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Este autorretrato de Leonardo da Vinci fue ocultado de Hitler para evitar que le confiriera poderes mágicos

Arte

Por: pijamasurf - 11/03/2014

El curioso caso de un autorretrato de Da Vinci que parece irradiar una fuerza mística

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La personalidad de Hitler es probablemente la más mítica de la época moderna --cada vez más difícil de observar sin prejuicios. ¿Hasta qué punto realmente Hitler estaba interesado en el ocultismo y buscaba obtener poderes supernaturales o encontrar artefactos mágicos para consolidar su poder? Es difícil decirlo, pero ciertamente hay evidencia de que algún interés por el ocultismo era parte de los intereses del Führer.

En este tenor, la BBC reporta sobre la exposición al público de un autorretrato de 500 años de Leonardo da Vinci, realizado con gis rojo, con una mirada imponente, el cual supuestamente ejerce un poderío místico que se puede transferir a quien lo observa, como si el genio renacentista hubiera codificado una energía de poder en el papel.

El retrato fue llevado a un escondite en Roma durante la Segunda Guerra Mundial, al parecer con el propósito de que Hitler no pudiera obtenerlo de la Biblioteca Real de Turín, donde solía estar. El ocultamiento al parecer ha hecho mella en el retrato, que ahora es una especie de desvaída reliquia mística. Actualmente, sin embargo, se encuentra bien protegido en una cripta museográfica especial junto con otras obras de Leonardo, un artista que también ha sido vinculado con numerosas sociedades secretas y con un velado interés por el ocultismo.

Seguramente el efecto en vivo debe de ser mucho más intenso, pero no hay duda que el autorretrato irradia un gravitas en la mirada que conmueve y sobresalta, haciendo que el arte llegue a ser confundido con lo sobrenatural al despedir esa aura especial que Walter Benjamin consideraba la característica esencial del arte.

 

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Melancolía en el olvido: Karen Dalton, una razón admirable para creer en el folk

Arte

Por: Jaen Madrid - 11/03/2014

Un breve recorrido por la trágica vida de Sweet Mother K. D., la luz cegadora del folk que le canta sutilmente a las tristezas.

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Gran parte de las buenas canciones de folk que se escriben y llegan a nuestros oídos, permanecen vigentes en nuestras vidas debido a la cantidad emocional que de ellas se emana. Sin profundizar en tecnicismos de composición, escuchar “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again” de Bob Dylan o “Blowin' in the Wind” de Joan Baez siempre nos trasmitirá una efusión bellísima, que mucho tiene que ver con el arte de componer sencillamente con una guitarra. Para Karen Dalton, la importancia de reinterpretar esas emociones escritas por artistas simbólicos era de suma importancia, pues lograba mantener vivo su espíritu y hacer justicia por llevar los sonidos olvidados a un segundo plano de vida. Pero la desventura que vendría para ella bajo el nombre de destino, evitó que alguien, en algún momento, le hiciera justicia a su vida misma.

Nacida en Oklahoma, con sangre india de los nativos Cherokee, Karen Dalton fue uno de los minerales-joya enterrados en lo más profundo de la escena folk de Greenwich Village en los años sesenta, cúmulo de talentos en los que destacan Fred Neil, Richard Tucker y por supuesto, Bob Dylan. Sus constantes viajes por América con una guitarra de 12 cuerdas y un banjo, despertaron las almas inquietantes de todo aquel que intentaba llevarla a un estudio de grabación, sin obtener más que una simple aversión de su parte. Karen estaba en el lugar y el tiempo correcto para conseguir un poco de fama con ese especial tono de voz que siempre recordaba a Billie Holiday; sin embargo, sus constantes roces con el abismo de la adicción y el alcoholismo la dejaban inerte, siempre con la idea de regresar a su pueblo natal, de abrazar a sus niños, a su caballo y a su perro.

Lograr llevarla a estudio unos años más tarde fue probablemente uno de los grandes favores que le debemos a Fred Neil, quien lo hizo posible. Corría 1969 y se grabó entonces It’s So Hard To Tell Who’s Gonna Love You Best, álbum que recupera los ritmos más celestiales de pioneros del blues como Lightnin’ Hopkins o el hiriente Washington Phillips, que se pueden apreciar desde los primeros arreglos sencillos que anuncian la entrada del disco. Canciones que sobresalen de manera natural como “It Hurts Me Too” y la profunda interpretación de “Down on the Street (Don't You Follow Me Down)” entre los deslices ágiles de sus dedos, revelan el culto a la nostalgia countryniana de los mejores músicos que ha tenido América.

daltonSeguido de este excepcional trabajo, era de esperarse una obra de mayor producción que reflejara los grandes sonidos del entonces festival Woodstock: In My Own Time de 1971 fue su segunda grabación completa, producida por Harvey Brooks (colaborador de Dylan para la sesión de “Like A Rolling Stone”), de donde podemos subrayar la eminente interpretación de “Katie Cruel”, hermoso conjunto que hace con el banjo y algunos arreglos majestuosos del violín de Bobby Notkoff, la imponente y sin embargo nostálgica “Something In Your Mind” de Dino Valenti y los arreglos elegantes a piano de “In Station”, original de Richard Manuel.

Dalton era sólo una intérprete, jamás brilló como escritora de sus propias canciones, pero esto no evitó que logrará el fin teleológico de la composición pura de una canción, pues para escuchar un poco a sus sentimientos, hay que tener siempre una premisa en mente: melancolía. Melancolía delicada y a ratos con sabor a miel, que le da existencia a las cuerdas de su guitarra, que le da ser y presencia al apacible silencio de la noche, o tal vez al momento eterno de una tarde mirando las nubes.

 

Envidiable era su deseo de volar en busca de sus verdaderos sueños, pues sus ojos sólo brillaban para sus dos hijos que posteriormente perdieron la vida. Pero los constantes choques que Karen tuvo con las depresiones, los dolores punzantes que una y otra vez la encadenaban a las tinieblas de la heroína fueron en realidad las premisas para que su fuerza, radiante tras los desafíos de vivir una vida que no le pertenecía, la convirtieran en la luz cegadora de ese folk que le canta sutilmente a las tristezas, a los dolores de la inocencia, a la muerte. Sweet Mother K. D., como algunos la llamaban, se encontró en el peor de sus infiernos mentales en 1993, cuando su magnífica voz terminó de consumarse entre la tiniebla de la enfermedad; tenía SIDA y como cualquier imperfecto de la sociedad, que no se le perdona su manera de decidir, las calles –las de Nueva York--, fueron su más grande refugio para huir de la realidad.

Twitter de la autora: @surrealindeath