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El futuro está en el biohacking, la confluencia de múltiples disciplinas que quizá nos haga entender las nociones de vida y tecnología de una manera totalmente diferente a como las comprendemos ahora.

Hay quienes piensan, con razón, que el futuro está en la transdisciplinariedad, esto es, en la confluencia de dos o más disciplinas científicas y tecnológicas que redunde en el desarrollo de conocimiento que de otra forma sería imposible.

Uno de los mejores ejemplos de esta tendencia es el biohacking, un término un poco informal para designar todas esas investigaciones en torno a las estructuras más íntimas de la vida, una combinación de biología, genética, química y computación con la que se busca generar nuevos y fértiles vínculos entre la vida y la tecnología.

En Silicon Valley, la cuna de los desarrollos tecnológicos más decisivos de los últimos años, este espíritu de innovación no se abandona y se ha dado en apoyar el biohacking con la creación de un lugar específico con las condiciones necesarias para trabajar en el campo. Se trata de BioCurious, un laboratorio de 2,500 metros cuadrados de superficie inaugurado en noviembre pasado, donde científicos realizan experimentos en biotecnología, ciencias genómicas y otras disciplinas afines.

Comparándose con los años en que Silicon Valley fue un hervidero de nuevas tecnologías cada vez más asombrosas, BioCurious intenta erigirse como el nuevo foco que irradie los desarrollos del siglo XXI: entes inéditos en quienes confluyan los circuitos y los tejidos, seres vivos maquinizados o biomáquinas que vengan a revolucionar las ideas de vida y tecnología tal y como hasta ahora las comprendemos.

[WSJ]

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¿Cuál era el código de programación natural antes del ARN y el ADN?

Ciencia

Por: pijamasurf - 01/14/2012

Ni el ARN ni el ADN existieron siempre; entonces, ¿cuál era el viejo código con que se programaba la vida?

El ADN es el código de programación de todo ser vivo y el ARN una especie de orquestador molecular que dirige la expresión de genes y la creación de proteínas. Así ha sido durante millones y millones de años. Pero no desde el inicio.

Esta compleja y recóndita estructura literal que da forma y sentido a la vida está hecha principalmente de fosfatos y glúcidos, químicos necesarios para mantener unida la cadena de nucleótidos en una única y gigante molécula de ADN o ARN. Sin embargo, dichas sustancias, especialmente las pentosas (monosacáridos), son posibles únicamente en un mundo con condiciones especiales, uno que ya esté lleno de glúcidos como este.

De acuerdo con John Chaput, investigador de la Universidad de Arizona que ha realizado estudios al respecto, el candidato más idóneo para suplir esta carencia pudo ser una molécula conocida ahora como “ácido threosonucleico” (threose nucleic acid) o ATN que, a diferencia del desoxirribonucleico (ADN) o del ribonucleico (ARN), es un sacárido tetroso que tiene únicamente cuatro átomos de carbono en su estructura, un número mucho más sencillo de formarse y manejarse en una combinación de fragmentos pares de carbono.

Asimismo, parecer ser que esta molécula vital primigenia pudo formarse luego de secuencias azarosas propias de un proceso darwiniano de evolución, el mismo que daría lugar a sus sucesores. Sin embargo, ya en esta primera versión del código es posible encontrar el rasgo fundamental y más importante de la molécula: su capacidad para unirse químicamente con el ADN y el ARN y seguir funcionando como una fuente genética de información.

 Y es justamente esta propiedad la que sugiere que el ATN fue en las primeras etapas de nuestro planeta una especie de proveedor de material genético para las primeras formas de vida terrestres, un punto de transición entre las formas vitales más elementales y su sucesor notablemente más complejo, el ARN.

El ATN como un primer chispazo en la cadena de la vida, simple quizá, pero sin el cual hubiera sido imposible el surgimiento de los organismos sumamente elaborados que hoy conocemos.

[io9]