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¿Por qué la tragedia de Boston nos conmueve y los niños y mujeres muertos en Afganistán e Irak no?

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/17/2013

Las reacciones en torno a la sucedido en el Maratón de Boston revelan algunos aspectos de nuestra formación psicológica y social que van más allá de nuestra propia subjetividad, convirtiéndonos en vehículos de fuerzas que nos sobrepasan y posiblemente nos dominan.

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La imagen más antigua conocida del Maratón de Boston, 1904 (vía proustitute)

El pasado lunes 15 de abril el tradicional Maratón de Boston se vio sorprendido por una explosión que, hasta ahora, ha dejado un saldo de 3 personas fallecidas, entre ellas un niño de 8 años, y poco más de 100 heridos. La bomba, según se empezó a denominar a las pocas horas de lo sucedido, estalló pocos metros antes de la línea de meta, afectando tanto al público que se encontraba en las inmediaciones como a algunos participantes de la carrera.

Las reacciones a lo sucedido han sido variopintas, pero sin duda las dominantes son el lamento, la condena y el asombro temeroso. A este respecto una de las respuestas más elocuentes —en varios sentidos— ha sido la de una serie de mensajes luminosos desplegados en el edificio de la Academia de Música de Brooklyn, creados por NYC Light Brigade y The Illuminator, los cuales expresaban la solidaridad de Nueva York hacia Boston (sin duda una elaboración un tanto abstracta que hace ver algunas de las aristas relacionadas con este asunto).

Sin embargo, como es obvio, este sentimiento no es unánime, y entre las opiniones adversas en torno al hecho hay un conjunto en especial que se distingue por comparar esta tragedia con otras que se viven en otros países, en muchos de ellos cotidianamente y, lo que es un tanto peor, provocadas por acciones del gobierno estadounidense. Concretamente se citan, por ejemplo, las muertes de niños que a cada tanto suceden por causa de los drones del ejército de Estados Unidos o, en general, de personas inocentes cuyos fallecimientos se cuentan por decenas, en ataques o atentados que lamentablemente son periódicos y que de alguna manera se encuentra relacionados con la política exterior estadounidense.

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En Irak, por ejemplo, apenas el día anterior al Maratón de Boston varios coches bomba explotaron en distintas provincias del país, dejando como saldo 42 personas muertas y 250 heridos. Igualmente a inicios de abril un ataque aéreo de la OTAN en Kunar, al este de Afganistán, provocó el derrumbe del techo de una casa con el consecuente deceso de 10 niños y 2 mujeres.

Si se hace torpemente, esta comparación responsabiliza a Estados Unidos de su propia tragedia, en una suerte de versión simplista de una malentendida ley de la causalidad. Si el asunto se toma con un poco más de calma, se observa que comparar el dolor de una persona o de una sociedad con otra es, por decir lo menos, imposible, incluso en términos filosóficos (esa sería, tal vez, la opinión de Wittgenstein).

En cualquier caso, parece claro que existe un desequilibrio entre las tragedias que se despliegan en la opinión pública y, con mayor profundidad, en las reacciones que suscitan estas: por un lado, de manera un tanto confusa, tenemos muertes que se repiten frecuentemente y, por otro, otras que ocurren esporádicamente, ambas de personas inocentes en situaciones injustas, pero una no genera la misma respuesta pública que la otra. En términos generales, las sociedades occidentales desdeñan lo que pasa a miles y miles de kilómetros, tanto en un sentido literal, geográfico, como en uno metafórico, cultural; y, por otro, lamentan hondamente lo que de inicio parece más cercano. Algo que sucede en Medio Oriente no parece tener el mismo peso específico emocional que un hecho trágico en Estados Unidos. “Equivocado o no, probablemente sea la naturaleza humana, o al menos de instinto humano”, escribe Glenn Greenwald en The Guardian.

Ahora bien, en esta oposición no debe descartarse cierto proceso de colonialización ideológica. “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”, escribió Marx, en alusión al hecho de que el sistema está diseñado para generar un suelo ideológico afín que, en el efecto más útil, reduce la probabilidad de cuestionamiento. Si tendemos a considerar más lamentable un hecho con otro, ¿no es porque somos parte más o menos inevitable de esta programación hecha de ideas preconcebidas que son potencialmente afines a un sistema que lleva en su esencia el afán de hegemonía y dominación? ¿Nos lamentamos sobre lo sucedido en Boston porque algo en nosotros está socialmente programado para hacer nuestras las tragedias de esa “clase dominante” (en un sentido amplio)? ¿Se trata de una expresión de la dialéctica del amo y el esclavo hecha para asegurarnos la cómoda posición del esclavo?

Por otro lado, como si se tratase de una fotografía —¿y qué es si no la toma aislada de un hecho?— igualmente vale la pena considerar el contexto, ampliar el horizonte y preguntarnos si en el fondo la disparidad de las reacción también está animada por cierto marco en el que una acción parece más tolerable o justificable que otra. Las muertes en Irak o Afganistán, provocadas por “terroristas” o por ejércitos establecidos, nos parecen menos graves porque como bien lo hicieron ver Hannah Arendt, Theodor Adorno y más recientemente Zygmunt Bauman, el mal tiene en la época moderna y dentro de la racionalidad cartesiana un cariz totalmente normal, banal incluso, burocrático e inercial: el mal como un procedimiento y un trámite, como algo de las tantas cosas que tienen que hacerse. Este es el sentido de un bombardeo en Afganistán: uno de los tantos trámites que se cumplen en la vida cotidiana del hombre moderno occidental. La guerra como una suma de utilería y bambalinas, pero también de papeleos y reglamentos, que resta importancia a los hechos: shit happens.

En cambio, un suceso como el de Boston, ocurrido en circunstancias diametralmente opuestas —pacíficas, festivas, armónicas y, en general, propias del “hombre común”— parece descubrir la faceta menos domesticada de esta potencia, aquella relacionada con lo imprevisto y lo fatídico, contra lo cual el ser humano, en un impulso casi metafísico, de ordinario busca rebelarse. Sin embargo, al mismo tiempo, paradójicamente, es inevitable pensar que el hecho obedeció a un plan, a un cálculo, pero uno que sale de los procedimientos establecidos y aceptados. No se trata de una acción de guerra, regulada, sino del mal en sí, uno que quizá queremos creer irracional pero también es, a su modo, profundamente racional —solo que nacida en el terreno de los anormales. Y tal vez esta contradicción del pensamiento también influye en las reacciones suscitadas.

Otro factor que seguramente intensifica la reacción de la sociedad, al menos en Estados Unidos, es la propaganda de la llamada "Guerra contra el Terror", donde una amenaza por momentos real pero generalmente ilusoria pulula sobre los ciudadanos, haciendo indispensable contar con un estado de vigilancia interno y un masivo aparato bélico repartido por todos los rincones del mundo. De nuevo Greenwald: "La historia de este tipo de ataques en la última década ha sido clara y consistente: son explotados para obtener nuevos poderes gubernamentales, incrementar la vigilancia, y despojar las libertades individuales". En NBC con Brian Williams ,anoche, Tom Brokaw, periodista, declaró que esto volvería a suceder y que la sociedad estadounidense debería someterse aquiescentemente: "Todos deben entender hoy que empezando mañana habrán medidas de seguridad mucho más duras en todo el país".

Este estado que podríamos describir como de paranoia estratégica, hace que inmediatamente broten culpables en la mente de los ciudadanos y los medios: terroristas árabes. Fox News, por ejemplo, se vio escandalizado ante la omisión de la palabra "terrorismo" en el mensaje que Barack Obama dio a propósito, e incluso se tomó la molestia de obtener la definición de terrorismo de un "oficial del gobierno", diciendo: "cuando múltiples explosivos detonan eso hace que sea un acto de terrorismo". La cadena de Murdoch poco repara en que hablar de terrorismo hace que automáticamente se imagine a un grupo de fundamentalistas árabes. El terrorismo más peligroso probablemente sea el ambiente mediático y lingüístico en el que viven muchos ciudadanos en Estados Unidos 

Por último, tampoco podemos soslayar otro tipo de colonización: aquella que genera el imperio de la imagen. La inundación de fotografías, videos y demás relatos gráficos sobre los hechos de Boston, tan característica de nuestra época, es apabullante en comparación con el laconismo de los recursos que se tienen disponibles para lo que sucede en los países árabes. En Boston hay cámaras de vigilancia y smartphones dispuestos en todo momento a capturar lo ocurrido. No pasa lo mismo, digamos, en una zona montañosa de Afganistán, de donde no se tienen imágenes de las tragedias cotidianas que puedan repetirse hasta el cansancio y la náusea (pero si se tuvieran, ¿cambiaría en algo la opinión dominante que se tiene al respecto?).

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Una de las imágenes más difundidas  sobre el hechoMartin Richard, el niño de 8 años fallecido en Boston, fotografiado algunos días antes mientras sostenía este cartel con la leyenda "No más personas heridas. Paz"

Como se ve, el asunto no es fácil de dilucidar. En estas acciones influyen circunstancias evolutivas, psicológicas y sociales, cada una con sus propios matices. Si acaso, más allá de las emociones que cada persona pueda sentir por lo sucedido, nos ayuda a pensar por qué pensamos lo que pensamos y qué efecto tiene, para nosotros mismos y la pequeña porción de mundo que ocupamos, pensar de la manera en que pensamos.

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Las predicciones de Nikola Tesla para el siglo XXI: el punto ciego de la ciencia ante el poder

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/17/2013

Pese a todo su genio y los conflictos que mantuvo en vida con empresarios como J. P. Morgan, Nikola Tesla creyó fervientemente que en la ciencia se encontraba la clave para un estado civilizatorio casi utópico en que nuestra especie cosecharía los frutos placenteros del desarrollo tecnológico.

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El nombre de Nikola Tesla es legendario. Legendario su genio científico y su capacidad de invención. Su rivalidad con Thomas Alva Edison (sobre quien siempre pesará la sombra del plagio con respecto al trabajo de Tesla) y también su enfrentamiento directo con J. P. Morgan, el empresario que le negó el apoyo financiero cuando supo del proyecto del físico para llevar los beneficios de la energía eléctrica al mayor número posible de personas, pero gratuitamente (lo cual, según algunos, sí consiguió pero sus descubrimientos fueron incuatados por no beneficiar intereses económicos de una élite). Legendario también su estilo de vida: célibe, vegetariano, casi asceta. Legendaria, en fin, su capacidad para entender algunos de los problemas del género humano más allá de la coyuntura y hacer ver que cuando estos se quieren resolver de verdad, la solución se encuentra en la raíz, no en la superficie.

En la década de 1930 Tesla vivía en el Hotel Governor Clinton de Manhattan, en el 20° piso, adonde con cierta frecuencia acudían periodistas del New York Times y de la revista Time a entrevistarlo.

De una de estas ocasiones resultó un artículo presentado como “de Nikola Tesla según lo dictó a George Sylvester Viereck”, publicado el 9 de febrero de 1935 en la revista Liberty. Además de un amigo personal de Tesla, Viereck fue un periodista notable que consiguió entrevistas con personalidades tan opuestas como Einstein y Hitler, un propagandista nazi que negó esta filiación cuando llegó a vivir a Estados Unidos (era de origen alemán) y por este motivo fue encarcelado. Sin duda un hombre a quien parece difícil asociar con Tesla pero que, por esto mismo, nos recuerda ciertas opiniones sombrías del científico de padres serbios, quien hacia el final de su vida defendió abiertamente la eugenesia como método de “purificación” de la “raza” humana.

Según se sospecha, es posible que la plática entre Viereck y Tesla no haya ocurrido en el Governor Clinton, sino en la casa del periodista en Riverside Drive, frecuentada por el científico a la hora dela cena. Ahí Tesla intentó dar muestra de su talento visionario, realizando un ejercicio futurista y de augur que en algunos casos se mostró más acertado que en otros, dejándose llevar en ciertos momentos por la esperanza en la capacidad civilizatoria de nuestra especie.

 

Agencias gubernamentales de protección al medio ambiente

Aunque ya inserto en una dinámica irreversiblemente industrial, el mundo en la época de Tesla no conocía los niveles de contaminación que padecemos actualmente. Con todo, el hombre vislumbró que esta sería intolerable, y que, desgraciadamente, tendrían que crearse dependencias de gobierno que velaran por la conservación del medio ambiente. “Solo un lunático beberá agua que no esté esterilizada”, dijo a Viereck. “El Secretario de Higiene o Cultura Física será de lejos mucho más importante en el gabinete del presidente de los Estados Unidos en 2035 que el Secretario de Guerra”.

 

Educación, guerra y medios

Hoy los países más civilizados del mundo gastan un máximo de su ingreso en la guerra y un mínimo en educación. En el siglo XXI se invertirá este orden. Será más glorioso luchar contra la ignorancia que morir en el campo de batalla. El descubrimiento de una nueva verdad científica será más importante que las querellas diplomáticas. […] Los periódicos del siglo XXI harán más que plantar en las últimas páginas los recuentos del crimen o las controversias políticas pero la proclamación de nuevas hipótesis científicas protagonizará las primeras planas.

Acaso más un deseo que un pronóstico objetivo. Un tanto cercano a la sociedad imaginada por Bertrand Russell en su Elogio de la ociosidad (1932):

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.

 

Salud y alimentación

La manía de Tesla por la alimentación alcanzó en sus últimos años un extremo verdaderamente eremita. Casi como el San Antonio de la leyenda, hacia el final Tesla se alimentaba solo de leche y miel, asegurando que esta era la dieta más pura posible. En la conversación con Viereck aseguró que retiró de su vida todos los estimulantes ―café, té, tabaco―, así como la carne (aunque no el alcohol). Según él, estos alimentos y bebidas solo contaminaban el cuerpo, acelerando el arribo a la muerte. Al alcohol, sin embargo, lo consideró un “elixir de vida”. La miel, la leche y el trigo, dijo entonces, “serán la base de comidas epicúreas en los banquetes más inteligentes del siglo XXI”.

 

Robots

La promesa de los autómatas que, casi desde el siglo XVIII, terminarían por abolir la condena divina del trabajo como única posibilidad de existencia en este mundo, sería por fin una realidad en este siglo en el que nos encontramos, según Tesla. “Los robots tomarán el lugar que los esclavos tenían en las civilizaciones antiguas. No hay razón para que esto no suceda en menos de un siglo, dejando a la humanidad libre para aspiraciones más elevadas”. “La solución de nuestros problemas no descansa en destruir las máquinas, sino en dominarlas”

¿Pero acertó Tesla? ¿No es este el siglo en el que hay más esclavos que nunca ―todos ellos humanos?

 

Energía menos costosa, recursos naturales administrados “científicamente”

Positivistamente, Tesla creía en la preeminencia del conocimiento científico como base de regulación social. La ciencia tendría la última palabra incluso para en lo referente al gobierno y la administración colectiva, particularmente en el caso de los recursos naturales. No sin optimismo, Tesla confiaba en que la “reforestación sistemática” y el “manejo científico” de los recursos naturales sería usual en el siglo XXI, con lo cual jamás volvería a presentarse una sola sequía, un incendio forestal, una inundación. Asimismo, la generación de energía por medio del agua haría esta fuera más barata para todos y también que dejaran de necesitarse los combustibles fósiles.

 

Sin duda los presagios de Tesla oscilan entre el acierto y el anhelo. En algunos el científico confió de más en personas que, como él, otorgan mayor importancia a la cualidad progresista del pensamiento racional, científico. Solo que, como bien lo demostrara Foucault (y el propio Tesla es un ejemplo inmejorable de esto), la ciencia no es ajena a esos mecanismos de poder que generan sus horizontes de posibilidad, en cierto modo los horizontes de posibilidad de todos. La ciencia en sí misma no posee las respuestas, acaso porque “la ciencia en sí misma” no existe. Existe un quehacer imbricado en una red de intereses que llega hasta el laboratorio del científico.

La utopía humanista y tecnológica de Tesla es posible, claro, pero quizá no sin antes deshacer dicha red.

[Smithsonian]