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La escuela que tenemos detesta la invención porque su modelo epistemológico positivista supone que está todo inventado

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Cada día me encuentro con más conceptos fundamentales de lo educativo que no sé cómo encajar en el modelo escolar que tenemos. Y ya entendí que no se trata de adicionar, como si fueran ladrillos, unos encima de otros.

Me refiero a conceptos como creatividad, esfuerzo, responsabilidad, libertad, invención, negociación, estética, expresión, argumentación, talento, construcción, comunicación, actitud, aptitud, apropiación, impacto, comprensión y otros.

¿Tiene sentido hacer el esfuerzo de tratar de meter la estética en nuestro modelo educativo? Yo creo que no. Estética y escuela son incompatibles. Lo estético es espurio en la escuela; obedece a una matriz de valor que ella niega, aunque parezca que apenas desconoce (y no estoy hablando de las clases de arte). Lo que tiene todo el sentido del mundo es pensar un modelo escolar nuevo que tenga a la estética --al hecho estético, a la producción estética, al valor estético-- en el centro de su concepción y su diseño. Pero son cosas diferentes.

No tiene sentido hacer aquel esfuerzo porque es imposible. El modelo escolar en vigencia no tiene espacio para esas cosas. No le cabe lo que no lo constituye. Y tiene muy desarrollado su instinto de protección. La escuela reacciona tensa cuando se la insta a revisarse, si lo que se le pide es negar sus bases conceptuales. La invitamos a una transformación y a veces nos dice que sí, pero imagina apenas un lifting.

Vamos a verlo con un ejemplo. La escuela no es creativa. Pero además, la escuela no fomenta ni valora la creatividad. No sabe qué es eso. Porque creativo quiere decir expuesto al error, errático, ambicioso, inestable y propositivo. Y todo eso no tiene nada que ver con el modelo escolar. Aunque nos diga una y otra vez lo contrario; es parte de su neurosis. Si estos conceptos se impusieran, el modelo entraría en una crisis irreversible. Y eso no lo permiten los anticuerpos escolares, que trabajan más y mejor que sus cuerpos. La escuela es una institución sólo defensiva.

Como vimos, la creatividad no es un eje aislado, abordable por sí mismo como si fuera la geografía (que tampoco anda sola, pero a veces nos lo parece). Cuando viene, viene con toda su tribu; necesita de sus conceptos contiguos y constitutivos. Es gregaria. La creatividad se desarrolla si se la aborda integralmente. Y además es susceptible: no le gusta que se la subestime o se la margine. Ella viene si viene con el prestigio y el énfasis que merece. Si no, desaparece. O sea, para que en la escuela crezca la creatividad en los alumnos y en los profesores y en todos, hay que ponerla en el centro. En el centro de todo. Volverla el objetivo, no el medio ni la finta. En el centro simbólico del cuadro de valor y en el centro del tiempo y del espacio escolares. Es necesario tomar decisiones. Es necesario rehacer el modelo escolar.

Una escuela es –antes que nada-- un aparato simbólico. Una trama conceptual que toma partido, valoriza, prioriza y excluye. Es una institución ideológica que responde a una matriz ideológica. Quiere algunas cosas y no quiere algunas otras, aunque no lo confiese. Obedece a algo. Se propone algo. Detesta otras cosas.

Pues bien, eso que el modelo escolar detesta (insisto, aunque diga incluso lo contrario) es lo que la nueva escuela va a recuperar y poner en el centro de su nueva configuración. Creatividad –como decíamos--, esfuerzo, responsabilidad, libertad, invención, negociación, estética, expresión, argumentación, talento, comunicación, actitud, aptitud, apropiación, impacto, comprensión y otros.

Yo sé que la palabra “detesta” es fuerte y a muchos lectores les habrá parecido exagerada, pero no lo es. ¿El neoliberalismo detesta la justicia social, el reordenamiento social? Sí, aunque no lo diga o diga lo contrario. Es que son confesiones que no se pueden hacer; carecen de imagen positiva. Pero el modelo mismo las niega. La negación se evidencia en la acción.

La escuela que tenemos detesta la invención porque su modelo epistemológico positivista supone que está todo inventado y si no, que eso de inventar es para élites de laboratorios, iluminados protegidos en las universidades, etc. Pero que no es cosa de aula, de todos, de lo diario, de simplemente rutinas de construcción y apropiación de conocimiento. Y eso es precisamente lo que creemos nosotros y lo que caracteriza a la escuela que proponemos. Porque si fuera cosa de aula, de rutinas y de democratizaciones, el modelo del maestro poseedor del saber, dador del saber y verificador del proceso de retención se caería completo. Y con él, la institución tal como la tenemos hoy. Hay tensión en lo que estamos discutiendo, debemos aceptarlo.

Es que si no lo discutimos así, las cosas no se entienden. Todo parece cosa de detalles y no es así. En la escuela y sus tramas, ninguna discusión importante se vuelve importante. La escuela nos lleva una y otra vez a discutir todo “técnicamente” (planificación, materiales, curriculum…) porque sus anticuerpos le avisan que no entre en debates que la van a desestabilizar. La autoconservación es lo último que se abandona. Y eso es precisamente lo que nosotros estamos decididos a discutir. ¿Cómo hacer, entonces?

Unos que queremos discutir lo que otros no aceptan discutir. Unos que relativizan lo que otros pretendemos centralizar. Unos que desoyen lo que otros gritamos.

No es mala fe. Es incompatibilidad. No se puede integrar el debate y negociar. No hay un modelo en el que quepa todo. No pasa por la cantidad de horas, ni por los metros cuadrados, ni por los curriculum. Los sistemas conceptuales se constituyen cuando niegan otros; cuando construyen su perímetro de identidad. No se puede ser siempre todo. Se acaba siendo nada. Y la escuela no es nada.

Quiero que se entienda que la discusión de la nueva escuela es pesada y comprometida. Por eso es un poco violenta. Por eso es tan difícil. Es capciosa; está llena de recodos y maniobras arteras. Compromete la matriz esencial de valores, por eso en ella va la vida. Como la discusión sobre el racismo o sobre la homosexualidad o el aborto. No son discusiones tranquilas y técnicas donde el argumento A se desarma con el contra argumento B y así va. No. Son discusiones desde matrices éticas y políticas diferentes. Es decir, no son discusiones. Son encontronazos. O no son negociaciones, al menos. No gana el más convincente. Gana la matriz que mejor condice con la matriz con más adeptos; gana la que encarna el sentimiento popular. El problema –la mayoría de las veces-- es que se la confunde con una negociación, con situaciones en las que alguien tiene “razón” y la otra parte no. Se la confunde y se la quiere confundir con una trama binaria decodificable y procesable. Pero no. Esa confusión es una argucia política para no discutir lo que está en discusión.

Y lo más difícil es poner la discusión en el plano que le toca. Suele caer en falsos debates, desviados. No se discuten las matrices porque no se explicitan las matrices. Es muy difícil. El sentido común cree que todo es racionalizable y dirimible (como si escogiéramos amores mediante test psicológicos y cosas así).

Quiero decir, la escuela nueva no se impondrá –si alguna vez se impone-- porque tenga razón, sino porque es necesaria. Porque las necesidades éticas, epistemológicas y estéticas de nuestras nuevas generaciones logren ponernos en evidencia que esa escuela que tenemos no las atiende ni las atenderá jamás. Que tiene la dirección contraria.

Hace falta otra escuela, que deje de hacer lo que hace y deje de hacerlo para lo que lo hace, y se ponga a hacer otras cosas, para lograr otras cosas. Es un crack. Un quiebre más allá de los consensos y los acuerdos. Simplemente, un crack porque el peso especifico del fracaso sea mayor que el interés creado de mantener un modelo culturalmente inútil.

Twitter del autor: @dobertipablo

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Por qué las personas melancólicas pueden ser tan sensuales

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/31/2014

Entre la vulnerabilidad y el misterio, la melancolía imprime sobre las personas que la practican un halo que puede resultar extremadamente atractivo

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David Hamilton, Retrato de Melanie Thierry, 1982

La belleza es algo relativo. A pesar de que para muchos de nosotros nuestro gusto personal pueda parecer como una medida universal, en realidad los preceptos varían de acuerdo a las circunstancias socioculturales. Y si bien cada época y cada contexto suele tener sus propios cánones de belleza –un fenómeno que parece estar extinguiéndose desde que las fábricas de estereotipos tipo Hollywood comenzaron a "universalizarse"–, existen ciertas cualidades físicas o incluso anímicas que, a lo largo de la historia, mantienen una sensualidad perenne.  

Desde hace siglos, la melancolía ha sido un vehículo de sensualidad. Las razones para explicar esto seguramente tocan múltiples planos de la naturaleza humana, desde resquicios psicológicos y destellos culturales hasta ciertas emociones arquetípicas que este estado, proyectado en otra persona, nos detona. Pero en todo caso resulta apasionante constatar cómo, a lo largo del tiempo, el rostro y la actitud que emanan un sabor melancólico son propios de figuras consideradas particularmente atractivas.

En línea con esta reflexión, podríamos tratar de detectar aquellos ingredientes propios de un estado melancólico que pudiesen derivar en ese seductor coctel que muchos apreciamos:

Misterio: Por un lado parece innegable que una persona melancólica emite un halo asociado con el misterio, algo ocurre en esas personas que es difícil de descifrar.

Ternura: También podríamos hablar de la capacidad de dicho estado para despertar una cierta ternura, lo cual en caso de que el receptor sea una mujer y el emisor un hombre, podría aludir a un sentido maternal.

Empatía: La melancolía sugiere, como bien señala un artículo del sitio Philosophers Mail, que aquella persona que la experimenta "está en contacto con las dificultades de la existencia", algo que estimula una particular dosis de empatía que, mezclada con otros psicoalicientes, puede tornarse en algo sumamente atractivo.  

Extravío: La mirada perdida, estática, penetrante, propia de un estado melancólico, incita a la exploración del otro, tiene que ver con el misterio pero también con una sensación de que la persona tal vez no está aquí, y quizá en el fondo nos gustaría poder regresarla. 

Vulnerabilidad: Asociado a la ternura, existe en los melancólicos un dejo de vulnerabilidad que puede fácilmente considerarse como algo excitante. 

A continuación una serie de retratos de distintas épocas que enmarcan la sensualidad propia de la melancolía:

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Fotografía de Karla Read, 2008

 

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Thomas Eakins, Retrato de Miss Amelia C. Van Buren, ca. 1890

 

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Retrato de Ian Curtis (fundador de Joy Division)

 

eleven-am Edward Hopper, Eleven AM, 1926

 

Jean_Auguste_Dominique_Ingres_005Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814

 

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