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Doble o nada: las mellizas que comparten novio y gastan miles de dólares en ser aún más parecidas (FOTOS)

Por: pijamasurf - 03/13/2014

Las hermanas Lucy y Anna DeCinque son un ejemplo de que la muerte del yo también puede darse a partir de integrar un yo colectivo: una personalidad escindida de la que ninguna de las dos es expresión última.

Tal parece que la identidad genética no fue suficiente para un par de mellizas australianas, quienes en conjunto han gastado más de $200 mil dólares en cirugías plásticas para moldearse una a la imagen de la otra —el problema viene cuando tratas de saber cuál es cuál, pues su obsesión identitaria, por llamarla de algún modo, o su compartir cada aspecto de la vida, llega al punto en que tienen una misma cuenta de Facebook, duermen en la misma cama y tienen un mismo novio.

"Hay tres personas en nuestra relación. Estamos compartiendo", dice Anna DeCinque, quien está de acuerdo con su hermana Lucy en que "tenemos el mismo gusto en todo, así que obviamente nos va a gustar el mismo chico también."

Las mellizas de 28 años nacieron con un minuto de diferencia, y desde entonces han sido inseparables, al grado de hacerse colocar los mismos implantes de senos, el mismo trabajo en los labios y el mismo diseño de tatuaje para las cejas.

Las hermanas viven con su madre de 71 años en la ciudad de Perth y trabajan sirviendo comida en un albergue para ancianos, pero incluso aquí viven como si fueran una sola, dividiendo el horario de trabajo y la paga. Todo lo que ganan lo gastan en ropa y cirugías: dos muñecas como dos gotas de plástico.

En un mundo donde la premisa de la individualidad y la diferencia rige las decisiones existenciales y de consumo, es curioso ver que en las hermanas DeCinque, la individualidad se exprese en una búsqueda de ser indiferenciables una de otra. Como una especie de muerte del yo individual en favor de la exaltación de un yo colectivo o bipartita, del cual ninguna de las dos es expresión completa.

 

Infierno bajo tierra: el incendio subterráneo que arde desde hace 6 mil años

Por: pijamasurf - 03/13/2014

Miles de incendios subterráneos queman toneladas de carbón bajo tierra, liberando en ocasiones su devastadora y espectacular furia.

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El pueblo abandonado de Centralia, Pennsylvania, alberga uno de los incendios de mina de carbón a cielo abierto más longevos del mundo. Comenzó en 1962 y 52 años (y mucho carbón) después, aún sigue echando humo —lo que ha llevado a más de uno a comparar a Centralia con el pueblo ficticio de Silent Hill del videojuego homónimo donde un pueblo está perpetuamente cubierto de humo.

Sin embargo, Centralia es apenas una chispa comparado con el infierno que tiene lugar en Burning Mountain, en Australia, cuyas llamas subterráneas han estado encendidas por 6 mil años.

La imagen con que abrimos esta nota corresponde a Burning Mountain, con numerosas pero pequeñas salidas de humo —azufre venenoso que indica la localización de estas llamas casi perpetuas, a 21 metros por debajo de la superficie. Pero 11 mil kilómetros al sur de Burning Mountain se encuentra otro yacimiento de carbón que se incendió en febrero de este año, y que es mucho más espectacular por su potencia arrasadora, la cual ha movilizado a los bomberos de las cercanías para evitar que un incendio así de monstruoso se propague. Los bomberos, con todo, saben que detener el incendio de una mina de carbón es casi imposible.

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Se sabe, por ejemplo, que la Brennender Berg de Alemania ("montaña en llamas" en alemán) comenzó a arder en 1688, según la leyenda, a causa del descuido de un pastor. Pero las causas de un fuego son en realidad tan insondables como el momento en que habrá de apagarse, al menos tratándose de un fuego de la magnitud desproporcionada de las minas de carbón ardientes.

Existen ejemplos similares —aunque en menor escala— en China y la India. El peligro de estos incendios de carbón radica básicamente en que liberan elementos tóxicos como arsénico, flúor y selenio, lo que puede poner en peligro a poblaciones enteras. Algunas empresas del ramo energético han comenzado a interesarse en la posibilidad de aprovechar los gases resultantes, y los geólogos saben gracias a la escoria de hulla (el residuo no flamable del carbón) cómo se formaron numerosas superficies resistentes a la abrasión.

No hay que olvidar que nuestro planeta —al menos en su sección terrestre, visible— está montado sobre un teatro en llamas, que de vez en cuando asoma su peligrosa lengua ígnea.