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La música es medicina: sobre las propiedades medicinales, comprobadas, de este arte

Por: Javier Barros Del Villar - 04/03/2013

Un extenso análisis de 400 estudios científicos, postula a la música como una de las más grandes herramientas medicinales que tenemos; ojalá esto detone una nueva era médico-musical.

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Hace unos 2500 años, Platón advertía que "La música es una ley moral. Dota de alma al universo, de alas a la mente, permite a la imaginación volar, da encanto y alegría a todas las cosas, a la vida misma”. Pero entre las bondades que adjudica acertadamente a este arte, uno de los grandes iniciados de la antigua Grecia olvidó mencionar que también, como dice el viejo adagio, la música es medicina.

Recientemente publicamos una serie de beneficios que la música aporta a nuestra mente, entre ellos mitigar la ansiedad y acentuar la alegría. Sin embargo, de acuerdo a un nuevo análisis de 400 reportes científicos anteriores, el cual realizaron psicólogos de la McGill University, en Canadá, parece que hoy tenemos argumentos contundentes para postular a la música como una efectiva herramienta de sanación.

Curiosamente, al menos desde que el hombre tuvo acceso a reproducir música con cierta autonomía, supongo que mediante el fonógrafo,  la música ha sido uno de los medicamentos que mayor auto-prescripción han inspirado. ¿Cuántos de nosotros no recurrimos cotidianamente a incentivar o matizar un estado anímico, para calmarnos o para excitarnos, dosificándonos con un cierto track para ello? Y si bien desde hace tiempo se emplean estímulos musicales dentro de contextos médicos, por ejemplo para favorecer la relajación o disminuir el dolor físico, lo cierto es que hasta ahora este era un recurso de algún modo ‘intuitivo’.

Las conclusiones obtenidas a partir de este extenso análisis fueron publicadas por Mona Lisa Chanda y Daniel Levitin, bajo el título The Neurochemistry of Music. Los autores lograron identificar cuatro áreas médicas en las que la música puede servir concretamente:

1. Recompensa, motivación y placer: por ejemplo, ayudar a tratar desórdenes alimenticios.

2. Estrés: reducir ansiedad.

3. Inmunidad: fortalecer nuestro sistema inmunológico

4. Afiliación social: facilitar la construcción de lazos afectivos y la cooperación.

Dichas áreas están conectadas con sus respectivos sistemas primarios neuroquímicos: dopamina y opiáceos, cortisol, serotonina y oxitocina.

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Entre el acervo de estudios que determinaron diversas bondades neuromusicales, Chanda y Levitin reportan, por ejemplo, quince estudios que prueban que la música relajante reduce la presencia de cortisol (la hormona que produce el estrés) en las personas. También citan otra investigación que confirmó que participar en sesiones colectivas de percusiones revierte ciertos efectos del envejecimiento. Pero tal vez el más preciado ‘re-descubrimiento’, es un estudio donde se prueba que aquellos pacientes que escucharon música placentera previo a recibir una cirugía mostraron menores niveles de ansiedad incluso frente a aquellos pacientes a quienes se dosificó Valium en circunstancias similares.

Esto último sugiere la posibilidad de que la música se consolide como una herramienta terapéutica en sustitución de las decenas de fármacos que en la actualidad se consumen masivamente (anti-depresivos, ansiolíticos, etc), eludiendo así los efectos secundarios de estas sustancias y evitando que familias desembolsen sistemáticamente dinero para surfear el ánimo en esta era de la post-post modernidad.

Creo que el gran valor de este análisis que repasa cientos de estudios sobre la relación entre mente y música, es que no solo atrae nuevamente el reflector a las virtudes terapéuticas del ‘arte del sonido’, sino que realmente podría inaugurar una era de medicina musical, en la cual este instrumento se adopte no solo como complemento, sino como un elemento protagónico en distintas circunstancias y procesos médicos.

Desde hace varios años abandoné relativamente el hábito de escuchar la radio. Mi argumento ha sido que, al reconocer una significativa influencia de la música en mi estado de ánimo, era absurdo legar esa responsabilidad a un tercero. Los días melancólicos en los que quiero penetrar aún más ese estado, entonces recurro, por mencionar un ejemplo, a música de Cocteau Twins o las suites para chelo de Bach. En cambio, si lo que quiero es hackear esa tendencia anímica, para envolverme en un animo proactivo, entonces me receto algo más en la línea de Violent Femes o incluso el Papua Nueva Guinea, de FSOL. Si la premisa es la oneironáutica, me incentivo con algo como Casino Versus Japan, y si lo que necesito es una sanadora instrospección entonces me voy por algunas piezas de dark ambient. Para nutrir la noche con ligereza despierta prefiero el jazz, tal vez Coltrane, si se trata de invocar lucidez entonces opto por Biosphere o  los selectos trabajos ambientales de Aphex Twin, pero si lo que necesito es, en cambio, un poco de arrojo nihilista, entonces no dudo hacer sonar a Velvet Underground. 

Independientemente de tus gustos musicales (supongo que la mejor es la que más te gusta), el punto es aprovechar, pragmáticamente, las virtudes de la música como herramienta de modulación anímica, ejercicio que ahora ha sido re-confirmado por la ciencia, y que en la práctica ha resultado siempre deliciosamente efectivo.   

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar 

 

La sodomía puede hacer más sensibles a los hombres heterosexuales

Por: pijamasurf - 04/03/2013

La estimulación prostática puede producir gran placer entre sus practicantes, si estos son capaces de superar los tabúes relativos a la construcción de la masculinidad desde su propio cuerpo y el de sus parejas.

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La construcción de la masculinidad en la sociedad moderna asigna ciertos roles y prácticas propios de los hombres, y otros que serían impensables; en su libro The Ultimate Guide to Prostate Pleasure: Erotic Exploration for Men and Their Partners, Charlie Glickman y Aisinn Emirzian proponen que la exploración anal en hombres heterosexuales puede ayudar a mejorar la seguridad en la propia masculinidad, así como a derribar tabúes y construir una relación más próxima con sus parejas femeninas.

En las sociedades patriarcales y machistas, llamarle a un hombre "niñita" o "maricón" es un insulto porque simbólicamente la masculinidad se pone en cuestión. En inglés, palabras como "pussy" o "cunt" hacen igualmente visible esta concepción de lo masculino como algo que debe demostrarse e incluso presumirse. Por otro lado, el insulto en inglés "asshole" (ano) no es tan efectivo cuando se utiliza contra las mujeres, pues hombres y mujeres tienen anos, pero los hombres heterosexuales lo reciben con una carga homofóbica a través del temor a verse a sí mismos feminizados y privados de su masculinidad al ser el "receptáculo" del otro.

"La idea de que la penetración es un acto de dominación está casi con seguridad unida al sexismo y a la noción de que el papel de la mujer es inferior. Muchos hombres han absorbido estas ideas a nivel inconsciente. Incluso si un hombre no piensa en la dominación cuando penetra a su pareja (hombre o mujer), aún puede tener dudas cuando se trata de cambiar roles, porque teme que esto signifique perder su masculinidad si le toca 'recibir' en vez de 'dar'", afirman Glickman y Emirzian.

Estas ideas homofóbicas no existen solamente en el inconsciente de los hombres, sino también en el de las mujeres en una relación heterosexual: ¿qué pensarías si tu "macho" te pide que le metas un dildo por el trasero? ¿Lo haría más atractivo frente a ti o pensarías que efectivamente está perdiendo sus atributos masculinos asociados con la dominación? ¿Te haría sentir más poderosa, te haría creer que él es gay en secreto?

Aunque todas estas dudas estén sobre la mesa, los investigadores insisten en que sólo pueden resolverse sobre la cama: la cultura homofóbica parece retroceder poco a poco, lo que lleva a una apertura sexual entre las parejas jóvenes, así como a discutir sobre el placer sexual y el rol de cada uno. Según el estereotipo tradicional, el hombre en una relación heterosexual se preocupa de su desempeño (erección, duración del coito, cantidad de penetraciones, es decir, preocupaciones de índole estadística) mientras las mujeres se preocupan de su apariencia y el cómo son percibidas por su pareja. A pesar de que estos estereotipos sigan operando, los investigadores creen que la comunicación en las parejas es mayor en nuestros días que en el pasado.

Para Glickman, la exploración anal en hombres implica una transformación radical del sexo heterosexual: "Para los hombres que nunca han estado en el lado receptor de la penetración, el sexo es algo que ocurre fuera del cuerpo. Y cuando el sexo es externo a tu cuerpo es más fácil hacerlo cuando tienes jaqueca o no estás de humor. Muchos hombres descubren que cuando el sexo se trata de recibir en lugar de dar, su humor, sus emociones y su conexión con la pareja pueden tener una influencia mucho mayor sobre lo que quieren hacer y cómo se siente." En términos prácticos, la exploración del lado receptivo en la sexualidad masculina permitiría que los hombres valoraran más los juegos previos, para experimentar en sus propios cuerpos todo el proceso que va de la relajación a la aceptación de un cuerpo externo (un pene o un dildo) dentro del propio cuerpo.

La inversión de los roles tradicionales no es extraña para culturas antiguas. Mircea Eliade afirma que "los disfraces intersexuales y la androginia simbólica" son parte de una totalización ritual, "una reintegración de los contrarios, una regresion a lo distinto primordial... de la unidad no diferenciada que precedía a la creación", con lo cual se atraía la fertilidad agrícola, pero también la superación de la dicotomía propia de lo humano para entrar en la revelación mística. Sin intención de banalizar o descontextualizar el argumento de Eliade, la exploración de las cavidades más recónditas del cuerpo masculino podría ser no solamente una clave para el mejoramiento de las relaciones heterosexuales, sino la recuperación de una práctica ritual de la antigüedad, que primaría la unidad del cuerpo humano más allá de su compartimentación en zonas erógenas aceptadas por inercia ideológica.

[Jezebel]