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Como todas las cosas en la actualidad, la espiritualidad es también negocio y se maneja conforme a una lógica de mercado, ¿dónde deja esto los verdaderos intentos de compartir un camino de conocimiento espiritual?
Imagen: Lucinda Horan / @Lucinduck

Imagen: Lucinda Horan / @Lucinduck

Susurros chinos en el Casino de la Iluminación

 

La iluminación: ¿qué es?

“La verdad existe; la no-verdad no existe”.

-Jed McKenna

La mayoría de los maestros de iluminación dicen que ésta no se trata de llegar a algo, sino de deshacernos de algo, específicamente, de todo lo que está entre nosotros y nuestro estado natural. La paradoja inherente en esta fórmula es que lo que necesita irse es una ilusión, i.e., algo sin una existencia real. Entonces ¿cómo te deshaces de algo que no está ahí? Y ¿por qué necesitas que un maestro te ayude a hacerlo?

Los practicantes espirituales buscan a un maestro espiritual para que los ayude a iluminarse. La mayoría de las veces esto no sucede. A los discípulos se les dice que el deseo de iluminarse –el cual en realidad es el deseo de escapar del sufrimiento– es lo que los está previniendo de llegar a la iluminación. Extrañamente, al escuchar esta noticia, la mayoría de los discípulos no renuncian a su búsqueda. La razón por la que no lo hacen es por que aún quieren “obtener” eso por lo que vinieron, y que una persona que ellos creen que ya lo tiene les diga que no lo pueden tener es lo más cerca que pueden estar de tenerlo. Ese es, básicamente, el lote del seguidor.

Aquí hay algunas ideas comunes a la mayoría de las enseñanzas de iluminación:

 

  • No hay tal cosa como un ser separado
  • No hay tiempo ni espacio, sólo consciencia y percepción
  • La iluminación es igual a transitar todo el camino hacia “el Ahora”
  • La existencia está siendo continuamente destruida y creada; la sensación de continuidad es una ilusión creada por la mente
  • A nadie se le puede decir lo que es la verdad porque cada uno de nosotros debe encontrar (convertirse en) nuestra propia verdad
  • El ego es un impedimento para ver la realidad
  • La iluminación es el estado natural y no hay nada “especial” en ello
  • No hay nadie que “llegue” a la iluminación, sólo al despojo de la idea de alguien que llega
  • La iluminación depende de renunciar a todas las creencias y conceptos de lo que realmente “sabemos que es verdad”
  • Es un retorno al ser auténtico
  • Es el destino y derecho de nacimiento de cada uno de nosotros
  • Sólo muy poca gente alguna vez lo realiza
  • Es apertura total y alineamiento con la voluntad divina
  • Es el fin del sufrimiento personal
  • Conlleva el reconocimiento de la naturaleza ilusoria de la existencia material y es semejante a salir de un sueño
  • Es “convertirse en nada”
  • Es el final de la búsqueda y el principio del servicio
  • Es no tener apegos ni preferencias
  • El deseo de iluminación es necesario para llegar a la iluminación pero también puede ser un obstáculo
  • La iluminación no mejorará nuestra vida sino la finalizará
  • Es rendir nuestra vida de regreso a “Dios”
  • La iluminación es la muerte del ego, y para el ser iluminado no hay nada que temer en la muerte del cuerpo. No ocurrirá ningún cambio en la conciencia porque la conciencia ya no está identificada ni con la mente ni con el cuerpo
  • El ego es el pegamento en la identificación mente-cuerpo
  • Las prácticas espirituales pueden ayudar a despejar la mente y el cuerpo y enfocarse en el propósito. Pero al final sólo se trata de dejar ir el engaño fundamental de una identidad separada (ego) que funciona
  • Aunque este dejar ir ocurre instantáneamente y sin voluntad, es posible preparase para él

Consistentemente, la mayoría de estas “verdades” pueden encontrarse en círculos espirituales y son felizmente divulgadas por aquellos practicantes que gustan de parecer, o de sentirse, que están en un camino espiritual. Dichas ideas están usualmente avaladas por evidencias anecdóticas y/o asumidas como auto-evidentes para “quienquiera que haya pasado algún tiempo en un camino espiritual”. Pero ¿son auto-evidentes o simplemente han sido transmitidas indolentemente como prendas comidas por polilla, de una generación a la siguiente? Las técnicas de artes marciales (nos dicen) fueron desarrolladas originalmente por personas con consciencia acerca de las energías de los cuerpos sutiles. Después fueron imitadas y transmitidas por personas que entendían solamente la forma exterior. Las artes marciales, privadas de su consciencia profunda y energética, degeneraron en patadas y golpes vacíos. Susurros chinos.

 

El narrador sospechoso, lunas de queso azul y Santa Claus

 

“No creo en cuentos de hadas”.

--Freddy Krueger, Pesadilla en la calle del infierno 3

Si la iluminación es nuestro estado natural, ¿qué nos impide llegar ahí? De acuerdo con la mayoría de los maestros es sólo una idea, un punto de identificación equivocada. El ego, la mente, la identidad construida, un pulpo con cualquier otro nombre. Esta entidad imaginaria dentro de nuestras cabezas mira hacia fuera desde atrás de nuestros ojos, como Rapunzel dentro de la torre, proporcionando una continua y consistente descripción defectuosa de la realidad. El ego es el narrador sospechoso de nuestras vidas. La mala noticia es que el ego-pulpo vuelve a nuestros cuerpos una prisión para un “ser” imaginario, en lugar de una expresión de la fuerza vital. La buena noticia es que esa “fuerza vital” es todo lo que realmente “somos”, porque es todo lo que cualquier cosa “es”. Entonces ¿cómo es posible que nos hayamos convertido en algo que no somos? O, como la conmovedora y subestimada película I Heart Huckabees lo puso, “¿Cómo no soy yo mismo?”

Si un niño insiste que la luna está hecha de queso azul, ¿es esa una percepción equivocada de la realidad? ¿Tiene la luna cualquier cosa que ver con el queso azul? ¿La creencia en una luna hecha de queso azul hace a la luna “real” un poco más quesosa? La lógica común dice que no lo hace. ¿Y qué pasa con el ser falso? Si la idea de un separación ego-identidad es falsa, ¿cómo es que nos parece tan real a nosotros? Quizá la iluminación es similar a cuando un niño se da cuenta de que Santa Claus no existe y nunca lo hizo; ¿un parteaguas en el que nada ha cambiado realmente?

¿Le podemos, con absoluta seguridad, decir al niño que cree en Santa Claus que no existe? Jed McKenna, en su Trilogía de la iluminación, describe la iluminación como el darse cuenta de que nadie existe (incluyéndose a sí mismo). ¿Puede haber una búsqueda sin un buscador? ¿Algo de esto hace sentido? Quizá una pregunta mejor es: ¿Debería hacer sentido algo de esto? Si la iluminación es real, y si sólo puede ser comprendida por los iluminados, cualquier definición que nos haga sentido al resto de nosotros, meros mortales, sería, por definición, equivocada; a lo mucho incompleta. En La Matrix, el Morfeo que le ofreció la píldora roja a Thomas Anderson no existía. Era solo una “auto-imagen residual”. Lo mismo es verdad de la píldora roja: no existía. Entonces ¿cómo es que Thomas despertó? ¿Cómo algo que sucede en un sueño puede cambiar la realidad? Y si puede, ¿no hace que el sueño sea real?

¿Es la espiritualidad moderna algo que no sea enseñar a los perros a perseguir su propia cola y regresar a su vómito? ¿Hemos sido estafados?

La idea de que “sólo la verdad existe” es una tautología. Suena profundo pero no está realmente diciendo nada. Sólo porque creencias equivocadas acerca de la luna no afectan la naturaleza de la luna no significa que no son reales. Únicamente significa que no tienen poder para afectar la realidad. Filosofías new age populares (The Secret, etc.) nos afirman que las creencias moldean nuestra realidad. Si ese fuera el caso, no obstante, tendríamos que redefinir lo que queremos decir con “realidad”. Lo que un practicante puede observar es que una creencia que es lo suficientemente fuerte creará realidades falsas (lunas de queso azul), y que estas realidades falsas (si es que no es un oxímoron) se posicionarán luego entre nosotros y la verdad. Como la fantasía de un niño, el propósito de tales realidades falsas o ficciones cruciales (así como la ilusión de un ser separado) es mantener a la verdad fuera.

Entonces, si realmente es tan crucial, ¿cuál es la gran necesidad de disipar esa ficción? Si dejamos que los niños crean en Santa por el tiempo que les tome descubrir la verdad, ¿existe algún peligro de que Santa se meta a sus cuartos a medianoche y los asuste, como Freddy Krueger en Pesadilla en la calle del infierno? ¿Cualquier dolor que provenga de la lealtad con una ilusión es también ilusorio? Si la verdad es nuestra verdadera naturaleza –si realmente es verdad– ¿cómo puede ser afectada, o más aún, lastimada, por creencias equivocadas o por lealtades falsas?

La respuesta obvia es que la inofensiva creencia en duendes de un niño eventualmente se convierte en una creencia adulta en Dios y en el país, el dinero, la seguridad nacional y otras incentivas “de adultos” para el caos y el asesinato tanto a escala local como global. Y mientras que la perspectiva iluminada (al menos de acuerdo a la teoría)  puede llevar a su paso la aniquilación del Universo, el no-iluminado (al cual la mayoría de nosotros estamos atados) continúa rompiéndose por un clavo en la pared.

El practicante espiritual no está buscando la no-existencia. Eso es algo que sólo los suicidas buscan. El practicante espiritual está buscando consuelo, y para algunas personas la iluminación suena mucho como el consuelo final y total de todo. Pero si fueran honestos, la mayoría de los practicantes admitirán que, si pudieran obtener la felicidad, satisfacción, sabiduría superior, serenidad y la confianza que se imaginan que la iluminación les daría, sin tener que aniquilar hasta el último rastro de su identidad, lo tomarían. De acuerdo a testimonios espirituales a lo largo de siglos, sin embargo, el único trato que funciona con ese criterio es el tipo de trato que Fausto hizo con Mefistófeles.

En términos sencillos: lo más real del estado no-iluminado parecería ser nuestro apego a él. Santa Claus no es real. La creencia del niño en él sí lo es.

 

La lotería de la iluminación

¿Quién maneja el autobús de los sueños? es un documental hecho en 2009 sobre la espiritualidad. Incluye entrevistas con un número de maestros espirituales prominentes (Jeff Foster, Timothy Freke, Gangaji, Amit Goswami, Boris Jänsch, Tony Parsons, Genpo Roshi, Guy Smith) y nos da un panorama útil sobre la espiritualidad contemporánea. En primer lugar, casi todos en la película están de acuerdo en que no hay nada que el practicante necesite “hacer” para iluminarse. Pero mientras lo estaba viendo comencé a preguntarme que, si ese fuera el caso, ¿por qué están todos estos adeptos espirituales siquiera pensando en eso? ¿Por qué no hablar sobre el mantenimiento de abejas o el baseball? ¿Qué no escuchar a un maestro espiritual diciendo que no hay nada que hacer para iluminarse es hacer algo? ¿Por qué siquiera hacer el documental?

Me encontré preguntándome si los maestros espirituales enseñan que no hay nada que hacer porque eso es lo que vende. ¿Era una manera de dar a la gente un mensaje reconfortante para llevarse a casa y luego regresar por más (burdamente lo mismo que la Cristiandad ha estado haciendo por siglos: mandando una orden de salvación)? A la mayoría de los practicantes no les importa que lo que se llevan con ellos es insignificante hasta el punto de la no-existencia; es el equivalente a comprar un billete de lotería. Lo que se compra es esperanza. Y como la esperanza es ciega, no importa realmente qué tan bajas son las probabilidades.

Como ganar la lotería, la iluminación es el último y absoluto cambio. Encaja cómodamente en el menú cósmico junto con “Dios”, “verdad” y “Cielo”: si existe tal cosa, es lo único que cuenta. Como la riqueza magnánima dada a los pobres, la existencia de uno se vuelve conocida, la vida se vuelve gris y aburrida sin ella. Nuestro vaso se vuelve para siempre "mitad vacío".

Como para los niños Santa, no importa si la iluminación o la salvación que se ofrece son reales o no, siempre y cuando la creencia en ello sí lo sea. La creencia en conceptos falsos genera demanda perpetua, la cual, como todo hombre de negocios sabe, es la llave al mercado sano. Mira cómo la publicidad reviste a los productos más ordinarios con cualidades mágicas, como si el desodorante o la cerveza pudieran dar a su dueño poderes sexuales. El producto falla pero la creencia, la fantasía y la esperanza permanecen, y el consumidor sigue regresando por más.

La droga más difícil de dejar es aquella que casi funciona. Ya sea el sexo, las drogas, el dinero o la comida, nos hacemos adictos a los placeres que casi nos dan lo que estamos buscando (el alivio de la miseria de nuestras vidas) pero nunca lo hacen del todo. Si las creencias religiosas fueran un total fracaso, perderíamos interés en ellas. Si funcionaran perfectamente, no las necesitaríamos porque estaríamos iluminados. Para los practicantes, lo que hace a la espiritualidad infinitamente fascinante es que continúa prometiendo  funcionar pero nunca lo hace por completo. Como los apostadores que casi ganan el gordo antes de perderlo todo, los practicantes siguen regresando por más, y el mercado espiritual se regocija.

Así como existe el deseo de obtener fortuna sin esfuerzo, el deseo de iluminarse es tan poderoso que los practicantes no se desaniman más por la insignificancia de los productos y servicios en oferta de lo que se desanima alguien que compra la lotería por probabilidad. Los practicantes siempre creen que pueden superar los pronósticos. El mercado espiritual, como Las Vegas, se alimenta de ingenuidad y optimismo. Un manual para apostadores que incluyera métodos verificables, rápidos y efectivos destruiría el negocio de las apuestas. Y la espiritualidad real y efectiva destruiría el mercado espiritual.

El único medio para ese fin es despojarse de todas las ideas equivocadas acerca de la espiritualidad y ver qué queda. Es posible que, como Las Vegas en la economía global, una vez que seamos capaces de ver la maquinaria del mercado espiritual, descubriremos que es corrupta hasta la médula y estaremos forzados a desecharla y comenzar desde cero. Exagerado como podría parecerles a algunos, la alternativa es quedarse encadenados a un sistema que tiene el simple propósito de enriquecer a algunos y explotar a la mayoría. El discípulo-borrego estará por siempre numerado con el rebaño, y seguir a un gurú o a un sistema espiritual podría ser tan inteligente como tratar de tomarles fotos a los tiburones mientras tu barco se está hundiendo.

 

Haciendo las paces con Mammón

En la sociedad ultra-sofisticada de hoy, millones de adultos aún creen que Dios toma la forma de un hombre sabio, viejo y barbudo que está sobre una nube. Quizá cuando mueran, algunas de estas personas conocerán al “Dios” que empate con sus creencias. ¿Eso significa que realmente conocieron a Dios, o que terminaron varados en la luna de queso azul de sus fantasías? Así como los conceptos ingenuos acerca de Dios están desviando a miles de “creyentes” en un encuentro auténtico con inteligencia divina y están realmente previniendo que miles de agnósticos investiguen seriamente la cuestión de la deidad, lo mismo pasa con la iluminación. Nociones falsas y endebles acerca de ello no sólo han engañado a los crédulos, han disuadido a las mentes críticas. Muchas de las personas que podrían ser capaces de experimentarlo ahora son más inteligentes que eso, y no pueden creer en tal absurdo.

Hay un refrán popular que dice “Todo el que dice que está iluminado está mintiendo”. En Autobús de los sueños, Tony Parsons dice más o menos esto (cuando se describe a sí mismo, Parsons usa la palabra “liberado”). Lo curioso de esta creencia es que generalmente no rechaza la posibilidad de la iluminación. Es más una afirmación que una modestia (si alguien realmente estuviera iluminado sería demasiado modesto para admitirlo)

Las personas que rechazan la posibilidad de un ser iluminado, y que se describen a sí mismas como iluminadas, son como los ateístas que rechazan la idea de un hombre sabio en una nube sin nunca haberse cuestionado acerca de una presencia divina no-antropomorfa. La prueba es que hacen esta declaración general (“Nadie que afirme estar iluminado lo está”) sin preguntarse una pregunta obvia como “¿Qué quieren decir cuando dicen que están iluminados?”). La implicación es que saben lo que es la iluminación, incluso si no están iluminados, y si estuvieran nunca lo dirían porque es de mal gusto hacerlo. El subtexto detrás de esta extraña creencia parece ser poco más que: “¿cómo puede alguien afirmar que está iluminado si yo no lo estoy?” Esta es una posición del ego perfectamente entendible, y naturalmente simpatizo (habiendo hecho yo mismo lo del gurú por algún tiempo). ¿Cómo se atreven?

Irónicamente, o quizá no, el resultado final de la creencia popular de que todo el que afirma estar iluminado no lo está es la perpetuación de la no-iluminación. De exactamente la misma manera en que los granujas y los charlatanes han secuestrado la idea de “Dios”, y se han asegurado de que cualquier deidad sea mal representada en el mundo, ahora los maestros de la iluminación falsa tienen libre poder en el mercado espiritual y ni siquiera lo esconden. ¿Quién quiere estar asociado con un montón de granujas y charlatanes? Ya que los crédulos han caído por un obvio hoax (vieja barba gris en el cielo y mil ofertas de pacotilla de iluminación por un precio), los astutos son más listos como para creer en algún dios o iluminación que no esté remontado a su sistema de valores auto-inventado. Una vez quemados, nunca confiados. La desilusión de enterarnos que Santa era una gran mentira fue demasiado honda como para que alguna vez nos recuperemos.[1]

Cuando Jesús volteó la mesa de los prestadores de dinero en el templo, hizo una declaración burda e inequívoca. La espiritualidad y el comercio no se mezclan. Pero en el mundo de hoy absolutamente todo ha sido mezclado con el comercio y simplemente no hay manera de vivir sin venderse a uno mismo de una manera u otra. Otra creencia popular es que un individuo iluminado de alguna manera no debe estar sujeto a la Ley de Mammón, y muchas “personas espirituales” argumentan que cualquiera que cobre por asistencia espiritual no puede ser genuino. ¿Cómo saben esto? ¿Por qué lo creen? ¿Creen que una persona iluminada debe ser capaz de convertir piedras en pan y vino en agua? ¿O sólo creen que deben “trabajar para vivir” como el resto de nosotros, incluso si eso significa que no tendrán el tiempo o la energía para usar su regalo especial?

Si ponemos por un momento el prejuicio a un lado, tendríamos que aceptar que ningún maestro espiritual genuino –quizá incluso ni Jesús— tendría oportunidad en la arena social de la actualidad, en cambio, necesitaría arrastrar su mesa de negocios al templo (o, más precisamente, su altar o púlpito al mercado) y comenzar a anunciar sus mercancías a los transeúntes. “Obtén tu pan viviente aquí por sólo tres shekels” “¡Yo soy el camino, la verdad y la luz! ¡Suscríbete hoy a un año de sermones y obtén sanación gratis!”

En la remota posibilidad este es el caso; el practicante espiritual sincero no tiene mucha más opción que entrar al mercado de la iluminación y, tan minuciosamente como pueda, checar los productos en oferta --aunque esto sea de mal gusto y no ofrezca recompensa alguna-- para encontrar a un maestro verdadero (si es que existe).  

 

Plomeros de la iluminación

La iluminación es ilegítima, no tanto en el sentido ordinario y oficial sino en el sentido extenso de  “desconocido” y “no identificado”. A diferencia de la religión, no hay nada ortodoxo en la iluminación ya que ésta no puede ser materia de fe. Debe ser una de certeza y realización práctica. Para convertirte en un ministro practicante o un médico licenciado necesitas seguir un método y registrarte. Para convertirte en un maestro de iluminación –no en un sentido real, sino socialmente hablando— lo único que debes hacer es decir que estás iluminado. O mejor aún, no lo digas, implícalo. Nada de esto entra al noticiero nocturno. Los maestros de iluminación, con la extraña excepción de Oprah, son ilegítimos. Es una industria "patito".

La ironía, tragedia y comedia de todo esto, para practicantes serios, es que sólo cuando alcancemos la iluminación podremos decir quién es genuino y quién no lo es. Toma un ser despierto para reconocer a un ser despierto. Sin embargo, ironía sobre ironía, los maestros de iluminación auto-confesos no tienden a frecuentar los mismos espacios. De hecho, de lo que he observado durante mi tiempo en el mercado es que la mayoría de los maestros de iluminación que afirman que están iluminados (usen la palabra que usen) tienden a menospreciar a otros maestros, así como los hombres de negocios hablan mal de su competencia. No nombrarán al mercader inferior (eso es de mal gusto y podría lastimar su imagen pública), sino que usarán términos vagos y generales de deshonra, tales como: “cualquiera que afirme estar iluminado no lo está” (Tony Parsons, quien afirma estar liberado). Alternativamente inferirán, de una manera humilde y auto-mitigante, que su propio estatus de realización es más alto o más real que el de cualquier otro. Se les pueden ocurrir distintas denominaciones –despierto, iluminado, liberado, actualizado, realizado– o sugerir que hay muchos niveles, grados o estados de realización. Buena suerte al practicante sincero que busque hacer sentido de todo esto. Él o ella terminará envidiando no sólo al consumidor ordinario que considera que todo es patraña, sino también al creyente que ha encontrado a un maestro espiritual para alcanzar las partes que los otros no pudieron y que se encerró cómodamente en un dogma espiritual, como un mosquito dentro de un ámbar. Tal encerramiento ofrece un alivio temporal de la búsqueda eterna, al menos hasta que las grietas comienzan a aparecer, que es donde la búsqueda comienza de nuevo.

Entre más se popularizan estos conceptos y valores ilegítimos (un saludo a Shirley MacLaine, Deepak Choprah y Eckhart Tolle), más ilegítimos se vuelven. Si un maestro iluminado puede aparecer en Oprah, debe haber algo ahí. Si las celebridades tienen sus gurús, los fans pronto querrán uno también. El mercado se expande rápidamente no por una afluencia de productos genuinos, de calidad, sino, au contraire, por un flujo lúgubre y cínico de imitaciones. Paradójicamente, entre más “respetable” (comercializable) se vuelve un producto, más desprestigiado es. Y con Internet todos lo están haciendo por sí mismos. Todos pueden ser escritores, artistas, músicos, cineastas, pornstars, celebridades. Mientras el mercado espiritual se hace legítimo, pronto todos podrán ser un maestro de iluminación por un día. Ni siquiera tendrán que aprender guitarra o Photoshop. El destino manifiesto se convierte en El Secreto. Lo que sea que creas se vuelve tu realidad y la de nadie más (excepto de los suscriptores que pagan).

Entre más la espiritualidad y la iluminación se convierten en comodidades, más fijas están como conceptos en la mente de las personas, más se coagulan en artículos de sospecha y más lejos están de la realidad. Atisbar alguna verdad o incluso saber lo que son se vuelve cada vez más difícil para un practicante genuino. Lo mismo pasó con la religión hace miles de años. “Dios” pasó de algo que no se podía nombrar o representar visualmente a algo de lo que se podía hablar (y tener leyes escriturales asignadas) por personas que no tenían experiencia de ello. Al final, hablar sobre Dios se volvió una manera de fingir tener una experiencia genuina de Dios hasta que sólo quedó la palabra y las personas que hablaban más sobre Dios eran las que estaban más lejos de él. Irónicamente, este es un cargo que ya ha sido imputado a maestros espirituales: si hablan de eso no pueden ser eso. El problema con esta máxima (que tiene algo de verdad) es que deja sin recursos a cualquier maestro genuino. Podrían bien volverse plomeros y esperar iluminar a las personas mientras arreglan su tubería.

Jason Horsley estará presentándose en el marco del ciclo de conferencias Bonus Creative Week, donde impartirá la plática: "La más pequeña partícula en la creación", el 10 de noviembre a las 18:15 en el Centro Tlatelolco de la Ciudad de México.

Twitter del autor: @JaKephas 


[1] Si nuestras definiciones de iluminación vinieron –de acuerdo al razonamiento escéptico– de personas que no estaban necesariamente iluminadas, entonces ¿por qué estos mismos escépticos están usando las mismas definiciones para desaprobar declaraciones actuales de la iluminación? El practicante sagaz debe ser curioso con el criterio que las personas usan para desaprobar, como lo hacen, las afirmaciones de una persona que dice estar iluminada. No estoy sugiriendo que deben investigar cada afirmación de iluminación, sino sólo reservarse el juicio previo a cualquier investigación o, al menos, ofrecer a otros su criterio de investigación. En el caso del criterio más común y extenso –que la iluminación significa nunca decir que lo estás– podrían explicar el razonamiento detrás del argumento en lugar de simplemente decirlo como una hipótesis auto-evidente. Y también, más importante aún, explicar lo que piensan que quieren decir con “iluminación”, y qué es lo que los hace una autoridad al respecto.

 

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El arquetipo de la Madre ha recorrido nuestro inconsciente simbólico bajo diversas formas, pero con una constante en su signficado: la fertilidad creadora, que viene acompañada de una divinidad masculina que da origen a la naturaleza cíclica del mundo y el pensamiento.
[caption id="attachment_66774" align="alignright" width="231"]Inanna Diosa sumeria Inanna (2300-2000 a.C.)[/caption]

I. La Era de la Madre

Desde que el antropólogo suizo Johann Bachofen concibiera, a fines del siglo XIX, el concepto de “matriarcado” para describir el modo de organización social de las sociedades humanas previas a la existencia de las llamadas “culturas clásicas” (griega y romana), incontables investigadores y teóricos culturales se han ocupado profusamente de este tema y, a pesar de los numerosos aspectos aún inciertos, existe hoy en día un consenso general sólidamente establecido al respecto.

Hasta donde se sabe, el llamado matriarcado fue un fase de varios miles de años que la mayoría de las culturas ha atravesado, fase que puede trazarse aproximadamente entre la invención de la agricultura y de la escritura, o entre el período neolítico y la Edad de hierro. Las culturas llamadas “matriarcales” no se caracterizaban, como en principio se pensó, por ser sociedades en las que las mujeres detentaban por sí solas todo el poder político y social, imponiendo su voluntad a los hombres. Por ello muchos autores criticann el término matriarcado (“el gobierno de la madre”) como un prejuicio surgido de las dicotomías simplistas e irónicamente patriarcales del pensamiento moderno, y prefirieren caracterizar a estas sociedades como “matrilineales” o “matrifocales”, culturas en las que la descendencia seguía a través de la línea materna. Si bien en estas sociedades las mujeres eran respetadas y, en muchos casos, tenían importantes roles sociales, el predominio de lo femenino y lo materno no parece haberse expresado tanto en la esfera social como sí en la psicológica. ¿Cuáles eran, entonces, los rasgos característicos de estas culturas?

[caption id="attachment_66775" align="alignleft" width="185"]ishtar La diosa babilonica Ishtar (c. 2000 a.C.)[/caption]

El aspecto más sobresaliente de estas sociedades consiste en su adoración a un Principio Femenino, expresado en la forma de una diosa madre como figura religiosa central. Una de las explicaciones más evidentes de esto radica en que la actividad más importante de la vida social en estas culturas era la agricultura. La Gran Madre, cuya manifestación visible era todo el reino natural, era concebida como la fuente y el sostén de todo lo existente: de su simbólico vientre todas las cosas surgían y hacía éste retornaban. En términos de la psicología analítica de Carl Gustav Jung, toda la cultura se sostenía sobre la predominancia simbólica del arquetipo de la Madre. “Por supuesto, es lógico que la más primitiva representación del poder divino en forma humana haya sido más bien femenina que masculina. Cuando nuestros ancestros empezaron a formularse las eternas preguntas (¿de dónde venimos al nacer? ¿A dónde vamos después de morir?), tuvieron que haber observado que la vida emerge del cuerpo de una mujer. Para ellos debe haber sido natural imaginar el universo como una Madre bondadosa que todo lo da, de cuyo vientre emerge toda vida y al cual, como en los ciclos vegetales, se retorna después de la muerte para volver a nacer...” (Riane Eisler, El Cáliz y la Espada, 1987).

A medida que la revolución de la agricultura iba transformando el modo de vida de las anteriores sociedades de cazadores y recolectores, la Diosa fue ocupando cada vez más el papel central en el orden divino del mundo, dentro de un rico panteón de espíritus y divinidades menores. Una Madre Cósmica “…cuyo cuerpo es el Cáliz divino que contiene el milagro del nacimiento y el poder de transformar la muerte en vida, a través de la misteriosa regeneración cíclica de la naturaleza” (Ibid, 1987).

La Gran Madre de nuestros ancestros tuvo muchos nombres. En Grecia era llamada Deméter; en Egipto, Isis; en Siria, Astarté; en Sumeria, Inanna; en Babilonia, Ishtar, etc. Sus dos símbolos arquetípicos más antiguos y predominantes fueron la luna y la serpiente. En sus cíclicas fases, la luna representaba los tres aspectos de la Diosa: la luna creciente era la doncella, la exuberante juventud de la vida; la luna llena era la mujer encinta, la madre cuidadora; mientras que la luna nueva era la anciana sabia, o la bruja, la madre devoradora, poseedora de los oscuros misterios de la muerte. La serpiente-falo, por su parte, presente en todas las culturas matriarcales, fue el símbolo central de las fuerzas telúricas y sexuales, así como de la regeneración cíclica de la vida. 

luna

Ligado a este “naturalismo sagrado”, las cosmovisiones de esta forma de consciencia prehistórica eran panteístas, lo que significa que no existía para ellas una dicotomía rotunda entre un “mundo natural” y un “mundo divino”, ya que tanto el mundo subterráneo (de la muerte), como el mundo celestial (del cielo y de los astros) y el mundo terrenal (de las plantas, los animales y los hombres) eran aspectos o dimensiones de un único mundo en el que los poderes divinos se manifestaban, dando forma a todos los fenómenos.

El antropólogo Lévy-Bruhl, al referirse a la mentalidad antigua propia de las culturas prehistóricas, denominará este tipo de conciencia “participación mística”, un modo de pensar y de ser-en-el-mundo en el cual no existía una separación clara entre el conocedor y lo conocido. No era posible, en esta conciencia, concebir una separación tajante entre lo que llamamos “mundo interior” (o “yo”) y lo que llamamos “mundo exterior”. La consecuencia evidente era que el hombre no era capaz de concebirse como separado de la naturaleza. “El ser humano primordial percibe el mundo natural que lo rodea como impregnado de sentido, sentido cuyo significado es al mismo tiempo humano y cósmico… El mundo está animado por las mismas realidades de resonancia psicológica que los seres humanos experimen­tan en sí mismos. Hay continuidad entre el mundo interior del hombre y el mundo exterior”. (Richard Tarnas, Cosmos y Psique, 2009). La naturaleza, en otras palabras, era vivida y experimentada como viva y sagrada, en toda su irracionalidad, horror y belleza.

Puede decirse, por otra parte que, en muchos aspectos, este modo de conciencia poco discriminatrio impedía a la cultura reflexionar sobre sus propios paradigmas, cuestionar la “verdad” establecida de sus mitos y su organización social, fomentando un estatismo tribal incapaz de evolución o autocrítica. El conocimiento humano de estas primeras culturas agrarias era aún rudimentario comparado al nuestro y estaba atravesado por tabúes y supersticiones de carácter simbólico e inconsciente que condicionaban profundamente la vida social.

[caption id="attachment_66777" align="alignright" width="245"]kali Kali, el aspecto oscuro de la Diosa en la India[/caption]

Dentro de este marco, debe incluirse la cultura del sacrificio ritual, ya que la Diosa tenía también un aspecto oscuro: la muerte (la Madre Devoradora arquetípica), presente como la amenaza constante de las salvajes e incontrolables fuerzas de la naturaleza. Y si bien la vida y la muerte parecen haber sido concebidas como un continuo interminable dentro de la Gran Madre, el temor a la extinción física podía ser también una realidad inmediata y aterradora. Para apaciguar este aspecto de la Diosa, las culturas matriarcales habrían recurrido al sacrificio substitutorio (un modo de “soborno divino”, podría decirse): la ofrenda ritual de animales y, de ser necesario, humanos. “La Gran Madre es al mismo tiempo la Gran Protectora y la Gran Destructora, la Gran Devoradora, lo que H. S. Sullivan, en fin, denominaba la Buena Madre y la Mala Madre… Aquí precisamente se asienta la dinámica y el fundamento psicológico del ritual, ya que para apaciguar a la Gran Madre, para que la Gran Protectora no termine convirtiéndose en la airada Destructora, es necesario llevar a cabo determinados ritos.” (Ken Wilber, Después del Edén, 1981).

Así mismo, Jung señalará que, dado que el desarrollo de la individualidad era mínimo, en este tiempo conceptos como la “subjetividad” prácticamente no tenían lugar, ya que el ego (“yo”) emergente estaba todavía casi completamente sumergido o identificado con la colectividad de su grupo social. Sin embargo, está carencia de subjetividad y de distancia crítica frente a las tradiciones establecidas parece haber sido complementada o suplida justamente con un gran apego a los valores y propósitos colectivos, lo que dio lugar a culturas extraordinariamente pacíficas y estables, que convivían en una relativa armonía, sin signos de guerras, opresión o esclavitud, y sin diferencias marcadas de poder entre los sexos.

Basándose en los hallazgos de la antropología, muchos autores han concluido que en estas culturas valores como el poder, la conquista y el heroísmo, tan propios de la cultura occidental clásica, parecían estar prácticamente ausentes. En su lugar, predominaba un universo simbólico que orbitaba en torno a los valores maternales, la fertilidad, la belleza y la cooperación colectiva. “Las divinidades de estos pueblos no llevan lanzas, espadas ni relámpagos, ni se han hallado sepulturas de jefes especialmente lujosas que sugieran una organización jerárquica de la sociedades con líderes poderosos y una población sumisa. No existen imágenes que celebren la guerra, ni siquiera que la representen… no se había hecho hincapié en la elección de lugares elevados, en construir muros de tamaño desmesurado o armas para protegerse de los enemigos. Aún más, la colina o montaña se elegía como lugar de construcción de un santuario, no como campamento fortificado o ciudadela… Más bien, incontables ilustraciones de la naturaleza atestiguan el sentido que estos pueblos tenían de la belleza y de la sacralidad de la vida.” (Anne Baring & Jules Cashford, El Mito de la Diosa, 1991).

[caption id="attachment_66778" align="aligncenter" width="356"]Deméter, diosa griega de la cosecha (siglo III a.C.) Deméter, diosa griega de la cosecha (siglo III a.C.)[/caption]

Como ha mostrado la psicología profunda, las religiones y las mitologías reflejan la estructura, los valores y la organización de las culturas en las que emergen. Por ello “es comprensible que las sociedades con tal imagen de los poderes que gobiernan el universo, tuvieran una estructura social muy diferente de aquellas que veneran a un Padre divino que empuña un relámpago o una espada. Y parece aún más lógico que en aquellas sociedades que conceptuaban en forma femenina a los poderes que regían el universo, las mujeres no hayan sido consideradas como sumisas y que las cualidades “afeminadas” tales como el cariño, la compasión y la no violencia hayan sido altamente valoradas.” (Riane Eisler, Ibid).

Intentando evitar las idealizaciones míticas, que descansan siempre bajo la arquetípica fascinación del Paraíso Perdido, y aunque nos resulte difícil de asimilar, la evidencia arqueológica parece hablarnos con bastante elocuencia de un extenso período en la historia del ser humano que fue próspero, relativamente igualitario y pacífico durante más de 2.000 años. Pero en los últimos siglos de la Era de bronce, la historia humana sufrió una increíble y brutal transformación. 

II. La Era del Héroe

De forma general, en las mitologías matriarcales, la Diosa Madre estaba siempre acompañada de una figura menor, divinidad de la fertilidad, que parece haber sido a la vez tanto la manifestación de su poder como de su bondadosa superabundancia creativa: esta figura era su hijo-amante, representado en muchas culturas por el toro o el león y, más tarde, como un joven dios masculino. El destino ineludible de esta edípica divinidad, simbolizado en el mito y el rito, era nacer como hijo cada verano para unirse como amante a su madre durante cada primavera en el hierosgamos (“matrimonio sagrado”) que fecundaba y revitalizaba la tierra, y morir cada invierno, para ser resucitado nuevamente por el poder divino de su madre con el comienzo de un nuevo verano. “En el mismo sacrificio, el dios-consorte se une a la Gran Madre y luego renace o resucita (transformándose, a lo largo de este proceso, en su propio padre)… Adviértase que ésta es precisamente la fórmula de María y Jesús, en la que ella es, al mismo tiempo, la madre del dios muerto y resucitado (Jesús) y la esposa virgen del dios (el Padre). Pero, antes de María y Jesús, fueron Damuzi e Inanna, Tamuz e Isthar, Osiris e Isis… una historia muy, muy antigua.” (Ken Wilber, Ibid).

[caption id="attachment_66779" align="alignright" width="250"]"Teseo Libertador", Affreschi Romani Ercolano "Teseo Libertador", Affreschi Romani Ercolano[/caption]

El psicólogo analítico Eric Neumann dirá que esta divinidad vinculada inexorablemente a la Gran Madre constituye las primeras e incipientes representaciones del yo (ego) humano en y frente al mundo que lo rodeaba. En uno de los clásicos más perdurables e influyentes del pensamiento junguiano, Los orígenes e historia de la conciencia, Neumann rastrea la progresiva transformación de este hijo subordinado o dependiente en el arquetipo del Héroe, que impregnará los mitos de todas las culturas humanas, hasta nuestros días. Para Neumann, el arquetipo del héroe no es sino el arquetipo de la propia conciencia humana en su lucha por la emancipación simbólica de las condiciones inconscientes que constituyen su seno materno.

En su lucha y conquista de la individualidad y la autoconciencia frente a su condición tribal inconsciente y su inmersión en el grupo colectivo, el joven dios, subordinado de la fertilidad, deberá cortar el vínculo que lo unía a su madre, emancipándose a sí mismo, y convirtiéndose al mismo tiempo en un líder revolucionario, un auténtico faro de renovación colectiva. Como ejemplifica el mitólogo Joseph Campbell, “una multitud de hombres y mujeres escoge el camino menos aventurado de las rutinas cívicas y tribales relati­vamente inconscientes. Pero estos viajeros también se sal­van en virtud de las ayudas heredadas y simbólicas de la sociedad, los ritos de iniciación… que han funcionado por milenios.” Pero “sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento no de algo viejo, sino de algo nuevo [...]. El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales […]. Su segunda tarea y hazaña for­mal ha de ser (como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros, transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida." (Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras, 1959).

[caption id="attachment_66772" align="aligncenter" width="430"]Benvenuto Celini - Perseo y la Medusa Benvenuto Cellini - Perseo y la Medusa[/caption]

A finales de la Edad de bronce y principios de la Edad de hierro, tanto en el sur de Oriente como en Occidente, una nueva mitología se estaba imponiendo. Es la Era de los héroes solares. El amanecer de esta nueva conciencia heroica generaría la inversión total del sistema valores y símbolos de los antiguos matriarcados. La serpiente, representación ancestral de la Diosa, asumiría la forma del monstruo-dragón de los poderes telúricos, instintivos e inconscientes, que todo héroe divino debía derrotar para abrirse camino hacia la constitución de su propia libertad y poder, mostrándole el camino a los hombres. “Sea de aire, tierra o agua, la Gran Serpiente –como la Diosa– poco a poco va siendo acorralada, sujeta, vencida. Set mata a Apofis. Apolo da muerte a Pitón mediante un flechazo. El rey dragón avéstico Azhdanak es derrotado por Vahagun. Atar vence a Aji Dahara… Zeus derrota a Tifón. Belerofonte, montado a lomos de Pegaso, mata a la Quimera, hija de Tifón y Equidna, la Víbora. Perseo decapita a la Medusa, que se muestra con cabellos de sierpes sibilantes y mirada capaz de convertir en piedra a los hombres. La maldición cae sobre la serpiente… Estruendos y furias acompañan el nacimiento del nuevo orden social.” (Leonor Calvera, Historia de la Gran Serpiente, 2000).

El triunfo del héroe divino, dirá Neumann, representa el triunfo de la capacidad diferenciadora de la conciencia humana frente a la naturaleza. La Diosa panteísta de los cielos, la tierra y el inframundo, es reemplazada por un Dios celestial que al separar con su voluntad los cielos de la tierra, ordena el mundo (trae “Cosmos” al “Caos”): “La separación del cielo y la tierra es una imagen del nacimiento de la conciencia, en la que la humanidad es apartada de la naturaleza. Uno mismo que percibe y valora se separa de lo que es percibido y evaluado [… Estos mitos] plasman la capacidad humana para actuar de manera reflexiva antes que instintivamente […] se es cada vez más consciente del poder del individuo para conformar los acontecimientos” (Erich Neumann, Los orígenes e historia de la consciencia, 1955).

[caption id="attachment_66773" align="aligncenter" width="480"]shu El dios egipcio Shu (aire) separando a las diosas Nut (cielo) y a Geb (tierra), c. 1000 a.C.[/caption]

Y de la misma forma que las nuevas divinidades masculinas y celestiales han separado los cielos de la tierra, lo divino y lo humano se han desvinculado. El mundo de los hombres y las bestias ya no es sagrado, en tanto ha dejado de ser un aspecto o manifestación de la propia Diosa: es una creación del Dios, por fuera de Él mismo. La concepción monoteísta de un Dios trascendente que crea y ordena el mundo desde el “más allá” reemplaza al mundo viviente de la Diosa, que actúa desde el interior siguiendo su propia naturaleza.

Es aquí en donde podemos comprender también el establecimiento de todos los maniqueísmos y dualismos filosóficos centrales de Oriente y Occidente: bien/mal, luz/oscuridad, trascendente/inmanente, cielo/tierra, etc. En estas nuevas mitologías, los opuestos son irreconciliables, ya que es de su propia oposición que la nueva conciencia emerge. “El héroe es asimilado al sol; como el sol, lucha contra la oscuridad, desciende al reino de la muerte y emerge victorioso. Aquí la oscuridad ya no es uno de los modos de existencia de la divinidad, como sucedía en las mitologías lunares; por el contrario, simboliza todo lo que el dios no es, y por lo tanto, el adversario par excellence. La oscuridad ya no se valora como una fase necesaria en la vida cósmica; desde la perspectiva de la religión solar, se opone a la vida, a las formas y a la inteligencia […] Al final, el sol y la inteligencia se asociarían hasta tal punto que las teologías solares y sincréticas de finales de la antigüedad se convirtieron en filosofías racionalistas; el sol es proclamado como inteligencia del mundo.” (Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1959).

[caption id="attachment_66780" align="alignleft" width="235"]Zeus (dios griego), “el padre de los dioses y los hombres”. Zeus (dios griego), “el padre de los dioses y los hombres”.[/caption]

Pero la gesta heroica exige una revolución permanente, o la energía renovadora del héroe cristaliza en la configuración de nuevas y rígidas (e inconscientes) estructuras sociales. Así, en el mismo acto heroico, el héroe masculino, devenido en soberano y patriarca conquistador, se convertirá, dentro de cada cultura, en el Dios supremo de un nuevo orden social. Y de esta manera, la Era del Héroe da paso a la Era del Padre, cuyo aspecto benigno es el del sustentador, ordenador y protector, y cuyo aspecto negativo es el del tirano. Y será éste, finalmente, el arquetipo del Padre (portador del orden, señor de la autoridad, la tradición y la ley, y soberano divino sobre todas las cosas) el que prevalecerá y se impondrá como estructura simbólica central en las culturas históricas, durante los próximos tres milenios. El alzamiento de reinos guerreros estructurados en jerarquías de dominación y esclavitud, así como el sometimiento sistemático de las mujeres en todas las esferas de la cultura, sería el aspecto social de esta transformación. “Esta forma de gobierno y de valores implícitos son patriarcales; es una jerarquía de hombres, de los cuales cada uno existe en un orden establecido, con Zeus o Dios en la cima, deidades inferiores debajo, luego los reyes mortales, que remontan sus orígenes a algún dios, y después los leales vasallos y súbditos. Las grandes corporaciones, con el presidente de la compañía y la junta directiva en la cima, son los equivalentes contemporáneos de Zeus y los dioses del Olimpo.” (Jean Shinoda Bolen, Los Dioses de Cada Hombre, 1989).

¿Pero qué razones históricas, y que consecuencias psicológicas y sociales se encuentran detrás de la extraordinaria transformación cultural que daría lugar, tanto en Oriente como en Occidente, a este pasaje del mundo matriarcal al de los incipientes patriarcados originarios? ¿Y qué podrán decirnos éstas de nuestro presente y de la decadencia de nuestra propia cultura?

Como sugiere el gran historiador de la cultura Richard Tarnas, parafraseando a Hegel, “una civilización no puede tomar conciencia de sí, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como aproximarse a su muerte.” (Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental, 1991). ¿Será posible que la filogenética travesía histórica de nuestra infancia numinosa en la Madre, de nuestra heroica pero trágica emancipación de su seno inconmensurable y de nuestra caída eventual bajo la tiranía del Padre, cuenten una sola y gran historia, la historia del desarrollo de nuestra conciencia, cuyo devenir se aproxima inexorablemente a un nuevo clímax?

En la segunda parte rastrearemos las causas históricas y las consecuencias sociales de esta dramática transformación, en busca de la clave cultural que nos permita ver a través de nuestra propia perspectiva histórica, de ésa que nos hizo, nos hace, y que avanza acaso hacia su propia muerte.