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Modelo matemático explica por qué los hipsters o "modernitos" parecen todos iguales: es tan predecible su intento por diferenciarse que terminan uniformados

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Si bien la originalidad ha sido una cualidad valorada a lo largo de la historia, parece que hoy esta abstracción impresa en la posibilidad de diferenciarnos del "resto" está sobrevalorada. Y curiosamente esta obsesión por desmarcarnos en cuestión de estilo de los demás, termina por uniformarnos de manera casi cómica (y nada original).

El anterior fenómeno se derrama por las calles de las grandes ciudades del mundo y materializa en ejércitos de jóvenes barbudos con camisas abrochadas hasta el cuello, y chicas con sombrero, gafas de pasta y una probable chamarra de cuero. Por fortuna la ciencia, a través de una fórmula matemática, ha logrado explicar esta aberración cultural que hoy desfila campante y llena de simulada frescura.

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El matemático Paul Smaldino, de la Universidad de Davis California, conjeturó cuatro premisas para traducir la moda que persigue la originalidad al plano de los números:

Postura: el gusto expresado.

Información: la conciencia que alguien tiene sobre las reacciones que generará su postura.

Postura ideal: en dónde deseas ser ubicado en relación al gusto promedio.  

Regla de ajuste posicional: los cambios que haces de acuerdo a tu ubicación actual y a la ubicación deseada dentro del mapa de estilo personal. 

Después de crear un modelo que permite procesar matemáticamente estas conjeturas, Smaldino concluyó que al desear uniformemente distanciarnos de la norma terminamos convergiendo en una nueva conformidad que poco o nada tiene que ver con la rebeldía o rareza que originalmente perseguíamos. En pocas palabras, si todos deseamos aportar algo nuevo al entorno "estilístico" o identitario, terminamos aglomerados alrededor de un patrón conductual que de forma inevitable, termina uniformándonos –en una suerte de divertido loop.

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Una de las premisas que arrojó el modelo de Smaldino, cuyos resultados fueron publicados en el Royal Society Open Science, es que los grupos que sí podrían hacer una diferencia en cuanto a aportar diversidad genuina al sistema social son aquellos radicalmente convencionales y aquellos radicalmente rebeldes. Es decir, sólo aquellos pocos que llevan a extremos esta búsqueda por ser original (o antibúsqueda en el caso del convencionalismo) efectivamente logran romper con el patrón conductual.  

En cuanto a la mayor lección que arroja este ejercicio matemático, coincide con la "regla de oro" de la originalidad: si quieres ser original entonces deja de querer serlo. Por eso quizá la franqueza es la mejor, quizá la única, ruta para distinguirnos del resto, sobre todo si consideramos que esta responde a ese diálogo único que surge de la combinación irrepetible de vivencias, circunstancias, particularidades psicológicas y biológicas que conforman nuestro verdadero sello identitario. Relájate, sé tu mismo y los más probable es que, sin darte cuenta, terminarás siendo único.

Y sí, la originalidad es sin duda una virtud, pero una siempre orgánica y nunca estratégica, natural y no intencional, así que mejor dejémosla en paz y seguro florecerá. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

La obligación cultural de ser feliz podría ser una ruta casi segura a la infelicidad

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Actualmente la felicidad está por todos lados —al menos discursivamente. Algunos nos dicen que la felicidad se encuentra en una lata de refresco y otros que llega sólo cuando hacemos caso a nuestra intuición. Hay quienes rescatan tradiciones antiquísimas y casi olvidadas para extraer un sumario de consejos útiles para ser feliz.

Hace unos meses publicamos una crítica contra la actual política del be happy como un credo existencial contemporáneo: "Sobre la triste obligación de tener que ser feliz". Y es que extrañamente, en esta atmósfera, hay un rostro de la felicidad contemporánea que tiene los rasgos del imperativo. Nuestra época nos ha acostumbrado a perseguir la felicidad. Pero, al emprender dicha persecución, ¿no aceptamos tácitamente que el objetivo puede ser inalcanzable?

Hace poco, en el sitio Big Think, uno de sus colaborares más asiduos y agudos, Steven Mazie, publicó un breve texto a propósito de un fragmento de Kant sobre la felicidad. Como sabemos, Kant es el gran filósofo de la moralidad, un ámbito de la filosofía que inevitablemente se cruza con la exploración de la felicidad si pensamos que esta ocurre en el territorio de lo compartido.

En Fundamentación de la metafísica de las costumbres, un trabajo de 1785, Kant dedica varias páginas a este asunto, visto sobre todo a la luz de la razón. Para el legendario caminante de Königsberg, la felicidad forma parte de una ecuación no tan sencilla en la que están involucradas la racionalidad, la moralidad y una categoría necesaria para encaminarse hacia la solución que el filósofo entiende como “sagacidad”: “la habilidad al elegir los medios para conseguir la mayor cantidad posible de bienestar propio”.

Hasta este punto, el sistema podría funcionar y, como si se tratase de un mecanismo perfecto, ofrecernos un resultado claro sobre qué significa ser feliz, qué se necesita para conseguirlo. Sólo que no es tan fácil, no por un último ingrediente: la experiencia, uno de los nombres de la subjetividad. La experiencia personal determina si encontraremos la felicidad en un auto nuevo o en nuestro platillo favorito, si al observar un atardecer o en el abrazo de alguien a quien queremos y que también nos quiere. Experiencia que además se transforma y cambia al ritmo de nuestra propia vida. Por eso, por la experiencia, es tan complicado decir con seguridad qué nos haría felices en este momento. Al respecto, escribe Kant:

Ahora bien, es imposible que un ser, por muy perspicaz y poderoso que sea, siendo finito, se haga un concepto determinado de lo que propiamente quiere en este sentido. Si quiere riqueza ¡cuántas preocupaciones, cuánta envidia, cuántas asechanzas no podrá atraerse con ella! ¿Quiere conocimiento y saber? Pero quizá esto no haga sino darle una visión más aguda que le mostrará más terribles aún los males que ahora están ocultos para él y que no puede evitar, o impondrá a sus deseos, que ya bastante le dan que hacer, necesidades nuevas. ¿Quiere una larga vida? ¿Quién le asegura que no ha de ser una larga miseria? ¿Quiere al menos tener salud? Pero ¿no ha sucedido muchas veces que la flaqueza del cuerpo le ha evitado caer en excesos que habría cometido de haber tenido una salud perfecta?, etcétera. En suma, nadie es capaz de determinar con plena certeza mediante un principio cualquiera qué es lo que le haría verdaderamente feliz, porque para eso se necesitaría una sabiduría absoluta.

La idea de felicidad de Kant es un poco como una matriz matemática en la que la totalidad es un meta-valor que la hace funcionar. No está ahí entre sus elementos, pero es necesario. Una totalidad que implica conocer todos los factores posibles de una situación para poder prever su resultado. Sólo que, en cuestiones humanas, morales, esto es imposible. Por eso, nos dice Kant, nadie puede decir con qué sería feliz totalmente.

Al glosar este y otros pasajes en que el filósofo se ocupa del asunto, Mazie nos guía por los razonamientos kantianos para hacernos ver que la felicidad puede no entenderse como una búsqueda, sino como apenas el corolario de una tesis mucho más amplia. Una de las enunciaciones del imperativo categórico —clave de la filosofía kantiana, formulado por primera vez en esta Fundamentación…—, dice:

Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio.

Según Mazie, este “imperativo práctico” nos hace considerar a las personas con quienes tratamos a diario como eso, personas, no sujetos que están ahí para complacernos o que sirven a nuestros propios fines, sino como personas “con una dignidad en común que merecen nuestro respeto”. El hombre o la mujer a quien le compramos un café todas las mañanas es un ser humano con una existencia singular, con sus cualidades, sus problemas, su propia historia que por una coincidencia improbable llegó a coincidir con la de ese cliente que a las 8:35 ordena un café americano.

¿Y qué tiene que ver eso con la felicidad? En el ámbito de la ética kantiana, que la única forma de comportarse con esa persona que prepara tu café de camino al trabajo es como si supusieras que esa acción se convertirá en ley universal, dicho de otro modo, como si cada uno de tus actos se convirtiera ipso facto en una norma que el mundo entero estaría obligado a cumplir. ¿Te gustaría que, de esa mañana en adelante, todos estuviéramos obligados a ser descorteses con quien prepara nuestro café?

Ahora sí tiene sentido el imperativo categórico de Kant, ¿no? Como vemos, se trata menos de una obligación hueca como la contemporánea —un “Sé feliz” que se agota en el imperativo de la consigna— y más de una actitud coherente con un sistema más amplio en donde la felicidad es apenas un engranaje, un elemento de una vida mucho más plena: la vida en el mundo que es, al mismo tiempo, filosofía y praxis.

Twitter del autor: @juanpablocahz