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Tribu del Amazonas no tiene concepto de tiempo

Arte

Por: pijamasurf - 05/22/2011

En un caso lingüísticamente único, la tribu amazónica de los amondawas no concibe el tiempo; ¿si el tiempo no existe en su lenguaje, entonces ellos no viven en el tiempo?

La tribu de los amondawas no tiene la estructura lingüística para referirse al tiempo, haciendo de esta tribu amazónica aparentmente un caso único en el mundo. Para los miembros de esta tribu no existen afirmaciones como "trabajar en la noche", "ayer fuimos" e incluso carecen de términos como "año" o "mes".

Un estudio conjunto entre investigadores brasileños e ingleses muestra que dentro de esta tribu, contactada por primera vez en 1985, no hay separación entre un evento y el tiempo en el que sucede, en cierta forma el barco y el río en el que se navega son para los Amondawa uno y lo mismo. No tienen un mapa temporal y en este sentido no conciben que un evento "ya sucedió" o "sucederá después de otro".

Las personas de esta tribu no se refieren a sus edades, sino que cambian de nombre en distintas etapas de sus vidas en la medida que cambian de papel dentro de la comunidad.

Los investigadores creen que la carencia de un marco temporal referencial se debe a que carecen de tecnología para registrar el tiempo -ni calendarios ni reloj-, ya que tienen un sistema númerico muy limitado. Sin embargo, cuando estas personas aprenden portugués no tienen problemas en situar un concepto de tiempo.

Para estas personas, como señala David Metcalfe en el excelente blog Modern Mythology, es imposible expresar un conecpto como el Apocalipsis o el Progreso: "No puede haber rectificación del tiempo y el espacio, espíritu y la materia, la eternidad y la finitud, cuando las dos no están separadas desde el principio".

Metcalfe añade:

"Necesitamos un asesino del tiempo, una culminación, una historia que explique cómo regresamos al olvido del tiempo, esa pequeña palabra que nos conduce. En todo nuestro movimiento, sin embargo, existe la subrepticia sospecha de que en realidad quizás estemos inmóviles. Lo que los Amondawa nos eseñan es que es mucho más fácil que todo esto. No se necesitan complejas acrobacias metafíscas, es tan simple como olvidar una palabra".

Recurriendo a Wittgenstein y a su famosa frase sobre que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", ¿si no existe el tiempo en el lenguaje entonces dejamos de vivir en el tiempo?

[BBC]

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Muere Leonora Carrington (selección de su pintura y un cuento surrealista)

Arte

Por: pijamasurf - 05/22/2011

La pintora Leonora Carrington murió ayer en la Ciudad de México a los 94 años de neumonía; Carrington deja una de las obras más representativas del arte surrealista

La pintora surrealista inglesa afincada en México, Leonora Carrington, falleció ayer de neumonía a los 94 años. Carrington era quizás la última pintora del movimiento surrealista con vida. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, Leonora conoció a Max Ernst, con quien se casó y se convirtió por unos años en una especie de musa del círculo surrealista parisino. Durante la Guerra Carrington recurrió a la embajada mexicana. El poeta y diplomático mexicano Renato Leduc le ofreció exilio en México casándose con ella. Carrington vivió en México la mayor parte de su tiempo desde 1942 hasta este 25 de mayo, convirtiéndose en una de las más grandes figuras culturales del país, entablando memorables amistades con Elena Poniatowska y la pintora chilena Remedios Varo.

A continuación les ofrecemos una selección de su pintura y un memorable cuento que fue incluido en la Antología de la Literatura Surrealista compilada por André Breton.

LA DEBUTANTE

En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
--Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: "Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles." A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.