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El Inversor: ¿Qué alumnos queremos desarrollar?

Por: Pablo Doberti - 02/04/2014

La capacidad de hacer relaciones a partir de detalles y la capacidad de darle sentido a nuestras acciones son dos características que hacen a un alumno inteligente.

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¿Qué concepto de inteligencia tenemos en la escuela? ¿Y de capacidad emprendedora, comprensión, conocimiento, etc.?

Los educadores hemos entregado con demasiada docilidad los conceptos clave de nuestro trabajo a una corporación tecnocrática que no nos devuelve nada demasiado útil para pensarnos ni repensarnos. Investigadores, científicos, especialistas y microespecialistas nos piensan y nos definen, y nosotros ni los discutimos ni los atendemos. Y así vamos…

Echo en falta unas buenas definiciones de inteligencia, competencias, desempeños, memoria, elocuencia, empatía, etc. Las echo en falta porque esos son los atributos que queremos para nuestros alumnos de hoy, precisamente. No tenemos buenas herramientas conceptuales para discutir, y por lo tanto, para organizarnos. Por eso no avanzamos.

Nos llegan definiciones endógenas, sólo explicables en el interior de un debate cerrado, propio de una aldea pequeña que no es la nuestra. Esa universidad; aquel autor; este problema técnico. (La inteligencia pensada desde la inteligencia artificial, por ejemplo, o desde el IQ.) No nos sirven porque no nos son significativas. Nos suenan abstractas, cuando no huecas. Ni siquiera falsas; solo inútiles, que es peor. Anodinas.

Debemos recuperar el derecho —y la obligación— de pensar y definir nuestros conceptos clave. En nuestra jerga, con nuestra lógica y sobre todo dentro de nuestro ecosistema significativo. Debemos usar modelos que nos conmuevan, que nos persuadan o nos molesten, pero que toquen. Pensarlos y definirlos para que circulen, para que estimulen, para que provoquen y para que impacten en nuestras prácticas, sobre todo en las aulas. Traerlos para acá. Ponerlos en nuestras claves políticas. Echarlos a circular. Hacer que movilicen y nos movilicen. Trabajar con ellos y trabajarnos a partir de ellos.

Vamos a entrar un poco en materia, casi a modo de ejemplo, mediante algunos ejemplos.

¿A qué llamamos inteligencia o queremos llamar inteligencia hoy día en la escuela? ¿Qué es un niño inteligente o una maestra inteligente? ¿Cómo se manifiesta esa inteligencia que nos importa y a la que aspiramos?

Voy a dar unos ejemplos llanos, próximos y fáciles de discutir.

Imaginemos que dos personas (para el caso, dos adolescentes de los nuestros) están mirando juntos por TV un juego de futbol. Imaginemos Barcelona versus Valencia… o América versus Cruz Azul, Boca versus River o el que sea. ¿Cómo distinguir al más inteligente de ellos? ¿Cómo se manifestaría su inteligencia? Me refiero a una inteligencia general, no específica del futbol.

La primera respuesta es que más inteligente será aquél que a partir del mismo estímulo genere mayor nivel de actividad cerebral, mejor sinapsis. Es el que en cada momento ve muchas cosas en cada cosa que ve. Mira el juego y lo relaciona con otro juego; mira un gesto deportivo y se piensa recreándolo en su propio club, a su hora; mira la escena del balón y la enmarca en la disposición de los jugadores en el campo (que no ve en pantalla); ve detalles que le dan información en cada movimiento (por ejemplo, el grado de cansancio del equipo que va ganando); referencia con el juego anterior y con el siguiente, con la carrera de tal o cual futbolista, con el histórico de ese duelo; piensa el futbol como metáfora de otras prácticas sociales; desdobla su mirada en una mirada estética, sociológica, geográfica, política. Va abriendo sus líneas de pensamiento en miles. Multiplica exponencialmente su actividad neuronal. Piensa en los posibles cambios con que cuenta el DT. Explota de estimulaciones que disparan para acá y para allá. Imagina cómo será que trabaja esa eficiente tensión de juego que está logrando su equipo. Recuerda, especula, razona, calcula, compara, imagina, sueña y vuelve al tiro de esquina, que ahora genera peligro a favor del rival. Está acá y está allá. Hace zoom y abre el cuadro; una y otra vez, todo el tiempo. Memoriza todo porque todo aloja en su sitio. Festeja el gol de su equipo como su compañero, pero no vive igual que su compañero aquel gol. El mismo gol que en uno resulta alegría intensa pero acotada, en el otro dispara un río eléctrico vertiginoso, alucinante y multiplicador de recorridos. Uno está contento, el otro levanta vuelo. Uno mira un juego y el otro dispara un proceso inteligente complejísimo. Parecen lo mismo, pero no son lo mismo.

Imaginemos el mismo razonamiento, pero aplicado al turismo. No es lo mismo el que viaja todo el rato, de acá para allá, que el que sigue alguna ruta. Hay gente que viaja por viajar y otra que viaja en busca de algo. Viajan lo mismo, pero el primero no capitaliza en conocimiento ni en saber nada o casi nada; si al caso, apenas acumula información inconexa (fotos de acá; teléfonos de allá; recuerdos fragmentados; más y más fotos). Mientras que el otro, a cada paso nuevo consolida la totalidad de la experiencia de sus viajes y de su vida. Sigue al peregrino. Peregrina. Va a alguna parte. Anda con alguna brújula de sentido y de proyecto. Conecta.

Sin dudas, el viajero de alguna ruta es mucho más inteligente que aquel al que apenas “le gusta viajar”. Lo mismo que ir al cine. No es lo mismo ir al cine dos veces por semana que ser cineasta, claro está, pero tampoco lo es ir al cine (incluso una vez por semana) buscando alguna cosa, siguiendo alguna senda, armando juicio propio, construyendo alguna posición, tratando de entender algo. En el primero, el cine es mero pasatiempo; experiencia que no consolida; destellos más o menos placenteros, pero que no patrimonizan. La experiencia de ir al cine no tiene peso específico, es decir, actividad neuronal. En el otro hay constitución, activación; hay multiplicación e intensidad. Sentados en sus butacas parecen lo mismo, pero no.

No es lo mismo pasear por Los Angeles que trabajar 4 meses en Hollywood. No es lo mismo visitar Praga que ir a buscar entender quién fue Kafka.

Las experiencias se parecen en la superficie y se abren 180° en su metaregistro. Y la inteligencia es el metaregistro de la experiencia. Ahí están todas las diferencias y ahí radica el valor y el potencial de las personas. El encausamiento; el sentido del camino. La consolidación constante y la multiplicación imparable.

¿No es útil pensar las cosas en este registro? Aún para disentir, ¿no nos serviría discutir las cosas así de una vez por todas? Yo creo que sí. Dejo mi contribución inicial.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

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Hasta cierto punto todos somos viajeros. Hay quienes brincan continentes a la menor provocación y hay quienes apenas salen de la línea casa-trabajo, pero todos estamos inmersos en el viaje personal que implica vivir.
[caption id="attachment_70413" align="aligncenter" width="500"]Dan Muntford Dan Muntford[/caption]

El viaje es una gran metáfora. La vida es un viaje, del nacimiento a la muerte. Hay quienes afirman que el viaje viene desde antes, y que continúa después, pero de eso no hay pruebas, sólo suposiciones. Cada conjunto de creencias tiene distintas interpretaciones, y quien afirme que la suya es la válida, miente. Si una religión estuviera en lo correcto significaría que las demás, que son muchas, están equivocadas. Y si el ateísmo fuera la verdad, que antes de nacer no hay nada y después de la muerte tampoco, cualquier creencia sería una ilusión. Hablemos entonces de lo terrenal, del viaje que comienza al abrir los ojos por primera vez y termina al cerrarlos definitivamente. De lo demás no sabemos nada.

El camino entre la casa y la tienda en la otra esquina, en un esfuerzo por comprar tabaco, es una odisea, como lo es también la odisea mental al leer La odisea. Según el poema más famoso del poeta greco-egipcio Constantino Cavafis, lo que importa es el viaje y no el puerto de llegada. El camino de Ulises es lo relevante, no Ítaca.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.

La llegada allí es tu destino.

Pero no apresures tu viaje en absoluto.

Mejor que dure muchos años,

y ya anciano recales en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

 

Ítaca te dio el bello viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene más que darte.

 

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.

Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,

comprenderás ya qué significan las Ítacas.

El viaje de la vida comprende el camino a comprar tabaco, aunque parezca que lo importante del segundo es el tabaco. La marcha es un obstáculo que hay que sortear, sobre todo en un lugar como el Distrito Federal.

Hasta cierto punto todos somos viajeros. Hay quienes brincan continentes a la menor provocación y hay quienes apenas salen de la línea casa-trabajo, pero todos estamos inmersos en el viaje personal que implica vivir. Al existir viajamos a través del tiempo, pues con cada segundo envejecemos. De entre quienes brincan continentes sobresalen, a mi gusto, los que luego lo cuentan, y de entre éstos quienes lo cuentan bien. Escribe Toriz sobre Chatwin:

Es evidente que Chatwin es un gigante, un auténtico fenómeno, inigualable. No sólo se pasea literalmente por el mundo como por su cuarto, sino que parece saberlo todo, desde la perspectiva de un esteta consumado al que la belleza ha bendecido con sus misterios más profundos y perdurables.

Después de publicar En la Patagonia, Bruce Chatwin fue acusado de ficcionalizar ciertos eventos descritos como verdaderos, en la vena de los documentales de Werner Herzog. Nicholas Shakespeare, el biógrafo de Chatwin, dice que "no cuenta una media verdad, sino una verdad y media". Es como la vida y los sueños. Hay veces que se juntan sin que sepamos cómo, ni por qué.

La descripción que más me gusta del viaje es la de Claudio Magris:

El viajero, escribe Jean Paul, es semejante al enfermo, está en equilibrio entre dos mundos. El camino es largo, aunque sólo nos desplacemos de la cocina a la habitación que contempla occidente y en cuyos cristales se incendia el horizonte, porque la casa es un reino vasto y desconocido y una vida no basta para la odisea entre la habitación de niño, el dormitorio, el pasillo por el que se persiguen los hijos, la mesa del comedor sobre la cual los tapones de las botellas disparan salvas como un piquete de honores y el escritorio con unos cuantos libros y unos cuantos papeles, que intentan explicar el significado de este ir y venir entre la cocina y el comedor, entre Troya e Ítaca.

Chatwin se pasea por el mundo como por su cuarto, de África a la Patagonia y Australia, pero Magris hace del camino entre su habitación y la cocina algo trascendente. El Ulises de Homero recorre mar y tierra y sortea todo tipo de obstáculos, mientras el de Joyce camina algunos kilómetros en un día, pero el de Magris sólo anda algunos pasos, y en ese ir y venir transcurre la vida entera, la historia personal y la historia de occidente. Ese párrafo contiene al mundo, y los ojos que lo leen han viajado ese camino, puramente metafísico.

El objetivo es, entonces, una mera excusa, un accidente que nos permite movernos en una dirección precisa, pues sin destino a dónde ir no habría razón para caminar. El significado de la vida es un invento que nos deja andar, y nos dice hacia dónde. Hay que intentar llegar, aunque llegar es lo de menos. A menudo a mitad del camino surge otro destino, el sendero se bifurca y el rumbo cambia, pues da igual. "Acaso Chatwin, moribundo, llegó al son del corazón: 'la búsqueda de los nómadas es la búsqueda de Dios'".

La vida es el viaje de la habitación a la cocina, o la lectura de estas líneas. Poco importa si la tienda está cerrada o no hay tabaco; es más: es mejor. Así se abre otro viaje, que será más largo, "lleno de aventuras, lleno de conocimientos".

 

 Juan Patricio Riveroll 

Febrero 2014

Twitter del autor: @jpriveroll 

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.