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El big data y la vigilancia informática construyen un alambrado de púas invisible que amenaza con regular a la sociedad a través de un gobierno algorítmico.

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Entre otras cosas, el 2013 podrá ser recordado como el año en el que descubrimos la muerte de la privacidad. Si bien muchos sospechaban que las cosas iban en esa dirección (por la fusión de los intereses del marketing y del gobierno), que nuestra información estaba siendo minada de manera masiva, como si fuera una especie de capital expropiado; con las filtraciones de Eward Snowden amanecimos a un estado de vigilancia global ciberpanóptica que no desmerece la distopía imaginada por Orwell.

Hoy sabemos que entrar a Internet y navegar por los grandes sitios o utilizar gadgets y conexiones de las grandes compañías de tecnología tiene el precio de entregar nuestra información privada. No sabemos, sin embargo, bien a bien, qué se hace con esa información o qué implicaciones tiene para el panorama geopolítico y sociocultural presente y futuro. Algunos creen que esta información, que engorda las arcas de computadoras que sueñan ya con la inteligencia artificial  en la selva pletórica del big data, será utilizada para hacer más eficiente nuestra vida y no debemos de preocuparnos demasiado, al menos no aquellos de nosotros que no tenemos nada que ocultar. La inspiración y lo que avala el desarrollo de esta tecnología en un proceso democrático es que es el bastión de nuestra protección, el medio que asegura la preeminencia de la democracia misma, que es amenazada por aquellos que permanecen en la sombra, utilizando su privacidad para conspirar en contra de los valores que sustentan nuestra sociedad --y que, a su vez, son nuestra elección, es el programa mismo que nos permite elegir entre tantas cosas.

Evgenzy Morozov una de las voces más críticas de los efectos que tiene la tecnología en la psique y en la sociedad moderna (también acusado de ser un neoludita) sugiere que el efecto no reconocido de la eliminación de la privacidad y el procesamiento masivo de información personal por parte de los gobiernos y las corporaciones es que podría reemplazar a la democracia por un gobierno algorítmico, de procesos automatizados, en los que los ciudadanos perderían el poder de decisión que al menos hoy simulan tener a través del voto y de la participación ciudadana.

Morozov argumenta que el problema de la privacidad y el desequilibrio de poder que otorga el manejo de información al gobierno o a un grupo selecto de corporaciones no es algo nuevo "consecuencia de que Mark Zuckerberg le haya vendido su alma y nuestros perfiles al NSA", es algo que viene de origen a la tecnología informática, parte del medio mismo, y que fue reconocido desde un principio. En 1967 Paul Baran escribió el ensayo The Future Computer Utilityen el que advertía de los peligros venideros de almacenar grandes cantidades de información privada en computadoras (pues no existían mecanismos para salvaguardar su integridad de intereses ajenos).

En un análisis que evoca la visión de McLuhan de que cada medio tiene una serie de condiciones determinadas que afectan a sus usuarios y a su entorno, independientemente del uso que se le dé, Morozov argumenta que las redes digitales desde siempre tuvieron embebido un carácter de vigilancia y automatización. Muchos entusiastas del ciberespacio, que consideraron que Internet era una poderosa puerta de libertad informativa, piensan ahora que el espionaje digital y los anuncios personalizados del big data son aberraciones que pueden ser revertidas con mejores leyes de encriptamiento y empoderamiento de los usuarios. "La sensación de emancipación a través de la información que muchas personas aún atribuyen a la década de los '90 fue probablemente sólo una alucinación prolongada. Tanto el capitalismo como la administración burocrática se acomodan fácilmente al nuevo régimen digital; ambos florecen en flujos de información, entre más automatizados, mejor", escribe Morozov. Brillantes analistas, como Douglas Rushkoff, en la cresta de la ola noventera imaginaban tecnoparaísos de conciencias elevadas por la orgía ciberdélica, para luego tener que cobrar mayor cautela y ser más críticos de las promesas que cifraban las máquinas.

La convergencia entre los intereses de las corporaciones y el Estado puede en algunos casos ser la fórmula del fascismo. Actualmente los intereses comerciales de las compañías de tecnología y las agencias de gobierno convergen: "ambas están interesadas en la recolección y el rápido análisis de los datos de los usuarios. Google y Facebook están llamados a recolectar más datos para mejorar las efectividad de los anuncios que venden. Las agencias de gobierno necesitan la misma data (que pueden recolectar por sí mismas o en colaboración con las compañías de tecnologías) para perseguir sus propios programas", escribe Morozov.

El big data, el procesamiento de enormes cantidades de información, en ocasiones con el fin de encontrar patrones y de eficientar prácticas, permite la emergencia de lo que se conoce como el "estado-niñera", en el que el gobierno no sólo puede vigilar todo lo que hacemos, sino que puede corregir nuestras conductas. Algunos ejemplos: el gobierno de Italia empieza a usar una herramienta llamada redditometro que analiza patrones de gasto para identificar el perfil de personas con el potencial de evadir impuestos. Asimsimo, la propuesta del alcalde neoyorkino Michael Bloomberg de prohibir la venta de refrescos de más de 16 onzas en establecimientos sigue el análisis estadístico de la relación entre el consumo de estas bebidas y la obesidad. Nos encontramos ante un nuevo paternalismo, ilustrado por el análisis de la información, que prohíbe y obliga por "nuestro propio bien". Escribe Morozov:

Este fenómeno tiene un nombre fácil de memetizarse: "regulación algorítmica". En esencia, las democracias ricas en información han llegado al punto en el que quieren resolver los problemas sin tener que explicarse o justificarse ante los ciudadanos. En cambio, pueden simplemente apelar a nuestro propio interés personal --y saben lo suficiente de nosotros para diseñar una perfecta, altamente personalizada e irresistible persuasión.

El problema de la pérdida de la privacidad en el contexto de la democracia fue identificado, atisba Morozov, por Spiros Simitis en 1985. "Cuando la privacidad es desmantelada, tanto la posibilidad de formar juicios personales del proceso político, como de mantener un estilo de vida particular, se pierden". Es decir, en un sentido radical, compartir nuestra información de manera hiperpermeable con máquinas que automatizan nuestros significados genera una sociedad de autómatas.

La complejidad del procesamiento de nuestros datos y el aura de poder que mantiene, intercambiando la omnividencia (la supervigilancia) por la omnisciencia (que sólo es simulada por la totalidad del ánalisis), permiten que el Estado, como el mismo Google ya hace, mantenga secreto su algoritmo. "Sería difícil que el gobierno generara una respuesta detallada cuando se le pregunte por qué un individuo fue señalado para recibir un tratamiento distinto por un sistema de recomendación automatizada. Lo más que el gobierno podría decir es que  esto fue lo que el algoritmo halló basándose en casos previos".

Así se forma un "alambrado de púas invisible". Ya que creemos que somos libres de ir a todas partes, el alambrado de púas se mantiene invisible. No tenemos a quien culpar: ciertamente no a Google, no a Dick Cheney o a la NSA. Es el resultado de diferentes lógicas y sistemas (del capitalismo moderno, del gobierno burocrático o de la administración de riesgos) que cobran fuerza por la automatización del procesamiento de información y la despolitización de la política.

Nos enfrentamos a lo que Habermas advertía en 1963 que se podía desencadenar de "una civilización exclusivamente técnica": la "segmentación de los seres humanos en dos clases: los ingenieros sociales y los internos de esas instituciones sociales cerradas". Tal vez debemos de imaginar Internet, después de ese sueño de libertad inicial, también como una prisión, de barras invisibles. Una prisión en la que incluso los mismos "ingenieros sociales" podrían quedar atrapados, como el arquitecto de un laberinto demasiado complejo.

La privacidad, éste es el argumento central de Morozov, entonces se convierte en el instrumento político fundamental para mantener vivo el espíritu de la democracia, bajo la creencia de que aún somos capaces de reflexionar —y la reflexión se da mejor bajo el sosiego de la privacidad, sin la mirada invasiva de la maquinaria estatal— sobre los problemas y las posibles soluciones que enfrentamos como sociedad e individuos; reflexionar bajo la creencia en que el espíritu humano sigue teniendo más capacidad para decidir y dirigir su destino que los procesos automatizados y los algoritmos que corren por las venas de las computadoras.

Con información de Technology Review

Twitter del autor: @alepholo

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