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¿Universidades públicas o privadas? Noam Chomsky y las aristas del conflicto educativo

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/11/2011

Hace pocos días Noam Chomsky, el renombrado lingüista del MIT, examinó durante una plática en la Universidad de Toronto el dilema entre el financiamiento público o privado para las universidades y los muchos intereses que intervienen en este conflicto.

Las recientes protestas estudiantiles en Chile (y antes las de Inglaterra e Italia) nos obligan a preguntarnos por la función que el Estado está obligado a cumplir en esa área tan importante para el bienestar común que es la educación. En los últimos años y como resultado de la adopción de políticas que privilegian a las élites acaudaladas, gobiernos en distintas partes del mundo han intentado “aliviar” al sector público de la supuesta carga que representan las universidades, nivel de la formación académica que aparentemente consideran oneroso y superfluo y, sobre todo, de inconveniente subvención pública. Para estos nuevos gobernantes quien quiera su título universitario debe pagarlo íntegramente de su propio bolsillo.

Sin embargo, sabemos bien que la educación universitaria se ha convertido en un lucrativo coto prácticamente inaccesible para las clases medias —a menos que pidan ayuda al chacal y se sirvan de créditos bancarios. Contradictoriamente, todos esos jóvenes que buscan continuar su formación han cumplido ya con todos los niveles anteriores, no son unos advenedizos y muchas veces son también resultado del esfuerzo familiar o incluso generacional que en ellos parece tener un primer triunfo. ¿Qué hacer cuando la universidad les cierra las puertas o las abre solo a cambio de que hipotequen los siguientes 20 o 30 años de su vida?

Hace pocos días el afamado lingüista y activista intelectual Noam Chomsky, académico del MIT, ofreció una plática en la Universidad de Toronto en Scarborough donde examinó este problema.

Entre otras cosas Chomsky destacó el hecho de que la privatización de la universidad pública «significa la privatización para los ricos [y] un nivel más bajo de formación más bien técnica para el resto». En Estados Unidos la tendencia es que las universidades públicas reciban cada vez más ingresos por la matrícula estudiantil y menos por la contribución del Estado, con lo cual, eventualmente, solo los “community colleges” —«el nivel más bajo del sistema»— recibirán dinero público para su manutención. Y quizá al final ni siquiera estos.

Sin embargo, como bien hace notar Chomsky, este no es un asunto económico, sino político y de control social. Chomsky suscribió el análisis en el que Doug Henwood, especialista en economía, asegura que para volver completamente gratuita la educación superior en Estados Unidos bastaría con destinar a las universidades menos del 2% del Producto Interno Bruto del país —lo equivalente a casi un tercio de los ingresos que perciben los 10,000 hogares más ricos en EEUU, tres meses de gastos del Pentágono o poco menos de cuatro meses de costos administrativos del sistema de salud privado.

¿Entonces? ¿Por qué no se implementa la gratuidad en las universidades? ¿Por qué con esos niveles de riqueza y gasto público en otros rubros contra el bajo monto que requeriría la educación gratuita esta se deja de lado e incluso se le intenta desaparecer?

Si tomamos en cuenta que gastos como el militar o el de la salud enriquecen a unos cuantos de por sí enriquecidos y la educación es un asunto de mayorías, las anteriores interrogantes se aclaran un poco: «En una democracia en que las elecciones son esencialmente compradas por las concentraciones de capital privado, no importa lo que el público quiere. De hecho, el público ha estado a favor de que aquello durante mucho tiempo, pero todos ellos son irrelevantes en una democracia correctamente administrada».

La investigación efectuada en las universidades, nos dice Chomsky, corre una suerte parecida. Si se deja de desarrollar tecnología en las universidades, se tiende a la división de la sociedad en dos estratos clara e implacablemente diferenciados, caracterizados por la «concentración muy limitada de la riqueza y el estancamiento para casi todo el resto».

Paradójicamente, esta intención de rescindir al Estado de sus obligaciones para con la educación solo mina la capacidad de Estados Unidos como potencia ahora que la llamada “economía de alta tecnología” se basa, sobre todo, en mano de obra calificada e innovación creativa. Pero, a decir de Chomsky, pareciera que en los últimos años «hemos entrado en una nueva etapa del capitalismo de Estado en la que el futuro no importa tanto. Las ganancias provienen cada vez más de manipulaciones financieras. Las políticas corporativas están orientadas hacia el beneficio a corto plazo, reduciendo la preocupación por la fidelidad a una empresa para un período largo».

Si estos planes se cumplen en su totalidad y el Estado deja de financiar la educación superior, sin duda las universidades corren un grave peligro, al menos el modelo tradicional de las universidades como «instituciones parasitarias que no producen bienes con fines de lucro». Y si bien el financiamiento estatal parece, de inicio, abrir una fisura por la cual el poder del gobierno dirija y coarte la libertad de cátedra o investigación, lo cierto es que al menos en las década de 1960 y 1970, cuando el Pentágono invertía cantidades considerables de dinero en las universidades, pesquisas posteriores revelaron que su intromisión era prácticamente nula.

En años recientes, sin embargo, la inversión militar en las universidades estadounidenses poco a poco ha sido desplazada por la de instituciones de salud ligadas todavía al Estado. Según Chomsky, esto no es sino un efecto de la economía contemporánea. Antes, en los 50s y los 60s, «el Pentágono fue una vía natural para robar el dinero de los contribuyentes, haciéndoles creer que así los protegían de los rusos o de cualquiera, y dirigirlo en cambio a las ganancias de las corporaciones». Ahora la economía «se basa cada vez más en la biología. Por lo tanto, la financiación está cambiando»: ingeniería genética, biotecnología, farmacéutica. Sin tener un análisis serio que lo respalde, este cambio en los patrones de financiamiento parece confirmar lo que Chomsky asegura sobre la nueva característica del capitalismo que impera últimamente, la que mira poco o nada por el futuro y se preocupa solo por la ganancia inmediata: a diferencia de la perspectiva del Pentágonos hace cincuenta años, las actuales inversiones provenientes del sector salud para la investigación biológica privilegian «la investigación aplicada y menos la exploración de lo que podría llegar a ser interesante e importante en el futuro». Recordemos que, en cierta forma, el dinero del Pentágono puesto en las universidades estadounidenses hizo posible las computadoras, Internet y la llamada “revolución tecnológica”, un poco sin que nada de eso fuera su propósito central.

Sin duda el dilema entre el financiamiento público y el privado genera a su vez otras contrariedades y dudosos beneficios. Mayor reserva en las investigaciones y sus resultados, amenazas a la independencia y libertad de la actividad académica y la integridad de la institución financiada, la paulatina conversión de la universidad en una corporación supeditada a los criterios de la eficacia que no necesariamente son válidos al interior de la vida universitaria —a propósito de esto último Chomsky imagina el siguiente escenario: supongamos que quitamos a los profesores de tiempo completo y ponemos en su lugar estudiantes de posgrado: una buena medida para el presupuesto de la universidad, pero con costos significativos difícilmente mesurables en términos, sobre todo, de calidad educativa, mismos que terminan absorbiendo los estudiantes y al final la sociedad entera.

En efecto: ¿cómo medir el impacto y las consecuencias humanas y sociales de que las escuelas dejen de ser tales para convertirse en instalaciones productoras de mercancías para el mercado laboral? «Generar pensamiento creativo e independiente y creencias críticas y desafiantes, explorar nuevos horizontes y olvidar la restricciones externas. Todo eso es un ideal que sin duda se ha revelado deficiente en la práctica, pero en la medida en que se desarrolló dio cuenta del nivel de civilización alcanzado».

Chomsky, como vemos, está lejos de solucionar el problema. Su análisis deja más preguntas que respuestas —y quizá esto sea buena señal. Nadie, a solas, podría ser árbitro en esta arena de la educación en la que intervienen tantos oponentes y alguno que otro aliado. En nuestro tiempo el dilema entre el financiamiento público o privado para las universidades se complica todavía más si consideramos, como lo hace Chomsky, que «se trata de dos fuentes que no son fáciles de distinguir debido al control que intereses privados tienen sobre el Estado».

[Alternet]

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Las protestas estudiantiles en Chile, otra fisura en el sistema dominante

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/11/2011

Los estudiantes chilenos se suman a la cadena sintomática de malestar generalizado alrededor del mundo, responden a la voracidad despiadada de unos cuantos que pretenden reservarse los beneficios dejando las pérdidas para las mayorías.

Podríamos decir, a caballo entre el realismo y el optimismo, que el mundo tal y como lo conocemos se está resquebrajando, sobre todo en lo que concierne al sistema económico dominante que en su despiadada inercia amenaza con apretar el cogote de las mayorías sin pensar en la supervivencia de nadie, una máquina voraz que a su paso todo lo utiliza con el único fin de dejarlo inservible.

En los últimos meses hemos atestiguado algunos movimientos subversivos, irrupciones inesperadas del caos y la anarquía, que en casos como el de las revoluciones árabes de la primavera pasada, intentan plantar cara a la élite en el poder político despreocupada por el bienestar de sus gobernados. Después vinieron la “Acampada Sol” en España y las protestas en Grecia, resultantes de la avidez insaciable del sistema financiero, ayuntado con el gobierno, cuyas pérdidas terminan pagándose con el esfuerzo de las clases medias —sus pensiones, sueldos, prestaciones y demás compensaciones que en la perspectiva de los poderosos parecerían premios o limosnas y no el justo pago al tajo de vida depositado en todas esas actividades que perpetúan al sistema. Finalmente, hace unos días, supimos de los disturbios en Londres, iniciados por el asesinato del miembro de una comunidad a manos de la policía y los cuales culminaron en el incendio de edificios y el saqueo de tiendas de ropa y aparatos electrónicos, rasgos estos que si bien distan mucho de un ánimo contestatario, no por ello dejan de inscribirse en esta cadena sintomática de malestar generalizado, presente en países que aparentemente nada tienen en común más que el sistema del que todos formamos parte y del que solo varía el grado de intensidad con que se aplica en leyes, políticas públicas y demás acciones impuestas desde el gobierno y los poderes fácticos al resto de la población.

Pero eso no es todo. En América una de estas fisuras, quizá la más importante, la tenemos al sur del continente, impulsada por los estudiantes chilenos que defienden el acceso libre y gratuito a la educación, sin duda uno de los instrumentos que mejor favorecen la equidad social.

En cierta forma el conflicto actual podría considerarse heredero de las protestas de 2006 —la llamada “Revolución Pingüina” que denunció las ínfimas condiciones materias de las escuelas del país y el injusto subsidio público para los colegios privados—, una suerte de agudización de un problema que entonces no solo fue insatisfactoriamente resuelto, sino que incluso por parte del gobierno se tomaron medidas que beneficiaron solo a los empresarios inmiscuidos en el lucrativo negocio de la educación privada. Esta torpe e ingenuamente codiciosa manera de solucionar el asunto confirma lo dicho por Noam Chomsky, que «hemos entrado en una nueva etapa del capitalismo de Estado en la que el futuro no importa tanto», que tiene ojos (y manos y bolsillos) únicamente para la ganancia inmediata. La reacción de estos últimos meses es entonces una respuesta de igual magnitud pero en sentido contrario a aquella franca oposición a la voluntad popular, como si la élite y sus adláteres políticos pudieran negar la posibilidad de futuro a la que cualquiera tiene derecho.

Se entiende así que, según reporta el diario El País, uno de los principales motivos de las protestas sea el endeudamiento de los estudiantes: «a diferencia de otros países, en Chile son las familias las que deben financiar la mayor parte del coste de la educación, lo que perjudica más a la clase media, que no cuenta con créditos ni becas del Estado y debe acudir al banco para pedir un préstamo. Al terminar sus carreras, los jóvenes se inician en la vida profesional endeudados durante años y los que no finalizan sus estudios deben pagar de igual modo».

A raíz de una de las últimas leyes aprobadas durante el régimen dictatorial de Augusto Pinochet (la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza, de 1990) la faz institucional de la educación en Chile se ha convertido, más que en un instrumento para alcanzar la igualdad social y el bienestar de las mayorías, en un ámbito que privilegia el lucro económico. Con el paso de los años esta manera de concebir la educación ha creado una pinza o un embudo en el que la mayoría de los estudiantes —de alguna manera ajenos a dichos tratos entre el Estado y el capital— han quedado a merced de la criba financiera.

Con todo, la situación de estos jóvenes chilenos no es sino una cara más de las evidentes fallas que el sistema dominante trae para las mayorías (de ahí la simpatía que han generado no solo dentro de su país sino en casi todo el mundo). La causa justa se suma al encanto de la juventud y, en especial, a la creatividad que se ha convertido en el sello de algunos de los actos de protesta más atractivos del movimiento—los más notorios: una carrera de 1800 horas por los 1800 millones de dólares anuales que costaría la gratuidad de la educación (menos de un tercio del gasto que se destina a las fuerzas armadas), una multitudinaria emulación del Thriller ochentero (simbolizando al “muerto viviente” en que se ha convertido el Estado) y cientos de parejas besándose frente al Palacio de La Moneda, sincronización que contrarresta la mala prensa con que se caracteriza al movimiento de destructivo y discordante. Aunque también hay huelgas de hambre y marchas y otras formas más habituales —pero no por ello menos efectivas— de demostrar su incoformidad.

Por supuesto que el gobierno no está contento con las protestas, pero esto es solo porque sus intereses no son ni los de los estudiantes ni los de quienes se han sumado a su causa. En vista de que la élite en el poder se preocupa solo de sí misma, quizá haya llegado el momento de sacarla de su onanismo, de ese marasmo con el que oculta los beneficios que todos debiéramos compartir y que son no solo posibles, sino de urgente aplicación.

¿Qué frutos traerá este primaveral invierno chileno?