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Creer en un mundo justo puede hacer que apoyes el autoritarismo y la injusticia

Por: pijamasurf - 02/10/2015

Si el mundo es justo y nosotros somos buenos, ¿por qué nos enfermamos, sufrimos o, simplemente, somos impotentes para prevenir el "mal"? Lo verdaderamente monstruoso sería que el mundo fuera justo y los tiranos en serio fueran engranes del movimiento "natural" de la Historia

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La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo.

Platón (Critón)

La historia me absolverá.

Fidel Castro

Es un supuesto lógico (y físico, por lo demás) que a toda acción corresponde una reacción: a los niños les explicamos que existen consecuencias positivas y negativas según el tipo de comportamiento que se adopte, porque necesitamos hacerles creer que su acción en el mundo lleva una dirección, a saber, la del bien. ¿Pero qué pasa cuando esos niños crecen y le echan una ojeada a las noticias, sólo para darse cuenta de que cosas horribles y aparentemente inmerecidas le ocurren a gente buena, mientras que personas sin escrúpulos obtienen recompensas económicas y políticas?

La primera acepción de justicia, según la RAE, es “dar a cada uno lo que le corresponde”. El problema es que, bajo ese supuesto, debemos pensar que a los pobres les corresponde ser pobres, a los enfermos les corresponde ser enfermos, a los corruptos corruptos, etc. Las religiones y los discursos políticos tienden a normalizar la desigualdad social a través de esta aparente “justicia”, donde el mundo es como es y hay poco campo de acción para cambiarlo. Darle sentido al sufrimiento ajeno es la base del pensamiento político y religioso: se le llama “sacrificio”.

Los vicarios de la justicia se apresuran a enarbolar explicaciones complicadas sobre por qué cada cosa en el mundo es como es, en vez de ser de otro modo —y hasta cierto punto, es normal. De lo contrario no podríamos creer que vale la pena estudiar, trabajar, ahorrar para nuestro retiro, tener hijos, etc. Es necesario creer que nuestro esfuerzo será recompensado a pesar de que no tenemos ninguna garantía de ello, para que el mundo tenga algún sentido; lo paradójico es que, para creer que nuestro esfuerzo rendirá frutos, debemos aceptar que el sufrimiento de los demás también es efecto de sus acciones.

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Esta postura es la preferida de los conservadores y derechistas de todo el mundo: las víctimas se lo buscaron; la falda de la chica era muy corta; no debían estar a esa hora en ese lugar; seguramente estaban en malos pasos; tenían vínculos con el crimen organizado; no debieron meterse en lo que no les importaba; la libertad de expresión tiene un límite. En lugar de exigir una autocrítica profunda de las fuerzas policíacas y de la actuación judicial, los medios de comunicación tradicionales enseñan al público que las cosas malas que le pasan a la gente siempre tienen una explicación lógica —es decir, justa.

Esto no es una simple ocurrencia: el experimento clásico de conducta compasiva de Lerner y Simmons (1966) parte del supuesto de que la empatía por el sufrimiento ajeno nace espontáneamente de los observadores —pero también, la justificación de dicho sufrimiento. Los participantes (que no sabían que estaban siendo evaluados) escuchaban a una mujer sufriendo descargas eléctricas como castigo a su pobre desempeño en un test de memoria; si a los participantes se les daba la oportunidad de aliviar el sufrimiento de la persona, lo hacían. Lo interesante era cuando los participantes debían observar impasiblemente el sufrimiento ajeno, y poco a poco la empatía y la compasión se transformaban en la certeza de que la víctima seguramente no era tan inocente.

Según los investigadores, “ver a una persona inocente sufrir sin posibilidad de recompensa o compensación motivaba a las personas a devaluar el atractivo de la víctima para darle sentido consistente a su destino y carácter”.

La creencia en un mundo justo, finalmente, puede explicar la emergencia de un régimen autoritario y el ejercicio del poder absoluto: el ascenso de Hitler al poder y los poderes del Estado de excepción que fueron aprobados en su favor, se basaban en la idea de que Hitler era un reformador que buscaba proteger a Alemania de sus enemigos; Stalin pensaba que “la muerte de un hombre es una tragedia, pero la de millones es estadística”; del mismo modo, Felipe Calderón Hinojosa, expresidente de México, llegó a decir que la muerte de civiles durante la infructuosa guerra contra el narcotráfico debía considerarse como “daños colaterales”.

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En otras palabras: para blindarnos psicológicamente de un mundo injusto, creemos en los líderes políticos y religiosos que son capaces de asegurarnos cierta coherencia lógica en medio del caos, a pesar de que sus respuestas al caos sean deshumanizantes y, paradójicamente, provoquen mayores injusticias que las que buscan prevenir.

Un acercamiento más lúcido a la naturaleza del mundo es que los eventos están regidos por un azar indiscutible; que no existe una consonancia entre las acciones de una persona y su destino ulterior con una certeza irrebatible. En otros términos: que no existen certezas. Líderes comunistas como Mao Zedong y Fidel Castro pensaban que la crueldad de sus políticas estaba justificada como tributo o sacrificio para el futuro del socialismo: "No se puede hacer un omelette sin romper algunos huevos" y "La historia me absolverá" son coartadas lógicas que sirven tanto para la opresión comunista como para la desigualdad capitalista.

¿Debemos, por ello, conformarnos con vivir en un universo caprichoso donde no tenemos injerencia alguna en los eventos? En absoluto: es precisamente porque vivimos en tiempos de gran incertidumbre política y moral que debemos encontrar sentido a la comunidad. Hay gente "buena" en la cárcel y gente "mala" en el Senado, pero es preciso creer que podemos hacer algo al respecto para modificar la balanza del azar.

Nuestros ancestros en las cavernas crearon instituciones sociales (políticas y religiosas) para protegerse de un medio hostil y mortal; con el entendimiento acumulado en miles de años de civilización, deberíamos estar mejor capacitados para encontrar soluciones a los nuevos retos —soluciones que no recaigan en la varita mágica de la política partidista y los gurús superacionales.

Recordando al genial Aaron Swartz con el documental "El hijo del internet" (VIDEO)

Por: pijamasurf - 02/10/2015

Cuando las leyes son injustas, desobedecerlas se vuelve un deber del hombre libre, según Thoreau. Aaron Swartz fue un brillante arquitecto del internet como lo conocemos, cuyo trágico ejemplo es inspiración para hacer lo correcto --aun cuando la ley diga lo contrario

En Coming Home (2001), Peter Parker, mejor conocido como Spider Man, se encuentra con Ezekiel. Este tiene los mismos poderes que Spidey, sólo que los ha utilizado para volverse ridículamente rico en vez de pasarse la vida salvando a personas inocentes y luchando contra el crimen. Es una situación dramática muy parecida a la que el difunto Aaron Swartz plantea en el documental The Internet's Own Boy de la BBC: "Suponiendo que tuvieras poderes mágicos, ¿los usarías para hacer el bien o para hacer montañas de dinero?".

Swartz fue, para muchos, un héroe de la vida real y un arquitecto del internet tal como lo conocemos: programó cosas como el RSS y Markdown, además de cofundar Reddit y escribir el código base para Creative Commons, uno de los mayores logros en cuanto al libre y generoso flujo de información de nuestra era. Y eso fue sólo el principio.

El paso entre ser un geek y un activista del internet fue natural, según John Naughton. Durante su paso por Stanford y el MIT, Swartz comenzó a interesarse en política, "y esto era esperable, pues nadie con su aguda inteligencia podía mirar el capitalismo neoliberal y no notar su injusticia, hipocresía e inequidad subyacente. Así que se transformó en el activista político mejor dotado tecnológicamente de la historia".

¿Cómo era que Swartz ejercía sus superpoderes? Según Naughton, Aaron "veía instancias de injusticia manifiesta y desarrollaba software para remediarlas".

Fue así que se le ocurrió que la gente tenía derecho a estudiar las transcripciones de casos de la suprema corte de justicia de los Estados Unidos, accesibles sólo a aquellos con dinero para consultarlas. Así que las hizo públicas.

Durante los siguientes años, Aaron se dedicó a hacer públicos expedientes legales e investigaciones médicas entre compañías farmacéuticas e investigadores de prestigiosas publicaciones científicas, con el objetivo de dejar que la información estuviera disponible para todos y no solamente para los que pudieran atravesar los paywalls de las bases de datos.

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Pero la caída vino cuando hizo blanco en JSTOR, una gigantesca biblioteca digital con materiales académicos, accesible solamente mediante suscripción. En 2010, Aaron descargó toneladas de artículos de JSTOR utilizando una computadora escondida en un armario del MIT, por lo que fue arrestado en enero de ese año. 

Lo desproporcionado de la respuesta judicial en su contra dejó perplejos a propios y extraños: el hijo pródigo de Reddit podía enfrentar una multa de 1 millón de dólares y una sentencia de 35 años en prisión. Tim Wu, profesor de leyes en la universidad de Columbia, analizó el "delito":

El acto fue inofensivo. No hubo daño físico, ni daño económico alguno. La filtración fue encontrada y resarcida; JSTOR de hecho no tuvo pérdidas económicas. Tampoco presentó cargos. Como un pastelazo en la cara, el acto de Swartz fue molesto para la víctima, pero sin consecuencias duraderas.

A pesar de esto, Aaron Swartz se colgó el 11 de enero de 2013, según algunas interpretaciones, a causa de la brutalidad con que fue perseguido y amedrentado. Otros, tal vez en el terreno de las teorías de conspiración, creen que Swartz fue un blanco político para dar una lección: su papel fundamental para echar atrás la ley SOPA en 2012 dejó claro que el activismo en redes no era inofensivo y que el internet era una fuerza capaz de movilizar y organizar a la población contra leyes injustas.

La sensación que deja la historia de Aaron Swartz es que, si no aceptas como "natural" la injusticia y el estado de cosas promovido por el Estado y las leyes creadas para beneficiar a los ricos, entonces eres potencialmente un criminal. Cuestionar, dudar, preguntar, en fin, tener un poco de conciencia en un mundo de enriquecimiento salvaje, de pronto se volvió peligroso. Aaron Swartz es el ejemplo más claro de ello.