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Una reseña del que tal vez sea el documental que mejor define nuestra época.

La verdad, que no se atreve a decirse, es que nadie tiene el control.

-Terence Mckenna

En cierto sentido, todo está en todas partes todo el tiempo. Porque cada locación involucra un aspecto de sí misma en toda otra locación.

-Alfred North Whitehead

 

En su más reciente documental Adam Curtis sugiere, a lo largo de casi 3 horas de intensa estimulación sensorial e intelectual, que hemos convertido el mundo en una masivo engaño que todos consumimos, hasta al punto de que es tomado como lo normal. El término que usa es Hipernormalisation, tomado de un libro del historiador ruso Alexei Yurchak, con el que describe los últimos días del estado soviético en los que todos sabían que el sistema era insostenible; nadie creía ya en la ideología ni en el futuro, pero aún así se seguía adelante, en una especie de resignación indolente e hipnótica. Esta idea recuerda también la noción de hiperrealidad, como ha sido descrita por Baudrillard, entre otros, en la que la representación de la realidad se confunde con la realidad misma, y la falsificación es tomada como auténtica, hasta el punto en el que una realidad base, original o no mezclada con la simulación deja de existir.

Antes de proseguir con la reseña, aquí el enlace a una transcripción resumida de toda la narración que hace Curtis en el documental y los eventos principales que trazan la cronología de cómo el mundo dejó de ser real y el poder pasó de los políticos a las corporaciones y a los sistemas de información. El documento puede consultarse para estudiar la obra (y la historia reciente del mundo), como una guía de Hypernormalization y como un recurso también para quienes no hablan inglés. 

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En el trailer del documental Curtis anuncia un estado fársico que oculta el estado fallido del poder: “Vivimos en un mundo donde los poderosos nos engañan. Sabemos que mienten, y ellos saben que sabemos que mienten, pero no les importa. Decimos que nos importa, pero no hacemos nada. Nada nunca cambia. Es normal. Bienvenidos al mundo de la post-verdad”. Así explica, entre otras cosas el BREXIT y el surgimiento político de Donald Trump (quien es prueba de que la verdad ya no importa). El mundo de la post-verdad es también el mundo de la post-política. Curtis mantiene que desde hace unos 40 años el mundo se ha vuelto demasiado complejo para que los políticos puedan realmente tener una influencia significativa —que puedan cambiar la dirección de las cosas— y aferrándose a su poder (que cada vez es menos), han conjurado la narrativa de un mundo simple —con dicotomías como buenos y malos, dictadores que son una especie de supervillanos, amenazas terroristas y demás temáticas polarizadoras. Esta es sólo la fachada que intenta ocultar que el mundo es regido por las corporaciones, e incluso más aún, por el complejo sistema financiero y los softwares inteligentes que devoran datos para predecir conductas. Estos mismos sistemas, como ocurre con el Internet, están construidos de tal manera que crean lo que se conoce como una “filter bubble” en la que todos los usuarios constantemente reciben una versión de la realidad basada en lo que de antemano ya les gusta, creando pequeñas bolsas de realidad que sólo afirman las creencias preestablecidas y  los mantienen aislados de ideas que desafían sus nociones básicas (el axioma de los algoritmos es: if you liked that, you will love this). Nuestra experiencia con la tecnología moderna es la de un espejo, tiende al narcisismo, e incluso a un narcótico: nos empachamos de nosotros mismos y quedamos sedados, aislados en el confort de nuestra burbuja algorítmicamente personalizada del mundo externo, el cual es frustrante ya que no podemos cambiarlo y se comporta caóticamente.

 

Hypernormalisaton sitúa el origen de este proceso, que explica como una retirada, una especie de escapismo hacia la ilusión de que seguimos controlando el mundo, en 1975. (En un mundo irreal y físicamente infinito, como el nuestro, todos los puntos son el centro, así que realmente Curtis podía haber escogido cualquier punto en la historia y desde ahí empezar a conectar las hebras). Pero el primer punto que escoge es octubre de 1975, el momento en el que los bancos tomaron control de Nueva York. La ciudad enfrentaba la bancarrota y los bancos habían decidido no tomar su deuda. Sin embargo, explicaron al presidente Ford que la bancarrota de Nueva York podía tener una serie enorme de repercusiones en la economía mundial. Para salvar a la ciudad, que se mostraba incompetente, el gobierno aceptó la injerencia de los bancos que la obligaron a tomar medidas de austeridad. Emblemáticamente, para Curtis, este día marcaría el relevo de poder de lo político a lo financiero.

El otro momento que conecta Curtis es la reunión en Damasco en 1975 de Henry Kissinger y el presidente de Siria, Hafez al-Assad. Kissinger, haciendo uso de su famosa estrategia de “ambigüedad constructiva”, a grandes rasgos, habría engañado a Assad, quien buscaba negociar la paz para toda la región y fortalecer al mundo árabe. Kissinger habría motivado a Egipto a firmar otro tratado con Israel y sepultado la intención de Assad de lograr regresar a su país a los palestinos. Este momento es importante según Curtis porque al darle la impresión a Assad de que era irrelevante en el balance estructural del sistema global, éste se habría enardecido. Assad más tarde sería el pionero del terrorismo radical de ataques suicidas, que derivaría en el pánico actual y en el surgimiento de organizaciones extremistas como ISIS.

De estas dos fuentes, Curtis traza lo que ha sido llamada por un periodista del New York Times “la historia secreta de todo”, un banquete de periodismo de investigación, imágenes subversivas, glitches, paranoia iluminada y análisis sociológico. 

En dos momentos del documental vemos que la política de Kissinger, y él mismo también lo expresa, encarna la idea fundamental de que en nuestro mundo “todo está conectado con todo”. Esta es la base de un (nuevo) orden global. Una noción a través de la cual luego Occidente llegaría a pagar sus maniobras en el Medio Oriente, habiendo alimentado los demonios que se volcarían en la forma del terrorismo y el pánico mediático-ambiental del mismo.

Esta misma frase la podemos aplicar ciertamente a Curtis, quien utiliza una técnica vertiginosa de yuxtaposición y concatenación —a veces de temas y motivos discordantes— para tejer una gran narrativa: una historia de disolución de la política en el espectro de su propia irrealidad. Todo está conectado con todo: Curtis es una máquina de conectar datos e imágenes y explorar ideas, desenterrar conexiones subyacentes e hilar narrativas. Sin embargo, con el fin de crear narrativas todo-coherentes, de encontrar hilos negros detrás del sistema, él mismo cae en la sobre-simplificación de la que acusa a los políticos en su documental. Parte del colapso de la realidad y del poder como tal es también el colapso de las grandes narrativas, sin embargo, existe la necesidad de encontrar sentido y tapar la vehemencia del caos con una madeja estéticamente satisfactoria, aunque esta misma madeja sea también hecha con la misma sustancia de sueños e ilusiones. Dicho eso, ¿le debemos exigir a un documental que desarrolla la tesis de que el mundo ha dejado de ser real que se limite a lo absolutamente comprobable e indudable? Hay una cierta  justicia poética en que estire la liga y que incluso el documental mismo sea una pruebas más de la imposibilidad de delimitar las fronteras entre lo real y lo irreal. Quizás más importante que las intuiciones que explora Curtis sean verdad o no, algunas de las cuales son indudablemente brillantes, es que nos hagan reflexionar sobre la naturaleza misma de la realidad y el poder y su juego de apariencias. 

Curtis con gran poder de convencimiento nos hace ver lo que tal vez sean teorías de la conspiración (aunque bastante bien documentadas) como piezas de este rompecabezas con el que el mundo configura su rostro de ficción política, su máscara ubicua. Muammar Gaddafi es en este sentido el protagonista. Gaddafi es primero utilizado por los poderes occidentales para crear la imagen del exótico y delirante dictador como un supervillano global (la cual sirve no sólo para movilizar la economía militar, sino también para ocultar que los políticos no saben lidiar con la realidad, cuyos problemas no tienen solución) y la cual tendría varios avatares. Gaddafi asume la culpa de atentados que no cometió, y luego es utilizado como una demostración de la evangelización democrática, de los beneficios del intervencionismo (cuando entrega las armas nucleares que nunca tuvo). En una escena de marketing político casi surrealista, Gaddafi, quien había sido promovido como un maniático, es rebrandeado como un intelectual, un relevante pensador político apareciendo en un programa de debate político con intelectuales británicos. Por supuesto, cuando es conveniente, para probar el poder democrático de las tecnologías sociales, a la luz de la llamada “primavera árabe”, los amigos de Gaddafi lo destruyen sin el menor reparo.

Todo esto, explica Curtis, es parte de lo que agencias de inteligencia han llamado “el manejo de la percepción”. Por todas partes se siembran historias dramáticas en las cuales no importa la veracidad (incluso si son ridículas), con tal de que sean capaces de distraer a las personas y permitan a los políticos evitar tener que lidiar con la naturaleza imposible de resolver los problemas mundiales. Un ejemplo especialmente conspicuo es el caso de los OVNIs. Curtis, siguiendo la tesis del documental “Mirage Man”, nota como el incremento de los avistamientos de luces no identificadas en los 80 va de la mano de una serie de documentos clasificados que son sembrados entre entusiastas de este movimiento, revelando que el gobierno encubre un pacto con una civilización extraterrestre y otras teorías similares. Mientras tanto, el gobierno, a su vez víctima de la conspiranoia sobre las armas soviéticas, desarrolla todo tipo de armas de combate secretas que prueba en distintas partes del mundo. La realidad deja de importar, se vuelve un medio completamente maleable al servicio de un fin —mayormente, ocultar que ésta ha dejado de existir. Una tautología alucinatoria en la que la ausencia consustancial de lo real es ocultada con un paisaje falso. 

El ejemplo más taimado y genial de este “manejo de la percepción”, es Vladislav Surkov, un ex director de teatro que tomó ideas del avant guard y las llevó al corazón de la política. Surkov es uno de los responsables de mantener a Putin en el poder a través de una serie de estrategias que desafían toda noción de manipulación política, instaurando un teatro de ilusiones sobre la faz de la política rusa. Surkov ha creado partidos políticos enteros que se oponen a Putin, grupos antifacistas y a la vez también grupos neonazis como actores de un juego de ajedrez político cuyo motivo parece ser la confusión total, hacer que nadie sepa qué es real. Un analista la llamó “una estrategia de poder que mantiene a toda oposición completamente confundida, una interminable metamorfosis que es invencible porque es indefinible”. Pero lo verdaderamente innovador, y totalmente en sintonía con nuestra época, según Curtis, es que Surkov no sólo alimenta las teorías de conspiración, él mismo se atribuye la autoría de estas maquinaciones. 

Si somos un poco suspicaces podemos aplicar esta misma lectura al mismo Curtis, quien después de todo está haciendo un documental para la BBC (para su iPlayer), aunque su temática parece completamente extraña para este medio, que representa el poder político del cual el documental es una especie de canción de cisne. Estos nos coloca en un intrincado entramado de autorreferencias, de propaganda fractal, de la destrucción de lo real como estrategia. Y, sin embargo, podemos especular e ir más allá que Curtis y decir que esta fantasmagoría ontológica no es algo que ha sido orquestado en la historia reciente, es la naturaleza misma de la realidad: la ficción, un mundo que sólo existe en la representación del mismo: no existe un allá afuera, real y objetivo. Lo único nuevo son los medios tecnológicos de representación de la realidad que nos hacen ver —como modelos heurísticos— lo que siempre había sido: el mundo como māyā o samsara, hecho de la misma sustancia que los sueños. Todos viviendo en nuestra mente y ahora viviendo en plataformas digitales y en mundos virtuales, que son sucedáneos que nos permiten escapar nuestra incapacidad de entender que nuestra mente es el mundo.

Pero, más allá de esta especulación de orden metafísica, quiero rescatar la que me parece es la idea más profunda y mejor argumentada, y la cual Adam Curtis ha trabajado en otros documentales (como los excelentes Century of Self, The Trap, entre otros). Esto es, la noción de que la individualidad es un concepto que ha inventado la modernidad, el cual es bastante útil para reforzar y mantener el sistema actual.  El individualismo y nuestro derecho de ser individuos que autodeliberan y construyen su propia identidad es lo más cercano a algo sagrado en Occidente. Y por ello se justifica la guerra y el intervencionismo: invadir un país en el extremo del mundo para liberar a sus ciudadanos de la programación colectiva de un estado terrorífico que no garantiza las libertades individuales. Y también el colonialismo cultural y económico: la tecnología que libera a través del acceso a la información, pero no sin instaurar la propaganda del entretenimiento. "Lo que argumento es que esta es una posición neoconservadora, ya que con el surgimiento del individualismo, tiendes a ver una corrosión de las ideas de vinculación social y redes comunales, porque todos existen por su propia cuenta”, dijo Curtis. Por otro lado, ésta noción de ser individuos realmente únicos y auténticos es en buena medida una fabricación. “El iPhone es un buen ejemplo. Las personas realmente quieren uno —para expresarse. Pero todos quieren uno, al mismo tiempo”.

En Hypernormalisation, Curtis muestra cómo el deseo de una revolución colectiva, basada en el insistente activismo grupal, se ha ido retirando hacia el individualismo que protesta en Internet, desde la comodidad de su hogar y difícilmente es capaz de disolver su identidad en un grupo. Pero, para ser parte de un movimiento que pueda lograr un cambio significativo “es necesario subsumirse en el grupo y sacrificarse por algo, por mucho tiempo”.  Hoy en día con una atención fragmentada incapaz de sostenerse fijamente, en parte por la forma en la que está programado el internet y nuestros gadgets, no hay mucha constancia revolucionaria colectiva. 

Curtis sugiere que desde mediados de los setentas y en adelante ha dominado la noción de que, desencantados del mundo político-social que resulta difícil de cambiar, las personas se han retirado hacia los entornos de la revolución interior posible. El mundo ya no se desea cambiar sólo se experimenta individualmente. La revolución puede ocurrir, pero sólo en la mente o acaso en el cuerpo (y aquí desatando también toda la cultura del fitness y el consumo de cosméticos). Aquí entra también la construcción del mito del Internet como una utopía de libertad. Muchos de los arquitectos del Internet, alimentados por ideas ligadas a la contracultura hippie y al LSD (y la noción de la Noósfera de Teilhard de Chardin) concibieron la Red como un espacio donde las personas podían estar libres de la corrupción del mundo real. Uno podría alcanzar la libertad en el ciberespacio, si bien no en la realidad. En el ciberespacio no existirían las estructura jerárquicas de poder, todos serían pares vinculándose y desencadenando el torrente de la información como una cascada psicodélica de libertad. Esto, por supuesto resulto ser una fantasía. El Internet hoy en día se parece más a la visión distópica de William Gibson que a la visión de John Perry Barlow (quien incluso redactó una Declaración de Independencia del Ciberespacio), y se erige como una red de vigilancia y oligopolio corporativo a través del monitoreo y la minería de datos. Es el nuevo sistema de poder a través del conocimiento, en el sentido de Foucault. Sólo que ahora los que tienen el poder son las corporaciones que controlan los sistemas de información.

Adam Curtis es uno de los más importantes comentaristas de nuestro mundo actual, sobre todo en tanto a que es capaz de hacerlo en el medio que más efecto tiene y en un lenguaje sumamente atractivo, incluso subversivo. Errol Morris, quien para muchos es uno de los grandes documentalistas de nuestra época, ha dicho “cuando sea grande quiero ser como Adam Curtis” y que “no hay nadie como él”. Hypernormalisation es una curso condensado de la historia secreta de los eventos políticos de los últimos años, pero sobre todo de las ideas que los in-forman, sus motivaciones ocultas y los sistemas operativos de la realidad. Las ramificaciones son vastas, el panorama que dibuja es desconcertante; lo único seguro es que cualquiera que quiere entender el mundo actual, más allá de que suscriba a las ideas de Curtis o no, se verá beneficiado viendo esta pieza. 

Una mención finalmente al aspecto formal de la obra, a su notable montaje —la edición refleja la misma irrealidad del contenido, con glitches y loops y memes que documentan la nueva estética de la Red. Especialmente una pincelada genial puede verse en la edición que hace de la destrucción de los edificios simbólicos del poder de Nueva York, tomando películas de Hollywood de antes del 2001, un guiño directo de las fuerzas de la destrucción de la realidad. Nótese también la formidable selección musical, especialmente los temas de Burial y Aphex Twin.

Twitter del autor:@alepholo

Enlace a una transcripción resumida de toda la narración: línea de tiempo y temas principales de Hypernormalisation

 

Sobre la metáfora de que el mundo es un sueño en el budismo

Una de las historias más famosas que recoge el Canon Pali sobre la vida del Buda cuenta que, después de haber tenido la experiencia de su despertar o iluminación en Bodhi Ghaya, el Buda emprendió camino en busca de los que serían sus primeros discípulos. En el camino, un hombre asombrado por el semblante luminoso del Buda lo interpeló preguntándole quién era o quién era su maestro. El Buda simplemente contestó "Estoy despierto" (o como a veces se traduce "soy el que ha despertado"). Al contestar así, el Buda se habría de alguna manera bautizado: la palabra "buda", aunque a veces se traduce como el iluminado, significa "aquel que ha despertado" y deriva de la raíz verbal sánscrita "budh", que significa despertar. De esta palabra también se deriva el término "bodhi" que es considerado el entendimiento logrado por un Buda. Existe también el término "buddhi" que es utilizado en diferentes filosofías de la India como una forma particular de inteligencia o discernimiento. Buda es quien ha despertado, ya sea del sueño de un mundo irreal (hacia el estado de realidad o nirvana) o del sueño de la ignorancia.

Aunque la palabra "buda" hace referencia al despertar, en los textos del Canon Pali, los cuales son los únicos aceptados como directamente registros de las palabras del Buda para algunos académicos y para los que profesan ortodoxamente la religión theravada, no se hace casi ninguna referencia a que el mundo es como un sueño. Esta importante metáfora proviene del budismo mahayana, a partir de los Prajnaparamita Sutras (véase el "Sutra del diamante"). Es por ello que para algunos expertos que se inclinan a las formas tempranas del budismo, la traducción de "iluminación" hace más sentido que "despertar" (por ejemplo, para Thanissaro Bhikku). Esto se debe a que el budismo theravada no hace énfasis en que el mundo sea una ilusión (aunque evidentemente está ahí ya con claridad el germen de esta noción), sino sobre todo hace énfasis en que el yo individual (atman) es una ilusión y, por supuesto, en la liberación del sufrimiento. A partir de los sutras de la perfección de la sabiduría y del concepto de sunyata (vacuidad) como una ampliación del pratityasamputada (originación dependiente) que hace Nagarjuna, se empieza a utilizar la metáfora del sueño que llegaría a dominar el budismo tibetano y japonés, entre otras manifestaciones. En otras palabras, al extender la noción de la inexistencia de una esencia (o de un yo) independiente, con existencia inherente, a todas las cosas, necesariamente se deduce que el mundo es como un sueño, es decir, algo que surge solamente a partir de ciertas condiciones, de la misma manera que un arco iris depende del sol y el agua y de una cierta perspectiva (una mente que observa). Toda las cosas que observamos en la vigilia dependen de ciertas condiciones, para parecer reales, que no están en ellas mismas, sino en su relación con otras cosas.

Otro de las historias más significativas que recogen las escrituras budistas es la que ha sido llamada "las catorce preguntas difíciles" (caturdasavyakrtavastuni). El Buda se habría negado a contestar catorce preguntas de orden metafísico y cosmológico, entre ellas, la de si existía un alma o un ser eterno o no (la gran polémica que ha marcado un cierto enfrentamiento entre el budismo y el hinduismo). Existen diferentes interpretaciones de esta negativa, la más aceptada generalmente es que el Buda consideraba que estas preguntas eran una especie de trampa lógica que no aportaba mucho a sus enseñanzas en ese momento y que pasar el tiempo cavilando sobre cuestiones tan abstrusas es poco práctico. El Buda fue sobre todo un pragmatista, que puso sus enseñanzas al servicio de la liberación (y de hecho la misma doctrina, como un balsa, una vez que cumple el objetivo de llevar al practicante del otro lado de la orilla, debe desecharse). Por otro lado, la tradición budista, theravada y mahayana y demás, considera que el Buda, bajo el árbol bodhi, alcanzó la omnisciencia y por lo tanto debía de conocer las respuestas a esas preguntas (aunque quizás sabía que no podían ser formuladas de manera satisfactoria utilizando el lenguaje: nunca ha sido posible comunicar o transferir el nirvana o ningún tipo de entendimiento profundo). 

No sabemos qué hubiera contestado el Buda si se hubiera incluido la pregunta de si el mundo es un sueño o no (se incluyó una pregunta sobre si el mundo es finito o infinito). Sin embargo, podemos buscar respuestas a estas preguntas que fascinan al ser humano –sean o no prácticas en su sendero– en textos posteriores. Por ejemplo, en el "Sutra diamante" se dice: "todos los fenómenos condicionados son como un sueño, una ilusión, una burbuja, una sombra...". Con esto se refiere a todas las cosas que existen en el mundo excepto el nirvana o el estado incondicionado. Sin embargo, y aquí es donde las cosas se ponen un poco más sutiles, el nirvana no es otro mundo (de hecho no es ni siquiera un lugar). Es este misma realidad fenomenológica sólo que despierta o liberada del sufrimiento y del deseo que lo genera. O, como diría el poeta Paul Éluard, "hay otros mundos pero están en éste".

El sutra citado pertenece a la colección del Prajnaparamita. Existen numerosas leyendas sobre estos textos, una de las más llamativas es que fueron textos descubiertos por Nagarjuna, quien los habría escuchado del rey de los nagas (las serpientes), quien a su vez habría servido de guardián del mismo Buda (prefigurando los textos tesoros tibetanos, los tërmas). De cualquier manera la tradición del budismo mahayana invariablemente atribuye su autoría al Buda. Se sugiere que nadie más podría haberlos concebido: son la perfección de la sabiduría. Y desde este momento la sabiduría será equiparada con la vacuidad, que es la enseñanza fundamental de Nagarjuna en su camino medio. En el "Sutra del corazón" se dice:

¡Oh Shariputra! un hijo o hija de noble familia que desee adiestrarse en la práctica de la profunda deberá contemplar la naturaleza vacía de los cinco skandhas. La forma es vacía; la vacuidad también es la forma. La vacuidad no es más que la forma; y la forma también no es más que la vacuidad. De la misma manera, sensación, discernimiento, factores de  composición y conciencia están vacíos. Así pues, Shariputra, todos los fenómenos son vacuidad; sin características.

Aquí tenemos uno de los grandes pilares de una escuela de pensamiento que nos daría algunas de las filosofías espirituales más sublimes de la historia: el zen, el vajrayana y el hua-yan, entre otras. Ahora bien, para cierta ortodoxia, estos textos son elucubraciones posteriores y hasta cierto punto apócrifos ya que estarían atribuyendo su autoría al Buda, cuando supuestamente su canon, todas sus enseñanzas, se reducen a las tres canastas del Canon Pali. Y ciertamente hay una marcada diferencia, a partir de aquí el budismo evoluciona a una veta que podría calificarse como cósmica y que algunos han descrito como de ciencia ficción. Sin embargo, si creemos entender que el mundo es en realidad un sueño y que un buda no está limitado por el mundo condicionado, el mundo material, sólido y fijo en el que vivimos (acaso sólo porque creemos en su realidad), entonces no hay tanto problema. ¿Por qué no habría podido el Buda escribir otros textos, específicamente orientados a otro tiempo y a otra mentalidad y haberlos preservados utilizando medios que desde nuestra conciencia limitada podrían parecer supernaturales, para seguir haciendo girar el dharma? O, incluso, ¿porque no podría el Buda seguir emanando ciertas enseñanzas (como ocurre en el tantrismo, donde se dice que los textos son escritos por la luz misma del cuerpo de la realidad)? Ciertamente en ninguna parte de sus enseñanzas históricas se dice que el nirvana sea la extinción absoluta de la existencia y que el Buda haya dejado de existir. ¿Quién quisiera ser un Buda si esto sólo significara la nada absoluta?

De hecho en los sutras del theravada están ya las potencias para la enseñanzas y para las hazañas mágicas que después se atribuirían al Buda, si bien no son desarrolladas, quizás por esta misma alarma de no perseguir trenes de pensamiento metafísicos. Lo cierto es que el nirvana como es entendido por la tradición, al sugerir la continuidad de un tipo de existencia –de una de conciencia liberada de todo apego, límite, sufrimiento y condición– sienta las bases para las fantásticas y hasta psicodélicas descripciones que luego encontraremos en el budismo mahayana, ya sea como especulación metafísica y cosmológica de este misterio o como conocimiento revelado.

El mismo Thanissaro Bikkhu desde su extenso conocimiento del Canon Pali, nos da una pista. En diversos sutras se habla de una "conciencia sin superficie, sin final, luminosa en todos sentidos..." (DN11, MN 49).

Una conciencia como la del nirvana se describe como 'sin superficie', porque no aterriza. La conciencia de los agregados (skandhas) cubre sólo la conciencia que está cerca o lejos, del pasado, presente o futuro (en conexión con el tiempo y el espacio); la conciencia sin superficie no incluye los agregados.

Continúa Thanissarro Bikkhu:

Un sutra ilustra está conciencia sin superficie que se ha liberado de toda pasión, en la que ya no hay un 'donde'". Un ejemplo: "El sol entra por la puerta del este de una casa y aterriza [se topa con un límite] en la pared del oeste. Si la pared del oeste, la tierra debajo y las aguas debajo de la tierra fueran removidas, la luz del sol no aterrizaría. De la misma manera, si la pasión por la forma, etc., fuera removida, la conciencia no tendría 'donde' aterrizar, y se volvería inestablecida. Esto no significa que la conciencia sería aniquilada, simplemente que, como la luz del sol, no tendría localidad. Sin localidad, no estaría definida.

Una conciencia como la luz del sol en un cielo absolutamente despejado. Y en el mismo ensayo en el que habla sobre el nirvana como un verbo, una acción constante más allá del espacio y del tiempo, señala:

el nirvana desde un principio fue entendido a través de la conciencia inestablecida –una que no va ni viene ni se queda en ningún lugar. No hay forma de que algo inestablecido se pueda quedar atorado en algo, porque no sólo no está 'no localizado', sino que también está indefinido.

Aquí nos acercamos a la metáfora del budismo tibetano, particularmente del dzogchen y el mahamudra, de la mente como el cielo o como el espacio, completa apertura no elaborada, indefinible. Es esta mente libre de todo límite y objeto, que también es llamada la mente natural o la conciencia prístina, la que realiza los actos de proporción cósmica que nos parecen milagrosos por no reconocerlos como meras manifestaciones de la naturaleza del sueño.

Me parece especialmente interesante el término de "no localidad" que usa Thanissaro Bikkhu para describir el nirvana. Este término es usado en la física cuántica para explicar el fenómeno del entrelazamiento cuántico a través del cual dos partículas pueden estar en contacto instantáneamente no obstante que se encuentren separadas por distancias casi infinitas. De hecho se utiliza para explicar la famosa spooky action at a distance con la que Einstein criticaba esta propiedad de la mecánica cuántica que rompía con el paradigma de la ciencia establecida. Aquí también la utilizaremos para explicar la misteriosa acción fantasmagórica a distancias de los budas. Tengamos en mente cuando leamos sobre las proezas de los budas que desafían nuestro sentido de realidad que todos estamos hechos de partículas que se comportan como budas, al menos en el sentido de que se comunican a distancias incomensurables y entran en estados de superposición (están en todas partes a la vez).

Considérese este famoso pasaje del Brahmajala Sutra:

Yo, un Vairocana Buda estoy sentado encima de pedestal de loto; en mil flores a mi alrededor hay mil budas shakiamunis. Cada flor soporta cien millones de mundos; en cada mundo un buda shakiamuni aparece. Todos están sentados debajo de un árbol bodhi, todos simultáneamente logran la budeidad. Todos estos innumerables budas tienen a Vairocana como su cuerpo. 

En la Oración de Samantabhadra al Rey de las Buenas Aspiraciones se lee:

En una partícula hay innumerables partículas, con inconcebibles budas y cielos en los que todos los budas habitan en el centro de la sabiduría de todos los bodhisattvas...

Y esta descripción que hace el profesor Robert Thurman de los budas vajradhara (budas primordiales) a partir de su lectura de Tsongkhapa, el fundador de la tradición del budismo gelugpa:

Así entonces, el hecho de que un buda vajradhara esté siempre abrazando a su consorte de sabiduría-intuición... significa que es perpetuamente indivisible del gozo de la libertad orgásmica, experimentando la complementariedad masculina-femenina de la completud orgásmica y su satisfacción en todo momento. Esto nos revela que un ser así no es más que la manifestación del gozo-vacuidad que es indivisible de los cuerpos beatíficos de la verdad infinita, en la que cada átomo y cada surgimiento de energía subatómica se experimentan como la liberación orgásmica de la emanación mágica de la creatividad.

Entre fractales, joyería cósmica y orgasmos holográficos, estas descripciones, que por lo demás no son infrecuentes, me hacen pensar en un sueño lúcido. La vida de un Buda, su estado de conciencia libre de las ataduras del mundo, parece ser la expansión insondable del sueño lúcido de una mente ilimitada. Thurman va más allá y describe el vehículo del tantra budista como un vehículo apocalíptico, es decir, el vehículo de la revelación perpetua, como si el universo se estuviera permanentemente iluminando, budificando y lo pudieras sentir en toda su mirífica, maravillosa multiplicidad desde la individualidad, cada uno de sus átomos, cada uno de sus cuerpos en el perpetuo estallido extático de la luz-conciencia.  

"Cuando entiende que puede ser muchos seres simultáneamente, como en la Matrix, se multiplica en muchos cuerpos porque sabe cómo funciona la estructura y puede ser innumerables seres a la vez que es un ser individual", dice el profesor Thurman, hablando de una propiedad que aparece en el budismo mahayana, el poder de estar en múltiples lugares y en múltiples manifestaciones al mismo tiempo (movido por la compasión), lo que se conoce como el nirmanakaya. De nuevo, esto sugiere el momento en el que entiendes que es un sueño y que puedes hacer cosas prodigiosas, utilizando la no localidad de la conciencia, porque en realidad todo está hecho de tu mente.   

Estos poderes mágicos o siddhis, que aparecen tanto en las leyendas tempranas de la vida del Buda como en los sutras del mahayana, nos sugieren que la realidad es un sueño, una ilusión o lo que la tradición india conoce como el maya, el poder de la ilusión. Otro "mago", Próspero, el protagonista de La Tempestad, entendió que las cosas estaban hechas de la misma sustancia que el sueño, lo cual es la teoría básica que posibilita la práctica de la magia.

Nuestros festejos han terminado. Estos actores nuestros /, como te dije, eran todos espíritus, / y se han fundido en el aire, en sutil aire / y, como la tela sin cimiento de esta visión/, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios /, los solemnes templos, y la misma gran esfera /, con todo lo que le pertenece, se disolverá,/ y, como este efímero espectáculo, no dejará rastro alguno./ Estamos hechos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños.

Palabras del bardo de Inglaterra que quizás pudiera haber dicho el Buda, al menos en alguna de sus manifestaciones metahistóricas. 

Para entender las fabulosas visiones del dharma del budismo mahayana es necesario recurrir a la explicación del sueño. Pero no sólo como una explicación estilo deus ex machina, sino porque el mismo sueño es el dharma, tanto en el significado de esta palabra como "verdad" o "realidad" como en su significado de "fenómeno". Todos los fenómenos son un sueño, la realidad de los fenómenos es que son un sueño. Existe la realidad... pero es un sueño. Existe la libertad, y es saberlo (o como dijera Adorno: "arte es magia liberada de la mentira de ser verdad"). Esto no es una interpretación mía. En el sistema lojong o entrenamiento de la mente del budismo tibetano, en uno de sus famosos eslogans, que contiene el método para lograr la bodhicitta absoluta se dice: "Considera todos los dharmas como sueños; aunque las experiencias parezcan sólidas, son sólo memorias pasajeras". La bodhicitta absoluta es la mente del despertar o la mente búdica, lo cual nos quiere decir que el reconocimiento de que el mundo es un sueño es en sí misma la mente búdica. Esto no significa que creer que el mundo es un sueño te hace un buda, sino que saberlo, pasar del plano de escepticismo intelectual en el que se considera la posibilidad de que el mundo sea un sueño a realmente vivirlo así plenamente, lleva la mente a la budeidad que es su verdadera naturaleza.

El maestro budista Dzigar Kongtrul hace un comentario a este eslogan del lojong en su libro Intelligence of the Heart que merece reproducirse aquí:

Los eslogans de la bodhicitta absoluta nos dan un método paso a paso para entender la vacuidad en niveles progresivamente más sutiles. Este eslogan nos pide que observemos las características de nuestros sueños y veamos lo que tienen en común con nuestra experiencia en la vigilia. Los sueños sólo ocurren bajo ciertas condiciones. Sólo podemos experimentar un sueño cuando estamos dormidos. Esto significa que los sueños no existen "allá afuera" por su propia cuenta. Sólo aparecen cuando una persona entra en un estado mental particular. Esto es bastante obvio en el caso de los sueños, pero, ¿cuándo se trata de nuestra experiencia despierta? Cuando estamos dormidos, nuestros sueños nos afectan y convencen de su realidad porque no nos damos cuenta de que estamos soñando. Similarmente, cuando estamos despiertos, estamos convencidos de que las cosas son reales porque no nos damos cuenta de que estamos malinterpretando lo que estamos percibiendo. De la misma manera que los sueños son una función de nuestro estar dormidos, los fenómenos diurnos son una función de nuestra falta de entendimiento. Durante el día tenemos varias percepciones que consideramos como "realidad". Por ejemplo, vemos una mesa. Pero nuestra experiencia de la mesa no está basada en ver lo que está ahí. Está basada en ver lo que pensamos que está ahí. Vemos la mesa como un objeto inmutable. Aunque estamos conscientes de que en algún punto la mesa envejecerá y eventualmente será destruida, vemos la mesa de hoy igual que la mesa de ayer o la de mañana. Pero esto no es verdad. Para que la mesa envejezca debe cambiar cada instante. Al darle a este fenómeno, que es un cambio continuo, el nombre de mesa, estamos tratando de fijar con lenguaje algo que no puede ser fijado. Si una mesa no permanece igual, ni siquiera un instante, siempre se está convirtiendo en un nuevo objeto.

La mesa está compuesta por innumerables partículas de energía que están surgiendo y desapareciendo, pero nosotros la vemos como algo sólido e inmóvil. Para un hombre de hace diez mil años no sería una mesa, sería un pedazo de madera o de algún material con una forma extraña y con una función desconocida y quizás poco útil. 

Luego Dzigar Kongtrul cuenta una historia muy ilustrativa. Se encontraba en un bello jardín disfrutando de la naturaleza cuando pisó el excremento fresco de un gato, lo cual le produjo un disgusto inmediato. Mientras se debatía en qué hacer para limpiar sus zapatos comenta:

Entonces noté una mosca que estaba disfrutando enormemente del excremento. Fue sobrecogedor notar que todo el problema –la suciedad, el olor ofensivo– todo estaba en mi mente, todo era una proyección. La mosca fue una gran maestra. Me recordó cómo todo es así; toda la experiencia no es más que la experiencia subjetiva de la mente... Las cosas no tiene una naturaleza intrínseca. En los sueños ninguno de los fenómenos que aparece tiene sustancia, pero esto también es cierto para la vigilia...

En realidad todas nuestras experiencias –ya sean de placer, dolor, enojo, alegría, etc.– son proyecciones de nuestra mente. Incluso el color, el sonido y el olor y demás sensaciones no existen en los objetos sino solamente en su interrelación con nuestra mente. Es la ilusión de la continuidad y la solidez de las cosas las que nos hace olvidar que finalmente son proyecciones de nuestra mente. Se puede objetar que si uno se deja atropellar por un automóvil que se mueve a alta velocidad, morirá seguramente (y entonces el automóvil debe ser sólido y real). Sin embargo, si seguimos las enseñanzas budistas, la muerte no es el fin de la existencia y el lugar donde uno reaparece es el resultado de nuestro estado mental –como también lo fue ese automóvil que nos atropelló–, el agregado o la congregación de nuestras proyecciones mentales. De la misma manera que un evento en cierta forma dramático o extraordinario nos puede despertar o simplemente cambiar de escenario dentro de un sueño, así en la vigilia un evento como el anteriormente descrito nos puede hacer despertar o cambiar de mundo, para seguir soñando. 

Vivimos de sueño en sueño, de cuerpo en cuerpo, de mundo en mundo, pero algunos logran despertar y esos son los budas. Cuando uno despierta en un sueño, cuando uno tiene un sueño lúcido, uno no entra de repente en otro mundo, en una nueva dimensión superior o algo así. Lo único que cambia es la percepción y el miedo que podemos sentir: al saber que es un sueño, el mundo deja de tener poder sobre nosotros y el sufrimiento cesa. Pero la realidad del mundo sigue siendo sueño, mente (aunque despierta). Otra forma de decirlo es: el estar despierto es nirvana y el hecho de que pensemos que el mundo es real es samsara (o maya), pero ambos no existen separados, no son dos cosas. La diferencia solamente estriba en saber que es un sueño o no. Un buda entonces es alguien que está despierto en el sueño, que ve las cosas como un sueño y por ello ha erradicado la posibilidad de sufrir. Al saberse sueño, es libre y su libertad no tiene límites porque es un sueño.  

A mi juicio la única manera de explicar las fantásticas descripciones del budismo pero también las fantásticas propiedades de la naturaleza como las ha revelado la física cuántica es contemplando la idea de que el mundo es un sueño, la metáfora preferida de todo los contemplativos y artistas que se han preguntado por la naturaleza de la realidad (e incluso hoy en día la ciencia considera seriamente que el mundo puede ser una simulación); la misma física del universo existe en originación dependiente, coemerge con la conciencia que la observa. Ésta incluso podría ser la función espiritualmente evolutiva que responde al misterio de por qué soñamos: para darnos cuentas de que la realidad es, como el sueño, una proyección de la mente. Pero si todo es un sueño, entonces también el Buda Shakiamuni y todos los infinitos budas y todas sus tierras puras no son más que ilusiones, ni siquiera ellos existen más que como sueños. El Buda es un sueño pero tiene una función venerable, ayudarnos a despertar. Y hay algo más, y éste es el secreto abierto del budismo mahayana: lo que más facilita nuestro viaje de descubrimiento de la realidad como sueño –lo que más aclara nuestra visión y hace lúcida nuestra conciencia– es ayudar a que los otros despierten. De alguna manera misteriosa ésta es la función de esta infinita procesión de mundos oníricos, crear escenarios que sean propicios para el despertar.

Pon en práctica lo leído con este ejercicio de mindfulness budista: "recuerda, esto es un sueño".

Twitter del autor: @alepholo