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La aparente contradicción de dos condiciones se funde en estos excéntricos personajes que son, al mismo tiempo, miembros de dos comunidades totalmente opuestas: el judaísmo ortodoxo y el glamouroso mundo de las drag queens

En los últimos años la expresión de la sexualidad ha conocido una apertura que, aunque existió en épocas anteriores, quizá no era del todo visible. A la dicotomía un poco simplona de homosexual/heterosexual que, con distintos nombres, casi siempre se usó para clasificar las prácticas en torno al sexo, ahora se ha sumado una gama mucho más amplia que intenta dar cuenta de todo aquello que los sujetos buscan cuando intentan dar cauce a su deseo (o su goce).

Este es un poco el caso de las drag queens, un término difícil de precisar lingüísticamente pero, paradójicamente, sumamente claro en la realidad. En efecto: por un lado, la etimología de la expresión se debate entre el inglés y el gitano, pues hay quienes aseguran que “drag” es el acrónimo de “Dressed Resembling A Girl” (“vestido parecido a una chica”, utilizado como indicación teatral) pero, por otro, también se dice que la palabra podría derivar de ciertos dialectos romaníes en donde a la falda se le llama “daraka” o “jendraka”. En cuanto a “queen”, igualmente se trata de una alusión femenina.

Pero si bien, como decíamos, puede ser que expresiones como esta sean conocidas o incluso públicas, todavía pueden considerarse marginales en la medida en que su campo de acción es más bien limitado. En cierta forma, el discurso social de la “tolerancia” crea territorios de excepción en donde lo “anormal” es permitido mientras se mantenga dentro de esas fronteras.

¿Pero qué pasa cuando lo excéntrico deja esas márgenes y toma una posición privilegiada, en donde no puede no verse? De alguna manera ese es el caso de algunas drag queens que a esta elección de vida suman otra circunstancia personal: la ortodoxia judía a la que pertenecen o en la cual se formaron parcialmente.

Aunque suene increíble o imposible, existen hombres travestidos que reivindican también su condición judía, a pesar de que esta religión, como casi todas, condena moralmente la homosexualidad y cualquier otra práctica sexual ajena a las normas. Lady SinAGaga (sobrenombre que conlleva una ingeniosa aliteración de “sinagoga”) y Yudi K son algunas de estas drags que han causado cierta conmoción dentro de un mundo caracterizado por su rigurosidad y el intenso apego a las tradiciones.

Irónicamente, para Jayson Littman, fundador de Hebro, una organización que apoya y celebra la homosexualidad dentro de la comunidad judía, el referente para toda drag está más cerca de lo que cualquier judío ortodoxo quisiera creer; al respecto, dice Littman:

Ser un personaje drag se trata al final de crear una personalidad enorme, exagerada, y la mayoría de los gays judíos tienen el modelo perfecto para imitar esto: nuestras madres.

Quizá una comunidad funcione también como esos sistemas matemáticos que conforme se desarrollan terminan por generar su propia contradicción, sólo para evidenciar que esta es, a la postre, un elemento del propio modelo que nunca debió no considerarse.

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¿Sabes qué es el “turismo negro”? Estas fotografías te darán una idea (siniestra) del concepto

Buena Vida

Por: pijamasurf - 03/11/2015

En nuestra época todo es susceptible de convertirse en mercancía, incluso el dolor y la muerte, tal y como sucede con el llamado "turismo negro"

El turismo es una práctica ambigua; si bien por un lado parece tener todas las ventajas de viajar, por el otro su carácter esencialmente comercial lo contamina con los vicios del capitalismo de consumo. Un turista viaja pero, por el carácter de su viaje, difícilmente tiene oportunidad de adentrarse en una cultura o de conocer otras formas de vida. Por eso el turismo es sobre todo un producto.

En este sentido, existe una variante que se conoce como “turismo negro”, “turismo oscuro” o “turismo de dolor”, la cual consiste en convertir sitios donde murieron muchas personas en puntos de atracción turística. En ciertos casos son centros de concentración en donde se consumaron genocidios históricos; también puede tratarse de memoriales erigidos en recuerdo de personas fallecidas en desastres naturales, prisiones que fueron escenario de torturas y muertes, etcétera.

Recientemente el fotógrafo residente en París Ambroise Tézenas dio a conocer su serie I Was Here/Estuve aquí, en la que reunió imágenes de varios de estos lugares que forman parte del itinerario internacional del turismo negro.

La idea para su proyecto comenzó en Sri Lanka en 2004, durante una estancia vacacional que coincidió con el tsunami de aquel año que arrasó con la costa del océano Índico. En dicha tragedia, el fotógrafo tuvo contacto con los casi 2 mil muertos de un tren descarrilado. 4 años después Tézenas regresó a Sri Lanka y encontró que las vías del tren habían sido reparadas en beneficio, sobre todo, del flujo turístico.

Esta experiencia y sus visitas posteriores a monumentos, museos de sitio y otros lugares en honor de muertes masivas hizo pensar a Tézenas que la sociedad contemporánea está fundada, en parte, en la aversión o cierto impulso por evitar nuestra propia mortalidad, y que confrontamos la muerte y la violencia sólo mediante incidentes de los cuales nos alejamos por creer que no sucedieron en nuestro mundo inmediato o en nuestra época. No nos damos cuenta de que estos acontecimientos sucedieron y fallecieron personas reales.

Sin embargo, según Tézenas, la mayoría de los países prefiere convertir dicho dolor en un espectáculo comercializable antes que asumir la responsabilidad de los crímenes cometidos. Y esa es la paradoja siniestra del turismo negro.