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"Spring Breakers", de Harmony Korine, es una película visualmente deliciosa e incómoda, construida a partir de lugares comunes glorificados, encantadoras superficies de una cultura decadente.

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Movies have stolen our dreams. Of all betrayals, this is the worst.” —F. Scott Fitzgerald

"Amaba eso que impropiamente se llama estilo de decadencia, que no es otra cosa que el arte cuando llega a ese punto de madurez extraña, propio y característico de las civilizaciones que envejecen; estilo ingenioso, complicado, sabio, lleno de matices y de refinamientos que extiende siempre los límites de la lengua, explotando todos los vocabularios técnicos, tomando colores de todas las paletas, notas de todos los instrumentos, esforzándose por expresar el pensamiento en lo más inefable que tiene, y la forma en sus contornos más vagos y fugitivos", Teófilo de Gautier sobre Baudelaire.

Todas las primaveras hordas de jóvenes estadounidenses atacan las playas para anonadar sus sentidos en ríos de alcohol, cortinas de humo de marihuana, sexo desenfrenado (más que orgías: simulaciones orgiásticas) y un estado mental de fiesta que funciona como una consigna que parece decir: let's get wasted. Este rito de pasaje de las generaciones actuales en primera instancia --en una reflexión somera-- es el máximo denominador de la decadencia posmoderna: el pop pegajoso de pésima calidad que invoca sueños permanentemente adolescentes, el cheesy house, el gangster rap con su trinidad de armas, perras, y dinero, la premura que hace porno del erotismo, sexualidad sin el asomo de la conciencia, el grinding (bamboleo) incesante como acto reflejo pavloviano de la sexualidad mecanizada o programada por MTV para desbordarse indiferentemente en búsqueda de culo o cubeta,  las drogas que solo embotan --más que abrir puertas de percepción--, el hedonismo trash  que se arroja al sol simbolizado en una joven borracha que bebe chorros de vodka de una manguera en forma de pene hasta colapsar en la playa mientras decenas de jóvenes alzan las manos al cielo siguiendo la fiesta entre eufóricos beats que se repiten --y un animador que les dice lo que deben de hacer después. 

La primera escena de Spring Breakers de Harmony Korine capta con una poderosa ambivalencia este moderno remedo o desviación de la esencia bacanal --el rito ha perdido su contexto y su conciencia sagrada pero aún así cumple la tradición de la transgresión que viola el tabú para reafirmarlo. Los cuerpos torneados de los jóvenes que prueban las raudas mieles de la promiscuidad sin la mirada condenatoria, que se empapan de una semana de oasis, desfilan tan irresistiblemente atractivos como decadentes. Vemos como ya Girls Gone Wild se ha introyectado en el sueño americano: ese momento ansiado en la juventud en el que se podrán conocer los salvajes placeres prometidos por toda la cultura pop, donde se libará la pertencencia imitando a los modelos (a las celebridades pero también a aquellos que ya han springbreakeado o hecho lo que sólo hemos deseado). Desde aquí entramos en la confusión central que es la película, pero que es también la sexualidad teen estadounidense: la liberación de la moral recatada, la expresión flagrante del instinto pero siempre de manera mediatizada, sexualidad que se vuelca hacia fuera y libera enajenando, se encuentra en la perdición.

Spring Breakers narra la aventura de cuatro chicas colegiales relativamente provincianas que roban un diner para poder partir a Florida y vivir la vacación soñada. Para ellas el Spring Break no sólo es el exceso festivo de perder la cabeza en all-inclusives, albercas de cerveza y bailes topless, es algo casi espiritual, puesto que representa la diferencia. Este punto es importante ya que aunque podemos pensar que estas vacaciones primaverales son sólo estúpidas celebraciones a las que millones de jóvenes se vuelcan sin mayor razón (que no sea el sobresalto de las hormonas), en realidad también cumplen una función de transferencia, una ruptura con la mismidad cotidiana, un sueño de cambio, de encontrar la otredad y aquello que su vida mecanizada y reptitiva no otorga: acceden así a lo sagrado (aunque en sí mismo el Spring Break es una expresión igualmente mecanizada: la espontaneidad y la alegría son programadas). El Spring Break, aun en su desfachatez, tiene un confuso glamour, erótico pero también existencial. 

Picture 104La intención de Harmony Korine, el guionista de Kids y aedo de la juventud americana, parece estar, más que en hacer una crítica o no de lo que es el Spring Break y la cultura pop juvenil estadounidense, en retratar una sensación, el look and feel, la energía, el sonido, la textura y los estados emocionales que suscitan estas jórnadas --es el público el que, si acaso, juzga. Spring Breakers es un asalto sensorial de permanente estimulación para una generación cuyo lapso de atención nunca es de más de 4 minutos: un banquete de senos y traseros en slow-mo, bikinis fosforecentes y gafas de sol mega hipsters,vértigo de porros y bongs, coreografías alcoholizadas: la eterna fiesta que echa la casa por la ventana,  jumpcuts de rayas de cocaína inhaladas de ombligos de jóvenes princesas pop. Así la película se teje entrelazando varios videoclips o secuencias videocliperas llenas de beauty-shots en low fi y planos de broken glam, entre épicos y amateur, siempre poéticos, pero es la poesía de quien ha visto miles de videos de MTV  y entiende lo que están haciendo en tu cerebro y por qué no puedes dejar de verlos --y también, ciertamente, tiene una conciencia cinematográfica que va más allá de esto. Contrastes permanentes entre el sol y la radiante sexualidad  y la interioridad dulce y decadente de las chicas que juegan con el "diablo" de la moral en la oscuridad (dos de ellas, al menos, fríamente calculadoras en todo su ardor sedutor, protagonizando un cínico coming of age, símbolo tal vez de toda una generación)... la estética del atardecer líquido, puras superficies que se tocan, se besan y se diluyen --nunca fondos, nunca profundidades más que como clichés, hipérboles y gestos ensayados, porque el cliché es el corazón de la cultura pop que ha invadido el corazón de las chicas. Un montaje de loops y elipsis y frases que se repiten como mantras y conjuros enervantes, que llegan hasta el malviaje, sugiriendo estados mentales a través de la abstracción, delirios, impasses, las repeticiones de la mente atrapada --atrapada en un nivel de videojuego. La hiperrealidad de la imagen: la substitución de lo real por su representación.

La ambivalencia, los contrastes, la confusión, la ambigüedad, la dispersión, todas estas características de la psique adolescente son parte de la impresiones que deja la película --igualmente en el público, seguramente numerosas opiniones encontradas ¿Se trata de una exaltación falocrática voyeurista, donde el cuerpo de las cuatro pop stars casteadas como spring breakers es el obscuro objeto del deseo, la mirada masculina que se arrellana sobre la juventud en eterno deseo? ¿O es en realidad una película neofeminista, donde se celebra el poder de la sexualidad desenvuelta, la inalienable comodidad corporal que muestran las chicas, coqueteando y seduciendo, empoderándose hasta suplantar a la figura masculina, que les propina a ellas blowjobs, cumpliendo el arquetipo de las chicas malas que controlan su destino, liberándose al trascender los límites establecidos? La película admite múltiples lecturas a mi manera de ver porque virtuosamente las imágenes están desprovistas de juicios morales, son seductores paroxismos de la estética pop prevalente, llevados hasta lo sublime y lo ridículo, reflejos no de la realidad aislada, objetiva e inalcanzable, sino de la realidad mediatizada, de la realidad en la que conviven inextricablemente las vidas de las personas con las vidas que ven en las películas y en la televisión. En esa cópula entre las vidas vividas y las vidas vistas nace la fantasía. El signo de la decadencia es este: que las películas, que los programas de TV, con sus imágenes y sus narrativas --extensiones de nuestro flujo mental--, no sólo han invadido nuestros sueños, los han reemplazado.

SpringBreakersGirlSingingPianotsr01La conciencia hiperreal se demuestra en el metalenguaje de los diálogos. Robemos el restaurante "como si fuera un videojuego" o "cómo si estuvieramos en una película". Uno no puede dejar de pensar que esto es dicho por las herederas de Britney Spears, los nuevos imanes generacionales del deseo y la transferencia: Selena Gomez, Vanessa Hudgens, Ashley Benson, en un cast que debe de ser leído como un guiño, con actuaciones cuya intención es siempre la irrealidad, mucho más que la verosimilitud. Actrices y cantantes que llevan encima todo el peso de la fantasía de un país, cuyas vidas no conocen lo privado: su vida entera es reality TV. La abolición de la privacidad, la transparencia total, la hipercercanía propia de la hiperrealidad hace que la e-scena se vuelva ob-scena, según Baudrillard. Algo así presenciamos, el lado oscuro de las princesas de Disney. Spring Breakers es la fantasía de toda una cultura en escena. Las imágenes formativas del nuevo sueño americano son explotadas en el exceso que primero coquetea con la tragedia pero que culmina en la comedia: la farsa, la ironía, la sátira y la parodia, todas se combinan en juegos de viñetas. Quizás la más memorable: las chicas le piden al gangster-rapper Alien que les muestre su lado sensible y éste les toca en el piano una emotiva canción de Britney Spears que habla superficialmente de cosas profundas mientras ellas, encapuchadas como fashionistas zapatistas o imitando la moda del french house, menenan rifles y culos en un atardecer rosa en San Petesburgo, Florida...  Entre la luz y la obscenidad/la poesía del yermo.

Estas imágenes de raperos bombeando chicas en la piscina, arrojando billetes, presumiendo cadenas y armas, o estas canciones que describen las grandes emociones humanas,  como las de Britney Spears, son las amalgamas culturales (por no decir almas culturales). Sirven, en buena medida, como el Coro de las antiguas obras de teatro griego, aunque se consideren expresivamente pobres; ayudan a asimilar y a relacionarse y ofrecen un especie de estado base, socialmente deseable, que aglutina y aniquila la diferencia: en el estupor del confort uniformediatizado. Entendemos el mundo a través de referencias --y en el vértigo de las referencias, dejamos de saber cual era la frase original.

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Todo lo que podemos ver es la superficie de las cosas --lo demás lo asumimos. Harmony Korine conecta superficies, el liso papel de las imágenes y así construye una enorme fantasía, que es el resultado de cientos de fragmenteos de fantasías ( un culto o un homenaje a las imágenes que alimentan el sueño americano, que según el crítico Morris Berman está basado en el modelo del hustler, que puede obtener lo que quiera, pero quitándoselo a alguien más). El final que para algunos podrá ser una falla garrafal, una falta de seriedad, es solamente un acto de coherencia con la verdadera factura de la película. La apoteosis amoral de la fantasía. No la apología amoral del Spring Break y la decadencia. Algo más como la masturbación necesaria de toda una cultura (que libera una cauda de energía) o la sublimación de los valores negativos que aún proyectan una sombra de culpa a la vez que ejercen un deseo irresistible. Se puede cargar de valores morales esta fantasía: que es estúpida, que es enajenante y enfermiza, que no lleva a ningún lado --el dinero, las drogas, la violencia, el sexo en su paraíso en los márgenes... Igualmente se puede cargar de valores morales la película, que es buena o mala, que es una critica mordaz o superficial, etc... pero todo esto es lo menos importante. Es curioso pero una película hiperreal, inverosímil y completamente fantasiosa, nos dice más sobre el estado actual de las cosas que películas aparentemente más creíbles y menos delirante.

Decía Baudrillard que "Disneylandia se presenta como imaginaria para hacernos creer que el resto [del mundo] es real", cuando la realidad ha sido substituida por el simulacro. Quizás algo similar ocurre aquí: el Spring Break se nos presenta como un oasis de decadencia para hacernos creer que esa decadencia no es parte  continua de nuestra realidad o que su paroxismo no es una consecuencia de una doble moral que prefiere no mirar su sombra. Así la fantasía puede continuar, con popstars virginales hechas en Disney (con un lado salvaje secreto) y raperos multimillonarios (la rebeldía de lo cool que sustenta al sistema del cual se rebela), sin que reparemos en lo que significa y en la vida psíquica que reprime.

Twitter del autor: @alepholo

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En la dinámica de los procesos naturales yace el código de la creación, nota Kevin Kelly, una de las mentes imprescindibles para entender el tecnopaisaje de nuestros días, que busca hackear la divinidad.

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La naturaleza es la fuente del conocimiento humano; tanto el arte como la ciencia son fundamentalmente el resultado de la observación y la imitación de la naturaleza. Es posible que la religiosidad nazca también del azoro que produce observar la naturaleza, del misterio de su sistema operativo, del fuego y la tormenta, de la muerte y la transformación. La religiosidad es el instinto de conocer este misterio y de reconectarse con el principio generador. Y, a fin de cuentas, en un profundo entendimiento, llevar la contemplación a la creación: un mismo proceso de flujo dinámico: cuando observar la luz es igual a volverse el Sol.

“El hombre es fundamentalmente el deseo de ser dios”, escribió Jean Paul Sartre. Sed de dios, más allá de la aparente ceguera de la evolución, esta parece ser la consigna que mueve al hombre a transformar la materia para vivir más tiempo, para viajar más lejos, para conocerse mejor (en un acto reflejo con el universo). Aunque muere el individuo, la sabiduría ciega del gen parece seguir impulsando la carrera, a través de meme y del tecne, para alzarse --acaso como un organismo colectivo capaz de encumbrarse sobre el abismo de la disolución-- sobre el aterrador espacio infinito y probar del Árbol del Conocimiento. 

De aquella separación inicial que la religión describe como una caída al mundo de la ilusión y el sufrimiento, sobrevive el anhelo de la unidad y del poder --el poder de ser libres del azar y de crear nuestro propio destino. Este es el sueño, quizá delirante, de la tecnología. Hemos perdido el paraíso pero, creemos, lo podremos rediseñar en un futuro cercano --o al menos simular-- sirviéndonos de la genética, la neurociencia, la nanobiología, y la física cuántica. Sólo tenemos que observar atentamente la naturaleza, con la penetración científico-mística de personajes como Newton, puesto que ahí debiera de estar el código de la creación, los secretos del universo, el blueprint de dios.

Es difícil despojar a la tecnología de una veta mística. Nuestra tecnología --aunque quizás, como la evolución, tenga su propia agenda-- obedece a un impulso utópico  (la utopía no es más que la política o la secularización del paraíso) y prometeico. El hombre busca liberarse de la tiranía de los dioses a través de las máquinas --extensiones de su cuerpo y de su mente que le otorgan poderes similares a los de la divinidad.  Usar a la naturaleza misma --porque no debemos olvidar que la tecnología es siempre naturaleza transformada y en ella no deja de transpirar la matriz planetaria-- para vencerla. Vencer al menos los límites del mundo en el que nacimos.

"El reino de lo nacido --todo lo que es naturaleza-- y el reino de lo hecho --todo lo que es construido por el hombre-- se están convirtiendo en uno. Las máquinas se están volviendo biológicas y la biología se esta volviendo diseñada", escribe Kevin Kelly, el fundador de la revista Wired en su libro Out of Control, al momento del más ferviente tecno-optimismo en los inicios del Internet en los noventa. En esta fusión, Kelly no detecta nada del pánico distópico que caracteriza a cierto puritanismo o a cierta paranoia lúcida (como la Philip K. Dick). La naturaleza después de todo, según el pensamiento gnóstico, platónico y hasta védico, no es más que el artificio de Dios o de un demiurgo: la representación de una idea, de un código --y como tal puede ser copiada y, sino mejorada, al menos sí acelerada (en el caso de que se logre hackear) (la materia también puede programarse). El sueño de la alquimia, de transformar el cuerpo en oro (o en espíritu) continúa: y ahora acepta la incidencia de otros cuerpos, de metales y minerales que refinen el procesamiento del mismo, hasta su espiritualización (o transformación en hiperinformación: conciencia pura)... Metales y minerales que pueden servir como vehículos para que la conciencia pueda seguir existiendo, más allá de la mortalidad del cuerpo humano.

technoshamanKevin Kelly considera que observando los procesos de la naturaleza atentamente podemos aprender a "crear algo de la nada". Si bien la idea de crear algo de la nada rápidamente nos coloca en un predicamento lógico --puesto que todo lo que conocemos surgió a partir de algo preexistente-- se puede apelar la idea de que la naturaleza tiene embebida la creación original, el primer instante del universo que se repite en sus procesos --hay algo del Big Bang en la eclosión de una flor y en el orgasmo que te engendró (un átomo es una microcreación de todo el universo). Kelly se atreve incluso a enumerar las Nueve Leyes de Dios, "que gobiernan la incubación de algo desde la nada". Acontinuación traducimos y comentamos --amenizamos-- estas leyes que sirven como un aperitivo para la llegada de la neobiología. Son sobre todo atisbos de los patrones que rigen los sistemas emergentes de la biología y la informática, que se autoorganizan y se comportan como un superorganismo, metáforas de la Mente Colmena Universal --que también pueden leerse como consejos de negocios para una nueva generación de CEOs que modelan sus empresas conforme a la armonía de la naturaleza.

 

El ser distribuido: El  espíritu de la colmena, el comportamiento de una economía, el pensamiento de una supercomputadora y la vida en mí están distribuidas en una multitud de unidades más pequeñas (las cuales también pueden ser a la vez distribuidas). Cuando la suma de las partes puede sumar más que las partes, entoncer ese ser extra (ese algo de la nada) está distribuido entre las partes. Siempre que encontramos algo de la nada, lo hallamos surgiendo de un campo de múltiples posibilidades más pequeñas interactuando entre sí. Todos los misterios que más nos interesan --la vida, la inteligencia, la evolución --se encuentran en el abono de grandes sistemas distribuidos. 

Aquí Kelly juega con la idea de que la conciencia es un sistema emergente que nace de la complejidad del cerebro, de las relaciones entre las neuronas. Igualmente la vida nace del caldo de cultivo de materia prebiótica que forma relaciones complejas con el entorno, con las moléculas de la atmósfera, creando un biosistema  (o vivistema en sus palabras). La evolución que parece ser un río acéfalo de mutación indeterminada, puede contemplarse como la constelación de un único proceso vital que escala la pirámide de la materia hacia la compeljificación de la conciencia.

Control de abajo hacia arriba: Cuando todo está conectado con todo en una red distribuida, todo sucede al mismo tiempo. Cuando todo sucede al mismo tiempo, amplios y veloces problemas simplemente se mueven en la periferia de la autoridad central. Debido a esto, el gobierno debe de surgir de los actos más humildes e interdependientes realizados localmente en paralelo, y no de un comando central.  Una multitud puede cambiar su curso por sí misma, y en un territorio de cambio rápido, masivo y heterogéneo, sólo una multitud puede cambiar de curso. Para obtener algo de nada, el control debe de descansar hasta bajo dentro de la simplicidad. 

Dice Erik Davis en su libro "Techgnosis": "Cuando todo se vincula con todo lo demás, la materia se convierte en mente". 

Cultiva incrementar el rendimiento

Cada vez que utilices una idea, un idioma o una habilidad la fortaleces, la refuerzas, y haces que sea más probable que la vuelvas a usar. A esto se le conoce como retroalimentación positiva o ‘bola de nieve’. El éxito genera éxito. En los evangelios, el principio de las dinámicas sociales se conoce como “Al que tiene, se le dará.” Cualquier cosa que altere su medio ambiente para incrementar su propia producción está jugando el juego de incrementar el rendimiento. Y todos los grandes sistemas sostenibles participan en el juego. La ley opera en la economía, biología, ciencias de la computación, y la psicología humana. La vida en la Tierra altera la Tierra para engendrar más vida. La confianza genera confianza. El orden genera más orden. Aquellos que tienen, obtienen.

La teoría de los campos mórficos de Sheldrake sostiene el imperio del hábito hasta un punto de transmisión transpersonal.  El sólo hecho de que alguien haya alcanzado un nivel en el baloncesto como Michael Jordan o Kurt Gödel en las matemáticas hace que cuando alguien toma un balón de basquet o se dispone a resolvera una fórmula, tenga una memoria remota que le hace más fácil su tarea, aunque esto sea casi incuantificable.

Crece por bloques

La única manera para crear un sistema complejo que funcione, es empezar con un sistema sencillo que funcione. Los intentos para instantáneamente instalar organizaciones muy complejas —como son las economías de inteligencia o de mercado— sin crecerlas, llevan inevitablemente al fracaso. Ensamblar una pradera toma tiempo —aunque tengas todas las piezas. Se necesita tiempo para que cada parte se pruebe con los demás. La complejidad es creada, al ensamblarla incrementalmente, a partir de módulos simples que pueden operar de manera independiente.

De nuevo, nada como imitar a las hórmigas o a las termitas.

Maximiza las periferias

En la heterogeneidad está la creación del mundo. Una entidad uniforme debe adaptarse al mundo a través de revoluciones ocasionales que destruyen la tierra, una de las cuales seguramente la matará. Una entidad heterogenia por el otro lado, puede adaptarse al mundo in miles de mini-revoluciones diarias, manteniéndose en un estado permanente, más nunca fatal, de movimiento continuo. La diversidad favorece las fronteras remotas, los alrededores, las esquinas ocultas, movimientos de caos y grupos aislados. En los modelos económicos, ecológicos, evolucionarios e institucionales, una periferia sana acelera la adaptación, incrementa la resistencia, y es casi siempre, la fuente de innovaciones.

La naturaleza ama lo raro. La diversidad, el exotismo es la máxima estimulación. Lo otro, es lo sexy. En los márgenes está el mercurio de la transformación. Así el mundo, a través de la diversidad, se reta a sí mismo y se reinventa.

Honra tus errores

Un truco sólo funcionara por un tiempo limitado, hasta que todos los demás también lo hagan. Avanzar más allá de lo ordinario requiere un juego nuevo, o un territorio nuevo. Pero el proceso de salir del método, juego o territorio convencional, es indistinguible del error. Hasta el acto más brillante del genio humano, en un análisis final, es un acto de ensayo y error. “El ser un Error y ser Expulsado es parte del Diseño de Dios,” escribió el poeta William Blake. El error, ya sea al azar o deliberado, debe convertirse en una parte integral de cualquier proceso de creación. La evolución puede ser considerada como un manejo sistemático del error.

"Si estás cometiendo errores, entonces estás haciendo cosas nuevas, probando, aprendiendo, viviendo, empujándote a ti mismo, transformándote y transformando tu mundo. Estás haciendo cosas que jamás habías hecho y, aún más importante, estás haciendo algo", dice Neil Gaiman.  

Persigue no optima; ten metas múltiples

Las máquinas simples pueden ser eficientes, pero las máquinas complejas adaptativas no pueden serlo. Una estructura complicada tiene muchos maestros y ninguno puede ser atendido de manera exclusiva. En vez de esforzarse por optimizar cualquier función, un sistema grande puede sobrevivir al “satisfacer” (hacer de manera “aceptable”) una multitud de funciones. Por ejemplo, un sistema adaptativo debe negociar entre explotar un camino de éxito conocido (optimizando la estrategia actual), o desviar recursos para explorar caminos nuevos (por lo tanto desperdiciando energía al probar métodos menos eficientes). Tan vastas son las unidades entremezcladas en cualquier entidad compleja que es imposible descifrar las causas reales de su supervivencia. La supervivencia es una meta de puntos múltiples. La mayoría de los organismos vivientes tienen tantos puntos múltiples que son variaciones contundentes que funcionan por casualidad, en vez de por rendiciones precisas de proteínas, genes y órganos. En crear algo de la nada, olvida la elegancia; si funciona, es hermoso.

Busca un desequilibrio persistente

Ni la constancia ni el cambio incesante sostendrán la creación. Una buena creación, como el buen jazz, debe balancear la formula estable con notas desfasadas. El equilibrio es la muerte. Sin embargo, al menos que un sistema se estabilice hasta un punto de equilibrio, no es mejor que una explosión y morirá de la misma manera. Un Nada, entonces, es tanto equilibrio como desequilibrio. Un Algo, es un desequilibrio persistente —un estado continuo de surfear eternamente en el borde entre nunca detenerse y a la vez nunca caerse. Trabajar hacia el umbral líquido es el misterioso santo grial estático de la creación y la travesía de todos los dioses amateurs.

Surfea el caos. Arrójate al abismo y descubre que es una cama de plumas...La cascada del Tao, la cascada de La Isla. Nunca te detengas --la salud es movimiento. Siembra crisis para sacudir la mente anquilosada. La verdadera creación ocurre al límite. Fuera de control. 

El cambio se cambia a sí mismo

El cambio puede ser estructurado. Esto es lo que los grandes sistemas hacen: coordinan el cambio. Cuando sistemas extremadamente grandes son construidos a partir de sistemas complicados, entonces cada sistema comienza a influenciar y finalmente a cambiar las organizaciones de los otros sistemas. Es decir, si las reglas del juego están compuestas de abajo hacia arriba, entonces, es probable que las fuerzas que interactúan en los niveles de abajo alteraran las reglas del juego mientras que este progrese. La evolución —en su uso cotidiano— se refiere a como una entidad es cambiada con el paso del tiempo. La evolución más profunda —como se puede definir formalmente— se refiere a como las reglas de entidades que cambian con el tiempo, cambian con el tiempo. Para sacar el máximo provecho de la nada, se necesitan reglas que se cambien a sí mismas.

El tablero, el juego mismo, está vivo. No sólo evolucionan los jugadores, las reglas están mutando.

 

Twitter del autor: @alepholo

Out of Control está disponible en el sitio de Kevin Kelly

Traducción: Adriana Morales