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La música clásica en el siglo XXI: sólo un arma para ahuyentar adolescentes

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/06/2011

Gobiernos y corporaciones encuentran solamente un uso para la música clásica: es efectiva para dispersar jóvenes de apariencia problemática y hacerlos retirarse de sus instalaciones

Compañías como McDonalds o 7-Eleven encuentran valiosa a la música clásica: insuperable como arma para dispersar o ahuyentar jóvenes que vagan de manera amenazante por sus instalaciones. A esto ha sido reducida la música clásica desde un punto de vista corporativo utilitario, como una herramienta para evitar pandilleros, como si todos fueran Bart Simpson y los oídos de los jóvenes sólo pudieran tolerar los sonidos de aspertame musical –con endulcorantes artificiales- de los Black Eyed Peas o de Lady Gaga.

El LA Times tiene un interesante artículo en el que menciona cómo, pese a que recientemente las orquestas y demás ensambles de música clásica han sufrido una reducción en los presupuestos culturales destinados a financiarlos, los gobiernos y los corporaciones siguen usando la música clásica de manera efectiva para disperar grupos de adolescentes que consideran problemáticos. Los jóvenes de mal aspecto entran a McDonalds y de repente son atacados con Handel o Tchaikovsky, sonidos intolerables que de forma inconsciente los hacen dispersarse de estas áreas (podemos imaginar una novela futurista estilo Phillip K. Dick, donde las personas recuerden la música clásica diciendo "Ah, esos sonidos que utilizaban antes para evitar que los jóvenes se reunieran en público").

En el más reciente ejemplo, el departamento de tránsito regional de Portland ha empezado a poner música de opera en las estaciones de tren para reducir el vandalismo y otros crímenes que resultan del exceso de tiempo libre de los adolescentes.

Una de las teorías por las cuales parece que este método es efectivo tiene que ver con las personas dejan de producir dopamina cuando son expuestas a cosas que no disfrutan o que les son poco familiares.

Por otra parte es interesante notar que los sonidos generalmente más armónicos y construidos con una mayor riqueza musical y una profundidad emocional se han vuelto molestos para los oídos modernos, inundados por la música fastfood, plastificada, que entrega su dosis sin necesidad de ningún refinamiento. La musica clásica sirve actualmente para hacer dormir a las personas o para hacer que los chicos huyan. ¿Qué dice esto del espíritu del hombe contemporáneo? ¿Es simplemente el resultado natural de la modernización y de que cada sociedad se siente atraído por lo nuevo y contextual? ¿O es una señal de la decadencia cultural de nuestra generación?

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Entrados en el siglo XXI millones de personas todavía creen y se emocionan por la supuesta realeza o la supuesta santidad de una persona

El fin de semana pasado, como casi todos sabemos, el mundo estuvo dominado informativamente por dos acontecimientos: el primero, la denominada boda real, calificada así porque uno de los contrayentes es miembro de la aristocracia inglesa, la casa real, la familia directa y consanguíneamente relacionada con la actual reina de Inglaterra; el segundo acontecimiento, una beatificación, esto es (según la definición del diccionario), el acto mediante el cual el Papa declara «que un difunto, cuyas virtudes han sido previamente certificadas, puede ser honrado con culto».

Para algunos, que las multitudes hayan volcado su atención a cualquiera de ambos sucesos o un día a uno y otro día al otro es, por decir lo menos, sorprendente. Pero también triste y quizá hasta risible o chocante. Sorprende, de entrada, que ya bien superado el umbral del siglo XXI todavía existan tantas personas que crean o en la supuesta realeza de una persona o en la supuesta santidad de otra. Sorprende que no sean pocos quienes vean todavía una suerte de halo misterioso alrededor de otros, una suerte de predilección sobrehumana o divina, que crean que otros semejantes son distinguidos por quién sabe qué ente con una segunda naturaleza distinta y superior a la del resto. Para algunos será triste, para otros solo motivo de risa, comprobar que los muchos recursos empleados tanto en la ejecución misma de ambos acontecimientos como en su difusión internacional —recursos humanos, económicos y tecnológicos, por mencionar los principales— parecían apenas suficientes para satisfacer a los miles o millones de espectadores deseosos de beber una palabra, atesorar una imagen, conservar el recuerdo intacto del más mínimo de los gestos.

Todo porque de veras creían que esos que se presentaban ante el altar —unos para casarse, otros para recibir adoración— son distintos a todos nosotros: por su clase, su categoría, la sangre que corre por sus venas, su genealogía familiar, la santidad de sus actos, la humildad de sus acciones, la benevolencia de su proceder o por otras muchas circunstancias que quienes profesan una fe —cualquiera que ésta sea— piensan verdaderas, irrebatibles.

Sin embargo, sabemos —o deberíamos saber— que dicha distinción no es, en ninguna forma, incontrovertible. Por más que algunas personas se ofendan cuando otras señalan las fallas de sus favoritos —digamos, el parasitismo y la obsolescencia de los aristócratas o, mucho más serio, la impunidad de la gozaron los sacerdotes católicos pederastas durante el papado de Juan Pablo II en contraste con la severidad de trato dispensado a quienes simpatizaron con la Teología de la Liberación— hacer esto no significa sino ubicar a estos supuestos elegidos en su dimensión y sus circunstancias humanas: circunstancias de poder, de dinero, políticas, familiares, históricas, entre muchas otras, siempre inabarcables cuando se trata de definir el decurso de una persona, los muchos meandros que forma su vida, circunstancias que también son todas humanas, producto de relaciones humanas, desarrolladas y mantenidas en un medio humano. Circunstancias cuya mejor definición, en estos casos, pasa por el error, la omisión, la falta.

¿Dónde, pues, la nobleza o la santidad de un ser humano?

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