*

X

Muere el creador del Ice Bucket Challenge por saltar de un edificio al agua

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/20/2014

En un desafortunado giro de eventos, el hombre que lanzó la campaña viral del "reto de los cubetazos helados", Corey Griffin, murió este fin de semana después de arrojarse de un edificio al agua cumpliendo una tradición local

ice-bucket

Corey Griffin estaba disfrutando de la cresta de la viralidad y había podido ayudar a sus amigos luego de que "el reto de los cubetazos helados" había captado el interés de las celebridades más poderosas del mundo. Pero este fin de semana participó en otra tradición con una especie de reto, echarse un clavado al agua desde un edificio en Nantucket, lo que acabó con su vida. La policía de Nantucket, Massachusetts determinó que Griffin murió el pasado sábado luego de saltar del edificio de la heladería Juice Guys, con el propósito de cumplir con una tradición local popular entre jóvenes de la zona.

Griffin tenía 27 años y había sido responsable de lanzar el Ice Bucket Challenge para ayudar a su amigo Peter Frates, que fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica hace dos años. Había recaudado más de 100 mil dólares para Peter y la Asociación de Esclerosis informó, a través de un comunicado, que hasta la fecha se habían recabado 15.6 millones de dólares (cifra que sigue creciendo).

Griffin seguía involucrado en este tipo de empresas filantrópicas y se esperaba su participación en un evento próximo en Boston. Su padre dijo al Boston Globe: "Él era el hombre más feliz del mundo. Me llamó y me dijo que estaba en el paraíso”.

 

Te podría interesar:
La escuela razona con una lógica que parece implacable. Y que genera credibilidad y confianza, como los shampoo

BIO-EINSTEIN-TONGUE

No es lo mismo la pasión o la admiración por la ciencia que la ideología cientificista.

Lo primero es un valor; lo segundo, un defecto; una reducción y un gran escollo.

La sociedad moderna adora el cientificismo; se entrega ciegamente a él. Hace de él un modelo que promueve y protege ciertos lugares de poder. El cientificismo es un esquema de construcción y repartos de poder. Por eso hablo de ideología. Cientificismo quiere decir creer en que todo silogismo es verdadero y que no hay otro proceso legítimo que el lógico.

La ciencia excede ese principio. La ciencia no es necesariamente cientificista.

Pero la sociedad lo es y la escuela, aún más. Es uno de sus grandes reductos.

Cuando un argumento se apoya en que está “científicamente comprobado”, en general se lo da por bueno. Los anuncios publicitarios de los shampoo para eliminar la caspa se nos aparecen como “científicamente comprobados” y eso nos tranquiliza. Lo mismo que los polvos limpiadores. Y apoyan el argumento en animaciones de bacterias moviéndose, anticuerpos actuando y esas cosas, en código visual de libro de texto. Y les creemos, dócilmente.

La escuela –y sobre todo, hago énfasis en la escuela brasilera-- ha entrado en ese fanatismo. Todas se presentan ante los padres como maquinarias sofisticadas de ingeniería de datos; esquemas y modelos de trabajo milimétricos e ingenieriles para preparar alumnos para aprobar exámenes. Cronogramar los tiempos de estudio; focalizar los esfuerzos en microtemas; contabilizar las tareas de casa; simular una y otra vez los exámenes, en condiciones de espacio y tiempo perfectas; garantizar tasas de eficacia con dos decimales (92.45% de eficacia en la universidad tal o cual). Repetición, insistencia. Programación. Foco y refoco.

Una locura.

Han reducido la ciencia al cientificismo. Y el aprendizaje a un examen.

La escuela razona con una lógica que parece implacable. Y que genera credibilidad y confianza, como los shampoo. Opera su espejismo. “Han aprobado 94.56% de nuestros alumnos en el examen preuniversitario del año 2011, 93.67% en el 2012… y así, entonces, en este 2014 garantizamos –estadísticamente comprobado-- que su hijo Joao tiene 96.4536% de probabilidades de entrar en la USP de Ingeniería”. Y todos le creemos. Y suelta gráficos y planillas de cálculo.

Se presenta a sí misma con aquella seriedad del calculista, corbata, anteojos y mirada fija. (Cómo contrasta todo eso con aquello que tanto representa a la ciencia y tan lejos nos ha quedado de la escuela: la lengua de Einstein).

“Hemos –continua diciéndonos la escuela-- revisado el método de trabajo y ahora, si su hijo dedica 18.54 hrs. a la semana en su casa al estudio (al estudio en estos libros, siguiendo estos y no otros ejercicios, por supuesto), podremos mejorar las probabilidades de él en un 57.45%, lo que lo llevaría tener ahora una probabilidad del…. (haga la cuenta quien lo desee)”.

No importa ninguna otra cosa. No hay más nada en juego en el proceso de aprendizaje. Cientificismo a ultranza. Einstein de boca cerrada y engominado.

La escuela da un tema y mata y remata encima de él. Una y otra vez. Con ganas o sin ganas –tanto da--, el alumno debe seguir el “método”. Y va. ¿A dónde?

Lo del sentido de lo que se hace, nadie se lo pregunta. Ni el alumno, siquiera.

Estamos todos dentro de un malentendido gigantesco. Y peligroso… aunque nos quite la caspa por unos días.

El racional de la escuela es un silogismo. Y de eso se jacta. Cuanto más positiva la lógica, más seria se ve. Todo en ella se deduce. Del bullying se sale con dos pasos a la derecha, cuatro a la izquierda, un día de suspensión para el agresor y 24.5 minutos de conversación pautada con los padres. Y chau bullying.

El cientificismo es una fantasía. Una ideología articulada, vestida de fe.

Pero todo es mucho mas complejo y mejor de lo que queremos creer. En lógica también hay sofismas y en ciencia hay hipótesis y hay axiomas. Hay premisas que no responden a la deducción, sino a la producción y a la proposición; son los supuestos, es decir, el sentido de lo que vamos a construir. Aprender es un proceso mucho más apasionante, amplio e insondable. Es mucho menos aprehensible y mucho más comprometido que este cientificismo simplón que nos tiene atrapados.

Twitter del autor: @dobertipablo