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Buena parte de los fundamentos filosóficos de la Red proviene de la cultura psicodélica y comunitaria de los '60; sin embargo, Internet se debate hoy entre el McNugget y el LSD.

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Las actuales generaciones, aquellas que ya nacieron y que estarán floreciendo en unos años, difícilmente podrán imaginarse lo que era el mundo sin Internet. Incluso para aquellos que estuvimos "desconectados" los primeros diez o quince años de nuestras vidas, cada vez parece más complejo rememorar nuestro entorno cultural sin la revolucionaria presencia de la Red.

A pesar de la determinante consagración de Internet, pocos nos preocupamos y preguntamos por los orígenes de este manto informativo y conectivo con el que hoy cubrimos buena parte de nuestra realidad. ¿Cómo se gestó esta "desdoblante" espora que terminaría por enlazar millones de nodos para cambiar múltiples paradigmas culturales, sociales y mentales?

Seguramente, la anatomía histórica de la Red es mucho más compleja de lo que a continuación expondré. Pero creo que el siguiente recorrido será, al menos, una digna cartografía –la cual, por cierto, hará énfasis en su antecedente ideológico, que responde a un carácter esencialmente comunitario e hipersocial. 

Mística y Mundaneum

Sin dejar de hacer alusión a algunas metáforas míticas, incluso místicas, que bien podrían haber sugerido la existencia de un modelo como el que caracteriza a Internet, por ejemplo el collar de perlas de Indra o los registros akashikos, me gustaría ubicar el primer antecedente directo en el Mundaneum, de Paul Otlet. A principios del siglo XX, este brillante abogado belga soñó con una utopía informativa, que consistía en “un cuerpo universal de documentación, una visión general enciclopédica del conocimiento humano, un enorme almacén intelectual de libros, catálogos y objetos científicos”. Más allá de un espacio físico per se, el cual también estaba contemplado, se trataba de una especie de máquina que, mediante un sistema preciso de clasificación, permitiría consultar dichos datos desde la comodidad de un sillón (algo así como el primer proyecto hipertextual a gran escala).

La cibernética y el oscuro ARPANET

Si bien el ensueño informativo de Otlet no sólo no pudo completarse, sino que quedó clausurado cuando los Nazis destruyeron buena parte de su obra en 1940, durante esa misma década, y gracias al genio de Norbert Wiener y Arturo Rosenblueth Stearns, nació la Cibernética, rama de estudio que, a grandes rasgos, analiza las posibilidades de comunicación dentro de entornos sistematizados. Veinte años después, en la década de los sesentas, el ejército estadounidense en colaboración con el MIT y otras universidades, confeccionaría la primer red de computadoras, la cual fue llamada ARPANET. Como suele suceder, las ideas teóricas más avanzadas, así como lo más selecto de las distintas ciencias, suele servir, en principio, a fines militares. La primera transmisión pública de un mensaje, vía ARPANET, fue en 1969, así que podríamos afirmar que 21 años antes de que Tim Berners Lee y otros científicos del CERN, en Suiza, inauguraran la WWW (World Wide Web), el ejército de EU ya gozaba de un sistema relativamente descentralizado de conexión de computadoras a distancia.

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LSD, inteligencia colectiva y modelos descentralizados

¿Realmente crees que es casualidad que la meca internetera, Sillycon Valley, haya surgido precisamente donde se desarrolló uno de los principales pulsos de la cultura psicodélica? ¿Alguna vez te llamó la atención que los protagonistas de la primera generación de virtuosos digitales, léase Steve Jobs o Bill Gates, entre otros, tengan en común el haber ingerido sustancias psicoactivas, por ejemplo LSD o marihuana?

Durante la década de los sesentas la tecnología era comúnmente percibida, al menos entre los hippies, como una especie de fuerza oscura, esencialmente antinatural y al servicio de instituciones, gobiernos y ejércitos. Sin embargo, lo que seguramente la mayoría de esta generación ignoraba, es que buena parte de sus pilares filosóficos terminaría por fundirse con la tecnología para dar vida a una plataforma que revolucionaría cada aspecto de la realidad sociocultural a partir de los '90: Internet.

En 1985 se fundó el principal precedente ideológico de la Web 2.0. Se trataba de WELL, una comunidad virtual, tal vez la primera civil, que sirvió como punto de encuentro al entusiasmo underground en torno a la entonces incipiente cibercultura. Esta comunidad representaba el desdoblamiento electrónico del Whole Earth Catalog, publicación periódica que reunía los artículos más representativos del movimiento hippie: desde ropa y libros, hasta discos y semillas. WELL fue fundado por un visionario médico, Larry Brilliant, y por Stewart Brand, periodista que había participado activamente como psiconauta en los sesentas, incluso como miembro del colectivo caótico-psicodélico, The Merry Pranksters. 

De manera similar a lo que ocurría o había ocurrido en las comunas hippies desplegadas a lo largo de California, Colorado y Nuevo Mexico, en el WELL se intercambiaba información y opiniones sobre innumerable cantidad de temas y afinidades: música, drogas, filosofías, tradiciones místicas, etc. Para muchos resultaba evidente que este modelo terminaría por evolucionar en lo que hoy se conoce como la Web 2.0, la etapa de Internet regida por las redes sociales. Desde una cierta perspectiva, existe un vínculo directo entre el utópico comunitarismo de los '60 y proyectos como Wikipedia, una enciclopedia que favorece la inteligencia colectiva por sobre la legitimidad académica, y el trabajo voluntario por encima de las labores institucionalizadas, o plataformas como Digg o Menéame, en las que la propia comunidad jerarquiza los contenidos según lo relevante que parecen.

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Esta virtual democratización del conocimiento, la posibilidad de intercambiar, publicar, o consumir información y contenidos de manera relativamente libre, y el favorecimiento de la inteligencia colectiva sobre el individualismo, son claramente legados de una generación que precisamente luchó por eludir los tradicionales patrones de organización social y que decidió faltar el respeto a los límites impuestos hereditariamente por generaciones anteriores. El famoso mantra "power to the people" parece que nunca había estado tan cerca de materializarse como con la consolidación de la Web 2.0.

*Por cierto, recomiendo mucho el libro From Counterculture to Cyberculture, de Fred Turner, en el que se detalla el trayecto andado entre uno y otro movimiento.

La utopía aún no se consuma

Luego de ubicar las coloridas comunas hippies como modelos filosóficos que inspiraron las actuales redes sociales, no podemos dejar de recordar que la mayoría de esos proyectos comunitarios terminaron diluidos en un caudal de etéreas expectativas y poca efectividad. Mantener una utopía digital representa un esfuerzo tanto virtual como real. Tal vez por eso es que, gradualmente, Internet se ha plagado de iniciativas comerciales, mediante personas y compañías que han sabido traducir la libertad informativa, e incluso la gratuidad, en monumentales negocios –aquí podemos remitirnos a casos como el de Facebook, y en general a un ánimo mercantil que desde hace más de una década impregnó la Red.

Por otro lado, es fundamental señalar que Internet no es en sí un sistema descentralizado, sino una especie de borrador o simulación. Ante el desbordado optimismo frente a las cualidad abiertas y libres de la Red, Douglas Rushkoff, autor y académico, advierte: 

No estoy tratando de ser un aguafiestas, o de menospreciar las posibilidades de la red. Solo quiero desmitificar la noción ficticia de que Internet es una entidad incontrolable, descentralizada y libre para todos, con el objetivo de que podamos crear algo más. Así es que propongo que abandonemos Internet y al menos que aceptemos el hecho de que éste se ha rendido al control corporativo como prácticamente cualquier otra cosa dentro de la sociedad occidental. Estaba destinado a pasar, y en su arquitectura centralizada se gestó su vulnerabilidad ante una potencial conquista. 

Recordemos que el cableado de fibra óptica que cruza por tu ciudad, así como los ISP's mediante los cuales nos conectamos no son bienes comunitarios ni públicos, no, son propiedad de diversas corporaciones que venden el servicio a la sociedad y que tienen la libertad de frenar al aprovisionamiento de estos recursos en el momento que sus intereses se vean realmente amenazados por el fenómeno internetero.

No se trata de que estén convirtiendo una red pública y libre en un centro comercial. Internet ya es un mall comercial. Tu revolucionario video que está publicado en YouTube ya tiene anuncios de Google insertados en él. Y sí, ése es el precio de la libertad cuando estás operando en la red de alguien más.

Si sumamos la ideología a la práctica, entonces podríamos afirmar que Internet está justo entre el "cubo de azúcar" y el McNugget, entre la colorida disidencia de los hippies y la sofisticada manipulación de las corporaciones. Y en este sentido quiero pensar que a nosotros, a las actuales generaciones de programadores, bloggers, tuiteros, y demás, nos corresponde definir hacia qué lado se inclinará la balanza. Aquí nos remitimos al ya famoso mantra acuñado por el propio Rushkoff, que reza: "programa o serás programado".

Al parecer, por si no fuesen suficientes los épicos retos generacionales que tenemos por delante, podemos sumar al menú el futuro de la Red: o fundamos algo diferente, inspirado en nuestra experiencia digital pero blindado ante su posible corporativización, o seguimos alimentando esta fábrica de nuevos paradigmas que es la Red al mismo tiempo que nos convertimos en una hipersofisticada tribu de consumidores. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Una crónica híbrida de un viaje alucinado por la literatura y por el espacio geográfico en la que la reseña se funde con la experiencia.

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La ciudad se narra a sí misma. Aunque parecen infinitas, en el Distrito Federal conviven y se forjan millones de historias, individuales y colectivas. Como los cauces de un río amplio y majestuoso, cada historia se multiplica, se cruza y se corrompe al mezclarse con otras. El ser humano es un ser narrativo.

En octubre Rafael Toriz, amigo y colaborador de este espacio, presentó La ciudad alucinada, su fantástico quinto libro, una rara mezcla de géneros que dibujan más el paisaje interno del autor que una realidad urbana o la definición de un país desde un punto de vista extranjero, porque como bien dice:

No debemos entender la ciudad como un espacio cerrado y permanente, puesto que su sitio verdadero, el instante de su acontecer, ocurre en el desplazamiento, en sus distintas aceleraciones y en su abigarrada contingencia: ninguna ciudad es una maqueta.

Habla en particular sobre Buenos Aires, con algunas pinceladas sobre la cultura argentina, pero por añadidura habla también de México, del Distrito Federal o de Xalapa, su ciudad natal. Exiliado por decisión propia en ese país del sur, en su libro despotrica de todos los lugares. El narrador no se contenta con nada, y es ese tono desfachatado y que lleva la contraria lo que ilumina sus páginas.

Digo "el narrador" pese a que el libro está configurado a base de fragmentos: el diario, la crónica y el ensayo, quizá con algunos retazos de ficción indistinguibles del resto. Sin embargo se lee como novela. Al final escribe:

La vida es una novela, una suerte desquiciada de crisoles alucinantes y sensaciones contradictorias: mi existencia ha sido trepidante, desconsolada y hasta dichosa. Soy un personaje dividido en esquirlas. Una conciencia en un laberinto de espejos: barcos henchidos con velas de lumbre. [...] Mi vida es una novela... Me encantaría titularla La ciudad alucinada.

Hay un autor, un narrador y un personaje, que no necesariamente se apellida Toriz, aunque así parezca. Al menos esa es la impresión que me dejó la lectura.

Portada

La manera en que está estructurado recuerda al clásico contemporáneo de Claudio Magris, descrito en la cuarta de forros como sigue:

El Danubio, que ha sido calificado como "un maravilloso viaje en el tiempo y el espacio", enlaza con el "tourisme éclairé" de un Stendhal o un Chateaubriand, e inaugura un nuevo género, a caballo entre la novela y el ensayo, el diario y la autobiografía, la historia cultural y el libro de viajes. En palabras de su autor, el libro es "una especie de novela sumergida: escribo sobre la civilización danubiana, pero también del ojo que la contempla", y fue redactado "con la sensación de escribir mi propia autobiografía".

El libro de Toriz concuerda más con esta descripción que con el libro como tal. La prosa espesa de Magris es el polo puesto de la de Toriz, que vuela y relampaguea mientras la otra se estanca. La sensibilidad tropical del escritor veracruzano contrasta con la mirada fría de la Europa mediterránea, a la que los argentinos se sienten tan apegados. 

Uno de los personajes reales que habitan esas páginas alucinadas es Samuel Covarrubias, fina muestra de esos escritores marginales que poca gente ha leído, que en ocasiones se mencionan en las aulas y cuyos libros se esconden en las librerías de viejo, pues ya nadie los edita. En un texto reciente, Covarrubias confiesa:

Mi relación con la narrativa, que acaso habría podido sacarme de pobre, fue también un tema complicado. Si bien en alguna beca, cuando era más joven, algún tutor vio en mí capacidades para la construcción ficcional, todo se fue al carajo por el exceso de una de las mayores virtudes que puede tener un escritor pero que usada sin moderación es un cáncer en el colon: la ironía, como el amargo de angostura, es necesaria para preparar un buen Martini, pero usada en demasía avinagra la existencia.

La influencia de Covarrubias en Toriz es evidente, junto con Gombrowicz, Wilcock y Fonseca, otros personajes de la misma alucinación.

Más allá de la originalidad del libro y de la prosa que avanza danzando me pregunto cuál es la relación del ser humano con la narrativa. Queremos que nos cuenten historias, que una línea dramática, por llamarla de otro modo, guíe nuestros pasos, quizá porque la vida acaba siendo una narración en sí misma, y la historia de la humanidad se cuenta igual. Al hablar del universo se empieza por el principio de la trama, el big-bang, y las cifras kilométricas que significan fechas nos dan una idea, aunque sea vaga, de su historia, con las perspectivas a futuro como posibilidades narrativas. Fuera de eso sólo queda la especulación. ¿Hay otros universos? ¿El nuestro es parte de algo más grande o no hay nada más? Las leyes de la física que gobiernan este universo parecen claras, y trazan un camino narrativo que podemos entender. Los número tejen su propia historia. Lo demás no lo entendemos, o al menos no como entendemos nuestra vida, la de la humanidad, la de la Tierra y la del universo. Y entonces todo son historias, con su grado de realidad y de ficción.

David Foster Wallace se debatió siempre entre la no-ficción y la ficción. En una carta escribió: "Volveré a ser un escritor de ficción o moriré en el intento"; y en otra: "No sé por qué la comparativa facilidad y el placer de escribir no-ficción siempre confirma mi intuición de que la ficción es realmente Lo Que Tengo Que Hacer, pero es así, y ahora estoy aquí de regreso azotando continuamente (en todos sentidos de la palabra) y alimentando mi bote de basura". Declaraciones notables para un escritor tan dotado para el ensayo. Quizá sintió que la ficción tiene un mayor alcance, o que abre la puerta a ciertos rincones ocultos de la psique y el corazón humanos, como sucedió con Krzysztof Kieslowski cuando dejó de hacer documentales para hacer ficción, por razones similares.

La llegada de Toriz a México coincidió con la orfandad de Breaking Bad, la serie que será recordada como un hito en la historia de la televisión. Se puede recurrir a The Wire, el abuelo, o a The Sopranos, el padre, si es que no se han visto, pero los personajes de Breaking Bad y sus poquísimos momentos estáticos han sido, en mi opinión, hasta ahora imbatibles. El ritmo de la creación de Vince Gilligan no deja tiempo para respirar. Como en las series de televisión el guionista es rey, y el director un empleado más de la franquicia, las historias que ahí se cuentan comienzan a devorarse al cine, su progenitor.

La ciudad alucinada fue para mí un paliativo necesario ante la ausencia de Walter White y Jesse Pinkman: "Vi pasar la soledad del mundo por el quicio de mi ventana".