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Una reseña del que tal vez sea el documental que mejor define nuestra época.

La verdad, que no se atreve a decirse, es que nadie tiene el control.

-Terence Mckenna

En cierto sentido, todo está en todas partes todo el tiempo. Porque cada locación involucra un aspecto de sí misma en toda otra locación.

-Alfred North Whitehead

 

En su más reciente documental Adam Curtis sugiere, a lo largo de casi 3 horas de intensa estimulación sensorial e intelectual, que hemos convertido el mundo en una masivo engaño que todos consumimos, hasta al punto de que es tomado como lo normal. El término que usa es Hipernormalisation, tomado de un libro del historiador ruso Alexei Yurchak, con el que describe los últimos días del estado soviético en los que todos sabían que el sistema era insostenible; nadie creía ya en la ideología ni en el futuro, pero aún así se seguía adelante, en una especie de resignación indolente e hipnótica. Esta idea recuerda también la noción de hiperrealidad, como ha sido descrita por Baudrillard, entre otros, en la que la representación de la realidad se confunde con la realidad misma, y la falsificación es tomada como auténtica, hasta el punto en el que una realidad base, original o no mezclada con la simulación deja de existir.

Antes de proseguir con la reseña, aquí el enlace a una transcripción resumida de toda la narración que hace Curtis en el documental y los eventos principales que trazan la cronología de cómo el mundo dejó de ser real y el poder pasó de los políticos a las corporaciones y a los sistemas de información. El documento puede consultarse para estudiar la obra (y la historia reciente del mundo), como una guía de Hypernormalization y como un recurso también para quienes no hablan inglés. 

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En el trailer del documental Curtis anuncia un estado fársico que oculta el estado fallido del poder: “Vivimos en un mundo donde los poderosos nos engañan. Sabemos que mienten, y ellos saben que sabemos que mienten, pero no les importa. Decimos que nos importa, pero no hacemos nada. Nada nunca cambia. Es normal. Bienvenidos al mundo de la post-verdad”. Así explica, entre otras cosas el BREXIT y el surgimiento político de Donald Trump (quien es prueba de que la verdad ya no importa). El mundo de la post-verdad es también el mundo de la post-política. Curtis mantiene que desde hace unos 40 años el mundo se ha vuelto demasiado complejo para que los políticos puedan realmente tener una influencia significativa —que puedan cambiar la dirección de las cosas— y aferrándose a su poder (que cada vez es menos), han conjurado la narrativa de un mundo simple —con dicotomías como buenos y malos, dictadores que son una especie de supervillanos, amenazas terroristas y demás temáticas polarizadoras. Esta es sólo la fachada que intenta ocultar que el mundo es regido por las corporaciones, e incluso más aún, por el complejo sistema financiero y los softwares inteligentes que devoran datos para predecir conductas. Estos mismos sistemas, como ocurre con el Internet, están construidos de tal manera que crean lo que se conoce como una “filter bubble” en la que todos los usuarios constantemente reciben una versión de la realidad basada en lo que de antemano ya les gusta, creando pequeñas bolsas de realidad que sólo afirman las creencias preestablecidas y  los mantienen aislados de ideas que desafían sus nociones básicas (el axioma de los algoritmos es: if you liked that, you will love this). Nuestra experiencia con la tecnología moderna es la de un espejo, tiende al narcisismo, e incluso a un narcótico: nos empachamos de nosotros mismos y quedamos sedados, aislados en el confort de nuestra burbuja algorítmicamente personalizada del mundo externo, el cual es frustrante ya que no podemos cambiarlo y se comporta caóticamente.

 

Hypernormalisaton sitúa el origen de este proceso, que explica como una retirada, una especie de escapismo hacia la ilusión de que seguimos controlando el mundo, en 1975. (En un mundo irreal y físicamente infinito, como el nuestro, todos los puntos son el centro, así que realmente Curtis podía haber escogido cualquier punto en la historia y desde ahí empezar a conectar las hebras). Pero el primer punto que escoge es octubre de 1975, el momento en el que los bancos tomaron control de Nueva York. La ciudad enfrentaba la bancarrota y los bancos habían decidido no tomar su deuda. Sin embargo, explicaron al presidente Ford que la bancarrota de Nueva York podía tener una serie enorme de repercusiones en la economía mundial. Para salvar a la ciudad, que se mostraba incompetente, el gobierno aceptó la injerencia de los bancos que la obligaron a tomar medidas de austeridad. Emblemáticamente, para Curtis, este día marcaría el relevo de poder de lo político a lo financiero.

El otro momento que conecta Curtis es la reunión en Damasco en 1975 de Henry Kissinger y el presidente de Siria, Hafez al-Assad. Kissinger, haciendo uso de su famosa estrategia de “ambigüedad constructiva”, a grandes rasgos, habría engañado a Assad, quien buscaba negociar la paz para toda la región y fortalecer al mundo árabe. Kissinger habría motivado a Egipto a firmar otro tratado con Israel y sepultado la intención de Assad de lograr regresar a su país a los palestinos. Este momento es importante según Curtis porque al darle la impresión a Assad de que era irrelevante en el balance estructural del sistema global, éste se habría enardecido. Assad más tarde sería el pionero del terrorismo radical de ataques suicidas, que derivaría en el pánico actual y en el surgimiento de organizaciones extremistas como ISIS.

De estas dos fuentes, Curtis traza lo que ha sido llamada por un periodista del New York Times “la historia secreta de todo”, un banquete de periodismo de investigación, imágenes subversivas, glitches, paranoia iluminada y análisis sociológico. 

En dos momentos del documental vemos que la política de Kissinger, y él mismo también lo expresa, encarna la idea fundamental de que en nuestro mundo “todo está conectado con todo”. Esta es la base de un (nuevo) orden global. Una noción a través de la cual luego Occidente llegaría a pagar sus maniobras en el Medio Oriente, habiendo alimentado los demonios que se volcarían en la forma del terrorismo y el pánico mediático-ambiental del mismo.

Esta misma frase la podemos aplicar ciertamente a Curtis, quien utiliza una técnica vertiginosa de yuxtaposición y concatenación —a veces de temas y motivos discordantes— para tejer una gran narrativa: una historia de disolución de la política en el espectro de su propia irrealidad. Todo está conectado con todo: Curtis es una máquina de conectar datos e imágenes y explorar ideas, desenterrar conexiones subyacentes e hilar narrativas. Sin embargo, con el fin de crear narrativas todo-coherentes, de encontrar hilos negros detrás del sistema, él mismo cae en la sobre-simplificación de la que acusa a los políticos en su documental. Parte del colapso de la realidad y del poder como tal es también el colapso de las grandes narrativas, sin embargo, existe la necesidad de encontrar sentido y tapar la vehemencia del caos con una madeja estéticamente satisfactoria, aunque esta misma madeja sea también hecha con la misma sustancia de sueños e ilusiones. Dicho eso, ¿le debemos exigir a un documental que desarrolla la tesis de que el mundo ha dejado de ser real que se limite a lo absolutamente comprobable e indudable? Hay una cierta  justicia poética en que estire la liga y que incluso el documental mismo sea una pruebas más de la imposibilidad de delimitar las fronteras entre lo real y lo irreal. Quizás más importante que las intuiciones que explora Curtis sean verdad o no, algunas de las cuales son indudablemente brillantes, es que nos hagan reflexionar sobre la naturaleza misma de la realidad y el poder y su juego de apariencias. 

Curtis con gran poder de convencimiento nos hace ver lo que tal vez sean teorías de la conspiración (aunque bastante bien documentadas) como piezas de este rompecabezas con el que el mundo configura su rostro de ficción política, su máscara ubicua. Muammar Gaddafi es en este sentido el protagonista. Gaddafi es primero utilizado por los poderes occidentales para crear la imagen del exótico y delirante dictador como un supervillano global (la cual sirve no sólo para movilizar la economía militar, sino también para ocultar que los políticos no saben lidiar con la realidad, cuyos problemas no tienen solución) y la cual tendría varios avatares. Gaddafi asume la culpa de atentados que no cometió, y luego es utilizado como una demostración de la evangelización democrática, de los beneficios del intervencionismo (cuando entrega las armas nucleares que nunca tuvo). En una escena de marketing político casi surrealista, Gaddafi, quien había sido promovido como un maniático, es rebrandeado como un intelectual, un relevante pensador político apareciendo en un programa de debate político con intelectuales británicos. Por supuesto, cuando es conveniente, para probar el poder democrático de las tecnologías sociales, a la luz de la llamada “primavera árabe”, los amigos de Gaddafi lo destruyen sin el menor reparo.

Todo esto, explica Curtis, es parte de lo que agencias de inteligencia han llamado “el manejo de la percepción”. Por todas partes se siembran historias dramáticas en las cuales no importa la veracidad (incluso si son ridículas), con tal de que sean capaces de distraer a las personas y permitan a los políticos evitar tener que lidiar con la naturaleza imposible de resolver los problemas mundiales. Un ejemplo especialmente conspicuo es el caso de los OVNIs. Curtis, siguiendo la tesis del documental “Mirage Man”, nota como el incremento de los avistamientos de luces no identificadas en los 80 va de la mano de una serie de documentos clasificados que son sembrados entre entusiastas de este movimiento, revelando que el gobierno encubre un pacto con una civilización extraterrestre y otras teorías similares. Mientras tanto, el gobierno, a su vez víctima de la conspiranoia sobre las armas soviéticas, desarrolla todo tipo de armas de combate secretas que prueba en distintas partes del mundo. La realidad deja de importar, se vuelve un medio completamente maleable al servicio de un fin —mayormente, ocultar que ésta ha dejado de existir. Una tautología alucinatoria en la que la ausencia consustancial de lo real es ocultada con un paisaje falso. 

El ejemplo más taimado y genial de este “manejo de la percepción”, es Vladislav Surkov, un ex director de teatro que tomó ideas del avant guard y las llevó al corazón de la política. Surkov es uno de los responsables de mantener a Putin en el poder a través de una serie de estrategias que desafían toda noción de manipulación política, instaurando un teatro de ilusiones sobre la faz de la política rusa. Surkov ha creado partidos políticos enteros que se oponen a Putin, grupos antifacistas y a la vez también grupos neonazis como actores de un juego de ajedrez político cuyo motivo parece ser la confusión total, hacer que nadie sepa qué es real. Un analista la llamó “una estrategia de poder que mantiene a toda oposición completamente confundida, una interminable metamorfosis que es invencible porque es indefinible”. Pero lo verdaderamente innovador, y totalmente en sintonía con nuestra época, según Curtis, es que Surkov no sólo alimenta las teorías de conspiración, él mismo se atribuye la autoría de estas maquinaciones. 

Si somos un poco suspicaces podemos aplicar esta misma lectura al mismo Curtis, quien después de todo está haciendo un documental para la BBC (para su iPlayer), aunque su temática parece completamente extraña para este medio, que representa el poder político del cual el documental es una especie de canción de cisne. Estos nos coloca en un intrincado entramado de autorreferencias, de propaganda fractal, de la destrucción de lo real como estrategia. Y, sin embargo, podemos especular e ir más allá que Curtis y decir que esta fantasmagoría ontológica no es algo que ha sido orquestado en la historia reciente, es la naturaleza misma de la realidad: la ficción, un mundo que sólo existe en la representación del mismo: no existe un allá afuera, real y objetivo. Lo único nuevo son los medios tecnológicos de representación de la realidad que nos hacen ver —como modelos heurísticos— lo que siempre había sido: el mundo como māyā o samsara, hecho de la misma sustancia que los sueños. Todos viviendo en nuestra mente y ahora viviendo en plataformas digitales y en mundos virtuales, que son sucedáneos que nos permiten escapar nuestra incapacidad de entender que nuestra mente es el mundo.

Pero, más allá de esta especulación de orden metafísica, quiero rescatar la que me parece es la idea más profunda y mejor argumentada, y la cual Adam Curtis ha trabajado en otros documentales (como los excelentes Century of Self, The Trap, entre otros). Esto es, la noción de que la individualidad es un concepto que ha inventado la modernidad, el cual es bastante útil para reforzar y mantener el sistema actual.  El individualismo y nuestro derecho de ser individuos que autodeliberan y construyen su propia identidad es lo más cercano a algo sagrado en Occidente. Y por ello se justifica la guerra y el intervencionismo: invadir un país en el extremo del mundo para liberar a sus ciudadanos de la programación colectiva de un estado terrorífico que no garantiza las libertades individuales. Y también el colonialismo cultural y económico: la tecnología que libera a través del acceso a la información, pero no sin instaurar la propaganda del entretenimiento. "Lo que argumento es que esta es una posición neoconservadora, ya que con el surgimiento del individualismo, tiendes a ver una corrosión de las ideas de vinculación social y redes comunales, porque todos existen por su propia cuenta”, dijo Curtis. Por otro lado, ésta noción de ser individuos realmente únicos y auténticos es en buena medida una fabricación. “El iPhone es un buen ejemplo. Las personas realmente quieren uno —para expresarse. Pero todos quieren uno, al mismo tiempo”.

En Hypernormalisation, Curtis muestra cómo el deseo de una revolución colectiva, basada en el insistente activismo grupal, se ha ido retirando hacia el individualismo que protesta en Internet, desde la comodidad de su hogar y difícilmente es capaz de disolver su identidad en un grupo. Pero, para ser parte de un movimiento que pueda lograr un cambio significativo “es necesario subsumirse en el grupo y sacrificarse por algo, por mucho tiempo”.  Hoy en día con una atención fragmentada incapaz de sostenerse fijamente, en parte por la forma en la que está programado el internet y nuestros gadgets, no hay mucha constancia revolucionaria colectiva. 

Curtis sugiere que desde mediados de los setentas y en adelante ha dominado la noción de que, desencantados del mundo político-social que resulta difícil de cambiar, las personas se han retirado hacia los entornos de la revolución interior posible. El mundo ya no se desea cambiar sólo se experimenta individualmente. La revolución puede ocurrir, pero sólo en la mente o acaso en el cuerpo (y aquí desatando también toda la cultura del fitness y el consumo de cosméticos). Aquí entra también la construcción del mito del Internet como una utopía de libertad. Muchos de los arquitectos del Internet, alimentados por ideas ligadas a la contracultura hippie y al LSD (y la noción de la Noósfera de Teilhard de Chardin) concibieron la Red como un espacio donde las personas podían estar libres de la corrupción del mundo real. Uno podría alcanzar la libertad en el ciberespacio, si bien no en la realidad. En el ciberespacio no existirían las estructura jerárquicas de poder, todos serían pares vinculándose y desencadenando el torrente de la información como una cascada psicodélica de libertad. Esto, por supuesto resulto ser una fantasía. El Internet hoy en día se parece más a la visión distópica de William Gibson que a la visión de John Perry Barlow (quien incluso redactó una Declaración de Independencia del Ciberespacio), y se erige como una red de vigilancia y oligopolio corporativo a través del monitoreo y la minería de datos. Es el nuevo sistema de poder a través del conocimiento, en el sentido de Foucault. Sólo que ahora los que tienen el poder son las corporaciones que controlan los sistemas de información.

Adam Curtis es uno de los más importantes comentaristas de nuestro mundo actual, sobre todo en tanto a que es capaz de hacerlo en el medio que más efecto tiene y en un lenguaje sumamente atractivo, incluso subversivo. Errol Morris, quien para muchos es uno de los grandes documentalistas de nuestra época, ha dicho “cuando sea grande quiero ser como Adam Curtis” y que “no hay nadie como él”. Hypernormalisation es una curso condensado de la historia secreta de los eventos políticos de los últimos años, pero sobre todo de las ideas que los in-forman, sus motivaciones ocultas y los sistemas operativos de la realidad. Las ramificaciones son vastas, el panorama que dibuja es desconcertante; lo único seguro es que cualquiera que quiere entender el mundo actual, más allá de que suscriba a las ideas de Curtis o no, se verá beneficiado viendo esta pieza. 

Una mención finalmente al aspecto formal de la obra, a su notable montaje —la edición refleja la misma irrealidad del contenido, con glitches y loops y memes que documentan la nueva estética de la Red. Especialmente una pincelada genial puede verse en la edición que hace de la destrucción de los edificios simbólicos del poder de Nueva York, tomando películas de Hollywood de antes del 2001, un guiño directo de las fuerzas de la destrucción de la realidad. Nótese también la formidable selección musical, especialmente los temas de Burial y Aphex Twin.

Twitter del autor:@alepholo

Enlace a una transcripción resumida de toda la narración: línea de tiempo y temas principales de Hypernormalisation

 

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La primera entrega de una serie que explora la forma en la que la ciencia materialista ha caído en algunos de los mismos rasgos fundamentalistas, intolerantes y dogmáticos que ha criticado antes en la religión

Creo que la división del mundo en objetivo y subjetivo es arbitraria. El hecho de que las religiones a lo largo del tiempo hayan hablado con imágenes, parábolas y paradojas significa solamente que no hay otra forma de asir esas realidades a la que se refieren. Pero eso no significa que no sea una realidad genuina. Y dividir esta realidad en objetiva y subjetiva no nos llevará muy lejos.

-Niels Bohr

La ciencia moderna ha logrado un nivel de aplicación del conocimiento cuantitativo que resulta asombroso. Su poder de modificar la naturaleza exterior, extraer recursos de la misma y transformar el saber en tecnología la han propulsado a la cima del edificio del conocimiento establecido, hasta el punto de que a veces uno podría pensar que es el único método válido para acceder a la realidad o a la verdad. Quizás también por esta misma efectividad, la ciencia parece haber eclipsado y desacreditado a otras vías de conocimiento sin que realmente haya aplicado su propio método científico para analizar, y menos refutar, estos métodos de conocimiento que se erigen como alternativos en relación a su perspectiva hegemónica, de esta manera encaramándose dogmáticamente sobre su propio prestigio. Particularmente, la crítica que desarrollaré aquí es a la visión materialista de la ciencia (y no al quehacer científico en general), la cual, sin embargo, es la ideología dominante dentro de la ciencia actualmente –una ciencia que supuestamente debería estar libre de ideología, lo cual, sin embargo, es prácticamente imposible ya que la ciencia está compuesta por personas, las cuales tienen experiencias subjetivas que les hacen tener ciertas ideologías, y éstas, a su vez, se reflejan en sus actividades y experimentos–. Así, podemos observar rasgos fundamentalistas en la forma en la que la ciencia materialista no considera dignos de estudio fenómenos que no pueden medirse, descartando la existencia de fenómenos inmateriales y, sobre todo, en su intento por reducir la conciencia a un epifenómeno de la materia e incluso a negar su existencia, ya que ésta atenta contra su perspectiva de un universo donde todo puede reducirse a procesos exclusivamente materiales (véase: Los 10 dogmas de la ciencia según Rupert Sheldrake). También, existen ciertos rasgos fundamentalistas en la forma en la que la ciencia ha sido secuestrada, en algunos casos, por el poder político, como una ideología (que es dueña exclusiva de la verdad) para demeritar las creencias religiosas como meras supersticiones, como es el caso de la invasión genocida del Partido Comunista Chino en el Tíbet que ha atacado las creencias de este pueblo. En esto, sin embargo, habría que decir en favor de la ciencia lo mismo que dijo Werner Heisenberg en favor de la religión, cuando se le acusaba de injusticia y crueldad en contra del pueblo: "Simplemente estás juzgando a la religión por sus abusos políticos". Hago este punto simplemente porque los materialistas científicos militantes suelen decir que la religión es un peligro para la humanidad, lo cual es una confusión, el peligro yace en el abuso y en la manipulación política de la ideología (véase: Por qué el llamado terrorismo islámico no es religioso, es político) y lo mismo puede ocurrir con la ciencia materialista.

En esta serie de artículos exploraremos la forma en la que la preponderancia que tiene la objetividad (o, en su reverso, el tabú de la subjetividad, como lo llama Alan Wallace) y el mundo externo cuantificable dentro del método científico han derivado en una serie de dogmas y rasgos fundamentalistas que remiten a algunas de las características que muchos partidarios del materialismo científico han criticado ferozmente en la religión. Este método de interrogación de la realidad, bajo el supuesto de que existe una realidad independiente (de nuestra mente y de nuestro método de interrogación) ha omitido, y, en su omisión, deslegitimado e invalidado el conocimiento interno subjetivo, como si éste fuera irrelevante. Al hacer esto la ciencia parece estar diciendo que la experiencia inmediata subjetiva no tiene valor, es igual a una alucinación (a un fantasma en la máquina), en oposición a la realidad superior de la experiencia objetiva consensuada que emerge directamente (y sin ser afectada por la experiencia consciente de los científicos). Y, sin embargo, la experiencia humana en su sentido más puro, profundo y común, nos dice que lo verdaderamente valioso, lo que tiene sentido y significado en nuestra vida es la experiencia subjetiva cualitativa; la experiencia de estar enamorados, de ver el azul del cielo, de escuchar cierta música, etc., todo lo cual entra en la dimensión de lo que se conoce como qualia, algo que para el famoso filósofo materialista Daniel Dennett ni siquiera existe. Por lo demás, para Dennett, considerado una de las grandes mentes científicas de nuestro tiempo, "somos robots hechos de robots hechos de robots", que podemos ser equiparados a "complejos zombis".

La visión materialista llega al punto de negar la existencia de la conciencia, pero al hacer esto invoca un razonamiento dogmático que podría ser refutado con algo similar al legendario "y sin embargo, se mueve", de Galileo, y sin embargo... el decir que la conciencia no existe es ya de suyo un acto de la conciencia y, de hecho, cualquier cosa que se diga, cualquier teoría científica que se presente o incluso cualquier medición de un fenómeno material no tiene existencia comprobable fuera de la conciencia (no podemos escapar de su red relacional) y ocurre, más que en el espacio exterior físico, en la conciencia. Todas las cosas que sabemos, más allá de que exista un mundo material independiente de nuestra conciencia, las sabemos en nuestra experiencia subjetiva –son una interpretación mentalmente procesada de la luz y las fluctuaciones de energía de las cuales están compuestas las cosas que conceptualizamos como objetos–, por lo cual, decir que no existe la mente o que no existe la conciencia es aún más ridículo que decir que la tierra es plana o que Dios creó el mundo hace 6 mil años, es negar el hecho más evidente que existe, es negar nuestra propia existencia. Usar la conciencia para decir que la conciencia no existe. 

El hecho de que algunos de los científicos más destacados de nuestra era lleguen al punto de negar la conciencia muestra hasta qué nivel se ha implantado la doctrina del materialismo científico en nuestra sociedad. Aquello que no puede medirse o aquello que no aparece dentro de los instrumentos que tenemos para acotar lo que es real, entonces, no puede existir (los filósofos de la India parecen haber enfatizado una relación entre el acto de medir y la ilusión, siendo que la palabra māyā, que significa "ilusión" se deriva de la raíz que designa "medir" y que Ananda Coomaraswamy vincula con la misma raíz de "materia"; quizás porque para ellos lo único real era el ser supremo o espíritu universal que no podía definirse, era inconmensurable). De manera relacionada, El cardenal Bellarmine había contestado al realismo científico de Galileo que las teorías científicas eran solamente formas de hacer que las apariencias se volvieran inteligibles, sin que necesariamente describieran la naturaleza verdadera del mundo más allá del velo de las apariencias. Alan Wallace arroja un poco de luz a cómo hemos llegado a considerar que sólo lo medible es real (o cómo hemos caído en el hechizo mágico de māyā, la ilusión de una existencia solamente material):

Pese a siglos de investigación filosófica y científica sobre la naturaleza de la mente, en el momento actual no existe tecnología que pueda detectar la ausencia o presencia de ningún tipo de conciencia, ya que los científicos no saben realmente qué es lo que debe medirse. Estrictamente, en el presente no existe evidencia científica de la existencia de la conciencia. Toda la evidencia directa que tenemos consiste de relatos no científicos en primera persona de estar conscientes. La raíz del problema, más que con la insuficiencia tecnológica del momento, tiene que ver con que la ciencia no tiene un marco teórico con el cual realizar investigaciones experimentales. Mientras que la ciencia ha deslumbrado primero a toda la sociedad euroamericana y luego a casi todo el mundo con su progreso iluminando la naturaleza del mundo físico externo, mi argumento mantiene que ha oscurecido mucho del conocimiento anterior sobre la naturaleza de la realidad interna de la conciencia. En este sentido, nosotros, en la modernidad occidental, vivimos sin saberlo en una edad oscura. 

En cierta forma al ser fiel a su método de manera un tanto fanática la ciencia se ha cegado al aspecto más claro e importante de la realidad: la conciencia y el entendimiento de nuestra propia naturaleza. Wallace sugiere que la capacidad de generar conocimiento aplicado en tecnología y el dominio (o explotación) del mundo exterior de la ciencia moderna ha hecho que pasemos de largo los descubrimientos de otras culturas, que, con su propio método, hicieron ciencia igualmente valiosa, una ciencia contemplativa cuyo objeto de estudio fue la mente misma y su relación de interdependencia con la realidad que experimentamos. Wallace cita un texto de Daniel Boorstin, The Discoverers: A History of Man's Search to Know His World and Himself en el que se asume que el descubrimiento es una empresa exclusivamente occidental, la cual se realiza pese a los obstáculos que históricamente le ha puesto la religión. Se olvida este autor de considerar, sin embargo, los descubrimientos que han hecho sobre la naturaleza de la conciencia religiones como el hinduismo, el budismo y otras más, que se han dedicado miles de años a investigar cómo funciona la mente y desarrollar técnicas para pacificarla, lograr grandes hazañas de concentración, generar compasión, acceder a estados no ordinarios de conocimiento y eliminar el sufrimiento (por lo cual no es casualidad que la gran aportación que está haciendo la ciencia al conocimiento aplicado de la mente en estos tiempos sea el mindfulness, el cual ha tomado de las tradiciones religiosas de la India, luego de una serie de diálogos interdisciplinarios entre la religión y la ciencia).

Alan Wallace hace una interesante distinción entre los campos de desarrollo de la ciencia y la religión. Wallace mantiene que la ciencia moderna ha logrado producir una serie nunca vista antes de beneficios hedonistas (placer y comodidad), pero no ha hecho casi nada por el aspecto eudaimónico de la vida (el significado de la vida y la felicidad sostenible, no basada en el placer). No es de extrañarnos que, si bien la ciencia ha contribuido enormemente a satisfacer las necesidades materiales de la existencia, alargar la misma y producir tecnología que la hace más cómoda no ha tenido un éxito similar en brindar sentido a nuestra existencia y mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos y con el entorno (prueba de ello es que existe una relación proporcional entre el nivel de ciencia aplicada en tecnología y en la producción de objetos de consumo y el estado de destrucción del ecosistema: desde la revolución industrial se ha incrementado hasta 10 mil veces el ritmo de extinción de especies en la Tierra, lo cual es un síntoma de lo que ocurre cuando tenemos ciencia sin conciencia). O, como mantiene Wallace en su libro The Taboo of Subjectivity, la ciencia "aunque ha aumentado enormemente el bienestar físico y la seguridad de mucha de la población mundial, ha logrado poco en cuestión de descubrir estrategias para encontrar una mayor felicidad personal, salud mental, compasión y altruismo y armonía social". Y es en este sentido donde la religión juega un papel importante en la actualidad y jugará un papel importante en el futuro. Si son resueltos los aspectos básicos de la existencia con relativa soltura, como ya ocurre en algunos países occidentales, entonces tendremos la posibilidad de dedicarnos a una vida hedonista (que en la actualidad está dominada por el entretenimiento basado en un soporte tecnológico) o a un aspecto eudaimonista, a buscar, por así decirlo, el sentido más alto y loable de la existencia, el arte, la espiritualidad, el altruismo. Es aquí donde lo que antiguamente ha sido provisto por la religión se podría beneficiar enormemente de la ciencia, la cual más que el verdugo de lo religioso sería finalmente el facilitador. Lo que me recuerda una frase del polémico ocultista Aleister Crowley "nuestro método es la ciencia; nuestra meta es la religión". Y esto hay que entenderlo en el sentido original de la palabra religión: re-ligar, reconectar con lo más profundo de la existencia, con nuestra propia naturaleza, con la mente en su estado puro, con lo que sea que dé significado y propósito a la vida (y en esto se puede invocar a una divinidad, pero no es del todo necesario como ocurre en la religión budista).

El poder y prestigio que tiene la ciencia en la actualidad, a diferencia del desprestigio en el que está sumida la religión, al menos dentro del discurso oficial e intelectual aceptado convencionalmente, tiene que ver justamente con la construcción de un mundo en aparente progreso (es decir, un mundo que claramente ha progresado en sus logros materiales). Cada vez tenemos más cosas y nuestras cosas hacen cada vez más cosas que antes nos hubieran parecido mágicas (ésta es otra forma en la que la ciencia ha reemplazado a la religión o al pensamiento mágico, deslumbrándonos con objetos brillantes que nadie o casi nadie entiende cómo funcionan y por lo tanto ejerciendo un poder en el saber). Sobre este impulso de progreso, David Noble escribe en su popular La religión de la tecnología: "La esperanza de la salvación final a través de la tecnología, sin importar los costos humanos y sociales inmediatos, se ha vuelto la ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo masivo por lo novedoso estratégicamente inducido por el marketing y avalado por un anhelo milenarista por nuevos comienzos".

A diferencia de la filosofía y la teología que no parecen tener gran dominio sobre el mundo material en el que hemos depositado nuestra esperanza y nuestro deseo, la ciencia comprueba constantemente su valía, conquistando el mundo material y transformándolo. A partir de que Galileo tornara la mirada hacia afuera, hacia el mundo cuantificable, el método científico ha consolidado un éxito rotundo. Esto es indudable, sin embargo, es necesario preguntarnos si el éxito sobre el mundo material se ha traducido realmente en un estado de felicidad sostenible, es decir, felicidad que pueda mantenerse continuamente, que no dependa de estímulos efímeros y que no esté sujeta a vicisitudes incontrolables. Dice Alan Wallace:

La filosofía [en comparación] no ha logrado un consenso práctico aplicable, no hay crecimiento de conocimiento consensual aplicable [en la filosofía].  Tampoco la teología.... Esto les da a las personas la impresión, hasta cierto punto razonable, aunque falsa, de que la única forma de conocer la realidad es usando el método científico. Cuántas veces han escuchado esto en las religiones, en el islam, en el cristianismo, en el judaísmo, en el budismo: "ésta es la única forma, tenemos la única forma" [de acceder a la verdad]. Ahora tenemos un nuevo sucedáneo de la religión, la ciencia es la única forma. Se asume que sólo el eurocéntrico ha descubierto algo [que valga la pena, como la tecnología], entonces esto parece un poco razonable... Lo que surge de esto, y sólo lo puedo describir como una forma de autohipnosis masiva, es que ya que los métodos científicos, objetivos, basados en conocimiento en tercera persona, son lo único válido para conocer la realidad. Entonces todo lo que no es medible objetiva y cuantitativamente, no existe. Recita esto como un mantra 100 mil veces y llegarás a la conclusión de que la mente no existe como mantiene Michio Kaku o a la conclusión de Michael Graziano, de la Universidad de Princeton, de que la conciencia no existe, otras 100 mil veces y llegarás a la de Daniel Dennett de que las apariencias no existen, quien paradójicamente ha escrito un libro llamado Breaking the Spell (Rompiendo el hechizo), en el que desacredita a la religión sin darse cuenta de que él mismo está hipnotizado profundamente, lo que se manifiesta en el hecho de negar que existe la experiencia. 

La creencia sostenida por materialistas científicos como Dennett, Richard Dawkins, Michael Graziano y otros, de que el mundo material es la fuente única de toda la realidad es una nueva forma de idolatría que puede refutarse fácilmente (sin que esto signifique que la materia no existe y todo es una conciencia o algún tipo de postulado semejante que podría ser cierto, que no puede negarse pero que tampoco puede comprobarse). Como señala Alan Wallace "el espacio mismo no está compuesto de materia y energía... y las ecuaciones matemáticas, las leyes de la naturaleza no están compuestas de tiempo espacio, materia o energía y, sin embargo, ¿quién puede negar que existen y  que sin embargo no son físicas?". Se podría debatir que las leyes matemáticas no existen más que en relación a nuestra mente (y no como formas eternas en una dimensión arquetípica trascendente), pero de cualquier manera sería inaudito y casi suicida para un científico considerar que las leyes matemáticas del universo no existen, y, sin embargo, no pueden explicarse materialmente, de la misma manera que la conciencia no puede ubicarse en ningún punto específico del cuerpo. Por otro lado, algunos físicos han sugerido que la materia misma no está hecha de materia, sino que está hecha de información, lo cual sugiere que la conciencia existe al nivel fundamental del universo . 

Werner Heisenberg, el físico que desarrolló el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, creía que "los átomos no son cosas ni objetos", son tendencias, probabilidades o ideas. "De hecho las unidades más pequeñas de la materia no son objetos físicos en el sentido ordinario; son formas, ideas, que pueden expresarse sin ambigüedad sólo en el lenguaje matemático", y estas unidades inmateriales que paradójicamente componen la materia existen, según Heisenberg, de manera indivisible con nuestra conciencia inquisitiva. "Lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestros métodos de cuestionamiento". Y, también, "los conceptos científicos cubren siempre sólo un aspecto muy limitado de la realidad, la otra parte que no ha sido entendida todavía es infinita".

John Archibald Wheeler acuñó famosamente la frase "it from bit", la cual es una alusión al carácter ontológicamente fundamental de la información. Wheeler postuló la idea para resolver el problema de la medición de la física cuántica, de que el universo no era objetivo, sino participativo o intersubjetivo, es decir, había una codependencia entre el observador y lo observado, que era lo que determinaba la realidad. 

Alan Wallace, quien tiene una licenciatura de física por la Universidad de Amherst y un doctorado de religión por la Universidad de Stanford, explica por qué la visión de Wheeler se acerca a lo postulado por lo que llama la "ciencia contemplativa budista":

Wheeler veía la totalidad del cosmos como un sistema cuántico... La información semántica –eso es, información que tiene un contenido significativo– en lugar del espacio-tiempo y la masa-energía es considerado como lo fundamental del universo, de ahí su motto "it from bit". Si uno sigue la lógica de esta hipótesis, inmediatamente descubre que la información significativa es imposible sin un sujeto consciente para el cual la información hace sentido y sin algo que sea el referente de esa información. Así que, estos tres –la información, alguien que está siendo informado, y aquello de lo cual ese alguien está siendo informado– deben ser mutuamente interdependientes. Éste es un tema que yace en el núcleo del camino medio, o madhyamika, del budismo. La existencia de un mundo físico, objetivo, independiente de una medición, es por principio incognoscible, justo como lo es la existencia de una mente no física y subjetiva independiente de un objeto conocido. Tanto sujeto como objeto están "vacíos" de cualquier existencia inherente por sí mismos, así que todos los fenómenos emergen como eventos interdependientes. 

Aquí Wallace compara la noción de la originación dependiente o coemergente (pratityasamputpada) o lo que el maestro budista Thich Naht Hanh ha llamado "inteser", con la idea del "observador-participante" de la física cuántica.

Con esto último concluimos esta primera parte, buscando  abrir la puerta a un diálogo entre la religión y la ciencia, acaso como el del Dalái Lama y científicos como Richard Davidson (entre otros), el de David Bohm y J. Krishnamurti, el de Carl Jung y Wolfgang Pauli (aunque Jung se consideró un científico, mucho de su trabajo está más cerca de lo religioso y no por ello hay mella) (de donde se consolidaron conceptos como el unus mundi y la sincronicidad) o el trabajo del psicólogo William James, quien incluso planteó una "ciencia de la religión". "La ciencia y la religión son las dos llaves genuinas para abrir el gran baúl del tesoro del conocimiento del mundo para aquél que pueda usar alguna de las dos de manera práctica. Igualmente evidente es que utilizar una no excluye que uno pueda usar la otra simultáneamente", dijo James, quien reconoció el valor de la experimentación subjetiva en la ciencia, él mismo realizando experimentos como su seminal experiencia mística con el "gas de la risa". Algo que ha quedado claro no sólo en el trabajo de los grandes científicos de los primeros siglos de la era científica (como Kepler, Newton, Copérnico, Bacon etc.), quienes utilizaron la fe como instrumento y motivación para hacer experimentos científicos, sino también en el trabajo de muchos de los grandes físicos del siglo XX (en una época donde supuestamente la ciencia ha dejado atrás a la religión).

La noción de que la ciencia y la religión están en oposición y se contradicen es una falsa dicotomía. Pese a lo que sostiene el biólogo ateo fundamentalista Richard Dawkins, la ciencia no excluye a la religión ni ha demostrado que la religión sea superstición o que la fe sea una forma de conocimiento primitivo que restringe el saber científico. Al contrario, muchos de los grandes científicos del siglo XX dieron cabida al pensamiento religioso y se sirvieron de la fe para acercarse al conocimiento científico. Científicos como Max Planck, Einstein, Wolfang Pauli, Erwin Schrödinger, Werner Heisenberg, sir Arthur Eddington y muchos otros consideraron que la religión tenía un papel esencial en el conocimiento humano. Heisenberg creía que la fe y el conocimiento científico no tenían que separarse, sino que podían complementarse. Un diálogo celebrado en 1927 entre Heisenberg y Pauli es especialmente ilustrativo. Según Pauli:

El concepto de Einstein está muy cercano al mío. Su dios está de alguna manera involucrado en las leyes inmutables de la naturaleza. Einstein tiene una consideración por el orden central de las cosas. Puede detectarlo en el la simplicidad de las leyes naturales. Podemos decir que sintió esta simpleza durante su descubrimiento de la teoría de la relatividad... No creo que Einstein esté vinculado a ninguna tradición religiosa, y pienso en cambio que la noción de un dios personal le es ajena. Pero en lo que respecta a Einstein, no hay una división entre ciencia y religión: el orden central es parte del subjetivo al igual que de la dimensión objetiva, y esto me parece a mí un buen punto de partida.

El mismo Einstein, el gran prototipo del pensador científico de nuestra era, afirmó: "Sostengo que un sentimiento de religiosidad cósmica es el más fuerte y noble motivo para realizar investigación científica".

Continuará...

 

Twitter del autor: @alepholo

Bibliografía:

Heisenberg, Werner, Physics and Philosophy

James, William, The Varieties of Religious Experience

Wallace, Alan, The Taboo of Subjectivity: Towards a New Science of Consciousness

Materialism of the Gaps (artículo de Alan Wallace)

 Los 10 dogmas de la ciencia según Rupert Sheldrake

http://pijamasurf.com/2015/10/por-que-la-ciencia-necesita-metafisica-para-entender-y-explicar-el-universo/

http://pijamasurf.com/2016/03/el-dios-en-el-que-creia-einstein/