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Una cronología de cómo el poder dejó de estar en los políticos y pasó a las corporaciones y los sistemas de información

AlterCultura

Por: Pijamasurf - 11/03/2016

Hacemos aquí un resumen de la "historia secreta de todo" o la línea de tiempo y temas que aparecen en el genial documental 'HyperNormalisation'

A continuación presentamos un resumen del documental HyperNormalisation en el que se parafrasea buena parte de la narración que hace Adam Curtis, mostrando la línea del tiempo que se desarrolla y la temática principal. Este documento puede utilizarse para estudiar esta película que sin duda es un documento esencial para entender el mundo actual. La tesis esencial del documental es que vivimos en un mundo falso, donde el poder ya no está en los políticos o en las personas, sino en el sistema financiero y en los algoritmos que predicen las conductas de los ciudadanos. Se mantiene, sin embargo, la cómoda ilusión de que el mundo está bajo control, que es sencillo y predecible, mientras que en realidad es demasiado complejo.

En este enlace se puede consultar nuestra reseña del documental.

 

 

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Curtis inicia mostrando con evidente subversión que por concentrarnos en las ramas no podemos ver el bosque. Luego anuncia: Vivimos en un mundo extraño en el que una serie de eventos ponen en tela de juicio la capacidad de control del poder político y muestran que nadie realmente tiene una idea sólida del futuro. El poder político construyó la noción de un mundo más simple para ocultar que no podía manejar la complejidad, un mundo falso para mantener la ilusión de que todavía se tenía poder y todos nos volvimos parte de la prestidigitación, retirándonos hacia la dimensión de la fantasía.

El inicio de la gran ilusión del mundo ocurre en 1975  en dos sitios: en Nueva York y en Damasco. En Nueva York, los bancos para salvar de sus deudas al gobierno empezaron a tomar control de la ciudad, comenzaron a regir a la sociedad e impusieron austeridad a los políticos, los cuales no podían competir con su capital [eran capaces de generar ingresos descomunales sólo haciendo transacciones de papeles, y hoy en día con sólo realizar transacciones virtuales especulativas]. El nuevo orden dejó de estar regido por negociaciones y acuerdos para pasar a ser el gobierno de la lógica del mercado, la cual era innegociable y la cual debía gobernar la ciudad [esto sería el principio de lo que hoy es el gobierno de los algoritmos]. 

Por este tiempo también lo que habían sido los movimientos de protesta con sueños colectivos revolucionarios se van aislando hacia un nuevo individualismo en el que no cabe ninguna idea de acción política colectiva. Surge un nuevo individuo radicalmente retraído que observa la decadencia de manera desapegada; ya no intenta cambiar el mundo, sólo experimentarlo [recordemos la frase de Marx de que el  mundo no debía de ser interpretado sino transformado. Esto marca un triunfo del capitalismo].

Surge por primera vez aquí la figura de Trump, quien transformó Nueva York en una ciudad para los ricos sin tener que pagar impuestos, beneficiándose de la crisis en el gobierno de la ciudad que empezaba a ser controlada por las corporaciones. 

En la Unión Soviética emergió una sociedad en la que todos sabían que lo que los líderes decían no era real, pero todos tenían que pretender que todo estaba bien. Esto fue llamado “la hipernormalización”, la falsedad eran tan ubicua y permeaba la realidad de manera tan completa que era hipernormal. 

El otro punto nodal es Damasco en 1975. Aquí entra en escena Henry Kissinger, el politico de la guerra fría y del “delicado balance del terror”. Kissinger concebía una sociedad global interdependiente, en la que “todo está conectado con todo” y  donde se podía usar la agitación y la desestabilidad para dar a luz un nuevo orden global. Las estrategias de Kissinger también eran llamadas “ambigüedad constructiva”. Kissinger utilizaba cuestiones de libertad y dignidad humana como adjuntos del juego de poder dentro del balance de la estructura global. 

El mandatario de Siria, Hafez al-Assad, tenía la idea de crear paz en la región, regresando a los palestinos a su tierra y así beneficiarse de un mundo árabe unido. Kissinger en 1975 hizo creer a al-Assad que lo tomaría en cuenta y luego negoció otro tratado con Egipto dando la impresión de que no era importante en el tablero geopolítico. Esto habría enfurecido al mandatario sirio, quien habría elucubrado una revancha, la cual acabaría liberando una serie de “demonios” que más tarde darían forma al terrorismo suicida. 

Al-Assad importó del ayatollah Khomeini la idea innovadora de que los fieles podían destruirse a sí mismos para proteger la revolución, aunque el Corán prohíbe el suicidio; esto fue implementado llevando al extremo la noción de la penitencia y el sacrificio. En la guerra contra Irak, Khomeini celebró a los jóvenes suicidas que participaron en el combate con fuentes en las que fluía agua roja. 

En 1983 se llevó a cabo el primer bombardeo suicida en Beirut, el cual según Curtis fue orquestado por al-Assad.

Al asumir el poder, Reagan emprendió una cruzada moral para luchar contra el mal del mundo asumiendo que Estados Unidos era el país elegido por el destino para salvaguardar el mundo. Sin embargo, en lo que podría considerarse un triunfo de al-Assad, Estados Unidos abandonó Líbano, dando la impresión en el mundo islámico extremista de que el poder de los ataques suicidas podía corregir la corrupción del mundo.   

Por esa época el sistema financiero ya controlaba el mundo pero ahora se volvía un poder invisible, inmaterial, una red gigantesca de información. Surge entonces la visón distópica y profética de William Gibson del ciberespacio como una red de poder salvaje más allá de la política, en la que imperaba sólo el poder corporativo.

Esta idea de control, más tarde, fue transformada o rebrandeada como una utopía, el ciberespacio no era un lugar atemorizante sino que era reinventado como un lugar donde los sueños podían cumplirse, una utopía tecnológica libre de las limitaciones del mundo politico. Los programadores de este paisaje cibernético tomaban de las ideas del movimiento hippie y de las revelaciones del LSD.

Tim Leary, en los 60, veía la política como una enfermedad de hombres blancos seniles que buscaban instalar su trip de poder y guerra en la mente colectiva. La utopía de escapar esta pesada visión de mundo parecía hacerse realidad (virtualmente) a través de la Web, un espacio que existía en una dimension paralela al mundo. Y, como en un viaje de ácido, el ciberespacio podia ser un lugar donde uno se libera de la corrupción atávica del mundo y explora páramos impolutos de información. [Curtis no menciona la otra importante influencia en la conformación de la tecnoutopía: el tecnomilenarismo, las ideas de Teilhard de Chardin de la noósfera, la información como manifestación del espíritu de la Tierra]. 

John Barlow haría su Declaración de Independencia del Ciberespacio, el mito fundacional que inspiraba hacia un lugar mágico alternativo, una frontera electronica de libertad individual, una civilización de la mente que iba a ser más libre y humana. Pero había un cierto naïveité en esto, una idea inocente o escapista. Los hackers Phiber Optic y Acid Freak sabían que esta idea de que no había jerarquías en línea era una fantasía. Hackearon el sitio TRW y revelaron la información crediticia de Barlow y la publicaron en línea, queriendo demostrar el poder que tenían las corporaciones: apilaban enormes cantidades de información sobre las personas y usaban esa información para controlar tu destino. La utopia era un camuflaje conveniente de un poder que iba más allá de la política.

Reagan, desesperado por su fracaso en Líbano, en su cruzada moral, tenía que crear un nuevo enemigo, ya que enfrentarse a Siria era más complicado, posiblemente porque tenía el apoyo de la Unión Soviética. Así se crea el papel antagónico de Muammar Gaddafi. En 1985, Gaddafi estaba aislado y sin influencia, pero eso cambió con los ataques de Roma y Viena. Estados Unidos anunció que habían sido perpetrados por Libia, aunque los servicios secretos sabían que era Siria. Lo más extraño es que Gaddafi no lo negó sino, al contrario, anunció nuevos posibles ataques suicidas; utilizó la publicidad para promoverse como un revolucionario. Gaddafi prometió armas a los negros en Estados Unidos, promovía su tercer camino, una teoría política alternativa al capitalismo y al comunismo, y anunció un programa para explorar el espacio. Así se creó el arquetipo de un dictador supervillano, delirante y desestabilizante que controlaba un Estado fallido antidemocrático.

En 1986 se culpó a Gaddafi del ataque a una discoteca en Berlín aunque, según analistas como Kupperman, se sabía que el ataque no había sido ordenado por Libia. Se estaba creando una guerra falsa (una entre varias). Y hasta la fecha este, como otros ataques terroristas, sigue estando en una densa neblina en lo que respecta a su autoría. 

En los 80, también, se orquestó el programa de desinformación de los OVNIs. Cade vez más personas veían objetos voladores no identificados. Aparecieron documentos oficiales que revelaba un encubrimiento, pero en realidad el gobierno estadounidense había creado una falsa conspiración a propósito. Los OVNIs eran armas militares, que a su vez eran fruto de una imaginación delirante —otra conspiración que el gobierno se había creído, pensando que la Unión Soviética estaba desarrollando armas superiores a las suyas. Para justificar las pruebas de estas armas, el gobierno estadounidense había utilizado “tontos útiles”, a quienes había entregado documentos clasificados [uno de los agentes encargados en hacer esto fue Richard Doty; más sobre esto en el documental Mirage Men]. 

Todo esto era parte de un programa más grande que había sido llamado “manejo de percepción”: se sembraban historias dramáticas de diferentes partes del mundo, sin importar su veracidad; lo importante era que distrajeran y permitieran a los políticos evitar lidiar con la naturaleza imposible de resolver del mundo político. La realidad empezaba a ser cada vez menos importante, era un medio manipulable para lograr un fin.

En ese ambiente surgían las nuevas directrices ideológicas del individualismo: cambiar el mundo era demasiado complicado, pero había una revolución posible, podías tomar control de tu cuerpo e ir al gimnasio (o comprar videos de Jane Fonda haciendo aerobics).

Con la caída de la URSS se completó la caída del sueño de que el gobierno podía cambiar el mundo. Se fue estableciendo la que ha sido llamada una “sociedad del riesgo”. Nos movíamos hacia un mundo pospolitico en el que cualquier politico que creía que podía construir una mejor sociedad era visto como peligroso. Vivíamos ya en lo que Ulrich Beck llamó “un mundo fugitivo” (Runaway world). Un mundo tan hiperconectado, complejo y peligroso que era impredecible, por lo tanto, se debía abandonar la idea de cambiar el mundo y el objetivo era entonces encontrar formas de predecir el mundo y proponer estrategias para evitar que sucedieran las catástrofes que pululaban en nuestra cercanía. 

Surge entonces la idea de sistemas para predecir el futuro, la predicción de comportamiento que derivaría en el big data. Una compañía en especial, BlackRock, con su sistema Aladdin se erige como la gran acaparadora de este nicho. BlackRock es el inversor más grande del mundo, controlando ya en 2013 más de 4.1 billones de dólares (tanto como todos los hedge funds privados en conjunto) y un total de 11 billones pasa a través de su plataforma de transacciones de divisas Aladdin. En total el 7% de todas las acciones, bonos y préstamos del mundo se hospedan en su sistema. Un supersistema que se basa en predecir el comportamiento cotejando datos actuales con la historia financiera que alberga en sus bancos de data. Su razón de ser: evitar riesgo para los inversionistas.

Una curiosidad: el lugar donde se alberga Aladdin, en Wenatchee, Washington, es el lugar donde más antidepresivos se consumen per cápita. La revolución no ocurrirá en la plaza pública, ocurrirá en tu cabeza a través del Prozac. Una persona explica cómo el Prozac es una especie de luz que cura a los ciegos de la mente. En un momento genial, un niño en antidepresivos dice que parece que “todos nos estamos lavando el cerebro el uno al otro para ser felices”.

El sueño se traslada a la inteligencia artificial, que podrá programarnos la felicidad. Un primer brote es la computadora como terapeuta, Elisa. Lo que Elisa mostró es que en una era de individualismo, lo que hace que las personas se sientan seguras es verse reflejadas ellas mismas, como en un espejo. Esto será incorporado a los productos de consumo y a las plataformas digitales. 

Mientras tanto, Gaddafi asumió la responsabilidad del ataque de Lockerbie pese a que, de nuevo, la evidencia apuntaba a otra parte. Estados Unidos necesitaba de Siria para la Guerra del Golfo que se venía cocinando.

Hamás aprendió de Hezbolá el virus del ataque suicida y, de esta forma, aunque el sunismo no tenía rituales de autosacrificio adoptó esta estrategia en contradicción con las enseñanzas del Corán. Se instauró un nuevo “martirio en nombre de Dios”. El virus del suicido terrorista que había sido hospedado por Siria empieza a mutar.

Escenas de cine apocalíptico milenarista, la visión del peligro en ciernes. Increíble ver todas las veces que Nueva York y sus grandes edificios, símbolos del poder y la libertad, son destruidos en películas antes del 2001 por el “delicado balance del terror”.

Estados Unidos debía detener el crecimiento de los supervillanos tiranos, el nuevo cameo en la trama fue el de Saddam Hussein. Reportes de inteligencia posteriores al 2001 mostraban que las armas de destrucción masiva de Irak eran guardadas en receptores de vidrio en una descripción que luego parece haberse comprobado salida de la película The Rock

Después de la muerte de al-Assad, su hijo, quien estaba obsesionado con las computadoras, convencido de que la invasión de Irak era un plan para controlar la región fondeó la insurgencia y llevó bombarderos suicidas extranjeros a Irak. 

El enemigo creado, Gaddafi, ahora se convirtió en un héroe falso de la democracia para promover la imagen de que la invasión tenía buenos efectos en el mundo árabe, cuando los poderes occidentales recibían críticas. Gaddafi fue reinventado como pensador y para ello participaron todo un equipo de relaciones públicas, académicos, espías, músicos, científicos. Libia anunció que iba a desmantelar su plan de armas de destrucción masiva. Esto supuestamente probaba que el intervencionismo podía transformar la región y hacerla regresar "a la comunidad de naciones civilizadas”. Aunque Gaddafi no tenía armas nucleares, sólo gas mostaza, pero la farsa debía seguir.

El hijo de Gaddafi declara que aceptaron el ataque de Lockerbie sólo para que se removieran sanciones, según habían negociado con Estados Unidos y Gran Bretaña.

El ciberespacio surgía como el escape hedonista inmaculado libre de la corrupción de la política y el desencanto del mundo real en el cual el activismo no tenía efecto. El mundo en línea estaba basado en algoritmos que podían predecir el comportamiento, en sistemas de creencia de Bayes. La información incompleta de un sistema era llenada en base a un modelo económico de agentes racionales. El software mimetizaba a los seres humanos de una manera muy simple: asumiendo que un agente siempre actuaría para obtener lo que quiere, el modelo de agentes. Pero, según Jaron Lanier, el modelo de agentes de lo que estás interesado siempre será una caricatura y en correspondencia siempre verás un modelo caricatura del mundo y nunca sabrás para quién trabajan estos agentes. 

La Web empezó a verse como el mundo real: al llenarse de videos e imágenes humanas de todo tipo de momentos se le ponía rostro a la data.

Los algoritmos de las redes sociales analizaban los gustos de las personas y los alimentaban con más de lo mismo, así los individuos se empezaban a mover sin saberlo en burbujas que los aislaban de otro tipo de información. Sólo veían lo que les gustaba y los newsfeeds excluían lo que desafiaba las creencias preexistentes. La visión de Gibson parecía ser la versión dominate de la Red, no la tecnoutopía del LSD. 

El sueño de un mundo sin líderes, de pares, derivó en el el movimiento Occupy y en la primavera árabe; esto fue visto como el poder revolucionario del Internet, la capacidad de destronar dictadores. Se creía que a través de las redes la democracia florecería, lo cual sustentaba el modelo global. Así que cuando un surgimiento se dio en Libia, Francia, Inglaterra y EEUU apoyaron a los rebeldes y Gaddafi, el eterno títere, se convirtió otra vez en un dictador que debía ser removido a toda costa.

Pero Libia no logró la democracia sino el caos. Y las otras revoluciones también fallaron. Las redes sociales habían ayudado a unir a la gente pero no iluminaron un camino para la nueva sociedad que debía formarse.

En Egipto, paradójicamente, los que habían apoyado la revolución dieron la bienvenida a los militares. Esta vez, también convocados por Facebook.

Nadie en Occidente tenía una idea de cómo cambiar el mundo; los políticos habían entregado tanto su poder a las finanzas, a las burocracias administrativas, que ellos mismos se habían vuelto poco más que administradores. Su visión simplista del mudo había sido expuesta como errónea, destructiva.  

En Rusia se dieron cuenta de que la falta de creencia en la política y la incertidumbre del futuro podían usarse para su ventaja, haciendo de la política un extraño teatro en el que nadie sabía qué era verdad o mentira. Eran llamados los “tecnólogos políticos”, quienes habían mantenido a Putin en el poder, altamente influenciados por la ciencia ficción rusa: la realidad era algo que podía ser moldeado a voluntad. 

Vladislav Surkov, un ex director de teatro, tomó ideas del avant-garde y las llevó al corazón de la política. No sólo manipular sino marear y embrujar la percepción de tal manera que ya nunca se sepa lo que está pasando. Fondeó masivos grupos antifascistas al mismo tiempo que juventudes neonazis y hasta partidos políticos que se oponían radicalmente a Putin, así como grupos humanitarios, pero lo que es realmente llamativo es que Surkov luego anunciaba que esto es lo que estaba haciendo, revelaba su propia conspiración. Un analista la llamo "una estrategia de poder que mantiene a toda oposición completamente confundida, una interminable metamorfosis que es invencible porque es indefinible".

Trump llegó con su propia ficción caótica, utilizando frases que podían ser tomadas de Occupy y a la vez usando el lenguaje de la derecha radical, bailando con los extremos, en un amplio espectro de ambigüedad de alta estimulación emocional. Trump se convirtió en la prueba de que la verdad no era ya importante. Mostró a los periodistas que su trabajo no se trataba de lo que realmente creían que se trataba: de exponer mentiras. Trump estaba haciendo un Putin. 

Mientras tanto, la naturaleza de los algoritmos en línea hacía que las criticas y el enojo en contra de Trump sólo llegaran a personas que ya estaban antes de acuerdo. No se traducía en las encuestas, pero sí beneficiaba a las compañías. Las personas enojadas dan clics [Trump fue el gran clickbait del año]. La furia radical que se desencadenó en Internet ya no tenía la capacidad de cambiar el mundo, pero sí de alimentar a los sistemas de poder que manejan las plataformas digitales.

En un mundo que había perdido el significado, en el que ya nadie creía en el mundo, se podía jugar con la realidad, constantemente modificándola y en el proceso mermar las formas antiguas de poder. 

Surkov implementó una nueva farsa magistral en Siria, lo que llamó "guerra no lineal", en la que no se sabe lo que el enemigo hace, no importa ganar sino usar el conflicto para crear un estado de percepción de una constante desestabilización para gobernar y controlar. Rusia anunció con un épico concierto en Palmira que se iba de Siria, pero días después seguía ahí.

El plan de un estratega sirio, exaliado de Osama bin Laden, era crear pequeños ataques aleatorios para crear pánico e incertidumbre y restar poder al ya carente sistema de poder occidental. De aquí hasta el Brexit y Trump, campañas que se alimentan del pánico de un mundo en el que se ha dramatizado hasta ir a un restaurante como un peligro. Campañas que se pensaba que nunca podrían ganar, que se vuelven realidad. 

Conócete a ti mismo: 5 películas para emprender el camino del autodescubrimiento

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/03/2016

Reconocer la identidad propia y los elementos que la componen es una tarea en la cual el cine puede ser un gran aliado

“Conócete a ti mismo”, decía el templo de Apolo en Delfos, en su vestíbulo. Por éste y otros motivos la frase es indisociable de la antigua Grecia, en donde se usó ampliamente como una suerte de recomendación filosófica pero también vital: saber quiénes somos, con todo lo que ello conlleva, determina en buena medida la fertilidad del terreno en el que sembramos nuestros actos y cosechamos después los frutos de nuestros proyectos. Saber qué deseamos y por qué, conocer nuestro pasado, darnos cuenta de cómo empleamos nuestro amor, saber a qué le tememos y también por qué razones, preguntarnos si las decisiones que tomamos de verdad son resultado de un acto de conciencia y libertad o si actuamos empujados por fuerzas e impulsos inconscientes…  

Conocerse a sí mismo es una tarea continua y persistente de reconocerse en el espejo de lo que hacemos a diario; sin embargo, también existen recursos que nos permiten ejercitarnos en esa disciplina. La lectura de ciertos libros, la conversación con ciertas personas y también algunas películas que tienen como motivo central ese encuentro con nuestra propia identidad al que la vida nos lleva necesariamente.

A continuación compartimos una lista tentativa, la cual dejamos abierta para nutrirla con las sugerencias de nuestra comunidad.

 

Sueños, Akira Kurosawa (1990)

Kurosawa empleó sus propios sueños para contar una historia en ocho partes de una subjetividad, esa definición de la persona que aunque le es inherente, también se encuentra en relación con el mundo que la rodea. Somos lo que soñamos, parece decirnos Kurosawa, pero sólo porque algunos de esos sueños los recordamos al volver a despertar en este mundo.

 

Donnie Darko, Richard Kelly (2001)

Una película de tonos oscuros y temas sombríos que (por esto mismo) nos hace percatarnos de eso que escapa a la luz de la conciencia, aunque no por ello es menos decisivo en las acciones que suponemos realizar por decisión propia.

 

 

Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera, Kim Ki-duk (2003)

También conocida como Las estaciones de la vida, este filme de Kim Ki-duk es una sencilla reflexión –pero no por ello menos conmovedora– respecto de los hechos que se suceden y encadenan, uno a uno, hasta formar eso que llamamos nuestra vida.

 

 

Into the Wild, Sean Penn (2007)

Una adaptación fílmica del libro homónimo a propósito de Christopher McCandless, mejor conocido como “Alexander Supertramp”, quien en la década de los 90 emprendió varios viajes a solas, impulsado casi únicamente por el deseo de aventura.

 

The Fountain, Darren Aronofsky (2006)

Una singular mezcla de ciencia ficción, espiritualidad y fantasía que con recursos de cada una de estas narrativas cuenta una historia que se extiende por cinco siglos, período que parece más que suficiente para reflexionar sobre cómo la existencia ocurre y se desarrolla en esa materia fugaz que es el tiempo.

 

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