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El placebo funciona incluso si los pacientes saben que es placebo

Salud

Por: pijamasurf - 12/25/2010

Autodosifícate con mentas mentales programadas por ti mismo para curar lo que quieras o dosificate en colectivo; el placebo consciente muestra, además del poder de la mente, el poder del ritual

El placebo, esa menta mental, funciona incluso si los pacientes saben que la sustancia que están tomando no tiene ningún ingrediente activo. Un reciente estudio de la escuela de medicina de Harvard sugiere que el efecto placebo puede provocarse sin la necesidad de engañar a las personas, como anteriormente se pensaba, abriendo la puerta para aplicaciones médicas que podrían parecerse a un juego de magia de niños  y sin que esto demerite su efectividad.

El profesor Ted Kaptchuk dividió a 80 pacientes que padecen síndrome del intestino irritable en dos grupos: uno que no recibió ningún tratamiento y otro que tomó una pastilla de placebo dos veces al día, a sabiendas que estaba tomando una pastilla con una sustancia inerte, como pastillas de ázucar. Estas pastillas de placebo ya habían logrado resultados en pruebas en las que los pacientes de este síndrome no sabían que estaban tomando placebo, en lo que se cree son lo efectos autocurativos de la mente-cuerpo.

Las pastillas, dice Kaptchuk, incluso tenían impreso la palabra 'placebo' y se les dijo a los pacientes que no tenían que creer en el efecto placebo, sólo tomar las pastillas.

Los resultados mostraron que las pastillas de placebo fueron más efectivas en aliviar los síntomas en comparación con no recibir ningún tratamiento. Los pacientes mostaron mejoras a la mitad y al final de las pruebas. Casi el doble de los pacientes que recibieron placebos mejoraron a diferencia de los que no recibieron ningún tratatmiento. Aún más notable es que los pacientes que recibieron placebos duplicaron su promedio de mejora al logrado con medicamentos para tratar el síndrome de intestino irritable.

La efectividad del placebo autoconsciente abre la puerta a un tratamiento de placebo sin los problemas éticos que supone engañar a un paciente al darle una sustancia sin ingredientes activos que de todas formas funciona. Un estudio del British Medical Journal encontró que aunque son pocos los doctores que usan pastillas de placebo o inyecciones, casi la mitad de los doctores prescriben tratamientos que consideran no tienen efectos científicos en los pacientes pero que son usados efectivamente como placebos (una forma de canalizar la autocuración).

Este estudio además sugiere que no sólo el pensamiento positivo tiene efectos en la salud, sino también el ritual médico rinde beneficios, como si una pastilla en blanco pudiera ser programada solamente por la intención -como un vehículo- de los pacientes que sabiendo que es un placebo, aún así quieren curarse y logran hacerlo a través de un agente externo o interfaz en el que proyectan sus deseos. El poder  delritual es algo que merece ser estudiado, el hecho de repetir un acto con constancia, de ejercer una disciplina, es una forma de programar al organismo: en este caso el programa que se consume sería curarse de una enfermedad. Es posible llevar el placebo -con cierta frescura mágica- a la vida cotidiana y autoprogramarse para diferentes actividades o proyectos, como demuestra este estudio, lo único necesario probablemente sea un ritual.

Vía The Guardian

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Científicos confirman que el cerebro humano es cada vez más pequeño. ¿Está disociado el tamaño de este órgano de la inteligencia o realmente vivimos un proceso de involución?

A pesar de que muchos pensarían que la evolución de la humanidad es una constante ineludible —y que el crecimiento de nuestro cerebro es una prueba de ello—, lo cierto es que la realidad dista de estas afirmaciones, o al menos de una de ellas. Por un lado se ha comprobado que el tamaño del cerebro no es proporcional a la inteligencia desarrollada por el animal o la persona en cuestión, pero también es cierto que la inteligencia de ciertas especies parece tener alguna relación con sus dimensiones cerebrales.

Reflexiones en torno a este fenómeno se han revitalizado tras la confirmación científica de que el cerebro humano se encuentra en un franco proceso de encogimiento. El hombre de Cromagnon, que habitó en algunas zonas de Europa hace aproximadamente 25,000 años, ostentaba el mayor cerebro que haya poseído cualquier versión humana. En contraste, actualmente las personas tenemos un cerebro al menos 10% menor que el de nuestros lejanos ancestros.

Hasta ahora los investigadores no han podido determinar con precisión cuáles son las implicaciones de esta tendencia registrada a lo largo de milenios. Existen algunos que consideran que, contrariamente a lo que nuestro ego evolutivo ha supuesto a lo largo de la historia, tal vez en realidad estemos inmersos en un proceso de “estupidización”.  El científico cognitivista David Geary afirma que la complejización de nuestra sociedad, proceso acompañado por el surgimiento de múltiples comodidades, ha provocado que los individuos requieran de menos inteligencia para sobrevivir y que a causa de esto quizá la sabia naturaleza esté limitando nuestras capacidades.

En contraste con la postura de Geary, Brian Hare, antropólogo del Instituto de Ciencias Cerebrales de la Universidad de Duke, cree que el encogimiento de nuestro cerebro en realidad refleja una ventaja evolutiva. “Un cerebro más pequeño es una muestra de selección contra la agresión. Otra forma de decirlo es que aumenta nuestra tolerancia”, afirmó Hare en entrevista con NPR.

De acuerdo con esta segunda teoría, cuando una población experimenta este proceso de selectividad evolutiva para reducir su nivel de agresión, navega hacia la domesticación. Como ejemplo Hare cita los estudios que ha realizado con chimpancés y bonobos. Los segundos tienen un cerebro más pequeño y son mucho menos agresivos. Y mientras ambos tienen la habilidad cognitiva para resolver un rompecabezas, los chimpancés no pueden lograrlo si se trata de trabajar en equipo mientras que los bonobos sí acceden a la coordinación colectiva en torno a un objetivo compartido.

Pero más allá de la disyuntiva alrededor de las dimensiones cerebrales y su relación con un grado mayor o menor de inteligencia dentro de una especie, parece que esta discusión debiese ser aprovechada para detenernos un instante a reflexionar sobre la actual condición humana y en consecuencia contrastarla con momentos anteriores de nuestra historia.  Quizá la mejor variable que podríamos utilizar como criterio para evaluar objetivamente nuestra evolución como raza humana sea la calidad de vida. Y si analizamos objetivamente la circunstancias del escenario actual, la comparación parece no ser tan favorable.

Douglas Rushkoff, el lúcido teórico de los medios,  en su libro Life Inc enfatiza el hecho de que, contrariamente a lo que nos enseñan en la escuela, durante la Edad Media la población promedio gozaba de una mayor calidad de vida que la disponible hoy en día. Dice, por ejemplo, que la gente de la Europa medieval estaba mucho mejor alimentada que el promedio del actual Occidente. Pero, además, nuestros antepasados del medievo disfrutaban de una vida con menor estrés, mantenían una relación mucho más saludable con el entorno natural y, por si fuera poco, disponían de mucho más tiempo libre para dedicarse a actividades recreativas y familiares. Todos ellos factores que podrían sugerir una calidad superior de vida que la nuestra a pesar del paraíso artificial de lujos y comodidades que nos hemos esforzado por construir en la actualidad.

Tomando en cuenta lo anterior, y sumándole distintos factores que padecemos hoy como una decadente alimentación cuya calidad se ve cada vez más amenazada por el desarrollo de transgénicos y la inclusión de hormonas, un desarrollo tecnológico que invariablemente privilegia los objetivos bélicos, una sobredosis de estímulos culturales que parecerían destinados a confundir el espíritu, y el surgimiento de nuevas y sofisticadas enfermedades relacionadas a pésimos hábitos cotidianos que hemos adoptado como parte de un estilo de vida contemporáneo, lo cierto es que bien podríamos pensar que nosotros, los humanos, hemos sido capaces de construir con nuestra existencia un espectacular monumento a la involución.

Más allá de especulaciones, lo cierto es que ante la interrogante “¿Somos cada vez más estúpidos?” responder es tristemente difícil.

Con información de NPR