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El psicoanálisis es una disciplina extraña, heterodoxa y marginal que quizá por eso mismo puede ayudar a operar cambios ahí donde más creíamos que todo debía mantenerse igual

10712707_775063775884542_330729782854646592_nEn los próximos meses cumpliré 2 años de ir regularmente a psicoanálisis. Salvo por un puñado de ocasiones en que ciertos incidentes me impidieron asistir, han sido casi 2 años de desplazarme regularmente al consultorio de mi analista un par de veces por semana. Esto, por supuesto, no me da ningún tipo de “autorización” para escribir sobre el tema, pero sí me otorga un cierto nivel de experiencia para hablar al respecto. Si lo hago es un poco por un gusto personal pero quizá también como una especie de gesto gratuito de solidaridad: aun con las críticas que puedan hacerse al psicoanálisis, pienso sinceramente que esta es una terapia efectiva para ciertas personas y para ciertos “problemas”, un método entrañable para conocerse, reconocerse e incluso desconocerse, mientras en el ínterin, en el proceso, suceden cosas. Lo hago, en suma, para mostrar qué ha sido hasta ahora el psicoanálisis para mí ―lo cual quizá también puede ser, en parte, para otra persona.

 

La autonomía de las cualidades propias

Una de las anécdotas más conocidas que se cuentan sobre Diógenes el Cínico es aquella de su encuentro con Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia y para entonces todavía sin el mote de “el Magno”. Se dice que al saber de su fama y en especial de su pensamiento, Alejandro quiso conocer al filósofo, lo cual consiguió poco después de derrotar a los atenienses e incorporar de facto la ciudad al reino de Macedonia. Diógenes Laercio, en su Vida de los filósofos más ilustres, cuenta sucintamente el encuentro:

Estando tomando el sol en el Cranión, se le acercó Alejandro y le dijo: «Pídeme lo que quieras»; a lo que respondió él: «Pues no me hagas sombra».

Alejandro era rey, potencialmente era también uno de los más grandes conquistadores de la historia, en ese momento era uno de los hombres más poderosos del mundo conocido. Diógenes, por su parte, no tenía, literalmente, más que el tonel en el que dormía y puede ser que incluso ni siquiera eso: si lo llamaron “cínico” fue porque vivía y obraba como los perros, desnudo y a la vista de todos. Sin embargo, nada pidió a Alejandro más que se quitara de donde estaba, al frente suyo, porque le estorbaba el paso del Sol, cuyos rayos quería disfrutar en ese momento. Para Alejandro, la petición debió ser la más inesperada posible. Pero eso era lo único que Diógenes quería de Alejandro y, desde la perspectiva de Diógenes, era lo único que Alejandro podía darle, a pesar de todas las otras cualidades de cada uno.

La historia sirve para mostrar la autonomía parcial de las cualidades de una persona. Con cierta frecuencia nos enfrentamos a un desencuentro entre lo que somos y podemos ofrecer y lo que el otro es y está pidiendo. A veces nunca se presenta el punto de encuentro entre una y otra subjetividad. Sin embargo, ¿eso cambia las cualidades de cada una? ¿Las hace menos o más? No, una y otra vez no. Alejandro no fue menos Alejandro porque Diógenes no le pidiera más que dejar de hacerle sombra; y Diógenes no fue más Diógenes porque ante el ofrecimiento del hombre más poderoso de su mundo pidiera una trivialidad. Cada uno de nosotros es lo que es, y para reconocerlo y ponderarlo es posible dejar de lado las expectativas y demandas de los otros.

 

La posibilidad de mirar algo desde otro ángulo

Esto, como mucho del psicoanálisis, parece una obviedad, pero para muchos es una de las operaciones más titánicas de su existencia, un trabajo herculino comparable a desviar el curso de un afluente. Es sencillo decirlo, ¿pero qué tan seguido miras un problema desde otra perspectiva? Ya no digamos la del Otro, sino una cualquiera pero distinta a la primera con la cual lo consideraste.  Si, digamos, pierdes un trabajo tras otro, ¿eres capaz de considerar que quizá la causa está en algo que haces o dejas de hacer y no en la mala fe de los demás?

 

Nada nunca es para siempre

tumblr_mvqj3b7PKF1rkbwqio1_500Las cosas pasan, en al menos dos acepciones del verbo pasar: suceder y agotarse. Las cosas suceden, ocurren, pero también se agotan y se consumen. Una pérdida, por ejemplo: una relación termina, una persona muere, y es doloroso, porque ocurrió, pero eventualmente también ese dolor terminará, o tendrá otro peso en nuestra existencia. Y también las cosas agradables: conseguimos algo que nos propusimos, terminamos una tesis, encontramos un trabajo, aprendimos a hacer algo que siempre quisimos, y es grato, pero no podemos quedarnos en eso, es necesario seguir. Ni el dolor ni la alegría son eternos. Son cosas que pasan.

 

La palabra cura

Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.

Octavio Paz, El arco y la lira

Hablar es un gran asunto. Hablar es aceptar ante otro lo que a veces no podemos o no queremos aceptar ante nosotros mismos. Hablar es encontrarnos en nuestra propia dimensión: no la del alardeo ni la del murmullo, no la de la exageración ni la de la subestimación. Hablar lo que es. Hablar desde lo que somos. Dar cuerpo, con nuestra voz, a aquello que de verdad deseamos, aquello que de verdad sentimos, aquello que de verdad pensamos; aquello que a veces tememos aceptar porque nos enseñaron a considerarlo una tontería, un asunto menor. Verbalizar, por mínimo que parezca, desata grandes cambios en la subjetividad, paulatinos pero grandes. Pero sólo cuando se habla sinceramente.

 

Considerar al otro, tomarlo en cuenta, darle un lugar

Por diversos motivos estamos sumamente habituados a no pensar más que en nosotros mismos. El Yo y su hegemonía que todo lo cubre. Su comodidad, sus intereses, su forma de pensar, su manera de hacer las cosas. Dar lugar al otro es también uno de los movimientos más complicados para ciertas subjetividades. Algo tan sencillo como, por ejemplo, preguntar en vez de afirmar. El abismo que existe entre: “Yo puedo entre 5 y 8” y “¿Tú puedes entre 5 y 8?”.

También, en otras circunstancias, ocurre que algo del otro nos exaspera. Su docilidad o, por el contrario, su rebeldía; su aprehensión, su ausentismo, su melancolía, su jovialidad. Cada uno tendrá sus propias fobias con respecto al otro, pero si algo puede lograrse con el psicoanálisis es comprender que eso que tanto nos enoja de alguien más es un rasgo muy suyo, un rasgo que dice algo del otro, de su historia, de su experiencia frente a la vida, de las cosas que le tocó pasar. Y esto, en cierta forma, es el primer paso para darse cuenta que así como uno tiene que lidiar con sus issues, así también el otro tiene sus propias dificultades, lo cual de algún modo nos sitúa a todos en el mismo nivel de debilidad o, quizá mejor, de humanidad.

La comprensión de ese hecho también vuelve posible la decisión a propósito de las personas que queremos en nuestras vidas. Así como hay faltas de nosotros mismos que nos son más tolerables y que incluso llegamos a abrazar y aceptar, así también hay faltas de los otros frente a las cuales podemos elegir entre si queremos o no hacerlas parte de nuestra vida.

 

La importancia del método (y la disciplina)

Sí, sé bien que disciplina no es una palabra atractiva y más bien justo lo opuesto: despierta reticencia y hace fruncir el ceño. Sin embargo, es necesaria, en casi todas las cosas importantes de la vida. Casi cualquier cosa que vale la pena (una de las expresiones menos afortunadas del español, pero bueno), se consigue sólo con disciplina. ¿Quieres enflacar? No hay de otra más que disciplinarse. ¿Quieres aprender otro idioma? Lo mismo. ¿Quieres tener una relación que dure? ¿Quieres tener un trabajo que te satisfaga? ¿Quieres escribir un libro? Casi lo que sea que quieras, requiere ser metódico, ser disciplinado. El deseo y la constancia tienen una relación estrecha que casi siempre dejamos de tener en cuenta, en la creencia de que las cosas llegarán por sí solas, como méritos que nos corresponden per se, sin hacer nada por conseguirlos. Pero no. Aunque suene increíble, hay que trabajar por ellos.

 

La diferencia entre terapia y análisis

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Mi impresión es que muchas personas llegan a psicoanálisis por una circunstancia específica, desde un rompimiento amoroso hasta la muerte de una persona muy querida. Para algunos hay un “quiebre” que los decide a acercarse al consultorio. Para el analista se trata de una petición que, en cierta forma, requiere “terapia de choque”, acciones de emergencia. Y no tanto por la gravedad del asunto, sino porque el paciente está tomado por eso, es casi lo único a lo que responde.

Sin embargo, hay otro punto en que la terapia transita hacia el análisis, específicamente, cuando comienzan a surgir más cosas, cuando el analizado advierte que el “problema” con el que llegó está ligado a otros aspectos de sí mismo pero, más importante, cuando se da cuenta que como sujeto él es más, mucho más, que el problema por el cual llegó al consultorio. De ahí, en parte, la necesidad de analizarse, de no sólo “ir a terapia” ―tener un espacio para hablar, desahogarse, llorar, enojarse, etc.― sino entrar en un proceso de autoconocimiento para el que se tienen pocas oportunidades en la vida normal y cotidiana.

 

El análisis es continuo

Hace un tiempo, más o menos a los 6 meses de haber iniciado mi proceso de análisis, escribí un texto en el que comparaba este con la meditación. Es posible que lo que dije entonces admita una o varias revisiones, pero hay al menos un punto que aun ahora me parece válido: como la meditación, el psicoanálisis es un ejercicio que no se limita al tiempo y el espacio específicos que le dedicamos dentro de nuestra rutina personal, es decir, ni la meditación termina con los 20 o 30 minutos de la práctica que hacemos todas las mañanas, ni, por otro lado, el psicoanálisis existe sólo dentro de las fronteras del consultorio y el diván. En ambos casos, para que sea un ejercicio realmente efectivo ―es decir, con efectos sobre nuestra realidad―, es necesario traspasar dichas fronteras y llevar lo aprendido a nuestros actos y decisiones cotidianas.

pink_212a22_2745524A veces también eso que sucede en el consultorio ―esa experiencia extraña de reconocimiento y autoconocimiento, ese “caer el veinte"― puede presentarse fuera de este, al menos en una versión abreviada: en una plática con un amigo, al mirar una película, al despertar de un sueño. Como la meditación, el psicoanálisis sitúa al sujeto en el camino del conocimiento de sí, del aprendizaje de ciertos recursos para saber quién es realmente y por qué no debe ignorarse a sí mismo. Y esos momentos de reconocimiento pueden ocurrir siempre, en cualquier circunstancia, porque nunca dejamos de ser quienes somos.

 

Lo importante está en el proceso

En alguno de los libros de texto gratuitos con los que se estudia en las escuelas de México se encontraba una historia en la que un viejo campesino decía a sus hijos, desde su lecho de muerte, que había enterrado un tesoro en algún lugar del campo que toda su vida había trabajado. Al morir el anciano, los hijos (tres, si no recuerdo mal), de inmediato se pusieron a cavar y remover la tierra, con la esperanza de encontrar las riquezas de las que había hablado su padre. Así estuvieron algún tiempo, días o semanas, sin dar con el tesoro anunciado. Hasta que una tarde, después de haber trabajado la jornada entera, el hijo menor se detuvo y echó una mirada al campo: a la luz del ocaso, este lucía como nunca antes lo había visto, con resplandores que semejaban piedras preciosas y metales de gran valor. Al remover de esa manera la tierra, el campo estaba listo para sembrarse. El hijo menor entendió entonces cuál era el tesoro que el padre había escondido.

La moraleja de la historia apunta hacia el valor del trabajo (algo que, como vimos, no es ajeno al psicoanálisis), sin embargo, también es posible extraer otra interpretación y hablar sobre la importancia del proceso. Como dije antes, muchos llegamos al consultorio del analista por un motivo específico y casi siempre sin saber en qué nos estamos metiendo, con todo, se trata de una experiencia sumamente enriquecedora. Puede ser que pase el tiempo y veamos que aquello por lo que acudimos sigue ahí, aparentemente sin resolverse, un eje en torno al cual seguimos dando vueltas. Y sí, eso puede ser desesperante, pero un poco menos cuando nos damos cuenta que en el entretanto ocurren cosas, que quizá aún no conseguimos eso que creíamos que iba a suceder sólo por tenderse en el diván, pero a cambio aprendemos de nosotros mismos, de nuestras experiencias, aprendemos a tomar mejores decisiones con respecto a nuestra vida, nos damos cuenta de cosas que antes nos pasaban por alto.

Como saben bien los héroes y los grandes viajeros, a veces importa menos el destino final que el recorrido que se hizo para llegar ahí. Ese es el sentido de los versos de Cavafis:

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

 

El amor es complicado

Pero esto ya todos lo sabemos sin necesidad de ir al psicoanalista. El amor es complicado hasta que no lo es, y esto puede ser o no obra del psicoanálisis.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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La Iglesia de la Edad Media decidió colocar seres demoníacos de piedra sobre sus catedrales para cumplir varias funciones

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En la Edad Media, esos siglos supuestamente analfabetos y violentos, la Iglesia estaba por todas partes y, sobre ella, las gárgolas. Pero estas criaturas mitológicas quizá sean las más incomprendidas de todas las que pululan por bestiarios y tratados demonológicos: pocos saben por qué están allí y qué funciones cumplían.

La palabra dice mucho de ellas: gargoille, en francés, es originalmente garganta. En Alemania son llamadas wasserpeier, “vomitador de agua”, término análogo al holandés waterspuwer, “escupe agua”. Toda esta terminología apunta a su utilidad arquitectónica; las gárgolas son un elemento necesario en las catedrales para desaguar los tejados mediante imperceptibles caños que las atraviesan. Pero sus formas demoníacas son otra historia.

Los arquitectos y sacerdotes medievales aprovecharon la necesidad de desagüe para enviar un mensaje a los incrédulos. Las gárgolas, con sus garras afiladas que se extienden hacia el cielo, eran advertencias en contra del comportamiento de los pecadores. ¡Ay del que se acercara a la iglesia con una consciencia sucia! Ahí estaban los dragones, serpientes y leones en las alturas escrutando al caminante, recordándole constantemente el destino trágico de su alma, aquello que lo espera del otro lado si se desvía del santo edificio que yace bajo sus garras. Desde luego, los mismos rasgos demoníacos de estas gárgolas, de horror en su estado puro, protegían a los sacerdotes y creyentes de lo maligno que quisiera entrar en su iglesia.  

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Al parecer fue tan poderosa la tendencia a construir gárgolas que muchas, en la Alta Edad Media, ya ni siquiera sirven de acueducto. Son meros monstruos patibularios en eterna vigilancia sobre catedrales góticas y barrocas. Las que nos quedan han perdido la fuerza de su función en manos de turistas más bien confundidos ante el mensaje.

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