*

X

10 sospechosos de colocar las bombas en Boston (y un escritor que imaginó el atentado hace 11 años)

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/18/2013

La información en torno a los responsables del atentado en el Maratón de Boston comienza a fluir, solo que a cuentagotas. Pero en un fenómeno que sin duda revela el poder que el ciudadano común tiene gracias a Internet ―de entrada en el ámbito informativo y, en el mejor de los casos, de conocimiento, así sea que este inicie como especulación― algunas imágenes sospechosas circulan ya en las redes sociales, especialmente en Reddit y 4chan, caracterizadas desde siempre por cierta combatividad en los contenidos compartidos.

Varios usuarios de dichos sitios han compartido fotografías de personas que por sus actitudes, ademanes o cambios entre un momento y otro podrían ser los responsables de colocar los explosivos en las inmediaciones de la meta. En todos los casos se explican los motivos que hacen pensar en esta presunta culpabilidad.

Por otro lado, también por Internet se ha dado a conocer la sorprendente coincidencia protagonizada paralelamente por Tom Lonergan, un escritor que hace 11 años publicó la novela Heartbreak Hill: The Boston Marathon Thriller, la cual tiene como motor ficticio un atentado terrorista en el Maratón de Boston perpetrado por una organización de extrema derecha. “¡Dios mío! ¡Como lo predije!”, escribió Lonergan a The Huffington Post apenas se enteró de lo ocurrido el pasado lunes 15.

Según el escritor, su historia se le ocurrió por vez primera a mediados de los 90, luego de que él mismo participara en un par de ocasiones en la tradicional competencia. Sin embargo, fueron los sucesos del 9/11 los que por fin lo empujaron a escribirla; en 2002 la publicó por cuenta propia. En la novela de Lonergan, sin embargo, el atentado no se consuma, pues el grupo terrorista no alcanza a detonar los explosivos.

Con todo, el mismo escritor se asusta ante la posibilidad de que los responsables de lo sucedido en Boston hayan encontrado algún tipo de inspiración en su relato.

También en Pijama Surf: ¿Por qué la tragedia de Boston nos conmueve y los niños y mujeres muertos en Afganistán e Irak no?

Con información de IB Times y RT

La biblioteca doméstica, en su presencia o en su ausencia, es un símbolo poderoso de la formación personal, un espacio que aguarda pacientemente a que lo descubramos o lo construyamos, a que lo volvamos parte indeleble de nuestro propio ser.

biblioDe las bibliotecas de los hogares, a ésas quiero referirme. Al mueble cargado de libros; al mueble previsto para cargar, de lomo, libros.

Conozco quizás demasiados estudios sobre hábitos de lectura, compra de libros, páginas o palabras leídas por persona en tal o cual período, etc., pero no conozco ni un estudio que me cuente en cuántos hogares de alguna población determinada hay al menos una mínima expresión estable de biblioteca. Introducir a mi lector por un par de minutos en esta cuestión es el objeto de esta breve nota.

Probablemente esté demasiado influido por el mito borgiano de la biblioteca paterna, que también fue la biblioteca de mi padre. Biblioteca en el sentido más material de la noción: libros acomodados (si algo desacomodados, mejor) de lomo, unos tras otros, con algún orden, que es el orden y el desorden de la lectura pero que no es el orden de los tamaños o de los colores, ni tan siquiera el de las colecciones, porque eso ya casi no es biblioteca.

Creo profundamente en el valor simbólico de las bibliotecas en esto de promover la lectura; creo en eso quizás más que en cualquier otra cosa. Creo en eso porque creo en las determinaciones simbólicas y porque creo en la eficacia de los mensajes elípticos, subliminales –si se quiere-. Creo que un padre (o una escuela) dice más por su biblioteca que por sus por lo general convencionales proclamas en favor de los favores de la lectura y los libros. Creo en eso así como creo más en el mensaje del aura de las catedrales que en cualquier sermón de turno, a la hora de pregonar el valor de fe.

Para empezar –digo-, que la biblioteca tenga físicamente su lugar perenne. Luego, si queremos seguir profundizando, convendría adjuntar algunos otros detalles. Que esté en lugar valorado; que no esté en el garaje al menos, quiero decir, o en el sótano. Que tenga algún movimiento, aunque más no sea cada tanto. Y que -¡por favor!- no sea utilizada para otra cosa como colocar portarretratos en lugar de libros, o flores, revistas, televisores; que sea una biblioteca que contenga fundamentalmente libros. Tampoco que tenga los libros al revés (ni con el lomo hacia el fondo ni con las letras patas arriba). Que no esté demasiado limpia… Eso sí, siempre sigilosa, le toleraremos -¡cómo no!- que guarde algún dinerito entre dos de sus miles de páginas, indiscernibles para el improvisado ladronzuelo de paso.

Kármica; tan kármica como paciente y confiada, la biblioteca nos espera como sabiendo que más tarde o más temprano comprenderemos su mensaje, advertiremos su presencia (o su ausencia) y entonces sí ingresaremos en ese “otro cielo” que nos ofrece. O aún menos: que tan solo nos presenta (porque las bibliotecas son pacientes como el mar). Insisto, las bibliotecas hacen lo mismo que hacen las catedrales con la fe: modelan por presencia, por carismática presencia. Y el padre (o la madre, claro), cual templado samurai, con solo habitar la biblioteca, es decir, usarla, pone a andar ese mensaje aúlico que tanto más transmite, porque tanto más dice. Tanto más dice porque solo insinúa, porque soporta bien la ambigüedad que genera. (Recuerdo que el primer libro que identifiqué en la biblioteca de mi casa paterna fue uno que se llamaba más o menos como “Técnicas sexuales modernas” o algo así. Libro que por supuesto no satisfizo mis afanes adolescentes, pero que como sin querer me colocó en esa escena mítica de estar recostado en el piso, cuando no hay nadie en la casa, con la cabeza ladeada, leyendo uno a uno los títulos de los libros albergados en la biblioteca.)

Mientras todas estas ideas me rondaban la cabeza, esta mañana cuando manejaba, pensé, en medio de una suerte de ensoñación diurna, que mucha más influencia hubiese ejercido sobre mi el hombre que conducía el carro que circulaba delante del mío si en lugar de pegar sobre su luneta trasera un cartel que obligaba “reza el rosario”, se hubiese dedicado a contarme, a mí y a todos, que él a diario reza su rosario.

Cuando más urgentes consideramos las cosas, más torpes solemos ponernos. Y la promoción de la lectura se ha vuelto una urgencia social en casi todas partes. Por eso –creo- debemos cuidarnos especialmente de nuestras propias torpezas. Anhelamos el descubrimiento de la endovenosa del placer de la lectura, casi desesperados ante la incontrastable “perdición adolescente”. ¡Comprensión ya –añoramos y exigimos- del valor del libro y sustitución casi inmediata, y además por goce, de la televisión o el dispositivo!… Pero tal vez no. Tal vez podamos aspirar a situaciones más factibles y –probablemente- más hondas, de mejor caladura diría, como que nuestros hijos escojan un lugar junto a la biblioteca para escribir sus cientos de mensajes telefónicos diarios, o se recuesten en ella, como sin darse cuenta, para pensar –y sufrir- su último desamor. O tal vez –ambiciosos por demás- nos ilusionemos conque será contra nuestra querida biblioteca que ellos volcarán (o ellas se dejarán volcar) por primera vez a su amante para evidenciarle su amor y no olvidarlo nunca más en la vida.

Colegios con bibliotecas semimuertas, sufrientes al menos, pero bien protegidas por vidrios con más valor que lo que resguardan. Hogares, cientos de miles de hogares, que no tienen ni tuvieron jamás dos libros juntos, uno al lado del otro. En tiempos saturados de modernidad como los que vivimos, cuesta entender por qué en todo esto de la lectura le apostamos tanto al mensaje explícito (soportado en una vetustísima teoría comunicacional de un conductismo naif) y desatendemos y parecemos descreer de los mensajes subliminales, de caladura simbólica.

No pienso en culpables, porque no habría exculpados, pero sí en responsables de marcar pauta de cambio. Y yo, en lo personal, pero sobre todo nosotros, en lo institucional, quedamos de primeros.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com