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El dinero hace a las personas más malvadas y menos empáticas

Por: pijamasurf - 07/10/2012

Psicólogos de la Universidad de California en Berkeley realizan un experimento en el que descubren que las personas ricas tienden a ser menos empáticas y sensibles hacia los problemas de los demás, volviéndolas desagradables o francamente malas.

Aun cuando, a su manera, el dinero es una de las invenciones más sorprendentes del ingenio humano, sobre todo si tomamos en cuenta el nivel simbólico y de abstracción que lleva consigo, paralelamente tiene una de las reputaciones más siniestras que podrían adjudicarse a un elemento de nuestra realidad. Desde cierta perspectiva el dinero se asocia con la maldad, el egoísmo y otros comportamientos afines que hablan de una pobre calidad humana.

Y si bien esto podría considerarse únicamente conseja popular, un estudio reciente de la Universidad de California en Berkeley ha confirmado que, en efecto, el dinero puede hacer a las personas más malvadas y menos empáticas para con sus semejantes.

En el experimento realizado por los psicólogos Paul Piff y Jennifer Stellar, dos estudiantes universitarios jugaron el conocido juego del Monopoly en un cuarto cerrado pero con videovigilancia, con la salvedad de que las reglas estaban manipuladas de tal modo que uno de ellos tenía una clara ventaja sobre el otro. Además, el ganador era un hombre delgado y enfundado en una playera entallada, mientras que el inevitable perdedor era un hombre obeso y de lentes.

Para sorpresa de los investigadores, durante el juego el participante aventajado experimentó una increíble evolución de su ánimo con respecto a su contrincante: mientras más dinero ganaba, peor se portaba con el otro estudiante, burlándose de él y calculando puntualmente su estrategia para seguir acumulando ganancias.

De acuerdo con los investigadores, estos resultados, apoyados por otros estudios realizados al respecto, confirman que las personas ricas son comúnmente más egoístas, menos empáticas y menos compasivas, todo lo cual las hace también más desagradables.

Para Paul Piff, las personas acaudaladas tienden a privilegiar sus propios intereses, sin importar el comportamiento que demuestren hacia el exterior persiguiendo estos objetivos. Por su parte Jennifer Stellar asegura que la poca sensibilidad de quienes gozan de una posición tan acomodada se explica justamente porque en su vida no han tenido que enfrentar grandes tribulaciones.

[CNN]

 

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El erotismo en Oriente, y particularmente en Japón, se vive en sintonía con los extremos. En uno de ellos tenemos dulces cópulas cobijadas por pétalos de angelicales cerezos o encuentros sexuales de corte casi marcial y solemne pulcritud. Mientras que en el otro encontramos exuberantes dinámicas que involucran a sofisticadas prostitutas robóticas o sesiones de sexo con disfraces y escenarios hiperkinky. El punto es que difícilmente encontraremos tintes medios en la cultura sexual nipona.

En lo personal creo que una de las manifestaciones más espectaculares de la sexualidad en Japón es el shunga, término que literalmente significa ‘primavera’ y que se utiliza para agrupar las obras que forman parte de una viva tradición de arte erótico. Las piezas incluidas en este espectro generalmente corresponden a grabados impresos mediante placas de madera. Sin embargo, existen otras técnicas cuyos resultados también se incluyen dentro de esta vertiente.

Hospedados en entornos de cotidiana estética, acondicionados de acuerdo con la época y el lugar al que corresponden, florecen escenas envueltas en sexual surrealismo que, ya sea a través de estrambóticas posturas o de la activa presencia de elementos descontextualizados, generan un oasis donde confluyen el deseo carnal y la permisión fantástica.

Llama la atención que a pesar de que cada shunga representa una especie de pasaporte venéreo, existe siempre un dejo de solemnidad (casi melancolía otoñal) en sus tonos y sus trazos —tal vez se trata de algo similar al código de conducta que se espera de los participantes de una orgía (¿el orden del caos?). 

La estridente pero siempre refinada gráfica de las piezas termina por dar vida a una especie de ero-idealismo radical. Incluso se ha hecho referencia a lo anterior empleando el término “pornotopía”, en referencia a un universo paralelo a la cotidianidad urbana, que raya en la perfección del placer erótico (al menos en proporción a las prohibiciones de la época). De algún modo cada shunga era en sí una vitrina para trasladarse a paradisíacos rincones donde se podía dar rienda suelta al llamado de la carne.

Este hedónico edén se desdobla en escenarios diseñados explícitamente para consumar un acto sexual: posturas acrobáticas que eluden las leyes de la física, genitales desproporcionadamente grandes que se rebelan ante los ritmos comunes de la fisiología humana, doncellas fornicando con animales marinos, y un desfile de discretos pero envidiables gestos orgásmicos son algunos de los elementos característicos en estas escenas.  

Tradicionalmente a las obras propias del shunga se les atribuía una cierta virtud “talismánica”. La vida del samurai que cargaba con una de estas piezas gozaba de protección durante los combates, mientras que en los hogares y negocios se utilizaba para ahuyentar la posibilidad de un incendio.

Pero quizá está virtud metafísica que se les atribuía era en realidad una forma de justificar su presencia, ya que existe un aspecto práctico de esta misma tradición: los shunga eran también un preciado ingrediente en el acto de la masturbación —recordemos que en diversos contextos sociales, ya fuese por disciplina guerrera o por moralismo social, los encuentros sexuales fluían en mucho menor medida que la deseada.

Como suele suceder dentro de innumerables culturas, la sociedad genera herramientas para canalizar un deseo sexual que no logra satisfacerse al encontrar obstáculos morales en su camino —y en este sentido qué mejor aliado que el arte y la fantasía, como en el caso del shunga,  para legitimar un canal de ‘desagüe’ . 

Algo que me resulta apasionante de este fenómeno artístico es que si bien muchas de sus obras son ‘más sexuales que el sexo’ (lo mismo que ocurre con la pornografía contemporánea), lo cierto es que en esta escuela, a diferencia de lo que sucede con el porno, la hipersexualidad es canalizada a través de la estética y la exploración imaginaria, de reinos fantásticos que alojan rituales improbables, y no del deseo y la ansiedad de consumir un cuerpo —la actual pornografía encarna la eufórica ‘obligación’ de consumir y desechar en la que nuestra sociedad se encuentra sumida.

En este sentido el shunga aparece como una especie de catalizador psicosocial que no solo permitía la creación de un cauce para canalizar el ímpetu sexual, sino que proponía como válvula una exquisita manifestación de técnica y estética —y para comprobarlo basta con observar algunas de las obras eróticas del  gran maestro del grabado, Hokusai. De hecho, este fenómeno artístico es un excelente ejemplo de que el erotismo puede actuar como un enlazador de mundos, un puente interdimensional.

¿Pero si en lugar de emplear parte de nuestra energía sexual en configurarle válvulas de escape, en respuesta a la censura que busca contenerle, generáramos un entorno social que favoreciera su flujo armónico? No puedo evitar pensar en qué habría sucedido si la lúcida energía impresa en el arte erótico japonés (y su equivalente en otras culturas) se aprovechara no como una alternativa de evasión fantástica sino como un mapa de realidad compartida, una sincrónica cartografía de fluidos energéticos —y no me refiero a una orgía desbordada sino a un intercambio libre de información y energía. En fin, más allá de especulaciones sociohistóricas, lo cierto es que a nivel neuronal, y metafísico, el simple hecho de que existan estas ventanas al paraíso prohibido, como vórtices que nos transportan de la censura cultural hacia el placer de la conciencia orgánica, de algún modo les convierte en realidades potenciales que, de quererlo, tú o yo podríamos estar degustando en este instante. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis