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La monogamia es un estado antinatural para nuestra sexy especie

Por: pijamasurf - 02/15/2011

Es difícil argumentar desde la biología que el ser humano es otra cosa que un animal poligámico, sin embargo, de una forma sofisticada, epigenética, se podría argumentar que el ser humano puede decidir ser monogámico porque esto es justamente lo que lo conduce a la nueva etapa evolutiva donde quiere llegar.

El psicólogo Christopher Ryan escribió un polémico artículo para CNN en el que plantea que la naturaleza humana Homo Sapiens y el grueso de nuestro proceso evolutivo indican que nuestra especie está bioprogramada para la poligamia, para recibir y responder a estímulos sexuales de múltiples parejas. Sin embargo, el argumento que se puede oponer al de Ryan es que la evolución humana ha llegado a una nueva etapa que podemos llamar epigenética, donde la cultura, la tecnología y nuestra propia inteligencia son capaces de moldear y dirigir la evolución hacia ciertos valores que consideramos trascendentes, es decir, que van más allá de las urgencias del primate. Pero para Ryan —como para Giordano Bruno— seguimos siendo primates y el polideseo nos mueve.

A decir de este psicólogo por la Universidad de Saybrook en San Francisco, la historia sexual de la humanidad es la historia de la represión autoritaria de la libertad orgiástica —que disfrutábamos en las sociedades nómadas igualitarias— por parte de los mecanismos de poder religiosos y políticos formados con el nacimiento de la agricultura hace 10 mil años. La cultura, esa ropa mental indisociable del cultivo propio de la agricultura, es una especie de cover-up de nuestra energía libidinal, en el que participan tanto sacerdotes como terapeutas.

En el fondo la monogamia, según Ryan, es una manifestación del autoritarismo posesivo, más que el resultado de un romanticismo idealista (como ideó Platón con el mito del alma gemela) que apela a las necesidades emocionales, monogámicas, de las mujeres que buscan entregar su dote sexual a un hombre único, al padre capaz de proveer para sus hijos (un contrato monogámico posesivo en el que se intercambia su sexualidad por provisiones) y por eso dicen NO a otros, porque solo así obtienen la seguridad y los bienes materiales de este hombre. La doble raíz de la monogamia sería, según Ryan, la posesión y el No. Pese a que la creencia cultural es que la monogamia es una práctica impulsada por la mujer para favorecerla, sucede justamente lo contrario. En la práctica la monogamia muchas veces ha sido una forma de autorreprimir el deseo sexual femenino, impulsada por el hombre cuyo mayor miedo es la expresión de dicho deseo y que lo quiere solamente para él, como parte de su propiedad, como forma de asegurarse que tendrá aquello que más desea.

El nacimiento de la monogamia tiene que ver con el nacimiento de la propiedad privada. Anteriormente las tribus humanas distribuían los alimentos de forma equitativa, amamantaban a los bebés de los demás (entre otras razones porque no se sabía del todo de quién era el bebé, lo cual, dicho sea de paso, es otra de las posibles razones para la institución de la monogamia) y dependían el uno del otro para sobrevivir.

Cuando evolucionaron las comunidades basadas en la agricultura las cosas cambiaron rápidamente, ya que  era importante saber dónde empezaba lo mío (mi tierra, mis cosechas y luego mi mujer) y donde lo tuyo. Es curioso que aunque tradicionalmente  se enseña que la agricultura fue desarrollada por las mujeres y que su práctica se asocia, con cierta razón, con la feminidad (por ejemplo, las diosas de la tierra y la fertilidad), al basar la civilización en esta práctica la mujer fue relegada a un rol secundario, a una posesión más dentro del apilamiento de bienes. No es que la agricultura en esencia provoque esto, es la posesión y la acumulación las que generaron históricamente este rol. Épocas primitivas muestran la existencia de matriarcados y sociedades de parejas igualitarias.

También con la agricultura nació la preocupación por la paternidad biológica. Ciertamente un argumento en contra de la poligamia es que la inteligencia evolutiva marca la tendencia de cuidar nuestros genes en circuitos cerrados de inetracción y educación. Tanto desde una perspectiva de eugenesia como de la creación de ambientes familiares que fomenten el desarrollo, siendo que teóricamente el mejor modelo es el de la pareja, la eterna dualidad que se funde para crear (y que se encuentra, como una numerología sagrada, en todos lados en la naturaleza). Sin embargo, se podría argumentar que esto es solamente una convención social y no obedece a ninguna certidumebre biológica y que además se podrían tener estos ambientes familiares propiciatorios dentro de una sociedad poligámica de igual forma.

Ryan argumenta que nuestra historia dentro del sistema operativo de la agricultura es de solo 10 mil años, el 5% de nuestra moderna historia anatómica en la Tierra, por lo cual, en el fondo, complazca a la instituciones religiosas o no, seguimos siendo naturalmente poligámicos. Ryan hace una analogía diciendo que un terapeuta nunca le diría a alguien: "madura, deja de ser gay", pero la mayoría de los terapeutas de matrimonio consideran que la monogamia es normal y que la búsqueda de relaciones sexuales novedosas con diferentes parejas es patológica. La poligamia no significa anular las relaciones de fidelidad y lealtad emocional, significa entender los principios biológicos que también son parte importante de nuestro complejo organismo —y comprenderlo podría acabar con buena parte del daño emocional que los celos y las infidelidades propician.

Dos de las especies primates más cercanas a nosotros parecen confirmar esta idea. Las chimpancés hembras en ovulación copulan docenas de veces al día con todos los machos posibles. Los bonobos, famosamente promiscuos, disfrutan comúnmente de sexo grupal (incluso homosexual y por puro placer), el cual sirve para limar asperezas en el tejido social.

Por si eso fuera poco, los humanos parecen ser los más sexuales de los primates, con penes y testículos más grandes que cualquiera de los otros primates y con estos últimos fuera del cuerpo donde temperaturas más frías ayudan a preservar el esperma para poder tener múltiples eyaculaciones. La capacidad multiorgásmica de las mujeres y la llamada "vocalización copulatoria femenina" también sugieren que estamos hechos para la poligamia. Ahora bien, habrá quien diga que no somos ya primates, y que podemos cambiar.

Es cierto que podemos decidir qué tipo de paradigma sexual vivimos, pero es importante recordar que esta pujanza poligámica —que no es necesariamente un residuo de un pasado más bruto o menos sofisticado— existe entre nosotros y no debe de ser satanizada por la falsa moral (incluso hay quien argumenta que la verdadera evolución significa liberarse de los celos y de la posesión en todas sus formas). "Los recien casados serían inteligentes si recordaran que aunque hayas escogido ser vegetariano, es totalmente natural desear una hamburguesa con queso y tocino ocasionalmente", dice Ryan.

Es difícil esgrimir argumentos biológicos que nos lleven a la naturalidad preeminente de la monogamia. Quizás el argumento que más permea la historia a favor de la monogamia proviene de la herencia religiosa. La implementación de la monogamia en la Tierra puede ser entendida como una forma de vivir bajo los principios morales dictados por una entidad superior, viviendo en imagen y semejanza. No solo dela tradición judeocristiana, sino también tal vez entendiendo ciertas concepciones esotéricas del principio de dualidad y de aniquilamiento de esa dualidad a través de un matrimonio sagrado o alquímico: el trabajo energético o tantra de los polos que se simbolizan en un hombre y en una mujer, el día y la noche, y que para realizarse previene de la contaminación de otras energías, karmas y material psíquico, para de esta foma purificar y sublimar la piedra filosofal del cuerpo en espíritu. De alguna manera (discutible) la forma de evolucionar de ser humanos a ser divinos. Sin embargo, esta monogamia religiosa con fines de sublimación energética no tendría que ser absoluta ni permanente, podría ser funcional y temporal como parte misma de la evolución, del aprendizaje de la energía masculina y femenina: de la otredad.

Quizás la pregunta por la monogamia o la poligamia en la espiritualidad se puede neutralizar de esta forma: por una parte el misticismo erótico es capaz de ver en una persona a todas las personas  (y amarlas) pero también en todas las personas es capaz de ver a una sola persona. Así que tal vez un practicante del tantra holográfico podría tener sexo con todas las personas del mundo y estar teniendo sexo con una sola persona, y de igual manera podría solo tener sexo con una persona durante toda su vida y haberlo hecho con todas las personas del mundo. De cualquier forma lo que queda claro es que poligámicamente o monogámicamente, es necesario reavivar el espíritu orgiástico de épocas pasadas, una forma de comunión extática en la que se conoce la unidad a través de lo múltiple.

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Imaginando un mundo de interconexión total, donde nuestro cerebro sea el Internet

Por: pijamasurf - 02/15/2011

Científicos empiezan a desarollar formas en las cuales podremos conectarnos de cerebro a cerebro (tu iPhone estará dentro de ti), creando literalmente una Mente Global, sin embargo esto sería a través de la controvesrial fusión entre el hombre y la máquina

We will interface with machines through thought signals. We will become nodes on a techno-network. We will be able to communicate with other humans merely by thinking to each other. Speech, as we know it, may well become obsolete.

Kevin Warwick, I, Cyborg (2004)

Una de las principales cosas que nos venden las compañías de tecnología es la sensación de interconexión, de estar en cualquier parte del mundo y poder comunicarnos con la personas que queramos de distintas formas, hasta el punto de que les podemos prácticamente compartir lo que vemos, esuchamos y sentimos. Y, sin embargo, hay un límite, un límite que también es parte central del cuestionamiento de la filosofía y la metafísica, el límite de nuestro pensamiento, de lo que sucede a nuestro interior, algo que se ha pensado es incomunicable. En el fondo yace aquí el deseo de ser el otro, de ser tú y traspasar las fronteras de la individualidad.

Pronto tal vez este límite del fuero interno sea extravasado y podamos conectarnos al cerebro de otra persona... llevemos nuestro iPhone dentro del cerebro y nuestras manos y nuestros pensamientos estén en todos lados (como un i-Shiva interpenetrando el éter comunicativo en señales eróticas de información).

Esto es lo que cree Michael Chorost, cuyo nuevo libro World Wide Mind, es parte de los libros destacados por el New York Times. Chorost, quien ha experimentado la primera fase de este hipotético proceso al tener un implante coclear (el cual convierte señales auditivas en señales eléctricas), cree que es posible convertir el World Wide Web en el World Wide Mind y crear un Internet neurológico donde transmitamos información directamente entre las personas; nuestros pensamientos, pero también nuestras sensaciones y emociones a través de señales neuroeléctricas.

Rodolfo Llinas, un neurocientífico de la Universidad de Nueva York, ha sugerido que ingenieros pueden insertar miles de mini alambres a un cable en la arteria femoral en la ingle y de ahí subirlo a través del flujo sanguíneo hasta el cerebro, como haciendo un angiograma. Mientras el cable entra en el cerebro, los alambres se esparcirían para que cada uno quede en un capilar. Una vez en su lugar, cada alambre podría detectar neuronas individuales disparando y alterar su disparo pulsando una descarga de elctricidad.

“Una flor germinando dentro del cerebro, tallos nanométricos dividiéndose de un tronco micrométrico. Expandiéndose a cada capilar disponible, tocando cada milímetro cúbico del cerebro, recolectando terabytes de información cada segundo. Y al mismo tiempo enviando terabytes de data cada segundo. Sería la interfaz más íntima jamás creada. Si conectaras el cerebro cableado de una persona a otra, podrías literalmente conectarlas entre sí; tendrían un verdaderos corpus callosum uniéndolas ( en realidad con enlaces de ondas de radio y no cables). Y si conectaras a un número de personas entre sí vía el Internet, tendrías una red en la que cada nodo es un cerebro humano. La World Wide Web se convertiría en la World Wide Mind”.

Chorost cree que si este método de nanocables no es suficientemente efectivo se podría optar por alterar genéticamente las neuronas para que puedan ser controladas por fuentes de luz implantadas en el cráneo y en el cerebro. Una tecnología así podría leer las nueronas y controlarlas de forma inalámbrica.

Evidentemente existe una enorme polémica sobre esta fusión del hombre con la Red, por una parte la necesidad que tienen los cuerpos del contacto físico. Sin embargo Chorost dice que esta tecnología sería incluso más íntima en su interrelación y su interpenetración del cuerpo que el contacto físico. Se podrían transmitir paletas emocionales y sensoriales mucho más complejas, en las que intervendría un coeficiente íntimo a través de la neurorretroalimentación, creando un circunfuego de estímulos. Hacer el amor conectados al mismo nodo podría ser una interfaz al acto siempre deseado de la fusión total de los amantes. La pregunta de ¿qué sentiste? Podría ser por primera vez respuesta cabalmente.

Por otra parte la fácil formación de adicciones a estra conectados, como en la película Strange Days, a ver através de los ojos de los demás o a recibir sus transestímulos. Si hoy en día somos adictos a Facebook o abrir nuestros mails por la pequeña descarga de dopamina que nos otrorga, esto se podría exponenciar.

Además, queda la cuestión moral-espiritual de la fusión entre el hombre y la máquina, el transhumanismo rampante, el seleccionar como vía telepática y de compartir información solamente la tecnología y no la capacidad del cuerpo humano para realizar estas mismas proezas de forma natural.

El teólogo jesuíta Pierre Teilhard de Chardin imaginó hace más de 60 años su propia versión del Internet humano-planetario y lo llamó la noósfera, la esfera donde circulan todos los fenómenos de la inteligencia planetaria.

"Nadie puede negar que una red mundial de afiliaciones económicas y psíquicas se está tejiendo a una velocidad creciente, la cual envuelve y constantemente penetra con mayor profundidad dentro de nosotros. Cada día que pasa se vuelve un poco más imposible para nosotros pensar o actuar de otra forma que no sea colectivamente" -Teilhard de Chardin.

Teilhard de Chardin tenía una visión cósmica evolutiva de la materia a través de la complejificación que la acercaba al punto omega. Entre más complejidad, más conciencia y más integración con la unidad, lo que el llamaba el Cristo Cósmico. La evolución sería también psíquica, nuestros cerebros no necesitarían tener un iPhone conectado serían ese iPhone de forma natural.

Marshall Mcluhan y otros grandes teóricos de la comunicación que anticiparon el Internet veían en la visión de Teilard de Chardin la formación de una conciencia colectiva planetaria, donde la Tierra misma sería el Internet y nosotros los nodos o neuronas.

En la tradición hinduísta se habla del collar de perlas de Indra, un collar en el que cada perla no sólo refleja todas las otras perlas, sino cada reflejo que se forma. Una especie de joyería holográfica que permea el universo.

¿Quizás este sueño de intimidad absoluta, interconexión e interpenetración ya existe? Es posible que ya estamos todos conectados al Internet planetario a través de nuestra tecnología corporal y el campo magnético de la Tierra: estudios científicos muestran que el ADN exhíbe propiedades telepáticas y se teletransporta; los electrones de los cuales estamos hechos forman lo que se llama un estado de entrelazamiento cuántico, un estado de inseparabilidad en el que se transmite información instantáneamente sin importar la distancia. ¿Acaso no sería bastante molesto insertar una de esas flores-cables al cerebro o alterar genéticamente nuestras neuronas, especialmente si existe en nosotros ese potencial de superar naturalmente la barrera de la materia y la distancia y estar juntos en el éxtasis electrónico de nuestra propia sínapsis aumentada?

Quizás el siguiente avance tecnológico en el horizonte debería de ser el que pregonaba Teilhard de Chardin:

“Algún día después de dominar los vientos, las ondas, las mareas y la gravedad, el hombre logrará canalizar las energías del amor, y entonces, por segunda vez en la historia, el hombre descubrirá el fuego”.