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En su nuevo libro, el filósofo pop Alain de Botton diseña un manual de usuario para las personas que consumen noticias y se ven asaltadas por la programación masiva y el ambiente de "envidia y terror" que se promueve

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Alain de Botton es lo más cercano a un filósofo pop star; un crítico cultural que basa su obra en provocaciones y en frases "citables" que funcionan muy bien para las redes sociales o para nuestra sociedad que necesita de fáciles estímulos para poner atención en algo relativamente complejo. De Botton, y también un poco Žižek, es en cierto sentido el filósofo y comentador que merece nuestra sociedad, inteligente y manipulador y, generalmente, efectista. Una especie de remezclador, que hace interesante y sorprendente la información y las teorías que ya existen.

En su nuevo libro, The News: a User’s Manual, de Botton sigue persiguiendo temas atractivos, de interés general, pasándolos por un filtro analítico que ciertamente no es novedoso en su profundidad ideológica pero que es capaz de hacernos voltear a ver lo que otros filósofos ya han señalado con mayor solidez en un lenguaje menos accesible. La tesis del libro es que las noticias --y los medios de comunicación-- han reemplazado a la religión como la autoridad moral que guía a la sociedad y se han convertido en "el principal creador de realidad política y social". Algo que viene de Hegel y de Marx y de Benjamin y Karl Kraus, etc... De Botton considera que existe una proliferación de información noticiosa que nos ha hecho "news junkies", adictos a los bits de información superficial, y no podemos reconocer los efectos negativos que generan, incluyendo promover "envidia y terror": envidia  a través de la cultura de las celebridades y el consumismo y terror a través de las noticias de guerras, crímenes, crisis financieras y pánico social. Esto es un tanto obvio, pero quizás la forma en la que nos lo dice de Botton refresca nuestra conciencia muchas veces incapaz de entender lo que le sucede dentro de la pecera de la información.

Los medios son el nuevo opio del pueblo. Escribe de Botton:

En realidad ya sabemos cómo vivir, qué queremos para nuestros hijos y cómo manejar la economía. ¿Pero por qué no lo logramos? Los medios son los que colorean y texturizan nuestros sistemas de creencias. Han, en cierto sentido, reemplazado a la religión.

De Botton, quien escribió su primer bestseller a los 23 años, ha aparecido numerosas veces en TV y es parte de una familia multimillonaria, considera que una revolución hoy en día no empieza con los artistas, sino "conduciendo un tanque a una estación de TV... los escritores no tienen importancia". Hay un poco de cinismo en este comentario, pero quizás también un poco de ingenuidad. Marx le diría de Botton que, a fin de cuentas, los medios son sólo un nuevo avatar del añejo poder de las élites que controlan la sociedad, son instrumentos para preservar el orden establecido.

Siempre recuerda que las noticias están intentando asustarte. Es malo para nosotros, pero muy bueno para las organizaciones de noticias: la forma más fácil de tener audiencia es atemorizando a la gente. Y a veces nos dan una esperanza enorme de que ¡existe una cura para el cáncer! Debemos regresar a esa mentalidad sobria de los tipos que las noticias reemplazaron: la vida es un ciclo --no hay necesidad de ir de la esperanza extrema al miedo.

Hay en las noticias, es cierto, una naturaleza agresiva ya que esencialmente, más que perseguir informar o mostrar "la realidad", lo que se intenta es hacer negocio --esto es simplemente la esencia de la mayoría de los medios de comunicación (y aquellos pocos cuyo motor principal no es ganar dinero están, generalmente, subsidiados por el Estado o son parte de una apuesta estratégica de un grupo de poder para influenciar su entorno y de esta forma, luego, generar ingresos o permitir la permanencia en el poder, por lo cual siempre existe una agenda). Resulta importante tener esto en mente cuando se consume una noticia o cuando uno está siendo bombardeado por encabezados llamativos en los feeds de las redes sociales; partir del escepticismo, o mejor del agnosticismo,  a la información parece una forma acertada de relacionarnos con este río de noticias que es también, subrepticiamente, un río de ganchos y pirañas.

Este deseo de empaparnos del mundo de las noticias y buscar "lo nuevo", lo que está sucediendo en el mundo y que nos apasiona, es muchas veces una ilusión: la información es un reciclaje que mantiene al usuario en una burbuja y en un loop de autorreferencia.

18 millones de personas checan todos los días el sitio de la BBC. ¿Qué esperan encontrar? Creemos que ahí será donde encontremos algo relevante... Pero no hay mucho que sea noticia ahí cuando lo pensamos bien.

No son noticias, en el sentido de que no nos dicen nada nuevo; son reciclajes de un mismo patrón, arquetipos envueltos en "ruido y exicitación", que siguen apareciendo. "Taylor Swift va al supermercado" o "Natalie Portman va al parque con su hijo" (sí, estas son "noticias" que reportan los medios) son la cíclica regresión de nuestra idea de que "las princesas viven en las nubes", dice de Botton.

En muchos aspectos, los medios masivos de comunicación --o las noticias, como los llama de Botton-- son la nueva Iglesia: los censores y editores de la realidad. El nuevo adoctrinamiento no viene como un dogma estricto que se tiene que cumplir, sino como una inundación de nuestra personalidad. La Iglesía restringía el saber; en nuestra era, la información substituye al saber, lo anega todo. El control o el supuesto control es ahora, en todo caso, a través de la seducción y el exceso; antes era más a través de la castidad y la prohibición.

 

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Terence McKenna advertía que la televisión es quizá la droga más destructiva a nuestra disposición; una especie de viaje en donde tu dealer (una corporación) decide cuál será tu experiencia

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Independientemente de contextos culturales, morales o ideológicos, y abordadas desde un plano simplificado, las "drogas" son sustancias, o mejor dicho estímulos, capaces de alterar nuestra percepción. Lo anterior, más allá de las implicaciones puramente sensoriales, también implica modificar, al menos temporalmente, lo que ocurre al interior de nuestra mente (el instrumento definitivo que utilizamos para concebir la "realidad"). Y en este sentido podríamos afirmar que el término "drogas" abarca no sólo a la marihuana, el LSD, la cocaína y otros, sino también a los fármacos, al café, obviamente al alcohol, e incluso a dispositivos cotidianos, por ejemplo la computadora o la televisión. 

Terence Mckenna, uno de los más proactivos estudiosos de la alteración del ser por medio de sustancias, acuñó a lo largo de su trayectoria un discurso destacado alrededor de las drogas, la mente y, en general, las prácticas culturales. Entre las múltiples premisas que este inquieto psiconauta compartió, se abocó a denunciar las consecuencias de nuestra interacción con la TV. De hecho, en un audio de 9 minutos que puedes escuchar aquí, nominó a este medio como la droga más destructiva a nuestra disposición. 

Primero, para justificar su inclusión de la TV en el término "droga", Mckenna advierte que si colocas a una persona frente a un televisor durante algunos minutos, esta persona registrará significativas alteraciones a nivel neurológico y psicológico, es decir se fijan determinados parámetros fisiológicos y mentales –algo similar a lo que ocurre cuando se ingiere un narcótico. Además, recalca el potencial adictivo, probado en millones de casos, que tiene la televisión.

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En segundo lugar, el filósofo y etnobotánico nacido en Colorado hace referencia a la histórica afirmación mcluhaniana, "El medio es el mensaje", aludiendo al medio, por encima del contenido, como el factor que determina la experiencia del espectador. El medio, en este caso la TV, conlleva una serie de reacciones intrínsecas que provocan que, sin importar si estás viendo "producciones de National Geographic o películas de asesinos", va a impactar de un modo particular tu realidad y, en conjunto, va a incidir en el sistema de valores de una sociedad. 

Pero a diferencia de otras sustancias, de otras drogas, que dan vida a espejos en los cuáles nos reflejamos, por ejemplo los psicodélicos, la televisión actúa como un anuncio espectacular, cuyo mensaje estará a disposición del mejor postor, de cualquiera que pague para estar ahí. O como bien señala Andrei Burke en su artículo para Ultraculture, "la TV es una droga en la que el dealer controla el viaje", es decir, es un medio a merced de agendas que seguramente poco tienen que ver con tu evolución personal, y ni siquiera con la estética potencial de una experiencia o con el caos natural al cual ciertas drogas pueden, afortunadamente, vincularnos. En realidad el diseño de "tu" viaje responde a intereses comerciales, patrones culturales que por alguna u otra razón un grupo decide promover, etcétera.

Ahora, si bien hoy la TV es un medio limitado en comparación con el boyante internet, lo cierto es que algunas de las particularidades de uno se han replicado en el otro: por ejemplo, su naturaleza adictiva. Además, a pesar de que en la ubicua red existe una virtual decisión, eso que distingue a los usuarios de los espectadores, me temo que, como señalan Rushkoff y otros, en realidad pasamos de ser consumidores a ser productos. Esas arenas gratuitas en donde vas forjando tu identidad frente a una comunidad, llamese Facebook, Twitter, etc., funcionan utilizando como motor el mismo dinero que adquiere el espacio de tu anuncio espectacular, las marcas. Internet es hoy más una especie de Shangri-La brandeado, pseudolibre, que esa pradera donde podíamos correr desnudos compartiendo data y estimulando, mutuamente, el desarrollo evolutivo.

En todo caso, tal vez la diferencia entre el usuario que usa y el que es usado está en la conciencia, en ese tomarte la molestia de observar y entender, o al menos interpretar conscientemente, las dinámicas en las cuales te envuelves diariamente durante una buena cantidad de horas. Sólo así, tal vez, podremos tomar las riendas del viaje inducido por nuestra PC, evitando que los cibermedios releven a la TV dentro de los términos de McKenna.