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¿No puedes dejar de ver una serie de televisión? La neurociencia tiene inquietantes explicaciones al respecto

Por: pijamasurf - 11/22/2015

Los ahora populares maratones de series de televisión responden a algunas de las necesidades básicas de nuestro cerebro, según se ha observado desde la neurociencia contemporánea

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En los últimos años, las series de televisión se han posicionado como una de las formas predilectas de entretenimiento. Antes los programas se veían, pero haber añadido la noción de “serie”, de contenido hilado, de historia que se desarrolla y que tiene coherencia interna más allá de la mera incidencia, ha cambiado algunas de las prácticas asociadas a ver televisión. Que ahora, por ejemplo, Netflix ofrezca todos los capítulos de una serie desde su lanzamiento es algo que hace 20 años hubiera sido impensable, impracticable (por las condiciones de la emisión) pero quizá incluso inadmisible. Con todo, para nosotros no es del todo extraño pasar un día entero entregado al gusto sedentario y maratónico de mirar todos los capítulos de una serie en una sola sentada.

¿Qué hay detrás de esto? ¿Es sólo gusto por la historia? ¿Las series poseen características narrativas especiales que nos cautivan y nos enganchan? En la neurociencia contemporánea se han realizado estudios para analizar el funcionamiento de nuestro cerebro durante el momento en que miramos alguno de dichos programas, en búsqueda de los mecanismos que nos hacen seguir un episodio tras con otro con evidente sed de más.

Paul Zak, por ejemplo, neuroeconomista de la Claremont Graduate University, tomó el concepto de “empatía” para preguntarse por su función dentro de aquel fenómeno. En su estudio, expuso a algunos voluntarios al video de un joven diagnosticado con cáncer terminal que a pesar de esto se mostraba feliz en la grabación; en contraste, el padre del muchacho lucía abatido, por más que se esforzaba por compartir la alegría del hijo.

Después de ver el video, Zak y su equipo registraron las reacciones emocionales de los participantes. En general, éstas se dividieron en dos: angustia y empatía. Además, por una prueba de sangre tomada también en ese momento, se observaron en los voluntarios niveles elevados de dos hormonas asociadas a dichas emociones, cortisol y oxitocina. Por último, para terminar su participación se ofreció a cada persona la posibilidad de dar dinero a un integrante del laboratorio de Zak (un completo extraño, para fines prácticos) y también a una institución de caridad a favor de niños enfermos. Según el investigador, por la cantidad de cortisol u oxitocina en la sangre fue posible predecir la cantidad de dinero cedida en ambos casos.

En este primer punto queda de manifiesto que el ser humano puede ser empático también con la historia de otro: no hace falta tener al otro enfrente, conocerlo, que se nos presenten pruebas de su existencia ni de la veracidad de su historia. Para nuestro cerebro basta con conocer la historia, entenderla y codificarla emocionalmente para, como resultado de este proceso, sentirla cercana, propia.

En otro experimento el psicólogo Uri Hasson, de la Universidad de Princeton, hizo que un grupo de voluntarios viera cuatro distintos productos audiovisuales: un episodio de la serie Curb Your Enthusiasm (Larry David, 1999-), el clásico del spaghetti western Il buono, il brutto e il cattivo (Sergio Leone, 1966), el episodio de Alfred Hitchcock Presents “Bang! You're Dead” (1961) y, finalmente, una grabación de 10 minutos sin editar de un concierto que tuvo lugar en el Washington Square Park de Nueva York. El objetivo de Hasson era observar la respuesta a la exposición a estos contenidos a nivel cerebral, para determinar a su vez la correlación intersubjetiva con lo mirado.

De acuerdo con sus observaciones, el contenido menos estimulante fue la grabación del concierto, que apenas activó el córtex cerebral de los participantes. Un poco más interesante para la audiciencia fue el episodio de Curb Your Enthusiasm, y después Il buono, il brutto e il cattivo. Sin embargo, el córtex lució notablemente activo con la historia de suspenso avalada por Hitchcock, que además logró establecer conexiones con otras zonas del cerebro relacionadas con el procesamiento de la percepción de la realidad.

¿Cuál es la diferencia entre contenidos que explica la disparidad de reacciones? Según Hasson, la impresión de “control” hace que nuestro cerebro intensifique su enfoque sobre eso que se desarrolla con una aparente lógica consumada. Hitchcock era experto en ello. Utilizó los recursos narrativos y técnicos del cine para armar una maquinaria perfecta en cada una de sus películas, que llevaba al espectador justo por el camino que el director había previsto.

En parte esa podría ser también la clave del éxito de series como LOST, Game of Thrones o Breaking Bad, en donde la historia se va desplegando poco a poco pero con una dinámica que se ajusta a la necesidad paranoica de nuestro cerebro de darle sentido a todo lo que percibe, tanto individualmente como en la suma de los elementos.

Sin embargo, la pregunta de por qué podemos pasar varias horas frente a una pantalla siguiendo el desarrollo de una serie no queda del todo respondida. Es posible que, después de todo, contar y escuchar historias sean prácticas inscritas atávicamente en nuestra genética cultural, un recurso ancestral que contribuyó a nuestra supervivencia, que nos mantiene unidos y cerca de los que son como nosotros.

 

También en Pijama Surf: La neurobiología de las narrativas (o cómo contar historias es crear realidades)

Si quieres escribir, no dejes de escribir (sugerencia de la neurociencia)

Por: pijamasurf - 11/22/2015

La práctica constante de la escritura activa partes del cerebro que, a la larga, facilitan la capacidad de relacionar el acto de escribir con las emociones

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Para la realización de un reciente estudio publicado por la revista NeuroImage sobre la relación entre el cerebro y la creatividad, se hicieron resonancias magnéticas que comparan el cerebro de escritores experimentados con el de escritores novatos. Los resultados son sorprendentes.

En primer lugar se seleccionaron 20 escritores con al menos 1 década de experiencia (personas que escriben en promedio 21 horas a la semana) y 28 escritores principiantes (que escriben alrededor de 1 hora a la semana). A los 48 sujetos de la investigación se les dio el principio de una historia para que primero hicieran una lluvia de ideas para un posible final, y posteriormente se les pidió que escribieran la historia en un lapso de 2 minutos. Mientras tanto, todos ellos se encontraban conectados a un escáner cerebral.

A grandes rasgos, los resultados señalaron que la corteza frontal del cerebro de los escritores más experimentados mostraba mayor actividad, particularmente en el área relacionada con el lenguaje y la selección de metas. Esta área del cerebro humano está asociada con el procesamiento del lenguaje emocional, por ejemplo, la interpretación de los gestos. Esto podría significar que los expertos tienen una mayor capacidad de entrar en contacto con la parte emocional de la escritura y del lenguaje.

Además, el cerebro de los veteranos mostró mayor actividad en el núcleo caudado izquierdo (sección de los ganglios basales), una parte del cerebro utilizada en los procesos de aprendizaje y desempeño especializado de actividades. Esta región cerebral también participa en los procesos cognitivos que se vuelven automáticos y posteriormente se almacenan en el cerebro más profundo. En cambio, el cerebro de los escritores menos experimentados recurrió más a las áreas visuales.

Durante la lluvia de ideas, el cerebro de los expertos mostró mayor actividad en las zonas asociadas con el procesamiento del discurso. Esto parecería indicar que en el cerebro de quienes escriben más horas a la semana las ideas nacen durante el proceso que va de la concepción a la expresión, es decir, antes de ser expresadas ya han sido completamente concebidas.

En el estudio, muchos de los escritores expertos solucionaron la historia inconclusa con descripciones y sucesos que incluían el relato de emociones y metáforas. Así, el estudio parecería señalar que un escritor más experimentado es capaz de escribir más y mejor, pero no solamente eso, podría indicar que el cerebro de un escritor experto tiene una mayor capacidad de asociar el lenguaje —su concepción y expresión— con las emociones. Esto no es una sorpresa: las grandes obras literarias siempre han sido aquellas que generan emociones profundas, complejas e inolvidables en sus lectores.