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Por qué la autocompasión es la clave del bienestar

Salud

Por: pijamasurf - 05/10/2014

El autodesprecio obstruye la vista del mundo como una especie de narcisismo negativo, por ello es imprescindible romer sus ciclos. Aquí algunos consejos.

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Fisiológicamente, la autocompasión es inherente al ser humano. Pensemos en las veces que nos caemos y nos lastimamos. Nuestra mano inmediatamente soba la herida como si esta le hubiera ocurrido a otra persona. Es como si nos dividiéramos en dos y uno cuidara al otro que convalece. Pero esto no necesariamente pasa en otros niveles. Como el famoso dicho reza: “Si alguien te hablara como te hablas a ti mismo, ya lo hubieras sacado de tu vida hace mucho tiempo”.

Así, esta “división” que hacemos dentro de nosotros en que nos convertimos en dos o más personas puede llegar a tener una dinámica bastante enferma. En lugar de cuidar de uno como nuestro se cuerpo se cuida sí mismo, sin pretensiones y sin juicios de valor, uno discrimina al otro, constantemente. Y la compasión (que no la lástima), incluyendo por supuesto, y quizá primero que nada, la autocompasión, es la clave del bienestar. La periodista Anneli Rufus escribió un libro (de autoayuda, es verdad, pero que toca puntos bastante importantes) llamado Unworthy: How to Stop Hating Yourself. En él apunta que, “la persona que se odia a sí misma habita un mundo de desesperación muda que previene que en algún momento se sienta cómoda con el mundo”.

Odiarte a ti mismo, o quizá en términos un poco menos categóricos, “despreciarte a ti mismo”, hace que las cosas más básicas como ir a trabajar, ir a una junta, una fiesta, un mercado, sean empresas muy difíciles de sobrellevar. Una persona así (y quizá todos, por momentos, lo hayamos sido) siente que no merece lo que tiene o que no está a la altura de la gente a su alrededor. Debe a haber pocas cosas más terminantes que una vida cotidiana así. Pero lo mismo sucede en sentido contrario. Alguien que se adora a sí mismo y se autocongratula de todo lo que piensa y hace vive consumiendo toda su energía, y la de los demás, en sí mismo. Debe ser extenuante. Ambas son formas del narcisismo. El autoodio podría categorizarse como un “narcisismo negativo” que obstruye la vista del mundo exterior, al igual que el bien conocido narcisismo común.

La autocompasión entonces, como un camino medio, es bienestar (es importante saber que la compasión es sinónimo de empatía, nunca de lástima). Nadie que sufra de estos problemas de autoestima está en condiciones de querer o ser querido. Uno genera lástima o menosprecio, el otro pereza o rencor. No puedes acceder a una persona demasiado inmersa en sí misma, ni ellos pueden acceder a ti. No les queda espacio, y por ello la soledad es enorme. Y si cualquiera de estas dos condiciones de narcisismo se prolonga demasiado, podría llevar a una especie de muerte emocional. Rufus, quién sufrió de autodesprecio por muchos años, enlista una serie de consejos para cambiar el eje de lugar.

 

Literatura:

La literatura no nos hace mejores personas, pero sí genera muchísima empatía. La catarsis que Aristóteles identificó en la tragedia, ese mecanismo por el cual el espectador siente en carne propia los sufrimientos del héroe y, cuando estos se superan, el espectador también siente una especie de renovación, es la misma característica que, en nuestra época, científicos y teóricos de la literatura equiparan con la empatía. Sentir belleza o dolor o epifanía en lugares que no son los nuestros es la herramienta perfecta para saber que hay otras cosas en el mundo que no somos nosotros y que aun así nos nutren.

 

Arreglar un coche, pintar una casa:

Concentrarse en algo práctico que haga que el tiempo se vaya volando es muy efectivo para salir de los monstruos de uno mismo. Y, al final del día, habrás arreglado algo.

 

Observar los detalles del mundo:

Si sales a la calle, fíjate si ves un cuervo o alguna cosa tirada; apréndete el nombre de los árboles y nómbralos cuando los vea; detecta las grietas del pavimento o de la arquitectura. Descansarás muchísimo y, con suerte, disfrutarás de tu compañía.

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El lenguaje muta y con él muta la humanidad.

 

Bosque, Daniel Navas

El lenguaje es el viento en un bosque silencioso; no nos damos cuenta de su presencia aunque se encuentre alrededor nuestro, desplegado en cada punto cardinal hacia otros bosques, arroyos e islas lejanas. El lenguaje es una forma de vida alienígena (como el viento) y la profundidad de la relación simbiótica entre él y nuestro sistema nervioso central hace que sea imposible distinguirlos y determinar con precisión dónde termina uno y dónde comienza el otro. Y el devenir caótico y aleatorio del lenguaje (además de una forma de vida, una tecnología, la tecnología más importante de todas: como el viento) forma culturas, imperios y saltos cualitativos y cuantitativos de conocimiento. La palabra se tornó escrita primero, aunque pocos eran admitidos ante su presencia --luego se masificó (un poco y después un poco más) y finalmente se distribuyó de manera libre bajo una licencia Creative Commons. El lenguaje muta y con él muta la humanidad --y el que conoce las palabras, el que juega con la unión de palabra e imagen, es el mago más poderoso del mundo (sí, más poderoso que Crowley y Dumbledore). El que reconoce al viento aunque no sople, mientras busca las copas de algunos árboles debido a la sospecha de la cercanía de un pájaro carpintero --ese sí que es el mago más poderoso.

Desde el inicio el lenguaje estuvo unido a nosotros y a la magia: algunas palabras se perdieron en el bosque --se sobresaltaron algunas veces, pero finalmente descubrieron que proyectaban sombras de distinto tamaño dependiendo de una compleja ecuación diferencial que contiene al Sol como variable, descubrieron que ellas mismas, palabras (lenguaje), eran imágenes y descubrieron también que generaban efectos distintos en los hombres. Algunas palabras eran comunes, se utilizaban en el mercado y la oficina y la posada y el club nocturno --pero otras no. Algunas de aquellas palabras que se perdieron en otro tiempo en el bosque proyectaban sombras gigantes que quitaban el aliento. Esas palabras eran especiales y formaban un lenguaje dentro del lenguaje, un núcleo duro de conocimiento secreto y transmisión oral y muy cada tanto escrita de manera particularmente oscura para, paradójicamente, iluminar. Las palabras de poder formaron la primera de las magias: el heka egipcio, el mythos griego, el abracadabra y los mantras orientales. Algunas palabras: sus significados, las asociaciones que generan, las imágenes que esconden y las sombras que proyectan, causan terremotos en los corazones. Otras palabras inspiran a recorrer el bosque y a redescubrirlo, a recordarlo y recrearlo con los ojos cerrados mientras escuchamos el viento.

A recrearlo en voz alta, a enumerar sus componentes mientras alguien más escucha, también con los ojos cerrados, atento a nuestra descripción del viento --y nuestro viento, entonces, podrá convertirse por arte de magia en su viento. Un viento, la idea de un viento se termina imponiendo, propagando, recorriendo sistemas nerviosos como el viento recorre cúmulos arbóreos de extensión indefinida. Gracias al lenguaje, al poder invisible del lenguaje, presenciamos brisas y complejos ecosistemas que viven en las bases de los árboles, ecosistemas que dependen de la humedad del ambiente para subsistir, aunque no se encuentren en el mismo bosque que nosotros. Gracias al lenguaje conocemos un bosque que de otro modo no podríamos conocer y conocemos también el bosque en el que respiramos, aunque probablemente sea radicalmente diferente al bosque del lenguaje y al viento de la palabra. El lenguaje hace nudos y separa, como una vidente natural que ofrece sus servicios en una ciudad que tiene mucho de bosque. Y los jugadores estrellas, los míticos 10 --jugadores de clase, "enganches", de los que te definen un partido en una jugada: los chamanes del Amazonas y el Tíbet (que invocan al Yeti en bosques que se encuentran a miles de metros por sobre el nivel del mar), hechiceros de túnica oscura de lino dibujada por cruces/palabras que pocos (en la ciudad o en el bosque) reconocerían, poetas que convierten palabras en epopeyas y leyendas o tweets que sólo leerán algunos ninjas que entrenan en las penumbras digitales.

Todos ellos poseen el conocimiento sobre el impacto del viento y la enorme variedad de relaciones entre los distintos árboles que, entre todos, forman un único organismo (alienígena): el bosque (o el lenguaje). Las palabras, entonces, poseen una vida propia y esa vida tiene ciclos; picos y mesetas, estructuras fractales que se repiten como vocales o consonantes en una keyword producto del análisis de uno de los líderes del departamento de marketing de una startup en Nueva York. Palabras de poder, conjuros de tiempos nuevos, cuyo poder se ve respaldado por la estadística neurológica de Analytics y Big Data --palabras clave, términos que generan respuestas más positivas que otros, palabras que atan, que generan uniones más fuertes, palabras que enamoran y atraen hacia los árboles, células del bosque. Y hay veces en que la invisibilidad del paisaje se transparenta y no hay demonios escondidos entre los árboles usando las hojas como camuflaje ni pequeños poetas sentados con las piernas cruzadas bajo árboles Bodhi como Gautamas felices y enloquecidos --a veces las palabras son veneradas por el viento, por la selección natural del viento, la aleatoriedad del viento transmuta en significado. A veces lo que escuchamos es el viento, no un mago del siglo XIX invocando a Baphomet ni un gerente de relaciones públicas en acción mediante su teléfono celular o un directivo de una señal televisiva que se emite en todos los continentes del planeta Tierra eligiendo meticulosamente la programación del año próximo.

Celular… en Latinoamérica usamos esa palabra para designar a los teléfonos móviles porque en inglés se les llama "cell phones", teléfonos-células. El motivo son las redes telefónicas utilizadas por estos artilugios blakeianos (ya que el poeta anticipó hace más de 100 años que tendrías el mundo entero en la palma de tu mano); en estas redes, cada antena repetidora de señal es una célula. Pero la verdadera célula no se encuentra en esta red técnica que poco importa --la verdadera red la conformamos nosotros (como los árboles) y estos dispositivos fantásticos y abrumadores que llevamos a todos lados en los bolsillos de nuestros pantalones nos convierten a nosotros mismos (por arte de magia) en células de un organismo colectivo y plural. Partiendo del mecanismo que permite que señales de radio sean transmitidas de cierto modo entre dispositivos tecnológicos el lenguaje nos regala un bosque especial, una transformación única y significativa y a fin de cuentas somos nosotros, no las antenas, las células de un bosque. Somos nosotros, mediante los smartphones y tablets y ordenadores cada vez más portátiles que nos hicimos más celulares que antes, partes de un mismo sistema, de una red --de hojas, homúnculos y corazones, de susurros y sonrisas. El lenguaje, viento, en ocasiones juega con las hojas y las palabras se arremolinan en torno a un mismo lugar al punto en que resulta sospechoso hasta para el más escéptico. En ocasiones la repetición de algunas palabras también esconde secretos sospechosos. Y en ocasiones, ciertas palabras demuestran que consecuencias dan significado a causas, que todos formamos redes y que en todos los bosques siempre –siempre--, nos encontramos rodeados por el viento.

Twitter del autor: @ferostabio