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Una reflexión a partir de un comentario realizado por el filósofo Giorgio Agamben

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La crisis de la deuda griega ha puesto en tela de juicio la visión política de Occidente, la cual se ha apropiado de las ideas de libertad y democracia para aceitar su maquinara económica. Pareciera en ocasiones que la democracia solamente es la fachada ideológica más efectiva para expandirse y colonizar el mundo y disfrazar el imperialismo económico capitalista que es el verdadero sistema operativo. Por esto, algunos intelectuales han visto un acto altamente significativo en que Grecia haya rechazado el modelo de la Unión Europea, acaso como si la cuna de la verdadera democracia no se dejara engañar por la hipocresía y la faramalla democrática.

Para entender la situación global resulta apropiado recurrir a algunas ideas manejadas por el filósofo italiano Giorgo Agamben en una entrevista que, si bien es de 2012, es especialmente relevante en este momento. Dice Agamben: “El nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas... Es más simple manipular a la opinión de las personas a través de los medios y de la televisión que tener que imponer en cada oportunidad las propias decisiones con la violencia". Por eso la esperanza, aunque remota, de que Grecia --o el contagio de su ejemplo-- pueda volver a encender un fuego de lo que actualmente es poco más que cenizas, decadencia moral, artística y espiritual disfrazada de prosperidad material y progreso tecnológico. El problema es que, como señala Agamben, una de las cosas que ha hecho el capitalismo, al remover los paisajes y construir sobre ellos ciudades y centros comerciales, es remover también el pasado europeo y los ciudadanos de Europa han perdido el vínculo con su tradición. Esperemos que Grecia esté de alguna manera recobrando su pasado y su identidad, que es a su vez la gran semilla cultural de la cultura dominante en la actualidad planetaria. Dice Agamben: 

El pasado no es, pues, apenas un patrimonio de bienes y de tradiciones, de memorias y de saberes, sino también y sobre todo un componente antropológico esencial del hombre europeo, que solo puede tener acceso al presente mirando, de cada vez, a lo que él fue. De ahí nace la relación especial que los países europeos (Italia, o mejor, Sicilia, sobre este punto de vista es ejemplar) tienen en relación a sus ciudades, a sus obras de arte, a su paisaje: no se trata de conservar bienes más o menos preciosos, mientras sean exteriores y disponibles; se trata, eso si, de la propia realidad de Europa, de su indisponible supervivencia. En este sentido, al destruir, con el cemento, con las autopistas y la alta velocidad, al paisaje italiano, los especuladores no nos privan apenas de un bien, sino que destruyen nuestra propia identidad. La propia expresión “bienes culturales” es engañosa, pues sugiere que se trata de bienes entre otros bienes, que pueden ser disfrutados económicamente y tal vez vendidos, como si fuese posible liquidar y poner en venta la propia identidad.

Despojados de la identidad histórica, los ciudadanos solo pueden mirar hacia adelante y conformarse con el futuro que se les ofrece, aceptando los nuevos valores como verdades sin mucha reflexión, puesto que carecen de un cauce comparativo, de un modelo alternativo que no esté en estado letárgico que pueda hacerlos dudar de la realidad homogeneizante. Este principio aglutinante, homogeneizante, regulador de las conciencias y sometedor de los individuos en un mismo paradigma y en un mismo deseo, que antes era la Iglesia, hoy es el dinero. Al igual que la doctrina eclesiástica mantenía a los fieles en un estado intermedio, purgando penas, en una especie de limbo de inseguridad, en el que era necesario confiar en el mandato providencial, la política financiera actual de manera similar coloca a los ciudadanos en un estado de inseguridad permanente, en una carencia vulnerable, y en un desasosiego aspiracional que los hace más explotables.

"Crisis” y “economía” actualmente no son usadas como conceptos, sino como palabras de orden, que sirven para imponer y para hacer que se acepten medidas y restricciones que las personas no tienen ningún motivo para aceptar. ”Crisis” hoy en día significa simplemente “¡vos debés obedecer!”. Creo que es evidente para todos que la llamada “crisis” ya dura decenios y no es sino el modo normal de cómo funciona el capitalismo en nuestro tiempo. Y se trata de un funcionamiento que nada tiene de racional.

Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco –con sus funcionarios grises y especialistas– asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que docilmente abdicaron de su soberania), manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, el hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el título de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos días atrás: “Salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Solo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudoreligiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas.

Ideas que son sin duda estimulantes alimentos para el cerebro y para el corazón. Una vida sin reflexión no merece ser vivida, decía Sócrates y quizás una vida sin que esa reflexión produzca transformaciones, en actos y conciencia, tampoco. Es ya un lugar común decir que hemos divinizado al dinero y que nuestra vida gira básicamente en torno a conseguirlo si no lo tenemos y a conseguir más si ya lo tenemos. Advertencias así pueden encontrarse desde hace milenios. Y aunque para algunos esta diatriba en contra del materialismo sea aburrida, ¿realmente existe algo más importante de recordar, moralmente hablando? No se puede negar que entre más artículos de consumo producimos y más importancia le damos a estos objetos naturalmente nos volvemos más materialistas, no obstante que la tecnología tienda a la virtualidad y a despegarnos del mundo físico. Habría que preguntarnos, entonces, qué es lo que ganamos teniendo más cosas, deseando tener más dinero y poniendo las mejores de nuestras energías al servicio de obtenerlo. Y, ¿qué es lo que perdemos? ¿Cómo afecta a nuestra alma habitar en una red de relaciones definidas por su valor monetario? ¿Dónde, incluso, está nuestra alma, si es que acaso la podemos sentir todavía? ¿Qué les sucede a la espiritualidad y a la religión cuando el dinero es Dios y el capitalismo es nuestra religión? ¿Se vuelven solamente divisas? También, ¿es posible, en un mundo dominado por el capitalismo en todos sus aspectos, sustraernos de estas circunstancias y pensar, imaginar y vivir una vida que no gire alrededor del dinero o es solo una utopía romántica o el privilegio, justamente de aquellos que ya tienen mucho dinero --o karma a favor--, y que desde el superávit pueden dedicarse a cultivar el espíritu?

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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