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Una cronología de cómo el poder dejó de estar en los políticos y pasó a las corporaciones y los sistemas de información

AlterCultura

Por: Pijamasurf - 11/03/2016

Hacemos aquí un resumen de la "historia secreta de todo" o la línea de tiempo y temas que aparecen en el genial documental 'HyperNormalisation'

A continuación presentamos un resumen del documental HyperNormalisation en el que se parafrasea buena parte de la narración que hace Adam Curtis, mostrando la línea del tiempo que se desarrolla y la temática principal. Este documento puede utilizarse para estudiar esta película que sin duda es un documento esencial para entender el mundo actual. La tesis esencial del documental es que vivimos en un mundo falso, donde el poder ya no está en los políticos o en las personas, sino en el sistema financiero y en los algoritmos que predicen las conductas de los ciudadanos. Se mantiene, sin embargo, la cómoda ilusión de que el mundo está bajo control, que es sencillo y predecible, mientras que en realidad es demasiado complejo.

En este enlace se puede consultar nuestra reseña del documental.

 

 

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Curtis inicia mostrando con evidente subversión que por concentrarnos en las ramas no podemos ver el bosque. Luego anuncia: Vivimos en un mundo extraño en el que una serie de eventos ponen en tela de juicio la capacidad de control del poder político y muestran que nadie realmente tiene una idea sólida del futuro. El poder político construyó la noción de un mundo más simple para ocultar que no podía manejar la complejidad, un mundo falso para mantener la ilusión de que todavía se tenía poder y todos nos volvimos parte de la prestidigitación, retirándonos hacia la dimensión de la fantasía.

El inicio de la gran ilusión del mundo ocurre en 1975  en dos sitios: en Nueva York y en Damasco. En Nueva York, los bancos para salvar de sus deudas al gobierno empezaron a tomar control de la ciudad, comenzaron a regir a la sociedad e impusieron austeridad a los políticos, los cuales no podían competir con su capital [eran capaces de generar ingresos descomunales sólo haciendo transacciones de papeles, y hoy en día con sólo realizar transacciones virtuales especulativas]. El nuevo orden dejó de estar regido por negociaciones y acuerdos para pasar a ser el gobierno de la lógica del mercado, la cual era innegociable y la cual debía gobernar la ciudad [esto sería el principio de lo que hoy es el gobierno de los algoritmos]. 

Por este tiempo también lo que habían sido los movimientos de protesta con sueños colectivos revolucionarios se van aislando hacia un nuevo individualismo en el que no cabe ninguna idea de acción política colectiva. Surge un nuevo individuo radicalmente retraído que observa la decadencia de manera desapegada; ya no intenta cambiar el mundo, sólo experimentarlo [recordemos la frase de Marx de que el  mundo no debía de ser interpretado sino transformado. Esto marca un triunfo del capitalismo].

Surge por primera vez aquí la figura de Trump, quien transformó Nueva York en una ciudad para los ricos sin tener que pagar impuestos, beneficiándose de la crisis en el gobierno de la ciudad que empezaba a ser controlada por las corporaciones. 

En la Unión Soviética emergió una sociedad en la que todos sabían que lo que los líderes decían no era real, pero todos tenían que pretender que todo estaba bien. Esto fue llamado “la hipernormalización”, la falsedad eran tan ubicua y permeaba la realidad de manera tan completa que era hipernormal. 

El otro punto nodal es Damasco en 1975. Aquí entra en escena Henry Kissinger, el politico de la guerra fría y del “delicado balance del terror”. Kissinger concebía una sociedad global interdependiente, en la que “todo está conectado con todo” y  donde se podía usar la agitación y la desestabilidad para dar a luz un nuevo orden global. Las estrategias de Kissinger también eran llamadas “ambigüedad constructiva”. Kissinger utilizaba cuestiones de libertad y dignidad humana como adjuntos del juego de poder dentro del balance de la estructura global. 

El mandatario de Siria, Hafez al-Assad, tenía la idea de crear paz en la región, regresando a los palestinos a su tierra y así beneficiarse de un mundo árabe unido. Kissinger en 1975 hizo creer a al-Assad que lo tomaría en cuenta y luego negoció otro tratado con Egipto dando la impresión de que no era importante en el tablero geopolítico. Esto habría enfurecido al mandatario sirio, quien habría elucubrado una revancha, la cual acabaría liberando una serie de “demonios” que más tarde darían forma al terrorismo suicida. 

Al-Assad importó del ayatollah Khomeini la idea innovadora de que los fieles podían destruirse a sí mismos para proteger la revolución, aunque el Corán prohíbe el suicidio; esto fue implementado llevando al extremo la noción de la penitencia y el sacrificio. En la guerra contra Irak, Khomeini celebró a los jóvenes suicidas que participaron en el combate con fuentes en las que fluía agua roja. 

En 1983 se llevó a cabo el primer bombardeo suicida en Beirut, el cual según Curtis fue orquestado por al-Assad.

Al asumir el poder, Reagan emprendió una cruzada moral para luchar contra el mal del mundo asumiendo que Estados Unidos era el país elegido por el destino para salvaguardar el mundo. Sin embargo, en lo que podría considerarse un triunfo de al-Assad, Estados Unidos abandonó Líbano, dando la impresión en el mundo islámico extremista de que el poder de los ataques suicidas podía corregir la corrupción del mundo.   

Por esa época el sistema financiero ya controlaba el mundo pero ahora se volvía un poder invisible, inmaterial, una red gigantesca de información. Surge entonces la visón distópica y profética de William Gibson del ciberespacio como una red de poder salvaje más allá de la política, en la que imperaba sólo el poder corporativo.

Esta idea de control, más tarde, fue transformada o rebrandeada como una utopía, el ciberespacio no era un lugar atemorizante sino que era reinventado como un lugar donde los sueños podían cumplirse, una utopía tecnológica libre de las limitaciones del mundo politico. Los programadores de este paisaje cibernético tomaban de las ideas del movimiento hippie y de las revelaciones del LSD.

Tim Leary, en los 60, veía la política como una enfermedad de hombres blancos seniles que buscaban instalar su trip de poder y guerra en la mente colectiva. La utopía de escapar esta pesada visión de mundo parecía hacerse realidad (virtualmente) a través de la Web, un espacio que existía en una dimension paralela al mundo. Y, como en un viaje de ácido, el ciberespacio podia ser un lugar donde uno se libera de la corrupción atávica del mundo y explora páramos impolutos de información. [Curtis no menciona la otra importante influencia en la conformación de la tecnoutopía: el tecnomilenarismo, las ideas de Teilhard de Chardin de la noósfera, la información como manifestación del espíritu de la Tierra]. 

John Barlow haría su Declaración de Independencia del Ciberespacio, el mito fundacional que inspiraba hacia un lugar mágico alternativo, una frontera electronica de libertad individual, una civilización de la mente que iba a ser más libre y humana. Pero había un cierto naïveité en esto, una idea inocente o escapista. Los hackers Phiber Optic y Acid Freak sabían que esta idea de que no había jerarquías en línea era una fantasía. Hackearon el sitio TRW y revelaron la información crediticia de Barlow y la publicaron en línea, queriendo demostrar el poder que tenían las corporaciones: apilaban enormes cantidades de información sobre las personas y usaban esa información para controlar tu destino. La utopia era un camuflaje conveniente de un poder que iba más allá de la política.

Reagan, desesperado por su fracaso en Líbano, en su cruzada moral, tenía que crear un nuevo enemigo, ya que enfrentarse a Siria era más complicado, posiblemente porque tenía el apoyo de la Unión Soviética. Así se crea el papel antagónico de Muammar Gaddafi. En 1985, Gaddafi estaba aislado y sin influencia, pero eso cambió con los ataques de Roma y Viena. Estados Unidos anunció que habían sido perpetrados por Libia, aunque los servicios secretos sabían que era Siria. Lo más extraño es que Gaddafi no lo negó sino, al contrario, anunció nuevos posibles ataques suicidas; utilizó la publicidad para promoverse como un revolucionario. Gaddafi prometió armas a los negros en Estados Unidos, promovía su tercer camino, una teoría política alternativa al capitalismo y al comunismo, y anunció un programa para explorar el espacio. Así se creó el arquetipo de un dictador supervillano, delirante y desestabilizante que controlaba un Estado fallido antidemocrático.

En 1986 se culpó a Gaddafi del ataque a una discoteca en Berlín aunque, según analistas como Kupperman, se sabía que el ataque no había sido ordenado por Libia. Se estaba creando una guerra falsa (una entre varias). Y hasta la fecha este, como otros ataques terroristas, sigue estando en una densa neblina en lo que respecta a su autoría. 

En los 80, también, se orquestó el programa de desinformación de los OVNIs. Cade vez más personas veían objetos voladores no identificados. Aparecieron documentos oficiales que revelaba un encubrimiento, pero en realidad el gobierno estadounidense había creado una falsa conspiración a propósito. Los OVNIs eran armas militares, que a su vez eran fruto de una imaginación delirante —otra conspiración que el gobierno se había creído, pensando que la Unión Soviética estaba desarrollando armas superiores a las suyas. Para justificar las pruebas de estas armas, el gobierno estadounidense había utilizado “tontos útiles”, a quienes había entregado documentos clasificados [uno de los agentes encargados en hacer esto fue Richard Doty; más sobre esto en el documental Mirage Men]. 

Todo esto era parte de un programa más grande que había sido llamado “manejo de percepción”: se sembraban historias dramáticas de diferentes partes del mundo, sin importar su veracidad; lo importante era que distrajeran y permitieran a los políticos evitar lidiar con la naturaleza imposible de resolver del mundo político. La realidad empezaba a ser cada vez menos importante, era un medio manipulable para lograr un fin.

En ese ambiente surgían las nuevas directrices ideológicas del individualismo: cambiar el mundo era demasiado complicado, pero había una revolución posible, podías tomar control de tu cuerpo e ir al gimnasio (o comprar videos de Jane Fonda haciendo aerobics).

Con la caída de la URSS se completó la caída del sueño de que el gobierno podía cambiar el mundo. Se fue estableciendo la que ha sido llamada una “sociedad del riesgo”. Nos movíamos hacia un mundo pospolitico en el que cualquier politico que creía que podía construir una mejor sociedad era visto como peligroso. Vivíamos ya en lo que Ulrich Beck llamó “un mundo fugitivo” (Runaway world). Un mundo tan hiperconectado, complejo y peligroso que era impredecible, por lo tanto, se debía abandonar la idea de cambiar el mundo y el objetivo era entonces encontrar formas de predecir el mundo y proponer estrategias para evitar que sucedieran las catástrofes que pululaban en nuestra cercanía. 

Surge entonces la idea de sistemas para predecir el futuro, la predicción de comportamiento que derivaría en el big data. Una compañía en especial, BlackRock, con su sistema Aladdin se erige como la gran acaparadora de este nicho. BlackRock es el inversor más grande del mundo, controlando ya en 2013 más de 4.1 billones de dólares (tanto como todos los hedge funds privados en conjunto) y un total de 11 billones pasa a través de su plataforma de transacciones de divisas Aladdin. En total el 7% de todas las acciones, bonos y préstamos del mundo se hospedan en su sistema. Un supersistema que se basa en predecir el comportamiento cotejando datos actuales con la historia financiera que alberga en sus bancos de data. Su razón de ser: evitar riesgo para los inversionistas.

Una curiosidad: el lugar donde se alberga Aladdin, en Wenatchee, Washington, es el lugar donde más antidepresivos se consumen per cápita. La revolución no ocurrirá en la plaza pública, ocurrirá en tu cabeza a través del Prozac. Una persona explica cómo el Prozac es una especie de luz que cura a los ciegos de la mente. En un momento genial, un niño en antidepresivos dice que parece que “todos nos estamos lavando el cerebro el uno al otro para ser felices”.

El sueño se traslada a la inteligencia artificial, que podrá programarnos la felicidad. Un primer brote es la computadora como terapeuta, Elisa. Lo que Elisa mostró es que en una era de individualismo, lo que hace que las personas se sientan seguras es verse reflejadas ellas mismas, como en un espejo. Esto será incorporado a los productos de consumo y a las plataformas digitales. 

Mientras tanto, Gaddafi asumió la responsabilidad del ataque de Lockerbie pese a que, de nuevo, la evidencia apuntaba a otra parte. Estados Unidos necesitaba de Siria para la Guerra del Golfo que se venía cocinando.

Hamás aprendió de Hezbolá el virus del ataque suicida y, de esta forma, aunque el sunismo no tenía rituales de autosacrificio adoptó esta estrategia en contradicción con las enseñanzas del Corán. Se instauró un nuevo “martirio en nombre de Dios”. El virus del suicido terrorista que había sido hospedado por Siria empieza a mutar.

Escenas de cine apocalíptico milenarista, la visión del peligro en ciernes. Increíble ver todas las veces que Nueva York y sus grandes edificios, símbolos del poder y la libertad, son destruidos en películas antes del 2001 por el “delicado balance del terror”.

Estados Unidos debía detener el crecimiento de los supervillanos tiranos, el nuevo cameo en la trama fue el de Saddam Hussein. Reportes de inteligencia posteriores al 2001 mostraban que las armas de destrucción masiva de Irak eran guardadas en receptores de vidrio en una descripción que luego parece haberse comprobado salida de la película The Rock

Después de la muerte de al-Assad, su hijo, quien estaba obsesionado con las computadoras, convencido de que la invasión de Irak era un plan para controlar la región fondeó la insurgencia y llevó bombarderos suicidas extranjeros a Irak. 

El enemigo creado, Gaddafi, ahora se convirtió en un héroe falso de la democracia para promover la imagen de que la invasión tenía buenos efectos en el mundo árabe, cuando los poderes occidentales recibían críticas. Gaddafi fue reinventado como pensador y para ello participaron todo un equipo de relaciones públicas, académicos, espías, músicos, científicos. Libia anunció que iba a desmantelar su plan de armas de destrucción masiva. Esto supuestamente probaba que el intervencionismo podía transformar la región y hacerla regresar "a la comunidad de naciones civilizadas”. Aunque Gaddafi no tenía armas nucleares, sólo gas mostaza, pero la farsa debía seguir.

El hijo de Gaddafi declara que aceptaron el ataque de Lockerbie sólo para que se removieran sanciones, según habían negociado con Estados Unidos y Gran Bretaña.

El ciberespacio surgía como el escape hedonista inmaculado libre de la corrupción de la política y el desencanto del mundo real en el cual el activismo no tenía efecto. El mundo en línea estaba basado en algoritmos que podían predecir el comportamiento, en sistemas de creencia de Bayes. La información incompleta de un sistema era llenada en base a un modelo económico de agentes racionales. El software mimetizaba a los seres humanos de una manera muy simple: asumiendo que un agente siempre actuaría para obtener lo que quiere, el modelo de agentes. Pero, según Jaron Lanier, el modelo de agentes de lo que estás interesado siempre será una caricatura y en correspondencia siempre verás un modelo caricatura del mundo y nunca sabrás para quién trabajan estos agentes. 

La Web empezó a verse como el mundo real: al llenarse de videos e imágenes humanas de todo tipo de momentos se le ponía rostro a la data.

Los algoritmos de las redes sociales analizaban los gustos de las personas y los alimentaban con más de lo mismo, así los individuos se empezaban a mover sin saberlo en burbujas que los aislaban de otro tipo de información. Sólo veían lo que les gustaba y los newsfeeds excluían lo que desafiaba las creencias preexistentes. La visión de Gibson parecía ser la versión dominate de la Red, no la tecnoutopía del LSD. 

El sueño de un mundo sin líderes, de pares, derivó en el el movimiento Occupy y en la primavera árabe; esto fue visto como el poder revolucionario del Internet, la capacidad de destronar dictadores. Se creía que a través de las redes la democracia florecería, lo cual sustentaba el modelo global. Así que cuando un surgimiento se dio en Libia, Francia, Inglaterra y EEUU apoyaron a los rebeldes y Gaddafi, el eterno títere, se convirtió otra vez en un dictador que debía ser removido a toda costa.

Pero Libia no logró la democracia sino el caos. Y las otras revoluciones también fallaron. Las redes sociales habían ayudado a unir a la gente pero no iluminaron un camino para la nueva sociedad que debía formarse.

En Egipto, paradójicamente, los que habían apoyado la revolución dieron la bienvenida a los militares. Esta vez, también convocados por Facebook.

Nadie en Occidente tenía una idea de cómo cambiar el mundo; los políticos habían entregado tanto su poder a las finanzas, a las burocracias administrativas, que ellos mismos se habían vuelto poco más que administradores. Su visión simplista del mudo había sido expuesta como errónea, destructiva.  

En Rusia se dieron cuenta de que la falta de creencia en la política y la incertidumbre del futuro podían usarse para su ventaja, haciendo de la política un extraño teatro en el que nadie sabía qué era verdad o mentira. Eran llamados los “tecnólogos políticos”, quienes habían mantenido a Putin en el poder, altamente influenciados por la ciencia ficción rusa: la realidad era algo que podía ser moldeado a voluntad. 

Vladislav Surkov, un ex director de teatro, tomó ideas del avant-garde y las llevó al corazón de la política. No sólo manipular sino marear y embrujar la percepción de tal manera que ya nunca se sepa lo que está pasando. Fondeó masivos grupos antifascistas al mismo tiempo que juventudes neonazis y hasta partidos políticos que se oponían radicalmente a Putin, así como grupos humanitarios, pero lo que es realmente llamativo es que Surkov luego anunciaba que esto es lo que estaba haciendo, revelaba su propia conspiración. Un analista la llamo "una estrategia de poder que mantiene a toda oposición completamente confundida, una interminable metamorfosis que es invencible porque es indefinible".

Trump llegó con su propia ficción caótica, utilizando frases que podían ser tomadas de Occupy y a la vez usando el lenguaje de la derecha radical, bailando con los extremos, en un amplio espectro de ambigüedad de alta estimulación emocional. Trump se convirtió en la prueba de que la verdad no era ya importante. Mostró a los periodistas que su trabajo no se trataba de lo que realmente creían que se trataba: de exponer mentiras. Trump estaba haciendo un Putin. 

Mientras tanto, la naturaleza de los algoritmos en línea hacía que las criticas y el enojo en contra de Trump sólo llegaran a personas que ya estaban antes de acuerdo. No se traducía en las encuestas, pero sí beneficiaba a las compañías. Las personas enojadas dan clics [Trump fue el gran clickbait del año]. La furia radical que se desencadenó en Internet ya no tenía la capacidad de cambiar el mundo, pero sí de alimentar a los sistemas de poder que manejan las plataformas digitales.

En un mundo que había perdido el significado, en el que ya nadie creía en el mundo, se podía jugar con la realidad, constantemente modificándola y en el proceso mermar las formas antiguas de poder. 

Surkov implementó una nueva farsa magistral en Siria, lo que llamó "guerra no lineal", en la que no se sabe lo que el enemigo hace, no importa ganar sino usar el conflicto para crear un estado de percepción de una constante desestabilización para gobernar y controlar. Rusia anunció con un épico concierto en Palmira que se iba de Siria, pero días después seguía ahí.

El plan de un estratega sirio, exaliado de Osama bin Laden, era crear pequeños ataques aleatorios para crear pánico e incertidumbre y restar poder al ya carente sistema de poder occidental. De aquí hasta el Brexit y Trump, campañas que se alimentan del pánico de un mundo en el que se ha dramatizado hasta ir a un restaurante como un peligro. Campañas que se pensaba que nunca podrían ganar, que se vuelven realidad. 

La primera entrega de una serie que explora la forma en la que la ciencia materialista ha caído en algunos de los mismos rasgos fundamentalistas, intolerantes y dogmáticos que ha criticado antes en la religión

Creo que la división del mundo en objetivo y subjetivo es arbitraria. El hecho de que las religiones a lo largo del tiempo hayan hablado con imágenes, parábolas y paradojas significa solamente que no hay otra forma de asir esas realidades a la que se refieren. Pero eso no significa que no sea una realidad genuina. Y dividir esta realidad en objetiva y subjetiva no nos llevará muy lejos.

-Niels Bohr

La ciencia moderna ha logrado un nivel de aplicación del conocimiento cuantitativo que resulta asombroso. Su poder de modificar la naturaleza exterior, extraer recursos de la misma y transformar el saber en tecnología la han propulsado a la cima del edificio del conocimiento establecido, hasta el punto de que a veces uno podría pensar que es el único método válido para acceder a la realidad o a la verdad. Quizás también por esta misma efectividad, la ciencia parece haber eclipsado y desacreditado a otras vías de conocimiento sin que realmente haya aplicado su propio método científico para analizar, y menos refutar, estos métodos de conocimiento que se erigen como alternativos en relación a su perspectiva hegemónica, de esta manera encaramándose dogmáticamente sobre su propio prestigio. Particularmente, la crítica que desarrollaré aquí es a la visión materialista de la ciencia (y no al quehacer científico en general), la cual, sin embargo, es la ideología dominante dentro de la ciencia actualmente –una ciencia que supuestamente debería estar libre de ideología, lo cual, sin embargo, es prácticamente imposible ya que la ciencia está compuesta por personas, las cuales tienen experiencias subjetivas que les hacen tener ciertas ideologías, y éstas, a su vez, se reflejan en sus actividades y experimentos–. Así, podemos observar rasgos fundamentalistas en la forma en la que la ciencia materialista no considera dignos de estudio fenómenos que no pueden medirse, descartando la existencia de fenómenos inmateriales y, sobre todo, en su intento por reducir la conciencia a un epifenómeno de la materia e incluso a negar su existencia, ya que ésta atenta contra su perspectiva de un universo donde todo puede reducirse a procesos exclusivamente materiales (véase: Los 10 dogmas de la ciencia según Rupert Sheldrake). También, existen ciertos rasgos fundamentalistas en la forma en la que la ciencia ha sido secuestrada, en algunos casos, por el poder político, como una ideología (que es dueña exclusiva de la verdad) para demeritar las creencias religiosas como meras supersticiones, como es el caso de la invasión genocida del Partido Comunista Chino en el Tíbet que ha atacado las creencias de este pueblo. En esto, sin embargo, habría que decir en favor de la ciencia lo mismo que dijo Werner Heisenberg en favor de la religión, cuando se le acusaba de injusticia y crueldad en contra del pueblo: "Simplemente estás juzgando a la religión por sus abusos políticos". Hago este punto simplemente porque los materialistas científicos militantes suelen decir que la religión es un peligro para la humanidad, lo cual es una confusión, el peligro yace en el abuso y en la manipulación política de la ideología (véase: Por qué el llamado terrorismo islámico no es religioso, es político) y lo mismo puede ocurrir con la ciencia materialista.

En esta serie de artículos exploraremos la forma en la que la preponderancia que tiene la objetividad (o, en su reverso, el tabú de la subjetividad, como lo llama Alan Wallace) y el mundo externo cuantificable dentro del método científico han derivado en una serie de dogmas y rasgos fundamentalistas que remiten a algunas de las características que muchos partidarios del materialismo científico han criticado ferozmente en la religión. Este método de interrogación de la realidad, bajo el supuesto de que existe una realidad independiente (de nuestra mente y de nuestro método de interrogación) ha omitido, y, en su omisión, deslegitimado e invalidado el conocimiento interno subjetivo, como si éste fuera irrelevante. Al hacer esto la ciencia parece estar diciendo que la experiencia inmediata subjetiva no tiene valor, es igual a una alucinación (a un fantasma en la máquina), en oposición a la realidad superior de la experiencia objetiva consensuada que emerge directamente (y sin ser afectada por la experiencia consciente de los científicos). Y, sin embargo, la experiencia humana en su sentido más puro, profundo y común, nos dice que lo verdaderamente valioso, lo que tiene sentido y significado en nuestra vida es la experiencia subjetiva cualitativa; la experiencia de estar enamorados, de ver el azul del cielo, de escuchar cierta música, etc., todo lo cual entra en la dimensión de lo que se conoce como qualia, algo que para el famoso filósofo materialista Daniel Dennett ni siquiera existe. Por lo demás, para Dennett, considerado una de las grandes mentes científicas de nuestro tiempo, "somos robots hechos de robots hechos de robots", que podemos ser equiparados a "complejos zombis".

La visión materialista llega al punto de negar la existencia de la conciencia, pero al hacer esto invoca un razonamiento dogmático que podría ser refutado con algo similar al legendario "y sin embargo, se mueve", de Galileo, y sin embargo... el decir que la conciencia no existe es ya de suyo un acto de la conciencia y, de hecho, cualquier cosa que se diga, cualquier teoría científica que se presente o incluso cualquier medición de un fenómeno material no tiene existencia comprobable fuera de la conciencia (no podemos escapar de su red relacional) y ocurre, más que en el espacio exterior físico, en la conciencia. Todas las cosas que sabemos, más allá de que exista un mundo material independiente de nuestra conciencia, las sabemos en nuestra experiencia subjetiva –son una interpretación mentalmente procesada de la luz y las fluctuaciones de energía de las cuales están compuestas las cosas que conceptualizamos como objetos–, por lo cual, decir que no existe la mente o que no existe la conciencia es aún más ridículo que decir que la tierra es plana o que Dios creó el mundo hace 6 mil años, es negar el hecho más evidente que existe, es negar nuestra propia existencia. Usar la conciencia para decir que la conciencia no existe. 

El hecho de que algunos de los científicos más destacados de nuestra era lleguen al punto de negar la conciencia muestra hasta qué nivel se ha implantado la doctrina del materialismo científico en nuestra sociedad. Aquello que no puede medirse o aquello que no aparece dentro de los instrumentos que tenemos para acotar lo que es real, entonces, no puede existir (los filósofos de la India parecen haber enfatizado una relación entre el acto de medir y la ilusión, siendo que la palabra māyā, que significa "ilusión" se deriva de la raíz que designa "medir" y que Ananda Coomaraswamy vincula con la misma raíz de "materia"; quizás porque para ellos lo único real era el ser supremo o espíritu universal que no podía definirse, era inconmensurable). De manera relacionada, El cardenal Bellarmine había contestado al realismo científico de Galileo que las teorías científicas eran solamente formas de hacer que las apariencias se volvieran inteligibles, sin que necesariamente describieran la naturaleza verdadera del mundo más allá del velo de las apariencias. Alan Wallace arroja un poco de luz a cómo hemos llegado a considerar que sólo lo medible es real (o cómo hemos caído en el hechizo mágico de māyā, la ilusión de una existencia solamente material):

Pese a siglos de investigación filosófica y científica sobre la naturaleza de la mente, en el momento actual no existe tecnología que pueda detectar la ausencia o presencia de ningún tipo de conciencia, ya que los científicos no saben realmente qué es lo que debe medirse. Estrictamente, en el presente no existe evidencia científica de la existencia de la conciencia. Toda la evidencia directa que tenemos consiste de relatos no científicos en primera persona de estar conscientes. La raíz del problema, más que con la insuficiencia tecnológica del momento, tiene que ver con que la ciencia no tiene un marco teórico con el cual realizar investigaciones experimentales. Mientras que la ciencia ha deslumbrado primero a toda la sociedad euroamericana y luego a casi todo el mundo con su progreso iluminando la naturaleza del mundo físico externo, mi argumento mantiene que ha oscurecido mucho del conocimiento anterior sobre la naturaleza de la realidad interna de la conciencia. En este sentido, nosotros, en la modernidad occidental, vivimos sin saberlo en una edad oscura. 

En cierta forma al ser fiel a su método de manera un tanto fanática la ciencia se ha cegado al aspecto más claro e importante de la realidad: la conciencia y el entendimiento de nuestra propia naturaleza. Wallace sugiere que la capacidad de generar conocimiento aplicado en tecnología y el dominio (o explotación) del mundo exterior de la ciencia moderna ha hecho que pasemos de largo los descubrimientos de otras culturas, que, con su propio método, hicieron ciencia igualmente valiosa, una ciencia contemplativa cuyo objeto de estudio fue la mente misma y su relación de interdependencia con la realidad que experimentamos. Wallace cita un texto de Daniel Boorstin, The Discoverers: A History of Man's Search to Know His World and Himself en el que se asume que el descubrimiento es una empresa exclusivamente occidental, la cual se realiza pese a los obstáculos que históricamente le ha puesto la religión. Se olvida este autor de considerar, sin embargo, los descubrimientos que han hecho sobre la naturaleza de la conciencia religiones como el hinduismo, el budismo y otras más, que se han dedicado miles de años a investigar cómo funciona la mente y desarrollar técnicas para pacificarla, lograr grandes hazañas de concentración, generar compasión, acceder a estados no ordinarios de conocimiento y eliminar el sufrimiento (por lo cual no es casualidad que la gran aportación que está haciendo la ciencia al conocimiento aplicado de la mente en estos tiempos sea el mindfulness, el cual ha tomado de las tradiciones religiosas de la India, luego de una serie de diálogos interdisciplinarios entre la religión y la ciencia).

Alan Wallace hace una interesante distinción entre los campos de desarrollo de la ciencia y la religión. Wallace mantiene que la ciencia moderna ha logrado producir una serie nunca vista antes de beneficios hedonistas (placer y comodidad), pero no ha hecho casi nada por el aspecto eudaimónico de la vida (el significado de la vida y la felicidad sostenible, no basada en el placer). No es de extrañarnos que, si bien la ciencia ha contribuido enormemente a satisfacer las necesidades materiales de la existencia, alargar la misma y producir tecnología que la hace más cómoda no ha tenido un éxito similar en brindar sentido a nuestra existencia y mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos y con el entorno (prueba de ello es que existe una relación proporcional entre el nivel de ciencia aplicada en tecnología y en la producción de objetos de consumo y el estado de destrucción del ecosistema: desde la revolución industrial se ha incrementado hasta 10 mil veces el ritmo de extinción de especies en la Tierra, lo cual es un síntoma de lo que ocurre cuando tenemos ciencia sin conciencia). O, como mantiene Wallace en su libro The Taboo of Subjectivity, la ciencia "aunque ha aumentado enormemente el bienestar físico y la seguridad de mucha de la población mundial, ha logrado poco en cuestión de descubrir estrategias para encontrar una mayor felicidad personal, salud mental, compasión y altruismo y armonía social". Y es en este sentido donde la religión juega un papel importante en la actualidad y jugará un papel importante en el futuro. Si son resueltos los aspectos básicos de la existencia con relativa soltura, como ya ocurre en algunos países occidentales, entonces tendremos la posibilidad de dedicarnos a una vida hedonista (que en la actualidad está dominada por el entretenimiento basado en un soporte tecnológico) o a un aspecto eudaimonista, a buscar, por así decirlo, el sentido más alto y loable de la existencia, el arte, la espiritualidad, el altruismo. Es aquí donde lo que antiguamente ha sido provisto por la religión se podría beneficiar enormemente de la ciencia, la cual más que el verdugo de lo religioso sería finalmente el facilitador. Lo que me recuerda una frase del polémico ocultista Aleister Crowley "nuestro método es la ciencia; nuestra meta es la religión". Y esto hay que entenderlo en el sentido original de la palabra religión: re-ligar, reconectar con lo más profundo de la existencia, con nuestra propia naturaleza, con la mente en su estado puro, con lo que sea que dé significado y propósito a la vida (y en esto se puede invocar a una divinidad, pero no es del todo necesario como ocurre en la religión budista).

El poder y prestigio que tiene la ciencia en la actualidad, a diferencia del desprestigio en el que está sumida la religión, al menos dentro del discurso oficial e intelectual aceptado convencionalmente, tiene que ver justamente con la construcción de un mundo en aparente progreso (es decir, un mundo que claramente ha progresado en sus logros materiales). Cada vez tenemos más cosas y nuestras cosas hacen cada vez más cosas que antes nos hubieran parecido mágicas (ésta es otra forma en la que la ciencia ha reemplazado a la religión o al pensamiento mágico, deslumbrándonos con objetos brillantes que nadie o casi nadie entiende cómo funcionan y por lo tanto ejerciendo un poder en el saber). Sobre este impulso de progreso, David Noble escribe en su popular La religión de la tecnología: "La esperanza de la salvación final a través de la tecnología, sin importar los costos humanos y sociales inmediatos, se ha vuelto la ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo masivo por lo novedoso estratégicamente inducido por el marketing y avalado por un anhelo milenarista por nuevos comienzos".

A diferencia de la filosofía y la teología que no parecen tener gran dominio sobre el mundo material en el que hemos depositado nuestra esperanza y nuestro deseo, la ciencia comprueba constantemente su valía, conquistando el mundo material y transformándolo. A partir de que Galileo tornara la mirada hacia afuera, hacia el mundo cuantificable, el método científico ha consolidado un éxito rotundo. Esto es indudable, sin embargo, es necesario preguntarnos si el éxito sobre el mundo material se ha traducido realmente en un estado de felicidad sostenible, es decir, felicidad que pueda mantenerse continuamente, que no dependa de estímulos efímeros y que no esté sujeta a vicisitudes incontrolables. Dice Alan Wallace:

La filosofía [en comparación] no ha logrado un consenso práctico aplicable, no hay crecimiento de conocimiento consensual aplicable [en la filosofía].  Tampoco la teología.... Esto les da a las personas la impresión, hasta cierto punto razonable, aunque falsa, de que la única forma de conocer la realidad es usando el método científico. Cuántas veces han escuchado esto en las religiones, en el islam, en el cristianismo, en el judaísmo, en el budismo: "ésta es la única forma, tenemos la única forma" [de acceder a la verdad]. Ahora tenemos un nuevo sucedáneo de la religión, la ciencia es la única forma. Se asume que sólo el eurocéntrico ha descubierto algo [que valga la pena, como la tecnología], entonces esto parece un poco razonable... Lo que surge de esto, y sólo lo puedo describir como una forma de autohipnosis masiva, es que ya que los métodos científicos, objetivos, basados en conocimiento en tercera persona, son lo único válido para conocer la realidad. Entonces todo lo que no es medible objetiva y cuantitativamente, no existe. Recita esto como un mantra 100 mil veces y llegarás a la conclusión de que la mente no existe como mantiene Michio Kaku o a la conclusión de Michael Graziano, de la Universidad de Princeton, de que la conciencia no existe, otras 100 mil veces y llegarás a la de Daniel Dennett de que las apariencias no existen, quien paradójicamente ha escrito un libro llamado Breaking the Spell (Rompiendo el hechizo), en el que desacredita a la religión sin darse cuenta de que él mismo está hipnotizado profundamente, lo que se manifiesta en el hecho de negar que existe la experiencia. 

La creencia sostenida por materialistas científicos como Dennett, Richard Dawkins, Michael Graziano y otros, de que el mundo material es la fuente única de toda la realidad es una nueva forma de idolatría que puede refutarse fácilmente (sin que esto signifique que la materia no existe y todo es una conciencia o algún tipo de postulado semejante que podría ser cierto, que no puede negarse pero que tampoco puede comprobarse). Como señala Alan Wallace "el espacio mismo no está compuesto de materia y energía... y las ecuaciones matemáticas, las leyes de la naturaleza no están compuestas de tiempo espacio, materia o energía y, sin embargo, ¿quién puede negar que existen y  que sin embargo no son físicas?". Se podría debatir que las leyes matemáticas no existen más que en relación a nuestra mente (y no como formas eternas en una dimensión arquetípica trascendente), pero de cualquier manera sería inaudito y casi suicida para un científico considerar que las leyes matemáticas del universo no existen, y, sin embargo, no pueden explicarse materialmente, de la misma manera que la conciencia no puede ubicarse en ningún punto específico del cuerpo. Por otro lado, algunos físicos han sugerido que la materia misma no está hecha de materia, sino que está hecha de información, lo cual sugiere que la conciencia existe al nivel fundamental del universo . 

Werner Heisenberg, el físico que desarrolló el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, creía que "los átomos no son cosas ni objetos", son tendencias, probabilidades o ideas. "De hecho las unidades más pequeñas de la materia no son objetos físicos en el sentido ordinario; son formas, ideas, que pueden expresarse sin ambigüedad sólo en el lenguaje matemático", y estas unidades inmateriales que paradójicamente componen la materia existen, según Heisenberg, de manera indivisible con nuestra conciencia inquisitiva. "Lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestros métodos de cuestionamiento". Y, también, "los conceptos científicos cubren siempre sólo un aspecto muy limitado de la realidad, la otra parte que no ha sido entendida todavía es infinita".

John Archibald Wheeler acuñó famosamente la frase "it from bit", la cual es una alusión al carácter ontológicamente fundamental de la información. Wheeler postuló la idea para resolver el problema de la medición de la física cuántica, de que el universo no era objetivo, sino participativo o intersubjetivo, es decir, había una codependencia entre el observador y lo observado, que era lo que determinaba la realidad. 

Alan Wallace, quien tiene una licenciatura de física por la Universidad de Amherst y un doctorado de religión por la Universidad de Stanford, explica por qué la visión de Wheeler se acerca a lo postulado por lo que llama la "ciencia contemplativa budista":

Wheeler veía la totalidad del cosmos como un sistema cuántico... La información semántica –eso es, información que tiene un contenido significativo– en lugar del espacio-tiempo y la masa-energía es considerado como lo fundamental del universo, de ahí su motto "it from bit". Si uno sigue la lógica de esta hipótesis, inmediatamente descubre que la información significativa es imposible sin un sujeto consciente para el cual la información hace sentido y sin algo que sea el referente de esa información. Así que, estos tres –la información, alguien que está siendo informado, y aquello de lo cual ese alguien está siendo informado– deben ser mutuamente interdependientes. Éste es un tema que yace en el núcleo del camino medio, o madhyamika, del budismo. La existencia de un mundo físico, objetivo, independiente de una medición, es por principio incognoscible, justo como lo es la existencia de una mente no física y subjetiva independiente de un objeto conocido. Tanto sujeto como objeto están "vacíos" de cualquier existencia inherente por sí mismos, así que todos los fenómenos emergen como eventos interdependientes. 

Aquí Wallace compara la noción de la originación dependiente o coemergente (pratityasamputpada) o lo que el maestro budista Thich Naht Hanh ha llamado "inteser", con la idea del "observador-participante" de la física cuántica.

Con esto último concluimos esta primera parte, buscando  abrir la puerta a un diálogo entre la religión y la ciencia, acaso como el del Dalái Lama y científicos como Richard Davidson (entre otros), el de David Bohm y J. Krishnamurti, el de Carl Jung y Wolfgang Pauli (aunque Jung se consideró un científico, mucho de su trabajo está más cerca de lo religioso y no por ello hay mella) (de donde se consolidaron conceptos como el unus mundi y la sincronicidad) o el trabajo del psicólogo William James, quien incluso planteó una "ciencia de la religión". "La ciencia y la religión son las dos llaves genuinas para abrir el gran baúl del tesoro del conocimiento del mundo para aquél que pueda usar alguna de las dos de manera práctica. Igualmente evidente es que utilizar una no excluye que uno pueda usar la otra simultáneamente", dijo James, quien reconoció el valor de la experimentación subjetiva en la ciencia, él mismo realizando experimentos como su seminal experiencia mística con el "gas de la risa". Algo que ha quedado claro no sólo en el trabajo de los grandes científicos de los primeros siglos de la era científica (como Kepler, Newton, Copérnico, Bacon etc.), quienes utilizaron la fe como instrumento y motivación para hacer experimentos científicos, sino también en el trabajo de muchos de los grandes físicos del siglo XX (en una época donde supuestamente la ciencia ha dejado atrás a la religión).

La noción de que la ciencia y la religión están en oposición y se contradicen es una falsa dicotomía. Pese a lo que sostiene el biólogo ateo fundamentalista Richard Dawkins, la ciencia no excluye a la religión ni ha demostrado que la religión sea superstición o que la fe sea una forma de conocimiento primitivo que restringe el saber científico. Al contrario, muchos de los grandes científicos del siglo XX dieron cabida al pensamiento religioso y se sirvieron de la fe para acercarse al conocimiento científico. Científicos como Max Planck, Einstein, Wolfang Pauli, Erwin Schrödinger, Werner Heisenberg, sir Arthur Eddington y muchos otros consideraron que la religión tenía un papel esencial en el conocimiento humano. Heisenberg creía que la fe y el conocimiento científico no tenían que separarse, sino que podían complementarse. Un diálogo celebrado en 1927 entre Heisenberg y Pauli es especialmente ilustrativo. Según Pauli:

El concepto de Einstein está muy cercano al mío. Su dios está de alguna manera involucrado en las leyes inmutables de la naturaleza. Einstein tiene una consideración por el orden central de las cosas. Puede detectarlo en el la simplicidad de las leyes naturales. Podemos decir que sintió esta simpleza durante su descubrimiento de la teoría de la relatividad... No creo que Einstein esté vinculado a ninguna tradición religiosa, y pienso en cambio que la noción de un dios personal le es ajena. Pero en lo que respecta a Einstein, no hay una división entre ciencia y religión: el orden central es parte del subjetivo al igual que de la dimensión objetiva, y esto me parece a mí un buen punto de partida.

El mismo Einstein, el gran prototipo del pensador científico de nuestra era, afirmó: "Sostengo que un sentimiento de religiosidad cósmica es el más fuerte y noble motivo para realizar investigación científica".

Continuará...

 

Twitter del autor: @alepholo

Bibliografía:

Heisenberg, Werner, Physics and Philosophy

James, William, The Varieties of Religious Experience

Wallace, Alan, The Taboo of Subjectivity: Towards a New Science of Consciousness

Materialism of the Gaps (artículo de Alan Wallace)

 Los 10 dogmas de la ciencia según Rupert Sheldrake

http://pijamasurf.com/2015/10/por-que-la-ciencia-necesita-metafisica-para-entender-y-explicar-el-universo/

http://pijamasurf.com/2016/03/el-dios-en-el-que-creia-einstein/