística o una peculiar mística, actos que podrían parecer "psicomágicos".

Un artículo de The Guardian recupera los que considera son los hábitos más extraños que han empleado famosos escritores para entrar en el "flow" de la escritura. Traducimos aquí cinco de estos casos sui generis de extraños gestos de grandes escritores, y añadimos un par más para así hacer un cabalístico número siete. 

T. S. Eliot

El gran poeta de The Waste Land se pintaba la cara de verde para escribir, en lo que parece ser el gesto más sorprendente, una especie de drag poético. Al parecer Eliot hacía esto para "no parecer  un empleado de banco" y tomar el aire distinguido y extravagante de un poeta, siguiendo tal vez la imagen del dandi de Baudelaire. Pintar su cara de verde con un polvo también podría ser una forma de tomar una personalidad dramática.

Edgar Allan Poe

Poe, famoso por sus minuciosos cuentos detectivescos, escribía en pequeñas y angostas tiras que pegaba con cera, creando una especie de enorme pergamino. La escritura de Poe reflejaba una letra manuscrita obsesiva, literalmente minimalista. Al parecer, hacía esto para crear un efecto de continuidad en las hojas que de otra forma era difícil obtener.

F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald vivió como nadie el sueño de bonanza de la era del jazz y los "roaring 20", el exceso y el glamour. Muchos escritores escribían borrachos, pero Fitzgerald tenía la particularidad de hacerlo siempre con champagne. La frase: "Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiada champange es justamente buena", se atribuye a Fitzgerald. 

Ernest Hemingway

Aunque popularmente se asocia a Hemingway con el alcohol e incluso tenía a Fitzgerald como su compañero de juerga, al parecer Hemingway escribía sobrio. Sobrio, de pie (sin riesgo de caer) y con una vestimenta ritual de mocasines y una piel de antílope. La postura corporal, según The Guardian, debido a una lesión de guerra en la pierna. Tal vez Hemingway intuía que la vida sedentaria era terrible para la espalda. Otros escritores como Lewis Carroll y Thomas Wolfe también implementaron esta medida.

George Bernard Shaw

El escritor George Bernard Shaw construyó un cobertizo montado sobre un mecanismo giratorio que le permitía escribir siguiendo el curso del Sol todo el día, en una estupenda práctica heliográfica. Su cabaña también tenía el propósito de aislarse de la civilización, algo que compartía con muchos escritores. "La gente me molesta", escribió Shaw, "vengo aquí a esconderme de ellos". En este cobertizo Shaw escribió algunas de sus obras maestras, como Pigmalión. 

Hunter S. Thompson

Este era el ritual diario del famoso periodista gonzo, empezando por un Chivas Regal a los 5 minutos de levantarse, para sentar la tónica:

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Friedrich Schiller

Quizá el hábito más extraño es el del escritor alemán Friedrich Schiller. Según relata su amigo, el aún más famoso Johann Wolfang von Goethe, Schiller mantenía unas manzanas podridas en su escritorio, ya que este olor le producía una explicable inspiración y se había vuelto adicto al mismo.

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Borges sobre "Ciudadano Kane" (y Orson Welles sobre la crítica de Borges)

Arte

Por: Samuel Zarazua - 07/25/2015

Para el escritor argentino, "Ciudadano Kane" tenía dos argumentos; el primero le parecía "de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos", y el segundo "une al recuerdo de Koheleth el de otro nihilista: Franz Kafka"

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Las obsesiones de Borges (1899-1986) son harto conocidas, forman parte de un mundo imaginario único: los laberintos, los relojes de arena, los mapas, los espejos, la tipología del siglo XVIII, el olor del café, la prosa de Stevenson, los infiernos oníricos de Swedenborg, el temor por los espejos, etc. Su literatura fue un entramado entre situaciones improbables (mas no imposibles), seres fantásticos e imaginarios, y sobre todo tiempos inmemoriales. Menos conocida es la afición de Borges por la cinematografía.

A la par que devoraba libros o hacía sus escritos se dedicaba a hacer crítica cinematográfica sin más que su propia intuición, su pasión de cinéfilo y el erudito bagaje literario que lo caracterizaba.

A principios de 1931 la revista Sur, auspiciada por Victoria Ocampo, se convirtió en una revista emblemática, según ella misma: "De los que han venido a América, de los que piensan en América y de los que son de América". En la edición del mes de agosto de 1941 (Sur Nº83) fue publicada la crítica que Borges hizo de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941).

La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros.

Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra.

La crítica de Borges, que puede leerse aquí en su totalidad, es mixta; por una parte celebra la grandilocuente ejecución técnica de Welles y evoca una serie de notables analogías con uno de sus temas favoritos, los laberintos, y por otra parte, se muestra molesto por el desorden y la vanidad de Welles.

En My Lunches with Orson, una compilación de entrevistas realizadas por Henry Jaglon en 1983, Orson Welles contestó a la crítica borgiana:

Siempre supe que al propio Borges no le había gustado. Dijo que era pedante, que es una cosa muy extraña de decir al respecto, y que se trataba de un laberinto. Y lo peor de un laberinto es que no hay manera de salir. Y esta es una película de laberinto sin salida. Borges es medio ciego. Nunca olvides eso. Pero sabes, yo podría entender que él y Sartre simplemente odiaban Kane. En sus mentes, ellos veían –y atacaban– algo más. El problema son ellos, no mi obra.

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Orson Welles anticipa el estado policial 

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