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Conoce a los fagos: "la materia oscura" viral que domina el planeta

Ciencia

Por: pijamasurf - 04/30/2015

Los bacteriófagos son los organismos más abundantes del mundo, superando por más del doble a las bacterias. Hasta la fecha sabemos poco de ellos, pero científicos creen que podrían ser instrumentales en el futuro de la medicina

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El biólogo Stephen Jay Gould escribió, parafraseando el Génesis: "Primero fue la bacteria", haciendo alusión tal vez a la teoría de que la vida en el planeta parece haberse originado a partir de estos microorganismos y, quizás también, a que desde cierta perspectiva son los organismos dominantes en la Tierra. Esta perspectiva del poder bacteriano global, sin embargo, está siendo desafiada por el estudio de los bacteriófagos, también conocidos como fagos, organismos virales que se alimentan solamente de bacterias y son por número los más abundantes del planeta (microbiólogos bromean con que la gran guerra original por el control del mundo es entre virus y bacterias). La periodista científica Nicola Twilley los llama "los titiriteros de las bacterias" y la National Science Foundation de Estados Unidos se refiere a ellos como "materia oscura viral". Esto último en alusión a que sabemos muy poco sobre estos intrigantes organismos submicroscópicos, algo que el profesor de la Universidad de Estatal  de San Diego, Forest Rohwer, quiere corregir nombrando este 2015 "el año del fago", celebrando así 100 años de su descubrimiento.

Rohwer es autor del reciente libro Life in Our Phage World, una introducción al fascinante y desconocido mundo de los bacteriófagos donde podemos aprender cosas como que que existe un estimado de 1031 fagos en el mundo, lo que los convierte, por mucho, en el organismo más numeroso del planeta. Según reseña Nicola Twilley, en una cucharada de agua de mar existen más fagos que personas en todo Río de Janeiro. Cada segundo estos endiablados nanoorganismos son responsables de 1 billón de billones de infecciones virales, destruyendo cerca de 40% de las células bacteriales en el océano cada día. Las bacterias muertas se hunden en el mar y remueven gases invernadero, contribuyendo a un delicado equilibrio ecológico cuya interdependencia apenas empezamos a sondear.

El diminuto tamaño de los fagos hace que sean sumamente difíciles de medir, estando al límite entre la física clásica y la física cuántica (otra razón para el apelativo de "materia oscura"). Como ocurre con los virus, están al límite de la vida, y en realidad no son considerados seres vivos (una definición un tanto escurridiza). Pese a que tienen genes, evolucionan y se reproducen, el hecho de no tener una estructura celular o un metabolismo propio hace que los fagos no sean considerados organismos vivientes (solamente organismos, acaso como los cristales).

Científicos señalan que los 2 mil millones de piezas genéticas que probablemente sólo existan en los fagos podrían hacerlos también la fuente más grande de diversidad genética y por lo tanto una reserva inexplorada de enormes aplicaciones para la salud, la energía o la agricultura. El profesor Rohwer cree que la excitación generalizada en el mundo de la microbiología y la medicina que genera el microbioma humano bacterial (y la ya gigantesca industria de los probióticos) podría ser superada por la manipulación bacteriofágica. "Vamos a poder hackear el microbioma humano con nuestros fagos. En unos años verás a personas manipulando a especies individuales [de bacterias] en el intestino con un bacteriófago, algo que no es muy difícil de hacer", dice Rohwer. Tal vez esto pueda ser un proceso más efectivo que el consumo de probióticos que por el momento no han logrado ser amaestrados para obtener resultados predecibles, si bien suponemos que podrían ser importantes en el tratamiento de prácticamente todas las enfermedades. De igual manera, los fagos podrían ser una alternativa a los problemas de resistencia antibiótica que han desarrollado las bacterias por el abuso de estos medicamentos, mayormente mal utilizados para combatir virus (para los cuales son inofensivos).

La abundancia de estos organismos es tal que, de hecho, cualquier persona puede tener su propia especie de fago si logra encontrar una --y debe de haber literalmente miles. Es más, cualquier persona puede nombrar el número de especies que quiera, no hay límites ante la desmedida cantidad de estos virus devora-bacterias. Aquí una serie de instrucciones para quienes quieran hacer una contribución de ciencia ciudadana. 

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¿En que podemos creer, si la misma ciencia parece estar profundamente viciada por intereses creados y una búsqueda de la notoriedad antes que la verdad?

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El poder de la ciencia en nuestra sociedad ha llegado al punto del dogma. Si lo dice un científico de Harvard o de Stanford, tiene que ser verdad. Exaltamos las credenciales académicas como si fueran chalecos antimentiras; si antes Shelley había dicho que los poetas eran los legisladores no reconocidos del mundo, ese título le pertenece sin duda a los científicos en nuestra época. Y sin embargo la solidez de la realidad científica, su aparente incontestabilidad, la pulcritud de su método, tal vez sean una ilusión más.

Desde abril pasado ha estado circulando y causando conmoción un editorial escrito por Richard Horton, el director de The Lancet, una de las revistas científicas más viejas y con mayor prestigio del mundo. Horton escribe:

El caso en contra de la ciencia es frontal: mucha de la literatura científica, la mitad quizás, simplemente es falsa. Afligida por estudios con muestras demasiado pequeñas, efectos minúsculos, interpretaciones inválidas, flagrantes conflictos de intereses, aunado a una obsesión por perseguir modas y tendencias de dudosa importancia, la ciencia ha tomado un giro hacia la oscuridad.

La afirmación de Horton es contundente e inquietante en lo que concierne al edificio de realidad que construye la ciencia en nuestra sociedad. Horton cree que una posibilidad para cambiar las cosas es simplemente retirar todo incentivo y promover la colaboración y no la competencia. Marcia Angell, ex editora del New England Medical Jounal, se hace eco:

Simplemente no es posible creer en mucha de la investigación de clínica que se publica, o depender del juicio de médicos confiables y de las guías médicas. No me produce placer esta conclusión, a la cual he llegado con reticencia en mis más de 2 décadas como editora del New England Journal of Medicine.

¿Si no podemos creer en la ciencia, en que podemos creer? Ciertamente no en los medios que publican los artículos científicos que denuncia Horton (y aquí nadie se salva, incluyendo este sitio), los cuales están hechos a la medida para que puedan aparecer en los medios, utilizando presupuestos no para resolver los grandes problemas del ser humano sino para que los científicos puedan posicionar sus carreras y recibir más fondos. Desde la perspectiva del lector o del consumidor de ciencia que no es parte de la academia, parece importante desarrollar una mirada crítica y ser capaz de detectar cómo los medios y ahora los mismos científicos utilizan encabezados para llamar la atención y sesgar el interés. Tener presente que muchos estudios científicos obtienen sus fondos directa o indirectamente de corporaciones --las farmacéuticas, por ejemplo-- o por parte de gobiernos y en su agenda quieren avanzar ciertos proyectos y legitimar ciertos conceptos. Para que pueda mantener sus posiciones y fondos, en muchas ocasiones el científico se coloca al servicio del mantenimiento del statu quo. Es necesario dudar de lo que se nos presenta como real bajo un marco perfectamente realista, dudar de todo, como ya lo decían los filósofos y, al mismo tiempo, no tomarse las cosas demasiado en serio. Empecemos por dudar de nuestras creencias.