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4 errores que tu cerebro comete todo el tiempo (y cómo hackearlos a tu favor)

Por: pijamasurf - 04/09/2016

Nuestra mente incurre en todas estas formas de ver la realidad no porque algo ande mal con nosotros, sino para protegernos: los prejuicios, los errores de cálculo y la falta de empatía buscar proteger al organismo de un medio cambiante. Entérate de cómo funcionan

Desde una perspectiva psicológica y de conducta, la ignorancia puede explicarse como el resultado de una serie de operaciones cognitivas encargadas de ignorar literalmente ciertos estímulos del entorno, de manera que la percepción no se inunde y tu capacidad de respuesta sea más efectiva. De hecho, todo lo que vemos, pensamos o percibimos tiene un ligero retraso (algunos dicen que hasta de 15 segundos), pues somos capaces de registrar una cantidad inimaginable de estímulos que, sin embargo, no necesitamos. Además, la ignorancia te protege de las creencias distintas a las tuyas, y si la mente opera bajo la premisa de que es necesario sobrevivir, todo lo que atente contra la lógica de un mundo terminado y predecible (y por lo tanto, seguro para el organismo) debe ser tratado como una potencial amenaza. 

La evolución ha programado nuestra mente para responder a distintos tipos de preferencias, inclinaciones, prejuicios, sesgos, tendencias, polarizaciones y predisposiciones de los que no somos enteramente conscientes y de los que de hecho no podríamos ser conscientes o seríamos completamente disfuncionales en la vida cotidiana: la mente, la conciencia o como queramos llamar a nuestro sistema operativo primario está protegiéndonos todo el tiempo de oleadas inimaginables de información inútil, haciendo que nos concentremos en el aquí y el ahora, y llevándonos por una serie de errores que podemos aprender a identificar para desarrollar compasión por nosotros y por los demás. Sean Sergio categoriza estos errores en cuatro grandes patrones:

 

1) Sesgo de confirmación

Los seres humanos necesitamos tener la razón. En ocasiones esta búsqueda de la razón y la verdad puede alentar a filósofos y políticos a discutir desde diferentes puntos de vista, pero en la vida cotidiana se trata de la necesidad imperiosa de tener la razón en cualquier pequeño conflicto: ¿la luz del semáforo estaba en verde o en rojo? ¿Fue gol o no fue gol? Y a pesar de que muchas de estas dudas podrían ser resueltas con un poco de objetividad, el error de confirmación consiste precisamente en encontrar ejemplos que nos dan la razón por todas partes, sin darnos cuenta de lo irracionales que parecemos. Y es que desde el punto de vista del organismo individual (tú, en este caso), la verdad siempre está de tu lado, porque la verdad del otro se asume como una ficción, una deferencia, o incluso una imposición. ¿No podríamos tener la razón ambos, o todos? Difícilmente: este error se reconoce fácilmente cuando escuchamos que alguien llama a otro "mente cerrada", que a su vez tiene la mente cerrada para el otro, y así al infinito.

 

2) Falacia del costo hundido

Este es el error que te hace justificar tonterías (o errores) del presente con decisiones malas del pasado. Podemos remontarnos tan atrás como sea necesario: ¿tus padres no te quisieron/te quisieron demasiado? ¿No tuviste amigos/tuviste demasiados amigos? No importa, podemos echarle la culpa al pasado, porque éste (lógicamente) es la razón del presente. El problema ocurre cuando utilizamos estas decisiones del pasado para justificar por qué seguimos en relaciones tóxicas o que no van a ninguna parte, o por qué permanecemos en trabajos donde no nos sentimos apreciados o que simplemente no nos gustan. Afortunadamente, las decisiones del pasado también son revocables (hasta cierto punto), o en todo caso no deben servir para justificar la miseria del presente. Volveremos sobre el asunto del huidizo presente un poco más adelante.

 

3) Error de atribución fundamental

Nuestra mente trabaja más rápido de lo que somos capaces de reconocer: cuando alguien nos platica algo, nuestro cerebro ya está haciendo reducciones y generalizaciones que permanecen en un nivel preconsciente, listas para ser activadas en el transcurso de la conversación, o incluso años después. Una generalización o un prejuicio funciona también como un concepto: una etiqueta que nos ayuda a clasificar el maremágnum de cosas que pasan a nuestro alrededor; sin embargo, una etiqueta siempre puede ser parcial, o incluso estar equivocada, convirtiéndose en un prejuicio o error de atribución. El trabajo del cerebro es categorizar todo (rápido y mal) para darnos información suficiente para tomar decisiones y sobrevivir; el problema viene cuando el cerebro aprende a simplificar demasiado. Pasa así con algunas respuestas infantiles a problemas: es claro que si todos dejamos de utilizar hidrocarburos la contaminación se reducirá, pero las cosas no son tan sencillas.

 

4) Heurística de la disponibilidad

Si pudiéramos tener toda la información necesaria para tomar las mejores decisiones, probablemente las tomaríamos --el problema es que casi nunca podemos recabar toda la "información necesaria" y tenemos que actuar sobre la marcha. Diseñados como estamos para responder al aquí y el ahora, nos perdemos en las contingencias y en los problemas del momento sin pensar (ahora sí) en las determinantes históricas. El pasado es un buen punto de referencia si somos capaces de recordar y tener en mente los aprendizajes que adquirimos antes --pero en una situación emocional o estresante es fácil responder desde la víscera y lo contingente. Después de todo, el pasado no está aquí (¿o sí?). En muchos sentidos, nuestro cerebro sigue respondiendo como el de un animal salvaje, con base en amenazas y negociaciones del lugar que ocupamos en la cadena alimenticia: colocarnos en el presente está muy bien para disfrutar del aquí y el ahora, pero en ocasiones conviene recordar que los problemas que nos acosan con urgencia presente ya se nos habían presentado antes en otras formas.

 

¿Te identificas con los sesgos aquí presentados? ¿Puedes identificar otros ejemplos y casos interesantes? Queremos leerlos en los comentarios.

Estas fotos demuestran que lo único indispensable para viajar es decidirte a hacerlo

Por: pijamasurf - 04/09/2016

Esta cuenta de Instagram reúne testimonios visuales de personas que viajan con apenas lo necesario y realmente indispensable: el deseo de recorrer un territorio

El viaje es una metáfora en sí mismo. El cubano Lezama Lima dijo alguna vez que viajar es “apenas un movimiento de la imaginación”, y aunque él se refería a la posibilidad de que el paseo nocturno de la habitación al baño o aquel en círculos en nuestro lugar de trabajo pueden considerarse también grandes travesías, lo cierto es que ese movimiento al que alude el escritor es necesario en prácticamente cualquier traslado del punto en el que habitualmente nos encontramos a otro hacia el que proyectamos un deseo, un anhelo, a veces también un recuerdo o una añoranza. Viajamos porque, quizá, desde niños soñamos con estar en determinada ciudad, o porque el cine alimentó nuestra fantasía sobre cierto país, o porque allí vive alguien a quien queremos y deseamos, o porque…

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Corey y Emily, de New England (EEUU)

 

Los motivos pueden ser múltiples, al igual que los tipos de viaje, pero quizá en el corazón de todos ellos reside el impulso de verdaderamente querer emprenderlo. Podemos pasar toda la vida planeando algo y, al mismo tiempo, interponiendo obstáculos y pretextos para no conseguirlo. Podemos creer que no tenemos suficiente dinero, o que no podemos dejar nuestras responsabilidades así como así, o que…

 

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Matt y Danielle, de Ottawa (Canadá)

 

Estas imágenes que ahora compartimos, sin embargo, parecen mostrar lo contrario. Todas provienen de la cuenta de Instagram go_van_com que, grosso modo, se encarga de recopilar los testimonios visuales de viajeros que recorren un sitio a bordo de una camioneta. "¡Vive en pequeño, sueña en grande!" es el motto de esta cuenta y, podría decirse, de estos viajeros, pues según se ve por las imágenes, el único requisito de verdad indispensable para hacerlo es tomar la decisión de emprender la travesía.

 

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 James y Rachel, de Florida (EEUU)

 

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 Dillon y Tessa, de Alaska (EEUU)

  

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 Johnny y Jess, de Byron Bay (Australia)

  

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Adam y Emily, de California (EEUU)

 

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Greg y Michelle, de Nueva York (EEUU)

 

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 Mitch y Cleo, de Sydney (Australia)

 

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 Víctor y Eva, de Barcelona (España)