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El sorprendente caso de la mujer que no puede reconocer su propio rostro

Por: pijamasurf - 05/07/2013

La prosopagnosia también conocida como "trastorno de reconocimiento de rostros" es uno de los desórdenes neurológicos más interesantes que la ciencia haya registrado.

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La mente humana es uno de los más complejos sistemas que podamos concebir: su hiperconectividad neuronal, su relación con las emociones, el procesamiento de información a través de la percepción, son solo algunos de los prodigios que incluye nuestro diseño mental. Pero también es cierto que su sofisticada ingeniería mantiene innumerables secretos que aún pasan desapercibidos o inexplicables a nuestro propio análisis racional. 

Entre los múltiples ‘desórdenes’ neurológicos que se tienen registrados, muchos de ellos bastante extravagantes, la prosopagnosia es uno de los más intrigantes –popularmente se le conoce como "trastorno de reconocimiento de rostros". Este fenómeno consiste, precisamente, en padecer una gran dificultad para reconocer rostros desconocidos, familares y, en algunos casos, incluso el propio reflejo en un espejo –cada caso tiene sus propias variables.

Heather Sellers es una mujer que padece prosopagnosia severa, de lo cual se enteró hasta que tenía 36 años –y gracias a que ella misma sugirió que tal vez correspondía a su padecimiento. Previo a esto fue diagnosticada con ansiedad y otros trastornos, ninguno de los cuales justificaba su condición.

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A pesar de lo exótica que parece este desorden, se calcula que el 2.5% de la población sufre en algún grado de prosopagnosia. Lo que sucede es que en muchos casos pasa desapercibida, ya que el cerebro utiliza un amplio mapa referencial para distinguir a una persona: “En muchos sentidos es un desorden sutil. Es fácil para tu cerebro compensar la falta de información con muchas otras cosas que puedes utilizar para identificar a alguien, por ejemplo el color del cabello, el movimiento corporal, o cierta vestimenta. Pero cuando te encuentras a esa persona fuera de contexto, entonces resulta socialmente devastadora” advierte Heather en entrevista para la revista New Scientist.

Si bien para una persona 'promedio' el reconocer a alguien representa un proceso automatizado (con elementos referenciales de por medio), lo cierto es que este 'simple' acto involucra el trabajo diversas regiones cerebrales: la corteza de asociación visual (construcción de imagen), los Hipocampos y regiones frontotemporales (comparación y activación de una sensación de familiaridad), las regiones temporo-parietales (encargadas de la memoria semántica) y el hemisferio izquierdo (activación de estructuras lingüísticas que codifican el nombre de la persona). 

Más allá de los neuro-tecnicismos, creo que la prosopagnosia resulta especialmente interesante porque el hecho de auto-reconocernos físicamente –fenómeno en el cual el rostro juega un papel fundamental–, se ve afectado directamente por está particularidad. De acuerdo con el neuropsiquiatra italiano Vittorio Guidano, la experiencia humana se procesa mediante dos conceptos: el “yo” y el “mí”[1]. Anteriormente Jung había referido al “yo” como “el centro del campo de la consciencia y, en la medida en que este campo comprende la personalidad empírica, el yo es el sujeto de todos los actos conscientes”[2].

“He estado en un elevador repleto de personas, con espejos a nuestro alrededor. De pronto una mujer se mueve, yo me aparto para cederle el paso hasta que compruebo que esa mujer soy yo” confiesa Heather, refiriéndose a su incapacidad de reconocerse a sí misma.

El cómo afecta el "trastorno de reconocimiento de rostros" a la formación del yo, sobre todo cuando no se es capaz de reconocer el propio, es un asunto que aún se encuentra en proceso de ser determinado (afortunadamente ya existen centros de investigación exclusivamente dedicados al estudio de este fenómeno, por ejemplo en la Universidad de Harvard y la Universidad College London). Lo que sí sabemos, gracias al testimonio de personas como Heather, es que la autorreferencialidad influye significativamente en el mapa de realidad individual. De hecho, ante la posibilidad de ser curada, ella recalca que ello implicaría reconfigurar su cartografía existencial por completo –aunque no por ello dejaría de celebrar la cura:

No puedo imaginar lo que tú ves cuando observas un rostro, y eso puede ser espeluznante. Reviso todo lo que he hecho, me ha costado mucho trabajo encontrar una manera de acomodar mi mundo. Y esto (curarse) implicaría reescribirlo todo. Pero también sería fascinante.

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En Pijama Surf hemos publicado un buen número de notas sobre la relación entre realidad (como algo independiente, per se) y percepción (como un filtro entre ese ‘absoluto’ y lo que nosotros captamos de él). El texto más reciente al respecto concluye que “La realidad no es tan falsa ni tan verdadera como pensamos” , es decir, se trata de un mix entre estos dos componentes fundamentales. El punto es que la percepción forma, al menos, la mitad de lo que conocemos como realidad. Y en esa dinámica el “yo”, cuya representación material encabeza nuestro propio rostro, actúa como una especie de brújula –algo así como el faro desde dónde observamos el gran teatro cósmico.

Aún después de conocer el caso de Heather, así como la existencia de esta neuroparticularidad llamada prosopagnosia, confieso que aún me cuesta trabajo el solo concebir la imposibilidad de mirarme a los ojos. A fin de cuentas ese arquetípico ejercicio de pararme frente a un espejo a observar mi propia mirada, sabiendo que es un encuentro de “mí conmigo mismo”, algo así como un tête-a-tête con el centro de mi auto-mandala, es una de las herramientas existenciales que más agradezco en la vida.

Twitter del autor: @paradoxeparadis



[1] El Sí-mismo en proceso: hacia una terapia cognitiva posracionalista. Ediciones Paidós. ISBN 9788475099750.

[2] «I. El yo». Obra completa. Volumen 9/2: Aion. Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Madrid: Editorial Trotta. pp. 7, § 1. ISBN 978-84-9879-219-5.

¿A dónde va la conciencia después de la muerte? La ciencia tiene nuevas hipótesis

Por: pijamasurf - 05/07/2013

Desde el punto de vista clínico, la muerte no es un instante completamente irreversible y la conciencia --así como sus múltiples tránsitos-- siguen siendo un enorme hoyo negro.

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por un minuto de vida breve

única de ojos abiertos

por un minuto ver

en el cerebro flores pequeñas

danzando como palabras en la boca de un mudo

Alejandra Pizarnik

La muerte no es un estado sino un proceso: desde el punto de vista médico, la muerte clínica no ocurre en un instante preciso, sino que se compone de una serie de condiciones que se dan paulatina y no simultáneamente. Durante un paro cardiaco, las células de tu cuerpo aún no se dañan por la falta de oxígeno; durante 50 años se creyó que la resucitación cardiopulmonar (RCP) sólo podía hacerse durante los primeros 10 minutos posteriores al evento --pero hoy se sabe que este periodo puede extenderse hasta 40 minutos o más sin daño para el cerebro. Por ello, desde un punto de vista médico, la muerte es reversible.

En ese lapso de tiempo que la gente pasa "en alguna parte" (es decir, entre la inconsciencia del infarto y la vuelta a la conciencia después de la resucitación) el debate sobre lo que ocurre es amplio y admite más preguntas que respuestas. Sam Parnia es médico y recientemente escribió el libro Erasing Death: The Science That Is Rewriting the Boundaries Between Life and Death ("Borrando la muerte: la ciencia que está reescribiendo las fronteras entre la vida y la muerte.) Recientemente concedió una entrevista para la revista Wired donde aborda algunos puntos que modifican nuestro entendimiento de la muerte y nos abren muchas más preguntas por resolver.

"La evidencia que tenemos hasta ahora es que la conciencia no se aniquila. Continúa por unas horas, aunque en un estado de hibernación que no podemos ver desde fuera." Parnia ha trabajado por años en salas de emergencia, además de ser investigador de la conciencia en el periodo después-de-la-muerte, como él la llama, que hasta ahora ha documentado eventos de este tipo en más de 25 hospitales de EU y Europa.

La evolución de lo que los médicos saben ha sido la clave para mejorar las técnicas de resucitación durante el último medio siglo. Hoy en día, por ejemplo, se sabe que bajar la temperatura del cuerpo mientras se le practica RCP ayuda a proteger el cerebro de daño cerebral debido a la falta de flujo sanguíneo, a la vez que da más tiempo al equipo de resucitación para trabajar. Mientras estos procedimientos siguen mejorando, mucha gente alrededor del mundo ha relatado experiencias sensoriales y de gran paz.

La gente tiene a interpretar lo que ven según su procedencia: un hindú describirá un dios hindú, un ateo no ve un dios hindú o al dios cristiano, sino algún ser. Diferentes culturas ven las mismas cosas, pero su interpretación depende en lo que crean.

Para Parnia, el hecho de que la conciencia continúe funcionando en un periodo de baja intensidad durante algún tiempo después de que el corazón se detiene no implica que toda la gente experimente y cuente las mismas vivencias sensoriales; pero a pesar de las diferencias, cree que el saber que estas experiencias existen en todos los casos debería ayudarnos a aceptar la muerte como algo mucho más amable y tranquilizante de lo que usualmente se le piensa.

Es tal vez el miedo al dolor y a la incertidumbre sobre las circunstancias lo que nos vuelve aprehensivos frente a la idea de morir; pero la ciencia está demostrando que al menos los primeros instantes después de que desaparecen las funciones cardiacas no es tan aterrador después de todo.

A través de la historia, tratamos de explicar las cosas de la mejor manera que podemos con las herramientas de la ciencia. Pero científicos más objetivos y de mente más abierta reconocen que tenemos nuestras limitaciones. Sólo porque algo es inexplicable para la ciencia actual no significa que sea supersticioso o equivocado. Cuando la gente descubrió el electromagnetismo, fuerzas que no podían ser vistas o medidas, muchos científicos se burlaron.

[Wired]