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Como fantasmas suspendidos en tercera dimensión, 10 dioses relacionados al maíz cuestionaron los transgénicos, como parte de un proyecto de instalaciones multimedia efímeras

SONY DSCEl maíz, símbolo profundamente arraigado en la identidad mexicana, ha sido en los últimos años blanco de experimentaciones genéticas que, según algunos activistas, ponen en peligro la salud y la pureza de este producto. Siguiendo con la anterior premisa, la muestra Dioses del Maíz hizo una creación estética y tecnológica que hace uso del 3D para rememorar la significación de este milenario cultivo.

El estudio de diseño Maizz Visual proyectó en el parque México de la ciudad de México una serie de imágenes en 3D de los dioses relacionados al maíz en la era prehispánica mesoamericana. Una instalación multimedia montada en cuatro grandes árboles y  acompañada por luz y sonido, que detonaba una ilustración ancestral y psicodélica.

La proyección se hizo simultáneamente a un evento que explicaba, en otra sede, la milenaria importancia del maíz en el mundo. Una de las grandes preocupaciones de la incorporación del maíz transgénico es que este contamina cultivos aledaños e, incluso, lejanos. Al hacerse una semilla hegemónica, ésta es privatizada por los grandes consorcios como Monsanto, es decir, es llevar el inicio de la cadena alimenticia a manos privadas. 

Los dioses proyectados fueron una especie de site-specific (arte creado exclusivamente para una muestra), un espectáculo que explora una reflexión sobre el maíz y la propia concepción.

Los dioses recreados:

Cocijo I, dios zapoteca del agua para la cosecha
Tláloc I, dios olmeca y mexica de la lluvia para la cosecha
Chalchiuhtlicue, diosa mexica del agua
Xochipilli, dios mexica de la belleza, la danza, el arte, las flores, los juegos y el maíz
Quetzalcóaltl, dios mexica que trajo el grano de maíz
Cocijo II, dios zapoteca del agua para la cosecha
Xilonen, diosa mexica del maíz
Tláloc II, dios mixteco del agua para la cosecha

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Investigadores de la Universidad de Washington podrían haber ubicado el 'switch' que enciende nuestra autoconciencia; algo así como la frontera entre la nada y la realidad

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La conciencia es uno de los conceptos o fenómenos más complejos de definir. Y es que sólo la conciencia puede hablar de sí misma; su auto-referencialidad es ubicua y, por lo tanto, su sustancia es esencialmente elusiva –o en todo caso, ourobórica, lo cual termina confundiendo su aproximación racional.

En todo caso, y a pesar de lo vaga que es esta pista, sabemos que la conciencia es eso que nos permite darnos cuenta de que existimos frente a ese cúmulo de información que, traducida en estímulos interpretables, conforma nuestra realidad. Algo así como la frontera entre la nada y "el algo".  

Pero dejando a un lado las metáforas y concentrándonos en un plano neuronal –el cual, por cierto, ha padecido las mismas dificultades para terminar de entender y explicar la conciencia–, recién ocurrió un avance significativo en este campo. El antecedente de este suceso data de hace una década, cuando los neurocientíficos Francis Crick y Christof Koch propusieron que la conciencia requiere de una especie de director de orquesta ubicado en un punto específico de nuestro funcionamiento cerebral, algo que organice e hilvane las percepciones externas e internas y termine dando vida a la narrativa autoconsciente.

De acuerdo con la teoría de Crick y Koch este actor decisivo en el existir de la conciencia se ubica en un punto denominado claustro o claustrum, que corresponde a una especie de fina capa, hiperdelgada, que habita en la profundidad del órgano cerebral. Su función, se cree, es fundamental en la autoconciencia. Por ejemplo, si yo escucho la primera sinfonía de Brahms, debe existir algo que orqueste la información sonora que llega a mi oído en relación con el mapa cultural de referencias alrededor de la música clásica y del compositor alemán, sin dejar de considerar las particularidades anímicas que me abrazan en ese instante, todo lo cual resulta en la generación de la experiencia precisa: el estar escuchando, 'experienciando', esta determinada pieza.  

Hace unos días fue publicado un estudio encabezado por Mohamad Koubeissi, de la Universidad George Washington, que describe cómo los investigadores fueron capaces de activar y desactivar la conciencia de una persona, en este caso una mujer epiléptica, al estimular su claustro con impulsos eléctricos de alta frecuencia. Tratando de descubrir la zona de origen de sus ataques de epilepsia, mediante electrodos, accidentalmente estimularon un punto junto al claustro, algo que nunca se había llevado a cabo, y notaron que ella perdía la conciencia súbitamente. Al detener el estímulo, la mujer se recobraba de forma instantánea sin recordar nada de lo que sucedió durante la estimulación. Este mismo proceso fue repetido en varias ocasiones arrojando el mismo resultado.

Screen Shot 2014-07-06 at 7.36.19 PMDe acuerdo con Koubeissi, lo anterior refuerza la hipótesis de Crick en el sentido de que el claustro tiene un papel fundamental en la construcción de una experiencia consciente:

Yo lo compararía a un automóvil. Un auto en el camino cuenta con múltiples partes que facilitan su movimiento –la gasolina, la transmisión, el motor–, pero sólo hay un punto en el que puedes insertar y girar la llave, permitiendo que todo funcione en conjunto. Así que, mientras que la conciencia es un proceso complicado, generado a partir de múltiples estructuras y redes, tal vez hemos encontrado la llave a la conciencia.  

A pesar de que el hallazgo no ha sido replicado y que sólo ocurrió con una persona, la neurociencia parece mostrarse altamente estimulada por él. Incluso el propio Koch se ha mostrado emocionado: "A fin de cuentas, si sabemos como se crea la conciencia y qué zonas del cerebro se involucran en este proceso, entonces podemos comprender quién la tiene y quién no. ¿Tienen conciencia los robots? ¿los fetos? ¿los perros, los gatos o las lombrices? Este estudio es increíblemente intrigante, pero es sólo un ladrillo del edificio de conciencia que estamos tratando de construir", afirmó el investigador del Allen Institute for Brain Science.

Más allá de lo que resulté de este estudio, observar el proceso, por cierto milenario, en el que la conciencia intenta autodefinirse y ubicarse, trascendiendo la abstracción o la analogía, es en sí una de las coreografías 'existenciales' más hermosas a las que tenemos acceso –algo así como un espejo acechándose a si mismo. Así que la próxima vez que te sumergas en la primera sinfonía de Brahms, tal vez sería bueno jugar con la idea de que hay más de una orquesta organizando tu experiencia, y que la realidad, la tuya, es la más sublime sinfonía.   

 Twitter del autor: @ParadoxeParadis