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Los peces grandes son más difíciles de freír: reseña de 'The Master', la película de Paul Thomas Anderson

Por: Jasun Horsley - 02/21/2013

Reseña de la película The Master de Paul Thomas Anderson, una exploración velada y quizá involuntaria de la relación edípica entre padre e hijo, un concepto arriesgado y probablemente no conseguido.

Habiendo visto ya la película de Paul Thomas Anderson The Master, y respondiendo a los que me pidieron comentarios al respecto, usaré mi ojo de crítico de cine para hecharle un rápido vistazo. Obviamente, el tema (el retrato apenas velado de L. Ron Hubbard y los primeros años de la cienciología), es irresistible, especialmente porque me encuentro terminando un libro que trata de mi experiencia cercana con la mentalidad de culto. He aquí en breve lo que pienso de la película.

El escritor-director, Paul Thomas Anderson, ha hecho cinco películas previamente: Hard Eight, Boogie Nights, Magnolia, Punch Drunk Love y There Will be Blood. Dos de estas películas son realmente fantásticas: Boogie Nights y Punch Drunk Love, y Magnolia es casi una obra maestra. Hard Eight fue un debut muy fuerte, pero There Will Blood, la película que Anderson dirigió antes de The Master, creo fue en general un trabajo bastante pobre, a pesar de haber recibido muchos elogios de parte de los críticos (aquí el por qué).

The Master no es una obra maestra y tampoco es realmente fantástica; pero no es un caos total. Después de verla, me quedé con la idea clara de que Anderson no estaba interesado en explorar el funcionamiento interno de la cienciología o de la mentalidad de culto en general, sino que estaba interesado en la conformación de un estudio de personaje profundo y personal con dimensiones míticas (según lo intentó con Blood). Pero, como fue el caso con Blood, aunque no al mismo grado, falló al no desarrollar a sus personajes lo suficiente para llenar y llevar la historia, o para cargar con los significados abstractos más profundos que buscaba comunicar: su “narrativa mítica”. El resultado, como en Blood, (aunque de nuevo, no tan críticamente), es que la historia de la película y sus personajes no parecen tener un punto de encuentro. A la película le falta el flujo simbólico de toda buena narrativa, en la que la historia directa del personaje y la historia forman y resaltan a los personajes. Como resultado, la película a pesar de algunas escenas verdaderamente brillantes, nunca encuentra verdaderamente su impulso.

La narrativa mítica de Anderson se tiene que adivinar, pero parece que tiene algo que ver con la sirena de arena del principio de la película y con las dos imágenes de la apertura del mar (feminidad) y del casco de Freddie (Joaquin Phoenix) asomándose por encima de una bolsa de arena, que probablemente se supone debe ser un símbolo fálico. En una escena posterior, a Freddie le aplican una prueba de Rorschach y siempre responde al citar pussy o cock. Su naturaleza obsesiva fue explicada en as primeras escenas, cuando monta a la sirena de arena y se masturba en el océano. La escena masturbatoria se repetite después cuando Dodd (Philip Seymour Hoffman) es masturbado por su esposa, como un aberrante tipo de condicionamiento psicológico para lograr que deje el alcohol. A lo largo de la película se implica que Dodd es dominado y controlado por su esposa, y que ella es la fuerza que impulsa a “La Causa”. En una escena, ella le dicta mientras él escribe material que se puede asumir pertenece a alguno de sus primeros libros. Anderson tiene estos temas e imágenes freudianos y jungianos presentes durante toda la película, pero no están particularmente bien formados, o llevados a la superficie lo suficiente, de manera que no profundizan la tensión dramática entre los personajes. No es tanto que sean una ocurrencia tardía, sino todo lo contrario: parece ser que le interesan más los temas abstractos y considera que la historia y los personajes deben ser sus subordinados. Sin embargo, es tan sólo una conjetura mía, ya que estos temas nunca se muestran en su totalidad.

 

Se muestra que la esposa de Dodd es 'el amo' oculto del título de la película, pero Anderson parece haber atenuado deliberadamente su tema al escoger a Phoenix para el papel del hijo. El guión describe a Freddie como un personaje mucho más joven; se muestra que está enamorado de una joven de dieciseis años antes de partir para la armada, siete años antes. Así que según esa lógica, Freddie debe tener alrededor de 25 años mientras que Dodd está en sus cincuentas. Joaquin Phoenix tiene casi cuarenta años y se ve más viejo [1]. Es por esa razón que los dos hombres son más como hermanos desiguales que padre e hijo; pero más importante aún, es que nunca parecen ser rivales, ni por la esposa de Dodd ni ninguna otra cosa. Nunca nos muestran que es exactamente lo que une a los dos hombres, o lo que crea la relación tan intensa y apasionada entre ellos (ni tampoco lo que Dodd ve en Freddie que nadie más ve). El núcleo de la película, en donde toda la tensión, conflicto, pasión y significado deberían estar, se encuentra misteriosamente vacío.

Hay (al menos) tres niveles para toda buena película (y probablemente para cualquier obra de arte): la historia, la subyacente narrativa mítica, y entre el texto y el subtexto —haciendo que todo sea coherente y con buen sabor— está la psicología de los personajes. Películas como Taxi Driver, The Godfather, Blue Velvet o The Wild Bunch tienen una coherencia suprema. No tiene sentido tener tres niveles existiendo por separado: debe ser un sándwich que no se abre para ver sus contenidos, solo se come (y se es consumido por él). A The Master no solo le falta un tercer acto, le falta el material cohesivo fundamental que llena el sándwich. Es dos tercios de una gran película, lo cual la hace menos satisfactoria que una muy buena película —por ejemplo, Killing Them Softly es una pieza mucho menos ambiciosa que The Master, pero por lo mismo es mucho más satisfactoria.

Basándome en sus últimas dos películas, sospecho que Paul Thomas Anderson es víctima del síndrome de Kubrick. El síndrome de Kubrick tiende a ser un desorden fatal que ocurre cuando los directores son consumidos por un deseo de grandeza y comienzan a perder de vista lo ordinario, los detalles del día a día —el matiz— que enriquece la historia y la hace irresistible, no solo en un nivel mítico sino en uno más íntimo y mundano [2]. The Master, carece de un matiz y de intimidad: como resultado, se siente claustrofóbico, cargado e impersonal. Le falta un arco narrativo o un clímax satisfactorio porque Anderson no le ha dado suficiente vida a sus personajes para que ellos le digan a él cómo es que la historia debería terminar (o para ponerlo de otra manera: para que pueda contar su historia a través de ellos). Puede que esto tenga que ver con la relación que Anderson tenía con su padre. Quizá se sentía atraído a explorar la materia pero, a la hora de adentrarse completamente, ¿rehuyó? Solo podemos especular al respecto, pero considerando la valentía y audacidad que Anderson debió de haber convocado para abordar el tema, la película se siente tímida. Nos muestra la tórrida superficie del océano, pero no nos arrastra a las profundidades [3].

En el último tramo de la película, Freddie vaga sin dirección hasta que Dodd lo atrae para un enfrentamiento final, solo para decirle que ya no es bienvenido de cualquier manera. ¿Acaso se sintió Dodd rechazado por Freddie y lo atrajo de regreso para rechazarlo, para así aliviar su propia impotencia? ¿Fue su manera de restablecer un sentido de dominio, de sentir que aún era 'el amo' de Freddie? Eso sería seguir con la línea de padre e hijo, y está implícito, hasta dicho directamente en el último dialogo entre los dos hombres. Dodd reta a Freddie a existir sin un amo, diciendo que será el primer hombre en hacerlo. Le dice a Freddie (de una manera un tanto maliciosa) que, si se llegan a encontrar en otra vida, él, Dodd, será el enemigo jurado de Freddie. Estas son cosas de padre e hijo, pero ya que la tensión edípica no fue desarrollada correctamente entre los dos hombres, nunca alcanza un clímax emocional, solo uno intelectual. El enfrentamiento final es un poco insípido, sin forma e inerte.

Anderson tenía una historia suficientemente interesante, y bastante ambición al tomarla para mantenerlo ocupado sin alejarse del subtexto. Si se hubiera limitado a explorar la concepción de un culto global, y si hubiera confiado en su materia prima en vez de intentar de profundizar y mitificarla, el impulso de la psicología y la narrativa hubiera florecido naturalmente de ellas. Como Kubrick, Anderson puede no estar satisfecho con ser meramente un cuenta-cuentos. Parece ir tras peces más grandes, aunque estos sean solo los peces de su mente.

 

Referencias:

[1] Como dato interesante, Phoenix fue criado dentro de un culto, 'Los Hijos de Dios', también tuvo una crisis emocional muy pública que, después reveló, fue simplemente un acto para conseguir más publicidad —aunque tengo mis dudas de que esa sea la explicación completa.

[2] Anderson explicó en una entrevista con The Guardian: "No hay una gran diferencia entre entre un director y un líder de culto. Sí pensé en eso. Hay similitudes absolutas en el sentido que convences a un grupo de personas de que te sigan en tu locura por meses o años. Se me ocurrió en varias ocasiones que es una manera de sentir compasión por Dodd. Aguanten un minuto. ¿Está él mucho más loco que yo? Es una verdadera locura. Ahí estaba yo escribiendo el material y diciendo que quería conseguir al elenco y a la vez no sabía a dónde quería ir con todo. ¿Pero a quién le importa? ¡Vamos todos!"

[3] 'Anderson creció en una gran familia (3 hermanos, 4 medios hermanos) en el San Fernando Valley. Se vio obligado a luchar por su lugar, a marcar su territorio. Recuerda que cuando él era niño le decía a todos que era un director de cine, también recuerda que su padre tenía un trabajo de medio tiempo presentando películas de terror disfrazado como el fantasma Ghoulardi. 'Creo que él quería ser actor, pero nunca le dieron una oportunidad. Era muy bueno haciendo voces para los personajes de películas. Me hubiera gustado que hubiera vivido lo suficiente para ver mis películas. Murió antes de Boogie Nights y ya no pudo ver las demás.' -Es totalmente cierto, sin embargo su padre aparece en todas sus películas: a través de personajes paternos con grandes defectos, ya sea Burt Reynolds como productor de películas porno en Boogie Nights, el patriarca moribundo interpretado por Jason Robard en Magnolia o el padre furioso de There Will be Blood, interpretado Daniel Day-Lewis, y ahora el personaje de Dodd en The Master, un demagogo carismático estadounidense en la década de los cincuenta [...]. 'Yo lo sé, y me deprime. Lo juro por Dios, yo no vi 'The Master' como una película de padre e hijo. Pero ahí lo tienen y ¿qué se le va a hacer? Solo demuestra que no se puede detener lo que tiene que venir.'

Blog de Jason Horsley (Aeolus Kephas): Auticulture

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Los investigadores sugieren que la memoria es un sistema dinámico modificándose constantemente. Y si la memoria en cierta forma define quiénes somos, entonces nuestro ser es una construcción mental, una obra en progreso. La forma en la que decidimos recordar --consciente o inconscientemente-- determina en buena medida cómo afrontamos las situaciones presentes y cómo nos proyectamos hacia el futuro. El acto de almacenar información está influido por nuestras emociones y nuestros deseos; difícilmente es un acto de almacenamiento puro de información --por lo cual el estado mental en el que almacenamos en primera instancia pero también cada vez que recordamos y recreamos esa memoria influye en la "sustancia" misma de la información. Según Jonah Lehrer:

Aunque nos gusta pensar en nuestras memorias como impresiones inmutables, de alguna forma separadas del acto de recordarlas, en realidad no lo están. Una memoria es tan real como la última vez que la recordaste. Lo que es un poco perturbador es que no podemos más que pedir prestadas nuestras memorias de otros lugares, así que el anuncio de televisión que vimos se convierte en nuestro, parte de esa narrativa personal que repetimos y recontamos.

Lo que implica esto es que si acaso un hecho ocurrió de cierta forma, con una realidad objetiva, esta realidad está por siempre comprometida por la memoria humana que proyecta su propia naturaleza psíquica, que mezcla la información con el acto de observar y con todos su archivos (miedos, traumas, ensueños, etc.). De aquí que podamos decir que el pasado es una invención de la memoria, una trama elusiva que se vuelve a tejer con cada mirada en el espejo retrovisor (algo que puede explorarse a mayor profundidad viendo la interesantísima película Mr. Nobody, una reflección cuántica de la memoria y las líneas de tiempo que se bifurcan). Asimismo esto es una muestra de por qué algunas psiocterapias en las que un sujeto revive sus memorias pueden ser tan efectivas, porque efectivamente modifican lo vivido. Por ejemplo, en el sistema de Carlos Castaneda era fundamental realizar una recapitulación de todo lo vivido. Y de una manera menos esotérica, el poder que tiene la mirada de alguien que reflexiona sobre su vida después de haber logrado cierto entendimiento o que lo hace desde un estado de conciencia elevado: desde ese nodo, desde ese alto valle de conciencia, transforma su pasado un poco en cómo es él en ese momento. Desde esa claridad, desde esa apertura, el pasado cobra una nueva luz.  

Todo esto es también altamente estimulante ya que nos permite redimirnos --y vindicarnos de la tiranía de la historia.  Tal vez no fuimos quienes quisieramos haber sido --y por lo tanto nuestra psique es un pesado bául (el pasado) que llevamos a todos lados (en el sentido freudiano de que la infancia y nuestra relación con nuestros padres es destino), quitándonos la mecha de agilidad del presente. Pero por suerte, como si fuéramos el guionista de nuestra propia película, a la manera de Charlie Kaufman, podemos viajar en el tiempo y modificar lo que vivimos, o, lo que es más importante, cómo lo vivimos. También podemos saciar aquella nostalgia de lo que no fuimos (esa sed onírica tan característica de Pessoa), descubriendo que todo sucedió, que tomamos todos los caminos (en esa encrucijada supuestamente definitiva, sendero del estigma).  Saber que la forma en la que miramos lo que sucedió, en la luz del recuerdo, determina cómo existe en nosotros lo sucedido, nos habla de la posibilidad de refundar el mundo. Cada mirada reinventa la realidad y en cada momento podemos refrescarnos hasta el punto de renacer (al menos simbólicamente).

Twitter del autor: @alepholo

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