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Antes del olvido y la caída en los brazos del sueño hay una posibilidad de percibir de otra forma, acaso sin las constricciones de la mente racional, y penetrar en una dimensión más sutil de la conciencia, cuya topología imaginal ha sido celebrada por ilustres exploradores

Sleeping-girl

 

We are such stuff as dreams are made on; and our little life is rounded with a sleep. 

Shakespeare

 

Todos hemos escuchado sobre --y ojalá experimentado-- las virtudes creativas y espirituales del sueño. Al internarnos en el espacio onírico, nuestra mente consciente abandona el control y se activan zonas más profundas que suelen ser profusos surtidores de imágenes, historias y en ocasiones revelaciones, descubrimientos e incluso teofanías. Pero más fértil todavía que el sueño --tomando en cuenta su producción en proporción a su duración-- es esa fase en la que merodeamos en el umbral del sueño y, mientras somos llamados por Morfeo y las ninfas del Leteo, mantenemos una ligera conciencia, un ágil aplomo y nítida recolección. Estamos, por así decirlo, entre mundos, en la encrucijada --la zona favorita de Hermes, en un espacio liminal desde el cual podemos experimentar la extraña dinámica de mundos contiguos que se encuentran en un vórtice de corrientes psíquicas. El centro de nuestra percepción parece haberse movido y nuestro proceso de pensamiento se hace transparente e ingrávido, somos observadores, relativamente desapegados, de la mente que se autosimboliza... y se desvanece. Por segundos estamos en algo que podría describirse como un sueño lúcido, solo que aún no hemos entrado propiamente en el territorio del sueño, en el inframundo, y se nos permite también mirar hacia la luz de la vigilia y enlazar mundos y estados de conciencia. 

Este estado previo al sueño es llamado "estado hipnagógico" (que lleva o eleva al sueño) e históricamente ha sido usado por científicos, artistas y místicos para de alguna manera minar su propia conciencia --o la del universo mismo que se interpenetra-- y obtener joyas que parecen estar incrustadas en las puertas de la percepción de los intermundos. La lista de personalidades que se han servido de este estado y que incluso han aprendido a extenderlo y refinarlo es vasta y merece revisarse a manera de aliciente para la propia psiconáutica. Sin embargo, en una primera parte, quiero concentrarme en la  descripción del estado hipnagógico que hace R. A. Schwaller de Lubicz en su shwallerbiografía novelada, escrita por André VandenBroeck, Al-Kemi. Schwaller de Lubicz es probablemente el maestro detrás de "Fulcanelli", el adepto que habría conseguido atrapar el espíritu en los vitrales, como ocurrió antes en los "rojos y azules de Chartres". El libro de VandenBroeck cuenta la breve etapa en la que el autor fue instruido por De Lubicz (el alquimista Aor) en la ciencia hermética. A diferencia de algunos libros de este tipo --de iniciación esotérica, maestro y discípulo, como los de Carlos Castaneda, sabemos por lo menos que Schwaller de Lubicz existió y podemos de alguna manera evaluar su "doctrina", leyendo sus libros, especialmente The Temple of Man, una obra monumental sobre la ciencia sacra del Egipto faraónico, que tal vez sea una de las últimas grandes obras esotéricas. De Lubicz explica:

El segundo antes de caer en el sueño es el momento más valioso del día, cuando el córtex cerebral se apaga y tú sigues en una conciencia despierta. Realmente es el estado meditativo perfecto, y las asociaciones hechas en ese estado no obedecen reglas lógicas; pueden traer consigo verdaderas revelaciones al liberarse de la rutina de los significados racionales. Como la mente ha abandonado el control, pero no la conciencia, deja el campo abierto al complejo emocional que usualmente yace suprimido y atado por la mente. Date cuenta que la presencia última de la más alta función intelectiva, aunque en un estado completamente pasivo, es esencial porque sin esa presencia simplemente estás dormido y soñando, y nadie nunca ha logrado nada en un estado de sueño profundo... Algunos estados de conciencia pueden compararse con sueños, pero si han de servir a la conciencia, deben ser una agudización, no una obnubilación.

En este estado se sumerge André VandenBroeck después de meditar sobre una "esfera espiral" y escuchar hipnóticamente la frase "Le verre de Chartres est teint dan sa masse par l'espirit volatile des mètaux" ("el vidrio de Chartres está teñido en su masa por el espíritu volátil de los metales"). No es poca cosa dentro de su instrucción, porque para De Lubicz la alquimia es fundamentalmente un trabajo de percepción, de ver la operación hermética ocurriendo perpetuamente en las cosas más ordinarias. "Estoy enseñando una conciencia funcional que necesita un corte momentáneo, une coupure, una eliminación del córtex cerebral tan bien lograda que no solo las maquinaciones del cerebro desaparezcan sino también toda representación formal". "Entre menos esté presente la cabeza, más se inscribirá por la vibración emotiva... Es importante el rol de los estados emotivos en la inscripción". La inscripción, según De Lubicz, es el cultivo y almacenaje de la conciencia que trasciende la existencia temporal de un individuo. Momentos de percepción depurada, como se nos abre la posibilidad antes de dormir, podrían convertirse una especie de impresión eterna, de ver la eternidad pero sobre todo de inscribir la eternidad en el organismo (conocer es convertirse en lo conocido). En diversos momentos De Lubicz esboza una teoría de la percepción, el gesto alquímico:

Hay una visión pertinente a cada momento cósmico particular... el momento presente, tal como lo defino en mi libro, es de hecho la eternidad.

Sabemos que todo se está creando cada momento, y todo también se pierde [cada momento]... La Obra [alquímica] no es el descubrimiento de una técnica... es la percepción de un proceso existente. Es la percepción la que es objeto de estudio y oración. 

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"La dormición de la Madre de Dios"

VandenBroeck así entiende lo que le presenta De Lubicz: "En este silencio total las palabras formarían significados de la manera más natural, sin nuestra interferencia. Ahí el universo hablaría, no el córtex cerebral. Este es el acto, el estado de conocimiento". Este dejarse para que el universo entre o hacerse a un lado para ser atravesado por la inteligencia cósmica parece ser un motivo común a la hipnagogia entre místicos de todas las eras. Gary Lachman cuenta que el filósofo neoplatónico Jámblico, entre sus múltiples prácticas teúrgicas, utilizaba la hipnagogia, "una condición entre la vigilia y el sueño" en la que venían 'voces' y 'luces' brillantes y tranquilas" aparentemente enviadas por la deidad. Swedenborg, el gran místico sueco, dice Lachman, "desarrolló un método para inducir y explorar estados hipnagógicos, en los que viajaba al cielo, al infierno y a otros planetas". Famosamente el químico August Kekulé descubrió la estructura del anular de la molécula de benceno vislumbrando un uróboros (una serpiente que se muerde la cola) durante un sueño hipnagógico.

Tradicionalmente la imaginación es el órgano de la percepción de los mundos sutiles por excelencia. La imaginación que tal vez se activa en esos momentos de duermevela (de veleo y de vuelo), justamente cuando el cerebro se retrae y quita las manos del volante, puesto que como creen los místicos sufíes, la imaginación y la intuición no son dependientes de la mente, sino que se ubican más en el corazón, "el órgano que produce conocimiento verdadero, intuición comprensiva, gnosis (ma'rifa) de Dios y de los misterios divinos", dice  el islamólogo Henry Corbin. Quizás antes de dormir manteniendo la calma en ese momento vertiginoso podemos alcanzar a ver con el corazón por algunos instantes y, con el ojo abierto del corazón, espiar la eternidad o percibir el translumbramiento del paraíso.

Existe una aristocracia de exploradores hipnagógicos, Gary Lachman enlista algunos: William Blake, Samuel Taylor Coleridge, Thomas De Quincey, Edgar Allan Poe, Gérard de Nerval, Havelock Ellis, C. G. Jung, Jean-Paul Sartre, Ernst Jünger... Espero que esta introducción a las delicias misteriosas de la hipnagogia y particularmente al abrevadero del momento justo antes de dormir --en el filo del cielo-abismo-- sean un buen aliciente para que quien lee esto intente observar su propio proceso de entrada al sueño: esa conciencia particular de atravesar una puerta. Se me ocurre que una forma de hacerlo es practicando la famosa meditación pitagórica de revisar antes de dormir los acontecimientos del día --así, que la película del día corra hasta disolverse en la pantalla del umbral como podría ocurrir también con la muerte o ese instante final en el que, según cuentan, se puede ver toda una vida de alguna manera contenida en un momento y desdoblándose justamente en esa percepción de la luz que se libera de la estrecha limitación del cerebro. El momento antes de dormir es el momento más importante del día y el momento antes de morir es el momento más importante de la vida: ambos, uno intuye, son en realidad el mismo momento. Tal vez el estado de hipnagogia sea un escenario virtual para entrenarnos para la muerte y no perder lo que hemos logrado en conciencia, en términos de Schwaller de Lubicz, lo que hemos inscrito en nuestro ser, inefablemente hasta los huesos. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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El hogar como un propósito ambicioso pero asequible o como una realidad de la que nunca tuvimos conciencia hasta que fue demasiado tarde: un contraste que encontramos en esta fábula de Rumi

En una historia contada por Rumi, el famoso poeta místico persa, tres peces toman distintas decisiones cuando ven que un grupo de pescadores se acerca al lago donde viven. Uno de ellos, el más inteligente, opta por tomar rumbo al mar y se va sin enterar a los otros dos de su partida; el segundo, “medio inteligente”, decide quedarse pero fingir que está muerto: al verlo flotar vientre arriba, los pescadores se creen el engaño y lo descartan; finalmente, el tercer pez, que en la historia se califica de tonto, confía en que su habilidad y su astucia serán suficientes para evadir las redes de los pescadores, pero se equivoca, y termina en una sartén, cocinándose a fuego lento.

Como sucede con frecuencia en la literatura religiosa o edificante, en este caso la narración sirve de vehículo a una o varias enseñanzas. De manera general, se instruye al lector en la multiplicidad de perspectivas que es posible adoptar ante la vida y las circunstancias de las que está hecha, ese carácter impredecible tan suyo y por el cual vivir puede parecer a veces tan complicado (sobre todo para quienes quisieran que las cosas se mantuvieran fijas o bajo su control).

En un sentido más específico, pero aún como una interpretación, puede decirse que el tema central de la historia es el hogar y la postura que cada uno de los peces asume ante este. Aunque, al principio, parece que para los tres el lago es su hogar, conforme la historia se desarrolla y se exponen las decisiones que cada uno tomó, advertimos que no es así, que si acaso algo comparten los tres con respecto al lago es tomarlo como el lugar donde vivían, un punto en común que se ramifica de manera distinta para cada uno.

Si nos mantenemos en esta hipótesis, de los tres peces los más interesantes son el primero y el último. El más inteligente podría calificarse también de más ambicioso, arriesgado, pues es el único que aprovecha la circunstancia para arrostrar un camino que implica distancia y peligros, la soledad de un viaje que hace por su propia cuenta y sin compañía, incluso la posibilidad de no retornar; un poco como si el pez supiera del océano con anterioridad, lo anhelara, pero solo en el momento de enfrentarse con los pescadores reconociera que tenía que partir —eso o la muerte:

El pez inteligente decidió irse de inmediato, recorrer el largo y difícil camino hacia el mar.

Pensó: “No consultaré con los otros dos. Harán vacilar mi decisión, pues aman demasiado este lugar. Lo llaman su hogar. Su ignorancia los obligará a quedarse aquí”.

Cuando viajes, pide consejo a un viajero, no a quien esté anclado a un lugar por su propia incapacidad. Mahoma dice:

“El amor por el terruño es parte de la fe”.

Pero el terruño es lugar hacia donde te diriges, no donde estás.

No leas mal ese hadith.

El hogar es en esa parte de la historia menos un ideal que un propósito: algo para lo cual se va en pos de. Un objetivo que se vislumbra a la distancia, quizá incluso en la imaginación o en el deseo, pero que aun así se sabe asequible. Implica enfrentar dificultades pero es posible que, después de todo, se consiga, se llegue ahí. Por eso, poco más adelante pero todavía en este mismo talante, Rumi escribe: “Amar el hogar es bueno pero pregúntate primero: ¿dónde está realmente el hogar?”.

El tercer pez, en contraste, vive confiado en sus recursos y quizá podría decirse que no ve más allá de su propio horizonte ni está interesado en ir más allá. Piensa que escabullirse de los pescadores será tarea fácil, pero muere consumido por su propia ignorancia. Al final de la historia se nos muestra por una última vez a este pez, ya en la sartén, en un pensamiento de componentes contradictorios:

Mientras, el tercer pez tonto, brincaba agitado tratando de escapar por medio de su agilidad y astucia. Por fin la red lo atrapó y ya en la terrible cama del sartén para freír, pensó, “Si salgo de ésta nunca viviré otra vez en los confines del lago. Para la próxima, el mar. Haré del Infinito mi hogar”.

Como vemos, la estrechez de juicio de este tercer pez llega hasta el último minuto: aunque está a punto de ser comido, todavía piensa que puede salir bien librado de la adversidad, y al instante siguiente se dice: “Para la próxima, el mar. Haré del Infinito mi hogar”, sin darse cuenta de que no existe tal cosa como una próxima oportunidad. Al menos no para hacer del infinito el hogar propio. Si eso es posible, no hay otro lugar más que aquí, ni otro momento más que ahora.

La historia “Los tres peces” puede leerse completa en este enlace.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Imagen principal: Sarah Capon