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Breve historia de la domesticación del gato

Por: pijamasurf - 06/04/2015

A pesar de su naturaleza mercuriana, el gato de casa es la mascota más popular del mundo. ¿Cuándo fue que pudimos invitarlos a nuestro hogar?

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Victor Hugo alguna vez señaló que Dios creó al gato para brindar al hombre el placer de acariciar un tigre. Pero, ¿cuándo fue que los gatos se dejaron acariciar por primera vez por el humano? ¿Cuándo fueron domesticados y dejaron de ser réplicas miniatura de los grandes felinos ferales?

La frase “gato doméstico” es un oxímoron, una contradicción de términos. Pero sí hay tal cosa como un gato semidoméstico, y los hombres y los gatos han disfrutado de una relación simbiótica desde hace miles de años. Uno pensaría que el testimonio arqueológico podría responder rápidamente a la pregunta de cuándo fueron domesticados los gatos salvajes, pero estos son tan parecidos a los gatos domésticos que la cuestión se complica.

Los más recientes hallazgos, publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences, dicen que los gatos han sido nuestros compañeros desde hace al menos 9 mil años. Todos los gatos (semi)domésticos, apuntan los autores, descienden de un gato salvaje del Medio Oriente: el Felis silvestris, que literalmente significa “gato del bosque”. Los gatos fueron domesticados por primera vez en el Oriente Próximo.

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“Lo más probable es que los humanos acogieron a los gatos porque estos controlaban a los roedores que consumían sus cosechas de grano”, apunta Wesley Warren de la Universidad de Washington. Era una relación fructífera para las dos partes: los humanos se deshacían de la plaga de roedores y los gatos se daban un festín con ellos. Pero los investigadores creen que los gatos más bien se domesticaron a sí mismos. Se “invitaron a pasar” y, con el tiempo, mientras la personas los favorecían con premios más dóciles, caricias y alimento, algunos gatos se adaptaron a este nuevo ambiente y produjeron las docenas de las razas de gatos domésticos que conocemos hoy.

Los egipcios los veneraban tanto que incluso implantaron la pena de muerte a quien matara un gato, y los gatos también eran momificados antes de enterrarse. Se cree que los gatos de pelo corto se esparcieron desde Egipto y los de pelo largo desde Turquía e Irán. Otras civilizaciones antiguas comenzaron a domesticar al gato y lo llevaron a Italia, donde lentamente la especie se esparció por toda Europa hasta que eventualmente llegó al Nuevo Mundo junto con los peregrinos.

Y excepto por un corto período de persecución en la Edad Media, cuando los gatos fueron asociados con el Demonio y quemados por cientos en la famosa "noche de San Juan", para el siglo XVIII se habían vuelto mascotas populares en hogares de todo el planeta. Y hoy, sobra decir, son protagonistas de la extraña historia que compartimos con Internet, y su adorable enigma se extiende como sucede con todo objeto del deseo que nos hace sus vasallos. 

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¿Puede la genética justificar la infidelidad de tu pareja?

Por: pijamasurf - 06/04/2015

Los prejuicios acerca de la construcción social de la fidelidad y el papel de la mujer en la sociedad entran en juego en la presentación de la información científica, especialmente en medios mainstream
[caption id="attachment_96239" align="aligncenter" width="614"]Match Point (Woody Allen, 2005) "Match Point" (Woody Allen, 2005)[/caption]

Un reciente y muy visto artículo de The New York Times refiere a un estudio de la Universidad de Queensland, en Australia, donde se buscó establecer la relación entre la infidelidad y el gen que gestiona la vasopresina. Según el doctor Richard A. Friedman, se trata de una hormona que afecta la confianza, empatía y regula también el vínculo sexual en animales.

Luego nos enteramos de que el estudio observó la vida sexual de 7 mil 400 gemelos en Finlandia, lo que permitiría establecer vínculos genéticos que se correlacionaran con la infidelidad de pareja o "comportamiento promiscuo". De hecho, el eufemismo sociológico utilizado en el estudio se refiere a la infidelidad como "vínculo extra-pareja". 

Se determinó que 9.8% de los hombres y 6.4% de las mujeres reportaron dos o más parejas sexuales el año previo al estudio, y que 40% de la "variación en comportamiento promiscuo en mujeres puede atribuirse a los genes". Esto cundió como pólvora en Internet, donde rápidamente se vinculaban los prejuicios populares sobre la sexualidad femenina con determinantes (y confusas) condiciones genéticas. 

Pero la manera en que se presenta el artículo original del Times también contribuye a estas lecturas moralizantes de la ciencia. Vale la pena citar un párrafo de Friedman para ilustrar el discurso imperante del texto:

Puede que no haya una clara ventaja evolutiva en la infidelidad femenina, pero el sexo nunca se ha tratado únicamente de procreación. "Poner el cuerno" puede ser intensamente placentero porque, entre otras cosas, involucra novedad y un grado de búsqueda de sensaciones, comportamientos que activan el circuito de recompensa del cerebro. Sexo, dinero y drogas, entre otras cosas, disparan la descarga de dopamina en este circuito, lo que produce no solo una sensación de placer sino que le dice a tu cerebro que esta es una experiencia importante que vale la pena recordar y repetir. Y, por supuesto, los humanos varían ampliamente en su gusto por la novedad.

Según el crítico de la ciencia John Horgan, el artículo del Times (más allá de la validez del propio estudio) refleja una tendencia muy común y muy peligrosa de la actual divulgación científica: la de buscar "el tráfico más que la precisión" con titulares alarmistas sobre la forma en que "las mujeres están inclinadas biológicamente a 'checar el terreno' [to wander]". Los prejuicios acerca de la construcción social de la fidelidad y el papel de la mujer en la sociedad entran en juego en la presentación del Times (además de no aportar contexto suficiente acerca de la incidencia de los genes en un ámbito tan ambiguo como el comportamiento humano), ya que el propio estudio afirma que sus resultados "no replican directamente otros resultados previos en humanos", y a pesar de que al menos otros dos análisis genéticos presentan claros puntos de contradicción (este de 2004 y este de 2008).

Desde el punto de vista de la investigación, estos estudios no encuentran evidencia más que circunstancial para asociar las variaciones del gen AVPR1A con "vínculos extra-pares" en hombres ni en mujeres; pero desde el punto de vista cultural, como remarca Horgan, la presentación de la información reproduce nuestros patrones ideológicos asociados a la construcción social de la fidelidad y la mitología de las relaciones heterosexuales. Si los marcos de estudio reproducen ciegamente los modelos de relación afectiva heteronormada, al menos en su presentación, ¿podemos concluir que hacen falta nuevos marcos de investigación que, sin dejar de lado el aporte del sujeto, logren superar el prejuicio ideológico asociado a temas como el sexo, las drogas y el dinero más allá de la pantalla y el sistema de celebridades? ¿O será que la ciencia (especialmente en campos tan prometedores como la genética y la nanotecnología) terminará por convertirse en prótesis del reality show del inacabable culto a la personalidad en que vivimos inmersos?