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¿Cómo se construye la realidad? (estímulo + percepción + procesamiento): Nuestro cerebro resuena, literalmente, con el entorno, existe una relación de correspondencia oscilatoria entre lo que esta afuera y lo que esta adentro (de nuestra cabeza).

Desde cierta perspectiva, los seres humanos funcionamos bajo un modelo pendular, regido por patrones cíclicos que determinan un cierto cause de estímulos. Nuestras funciones corpóreas oscilan resonando con los ritmos del medioambiente –en una dinámica que depende, en buena medida, de la presencia de luz o oscuridad, es decir día o noche, pero también incluidas otras variables como temperatura, altitud, etc–, y las condiciones naturales del entorno mantienen una injerencia significativa en nuestra percepción y y en nuestra conducta.

Un paso más allá, dejando atrás las funciones meramente corporales y penetrando la región del comportamiento neuronal, o cognitivo, muchos de nosotros sabemos que, por ejemplo, la capacidad de concentración que logramos desplegar varía según el momento del día, algunos logramos enfocar nuestra mente en una tarea en particular durante las mañanas, otros por el contrario somos más nocturnos.  De algún modo parece que los ritmos circadianos, ese rítmico oscilar de las variables biológicas impresas en nuestro cuerpo, actúan como un protocolo, cíclicamente dinámico, que moldea una porción considerable de nuestra existencia –o que al menos marca la pauta de las inercias perceptivas y conductuales–. 

Pero ¿qué tan íntimo es el diálogo que mantiene nuestro cerebro con el medioambiente? ¿qué tan profunda es la sintonía rítmica entre nuestro cerebro y el entorno? Interrogantes similares a esta son, imagino, las que llevaron a los científicos Molly Henry y Jonas Obleser, del Max Planck Research Group “Auditory Cognition”, a realizar un experimento para determinar el grado de resonancia entre el ambiente (afuera) y la actividad cerebral (adentro), particularmente enfocado en la relación entre el entorno sonoro y el procesamiento neuronal de los sonidos.

Tras exponer a un grupo de voluntarios a sonidos sutiles, los investigadores comprobaron que existe una correlación directa entre el estímulo externo, en este caso el sonido, la capacidad de percibirlo, es decir lo que se refiere al procesamiento cerebral de dicho estímulo, y los ritmos del cerebro. "Las incrementos y decrecimientos de la actividad cerebral. Estos regulan nuestra capacidad de procesar la información entrante", explica Henry Molly, mientras que Jonas Obleser añade "a partir de estos resultados, se desprende una conclusión importante: Todas las variaciones acústicas que encontramos parecen conformar la actividad de nuestro cerebro. Al parecer, nuestro cerebro utiliza estas fluctuaciones rítmicas para estar mejor preparado para el procesamiento de la venidera información importante".

En pocas palabras, según lo que yo entiendo, es como si la realidad perceptible resultara de una especie de ecuación interactiva entre lo que 'hay', lo que percibimos que hay, y el procesamiento de dicha data. Más allá de las significativas repercusiones que este descubrimiento podría tener en el futuro de la ciencia médica orientada a problemas auditivos y a procesos neuronales, el experimento resulta fascinante en nuestro intento de entender como es que construimos la realidad. De algún modo se sugiere que la realidad no es "real" ni absoluta como tal, pero tampoco es una mera construcción perceptiva. Más bien se trata de un hiper-sofisticado cocktail en el que participan al menos tres ingredientes (el estímulo, la percepción, y el procesamiento).

Hace poco escribía sobre la posibilidad de que las personas estamos, permanentemente, alucinando –actuando de acuerdo a una realidad que no existe independientemente de nuestra interpretación–. Hoy, en cambio, creo que la realidad es producto de una exuberante sinergia entre ingredientes, una especie de pirámide traslúcida cuya punta es el aquí y cuya base es el ahora. Mañana no se cual será mi conclusión provisional, pero ese nomadismo interpretativo es el que dota a nuestra existencia con una esencia ineludiblemente mágica: las delicias del tal vez.  

Twitter del autor: @paradoxeparadis 

 

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El campo de batalla del futuro: tu cerebro

Por: pijamasurf - 12/12/2012

La tecnología militar lleva la vanguardia históricamente en la innovación y la intersección entre la neurociencia y la cibernética parece ofrecer un interesante campo de desarrollo: en el futuro ti cerebro podría ser hackeado por el enemigo

Joint Base Lewis McChord / Flickr

La guerra ha sido una de las actividades que más caracterizan a la especie humana, una de las formas en que evolucionó el afán de supervivencia, la lucha perpetua por los recursos que aseguren la subistencia en este mundo. Y si bien, por siglos, el campo de batalla fue el territorio mismo, el terreno como tal, en el futuro, en los años que se encuentran más cerca de lo que quisiéramos, la guerra se librará en las personas mismas (¿como ya sucede?), en su interior, en el órgano que defines quiénes somos: nuestro cerebro.

Ese es el objetivo de varias entidades enfocadas en el desarrollo de biotecnología, de interfaces cerebro-computadora que generan una simbiosis entre el cuerpo y las máquinas.

Por ejemplo, el proyecto Human Conectome Project, que si bien tiene propósitos humanitarios, en su propósito de conectar al cerebro con sistemas robóticos tiene, paralelamente, implicaciones bélicas. Si bien una de estas interfaces podría ayudar a que un soldado opere una prótesis robótica para un miembro perdido en el combate (un brazo, una pierna), este mismo recurso puede hackearse y reconfigurarse para matar.

Barnaby Jack, experto en seguridad, ha demostrado la vulnerabilidad de estos sistemas, la facilidad con que la biotecnología de estimulación craneal profunda o nerviosa puede volverse en contra de su propio usuario.

Otros experimentos han probado que es posible controlar drones aéreos y exoesqueletos de metal solo con la mente, lo cual llevaría el combate a un nivel muy distinto del que se ha ejercido hasta ahora, planteando escenarios en los que una guerra, desde cierta perspectiva, se libraría solo con el pensamiento.

La imaginación es poderosa y no parece descabellado suponer mecanismos que permitan manipular a las personas, obligar a soldados a que disparen el arma que llevan contra su voluntad, o que alguien revele información que había jurado mantener en secreto (con procedimientos mucho más sencillos que la tortura, mucho más efectivos y que quizá no dejarían rastro).

La neurociencia, en efecto, tiene un cariz sumamente admirable, que podría traer consigo beneficios que nunca antes el ser humano había creído posibles, pero igualmente, como ha sucedido a lo largo de la historia con el conocimiento científico, sus descubrimiento y desarrollos podrían volverse perjudiciales y alimentar esa parte de nuestra civilización que mantiene una tensión perpetua entre quienes buscan erradicarla y quienes obtienen beneficio del conflicto.

[Wired]