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Ante la ola de islamofobia generada por la masacre de los periodistas de la revista "Charlie Hebdo", un poco de contexto y autocrítica. En su cruzada por defender la libertad de expresión, la cultura occidental muestra también intolerancia y fanatismo. Los periodistas de "Charlie Hebdo" no son héroes; la revista debe hacerse "responsable" de lo que publica
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La caricatura de Dave Brown, en sus palabras, es una muestra de "desafío" a los terroristas islámicos que coartan la libertad de expresión. Me pregunto si, en cambio, ¿no captura la línea editorial de Charlie Hebdo, darle el dedo medio al mundo, un generalizado "fuck everyone"?

 

En realidad cada ciudad está en un estado natural de guerra con todos los demás, cierto que no proclamado por heraldos, pero en perpetuidad.- Platón, Las Leyes 

 

Como todos sabemos hace unos días extremistas islámicos asesinaron a 12 periodistas en las oficinas de la revista satírica Charlie Hebdo. Esta brutal masacre ha desencadenado una condena masiva bajo la cual la comunidad internacional, liderada por las grandes potencias occidentales, se ha agrupado como un solo bloque supuestamente para defender la libertad de expresión. Haciendo eco de esta indignación colectiva, los medios han elevado a una suerte de héroes o al menos mártires a los periodistas que murieron ante la “violencia islámica”. Como podía esperarse, se han desatado numerosas muestras de sentimiento antiislámico en Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países: un nuevo capítulo de la narrativa del terror en la que el enemigo necesario sigue siendo el Islam o de manera francamente ignorante “los árabes” sin ni siquiera tener la capacidad de matizar y diferenciar las diferentes etnias, países y facciones religiosas dentro del Islam. La intención de este artículo es proveer un poco de contexto en torno a esta compleja situación y hacer un ejercicio de autocrítica dentro de la perspectiva occidental (cristiana, judaica y atea) –la cultura dominante en la que vivimos— que si bien no es una unidad monolítica, en términos actuales ha sido colocada en oposición de la cultura islámica. Algo que, para ser más certeros, lleva sucediendo casi 1500 años con muy pocas intermitencias.

 

Hipocresía

Revisemos algunos ejemplos recientes de comportamientos en los que se condenan los actos terroristas islámicos sin antes reflexionar sobre la propia conducta, también históricamente violenta y, bajo banderas seculares, igualmente terrorista. El juicio fácilmente recae sobre el otro pero no se espejea. Esto claramente va en contra del fundamento básico que comparten los tres grandes monoteísmos, la llamada regla de oro, y por lo tanto es una muestra de una hipocresía imperante. Nos ponemos en los zapatos de los periodistas asesinados fácilmente, "Je sui Charlie" --y merecen nuestra empatía pero no necesariamente la exaltación de su trabajo--, pero no nos ponemos en los zapatos de los millones de musulmanes empobrecidos, damnificados y asesinados por la política antiterrorista (quizás mejor llamada "islamofóbica").

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Hace unos días marcharon millones de personas en París, incluyendo una falange de líderes mundiales, en defensa de la libertad de expresión. No se tenía que ser muy perspicaz para notar que esta marcha con tintes épicos era una “unión mundial de la hipocresía”: muchos de los presidentes y ministros que se reunieron coincidían en haber sistemáticamente reprimido la opinión pública divergente y asesinado a periodistas (como por ejemplo los siete periodistas que mataron las fuerzas israelíes de Benjamin Netanyahu el año pasado en Gaza). Se dijo que al menos Obama tuvo el decoro de no asistir a la marcha, ya que habría sido el colmo de la hipocresía. En una nota en Slate, Joshua Keating escribe: “desafortunadamente actos violentos en respuesta a la blasfemia son muy comunes. Sólo que generalmente son perpetrados por los gobiernos”. 

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El caricaturista del diario Herald Sun, Mark Knight, dibujó una lluvia de lápices, como si fueran armas de fuego, cayendo sobre unos terroristas (el silogismo que empleamos es que si es un terrorista, entonces es musulmán). Esto es claramente una alusión a que el arma de Occidente es la libertad de expresión y la ilustración misma: con nuestra cultura combatiremos a la barbarie islámica e iluminaremos su oscurantismo. Nosotros la ilustración, la tinta y la libertad; ellos las armas, la violencia y la mentalidad medieval.

Rupert Murdoch, el dueño de News Corp, la megacorporación que se caracteriza por una agenda de derecha que raya en lo ridículo, escribió en su cuenta de Twitter:

Tal vez la mayoría de los musulmanes son pacíficos, pero hasta que no reconozcan y destruyan el cáncer de su jihad deben de ser tomados como responsables...

Y también:

Gran peligro jihadi se asoma desde las Filipinas a África a Europa y Estados Unidos. La corrección política genera negación e hipocresía.

Es decir, ser políticamente correctos hace que neguemos la realidad, lo que verdaderamente pensamos: que vivimos en una terrorífica amenaza y que los musulmanes son responsables de ella. En cualquier momento podemos ser víctimas de su violencia irracional.

La escritora J. K. Rowling le contestó a Murdoch que, ya que todos los musulmanes deben de hacerse responsables por lo sucedido, entonces ella, nacida cristiana, debía de hacerse “responsable de la Inquisición” y de toda “la violencia del fundamentalismo cristiano”.

Después de lo dicho por Murdoch no extraña que Fox News haya despotricado en contra del Islam, calificándolo de una fuerza destuctora, siempre apelando a la dicotomía del bien y el mal en perpetuo enfrentamiento. Y no sólo el ya caricaturesco Bill O’Reilly, sino también varios conductores y supuestos expertos. Fox News suele rayar en lo cómico, con su ignorante fanatismo. Por ejemplo, Steven Emerson, uno de sus  especialistas en “terrorismo”, recientemente dijo que la ciudad de Birmingham en Gran Bretaña es “toda musulmana” y se prohíbe la entrada a cualquier persona de otra religión. Uno descarta fácilmente estas alucinaciones epistemológicas provocadas por el fanatismo cristiano, pero hay que recordar que Fox News tiene una audiencia de decenas de millones de personas en Estados Unidos y su información moldea en buena medida la opinión pública.

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La islamofobia, sin embargo, no es solamente cargada por Fox. CNN, la cadena de noticias global, también ha contribuido a generar un estado mental en el que, por default, se considera que el Islam debe temerse, dando a conocer información incorrecta que incrementa el sentimiento antiislámico en Estados Unidos (aquí un buen análisis con varios ejemplos). 

Jacob Weisberg, editor de Slateescribió en su cuenta de Twitter que la prensa libre debía de aumentar "la sátira blasfema". Ross Douthat en el NY Times argumentó que "el derecho a blasfemar es esencial para el orden liberal" y que "ese tipo de blasfemia es precisamente lo que se necesita defender, porque es el tipo que claramente sirve para el bien común de una sociedad libre". 

Blasfemia (los límites de la sátira)

La nueva edición del semanario Charlie Hebdo muestra una imagen del profeta Mahoma y dice que todo ha sido perdonado. Pero en su insalvable ironía, el rostro del profeta claramente insinúa un pene y dos bolas, lo cual no deja de ser un insulto en muchas culturas, no sólo dentro del carácter sagrado que tienen las representaciones de Mahoma y, en general, las imágenes en el Islam. Charlie Hebdo, claro, tiene la excusa de autodenominarse “irresponsable”: carte blanche para disparar insultos.

Antes de esto, Charlie Hebdo había representado a Mahoma siendo violado, desacrado y humillado de diferentes formas. Esto para una persona estrictamente islámica significa una agresión, una blasfemia (lo cual es distinto a justificar una masacre, entender las causas no significa legitimarlas). Si bien para los periodistas franceses, en su ejercicio de la libertad de expresión, al no compartir los mismos códigos que los musulmanes –y habiendo representado a otros dioses de formas igualmente humillantes— el hecho era insignificante: parte de una tradición satírica en la que "nada es sagrado" y, por lo tanto, "todo está permitido". O como dijera William Burroughs, parafraseando a Dostoyevski, "nada es verdad; todo está permitido". Este nihilismo secular fue celebrado por Sartre como el principio básico del existencialismo que se autodefine y se autogestiona, que no necesita de un orden superior para vivir con ética y moral. Estas ideas nos pueden parecer valiosas y liberadoras, pero actuamos de manera contradictoria cuando las tomamos como verdades o dogmas --que no hay verdad, que nada es sagrado-- que debemos defender e imponer y con los cuales liberamos. La libertad de expresión y los valores seculares como evangelio. Literalmente, parafraseando la famosa frase de Voltaire que tanto se cita en los últimos días, matamos por defender el derecho a decir lo que queramos. 

El problema aquí es que, ya que vivimos en un mundo globalizado, totalmente interconectado, todos los pueblos y todos los credos son nuestros vecinos. Aquí yace la irresponsabilidad, una falta de cuidado, de no pensar en los demás –vivir sin una conciencia ecológica-- y en cómo nuestros actos pueden herir y afectan a los demás, con sus diferentes formas de ver el mundo. Y es que los musulmanes son los otros, que no son nosotros y por lo tanto no somos responsables de lo que nuestra libertad, en perenne expansión, pueda provocarles. No existen ya las islas donde los piratas podían crear sus utopía, sus idilios independientes. En el mundo actual lo que predomina es la dependencia y la afectación. 

Uno de los fundadores de Charlie Hebdo reconoce que los editores estaban llevando las cosas demasiado lejos, con una clara intención de provocar con caricaturas “polémicas y venenosas”, después de varias demandas. Henri Roussel acusa al editor en jefe de hacer de Charlie un “órgano islamofóbico sionista” y escribe que debieron haber puesto un límite a su irreverencia nihilista. Pero esa misma irreverencia los había llevado al éxito cuando republicaron las caricaturas danesas de Mahoma de Jyllands-Posten, lo que les hizo vender 400 mil copias, cuando su circulación normal era de 60 mil. La burla como táctica ha seguido funcionando: la reciente edición tiene un tiraje de 7 millones.

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En 2002 Charlie Hebdo había publicado un controversial artículo escrito por la autora italiana Oriana Fallaci que sostenía que el Islam en general, no sólo los extremistas, tenía la intención de acabar con la civilización occidental. Y, como nos recuerda Joe Sacco en su extraordinaria respuesta a lo sucedido, Charlie Hebdo despidió al caricaturista Maurice Sinet por dibujar una caricatura antijudía. Charlie no sólo era caricaturas, era una postura política de izquierda enconada con el Islam –de nuevo algo que de ninguna manera justifica una masacre, pero que nos hace ver que la publicación no estaba desprovista de agenda y de intencionalidad política. Y sobre todo, que no estaba exenta de unas circunstancias y de un contexto --de  una red de relaciones con los otros, de posturas y preferencias--, algo que lamentablemente no tomó demasiado en cuenta con sus caricaturas: en el mundo globalizado en el que vivimos eran muestras de nihilismo, de inteligencia crítica, de una veta satírica de gran linaje en Francia pero también profanaciones, vilezas y provocaciones pornográficas. 

Glenn Greenwald, el periodista que dio a conocer los "leaks" de  Snowden, escribiendo para The Intercept señala: "Algunas de las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo no eran sólo ofensivas sino francamente intolerantes... Otras iban más allá de representar a Mahoma de forma degradante y contenían un cauce de burla hacia los musulmanes en general, los cuales en Francia son una población marginada y discriminada". Greenwald agrega que no se debe confundir la defensa de la libertad de expresión con la defensa de un contenido ofensivo y que "se puede defender la libertad de expresión sin tener que publicar, y menos abrazar, las ideas ofensivas que se persiguen". En un artículo publicado justo antes de la masacre, Greenwald había escrito sobre cómo numerosos ciudadanos musulmanes de países occidentales habían sido detenidos por expresarse políticamente en línea.

El reconocido caricturista Tim Parks narra un caso personal en el que el diario italiano Comix decidió no publicar una caricatura en la que satirizaba la pederastia de la Iglesia Católica –mostrando a personas teniendo sexo con condón a un lado de sus santos favoritos- y reconoce que la decisión no fue poco valerosa o una muestra de autocensura sino simplemente respetuosa de los particulares códigos de la sociedad:

Haber crecido como protestante y mi completa indiferencia por las imágenes de santos y vírgenes hacía que no percibiera el tipo de respuesta que la pieza habría suscitado. Lo más probable es que el mismo público italiano no habría tenido problemas con los dibujos de Mahoma que provocaron la masacre de Charlie Hebdo… porque ellos, como yo, pero a diferencia de la vasta mayoría de los musulmanes, no le dan valor a la imagen de Mahoma.

Parks reflexiona sobre el juicio de valor que hacemos implícito en este caso, considerando a una cultura que le asigna tanta importancia a una imagen como una cultura de segunda clase, “que necesita ser arrastrada dando patadas y gritando al siglo XXI, mi siglo XXI, eso es”. En Occidente, como ocurre siempre con los ganadores o con los que se sienten superiores, ejercemos sin detenernos a reflexionar una supuesta autoridad moral que nos permite juzgar a los demás sin antes conocer sus propias realidades y vemos a aquellos que no se ajustan a nuestros valores como bárbaros.  

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En esta caricatura, Joe Sacco responde al ataque de Charlie Hebdo con gran sensibilidad e inteligencia. Sacco señala que uno puede libremente dibujar a un hombre negro cayendo de un árbol con un plátano en la mano, o a un judío contando dinero sobre las entrañas de la clase trabajadora –y otros estereotipos racistas que han lastimado a nuestra civilización--, pero ¿qué uso y qué virtud tienen esas imágenes? Y, en todo caso, ¿para qué celebrarlas, sólo porque lamentablemente sus autores fueron víctimas de una masacre, así redimiendo su desparpajo? El otro caricaturista aquí mencionado, Tim Parks, escribe:

Y en realidad no somos libres. En Italia y en Alemania es ilegal mostrar ciertas imágenes que evocan el fascismo y el nazismo. Negar el holocausto es un crimen en Francia. En Estados Unidos y en Gran Bretaña nuestra libertad de indulgir en insultos racistas, antisemitas, misóginos y homofóbicos ha sido limitada, al menos desde que se difundió la noción de “políticamente correcto” en los 80.

¿Es la libertad de expresión un bien absoluto? ¿Deberíamos de pelear por la libertad de decir lo que queramos sin importar si eso agrede a otras personas que no tienen la capacidad de ver cómo todo lo que decimos en realidad no es un insulto, puesto que para nosotros las palabras y las imágenes no tienen mucho peso, son a lo mucho bromas, ironías, sátiras, pero nunca algo sagrado, algo definitivo, algo con significado profundo?

 

Contexto, matices

¿Por qué criticar a Charlie Hebdo y no hablar del fundamentalismo islámico y de numerosas otras masacres perpetradas por extremistas? Ciertamente algunas facciones dentro del Islam son especialmente violentas y algunas de sus prácticas son misóginas y van directamente en contra de la libertad de expresión (ver por ejemplo el libro Lucifer's Principle de Howard Bloom para leer algunos ejemplos). Pero pongo el foco en Occidente y no el Islam porque, aunque sea de manera abstracta y espero no totalitaria, pertenecemos a la cultura occidental y no a la cultura islámica. En otras palabras, porque si vamos a "tirar una piedra" primero resulta prudente reflexionar si estamos "libres de pecado"; es apropiado primero mirar lo que sucede en casa y si se quiere que el otro cambie lo más apropiado es hacerlo con un ejemplo de cambio, no con el adoctrinamiento.

No intento suavizar la gravedad de lo ocurrido en París, pero para ser justos es importante voltear a ver lo que hacemos. Sea o no como represalia a diferentes ataques terroristas --pero esto es una discusión literalmente bizantina, ad infinitum, ¿quién tiró la primera piedra?--, Estados Unidos y el axis de naciones que conforman la OTAN han bombardeado e instaurado estados de permanente violencia en el mundo islámico con una ferocidad difícil de igualar. Si nos vamos a la frialdad de los números, los países occidentales y los regímenes apoyados por países occidentales han matado a muchas más personas de las que los extremistas musulmanes han matado en Occidente (comparar el número de muertos en los ataques del 11 de septiembre con los muertos por los bombardeos de Irak y Afganistán, pueblos de los cuales ni siquiera eran originarios los terroristas que realizaron los atentados, pero que dentro de la mente homogeneizante del poder occidental eran parte de la abstracción del “terror” y del “Islam”). Como ocurrió en estos casos, con Charlie Hebdo la historia que nos contamos nos dice que los hombres blancos occidentales son las víctimas y entonces es natural odiar a los verdugos que históricamente hemos llamado los turcos, los árabes, los moros...

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"Yo soy tanque" (char es tanque en francés) (caricatura de diario de Argelia hace referencia a los países bombardeados: Siria, Gaza, Mali, Irak)

 

¿Podemos olvidar que en el momento en el que se realizaron los ataques a Charlie Hebdo existían múltiples países mayormente musulmanes ocupados, invadidos o desestabilizados por fuerzas occidentales? ¿Podemos olvidar el colonialismo francés en Argelia y su poca piedad al matar a decenas de miles de argelinos? Y, sabiendo esto, ¿acaso no es ingenuo y a la vez cínico creer que estos ataques terroristas van a dejar de ocurrir mientras seguimos saqueando e invadiendo estos países musulmanes, enardeciendo antiguas rencillas? El ataque de Charlie Hebdo ha sido amplificado acaso porque es literalmente un ataque simbólico y mediático y los medios de comunicación son lo que más se acerca a lo "sagrado" en Occidente, puesto que son los mecanismos de propaganda secular. 

La reacción ante la masacre de los periodistas es una reacción imperialista; cuando el poder dominante se siente agredido por un enemigo más débil, siente la necesidad de hacerle saber que no tolerará exabruptos --en este caso ese "hacerle saber" es una campaña global antiislámica que no matiza entre las diferentes facciones de esta compleja cultura y pasa el juicio en ciego. Pero esto en cierta forma es una reacción natural, históricamente coherente (hay que recordar también que fuerzas islámicas controlaron buena parte del mundo en la Edad Media, incluyendo algunos países europeos). La hipocresía consiste en exaltar los valores occidentales como superiores y manejar el discurso de que se trata de defender estos valores y no de una franca forma --si bien más sofisticada-- de imperialismo cultural y militar. A fin de cuentas, esto es lo que ocurre en Francia y en otros países, que la clase dominante se siente amenazada por los migrantes musulmanes --pero no sólo porque son "extremistas" o "bárbaros" o mutiladores de genitales femeninos, sino sobre todo porque no tolera la diferencia. La diferencia que les hace cuestionar sus propios valores. Como escribe Joe Sacco, es más fácil pedirles que se vayan a sus países y decirnos que hay algo que está mal en ellos, que simplemente intentar ver cómo todos podemos caber en el mismo sitio, cada uno con sus diferentes mundos.

 

El antifanatismo es también una forma de fanatismo 

En Occidente nuestra narrativa también nos hace matar personas por ideas: la democracia, la paz, la libertad de expresión son a fin de cuentas sólo ideas, el hecho de que las consideremos como un bien o un valor absoluto y que creamos ciegamente que son mejores que las ideas que enarbola el Islam y sus facciones no cambia esto (es de notar también que realmente no sabemos qué ideas enarbola el Islam, sino a través de los filtros de nuestra cultura y nuestros flacos esfuerzos por interesarnos en lo diferente). Por otro lado, estas ideas, en la práctica, las experimentamos sobre todo como retórica y demagogia --los argumentos necesarios para persuadir a la opinión pública de la necesidad de declarar la guerra y lanzar bombas a oscuros “países árabes”. Se nos dice que la lucha es a favor de la libertad y en contra del terror, una guerra secular que en realidad no es muy distinta a una guerra religiosa --la diferencia estriba fundamentalmente en la narrativa que nos contamos y no en la violencia o en el fanatismo (puesto que nuestro supuesto antifanatismo es también una forma de fanatismo o intolerancia secular). Por eso, una diferencia que quizás podamos notar entre los líderes radicales musulmanes y los líderes occidentales es una mayor hipocresía de este lado. Los musulmanes extremistas creen en sus ideas y eso los hace peligrosos, puesto que son capaces no sólo de matar sino de sacrificarse por estas ideas; muchos de los políticos occidentales no creen profundamente en las ideas que fundamentan nuestra civilización, pero saben que estas ideas son poderosas y, ya que lo que les interesa es el poder y la manutención de su estatus, utilizan estas ideas para manipular la opinión pública, justificar guerras o ganar elecciones. El Islam, al menos en su versión radical, ha declarado abiertamente la guerra a los infieles de Occidente; nosotros seguimos creando un escudo de retórica y subterfugios para disfrazar que nosotros también le hemos declarado la guerra al Islam.

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La cuestión aquí es que ni la cultura islámica ni la cultura occidental tienen la razón o son esencialmente superiores –o solamente lo son desde una subjetividad en perpetuo conflicto de interés. Nos gusta polarizar todo y encontrar un héroe o un martir y un culpable o un enemigo --estas dicotomías son sólo reflejo del orden que necesita nuestra mente y que proyecta al mundo, no son reflejos de la realidad. La realidad es --o al menos ha sido así desde que existe el ser humano-- que la guerra es parte de nuestra psique, llevamos constelado un instinto marcial y nuestra naturaleza nos lleva a proteger a los grupos con los que nos identificamos y a agredir a los grupos que creemos nos amenazan. Esto ocurre en todas las especies del planeta. Creemos que la paz o la capacidad de crear estados pacíficos es lo que nos distingue de los demás animales. Sin embargo, hasta el momento nadie ha logrado instaurar una paz duradera (ni siquiera podemos hacer esto dentro de nuestros propios cuerpos y con nuestras propias familias). La paz es esencialmente un estado cambiante y efímero (su perpetuidad es utópica) al que le sigue la guerra y así sucesivamente, de manera inextricable. Y, por el momento, toda paz pasa primero por la guerra, por defenderse de aquellos que amenazan la paz --pero esa amenaza es subjetiva y cambiante y conveniente. Todos los grandes estadistas del mundo han considerado que la guerra es un medio para obtener la paz; lo que no han dicho es que esa paz lograda toma en cuenta y sirve sólo a un grupo delimitado, a su propio pueblo o sólo a una élite que manipula y controla al pueblo con la propaganda de la paz. La guerra es un medio para obtener la paz de unos cuantos a costa de muchos otros. Lo sucedido en las oficinas de Charlie Hebdo es parte de esa continua guerra. 

El escritor italiano Roberto Calasso dijo en una reciente entrevista:

El punto más delicado que debemos de entender es que la sociedad en sí misma se ha convertido en la gran superstición de nuestros días. Lo que quiero decir es la sociedad como máxima prueba del progreso crea una enorme cantidad de fanatismo incluso en el llamado mundo secular. Así que de hecho es difícil encontrar a un ateo riguroso. Aunque he conocido muchos fanáticos seculares. 

La sociedad, símbolo del progreso, con sus valores de libertad de expresión, democracia y civilidad no tolera conductas bárbaras y retrógradas como las de personas que consideran que las imágenes son sagradas o que las personas deben ser responsables de lo que dicen porque las palabras significan. El progreso que hemos logrado: por el dogma de la libertad y de la razón, pero ya no por el dogma de la fe, se justifica matar.

Twitter del autor: @alepholo

 

¿Qué quiere decir pasar de un orden a otro orden?

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Hay un concepto sin el cual ninguno de los demás que me interesan se iluminan bien. Es el concepto de cambio; un “crack”. ¿Qué quiere decir pasar de un orden a otro orden?

2 mil años atrás Ptolomeo configuró un orden planetario. La Tierra en el centro y los otros planetas y el Sol girando a su alrededor. (Vamos a olvidarnos de los debates concomitantes a este de si órbitas circulares o elípticas y demás). El orden ptolemaico ocupó durante siglos el lugar de la verdad y de la realidad. Poco importaba si los registros sensoriales lo confirmaban o tendían a refutarlo; su imposición tenía una entidad superior.

Pero la humanidad es inquieta y se mueve, y en los mil 500 años posteriores trabajó arduamente sobre el orden ptolemaico. Hizo de todo con él, menos sustituirlo por otro. Epiciclos sobre epiciclos hasta niveles complejísimos de desarrollo contorsionaron el modelo hasta hacerlo decir y justificar casi todo. Solemos llamar a ese proceso incesante, lineal y continuo, “progreso”. La humanidad progresó el orden ptolemaico, le dio evolución.

Hasta que por el 1600 llegaron aires oblicuos y Copérnico se impuso.

La vida es vida desde que la muerte es muerte. Verdad basal que luego tendemos a olvidar. La duración media de la vida humana va progresando sobre la Tierra. Digamos que a razón de unos pocos años por siglo, aunque presentimos que el progreso no es constante; vienen aceleraciones. Ganamos años a la vida a una velocidad que comienza a desvelarnos. ¿Nos acercamos a los 100 años de vida media? ¿A qué tiempo estaremos de los 200? ¿Y de los 300… y de los mil años?

Progresamos en nuestra longevidad encaramados en el progreso de la ciencia. Evolucionamos.

Cuando Copérnico irrumpe, no lo hace alineado al progreso ptolemaico. Él entra oblicuo y redefine el orden básico. Copérnico quiebra. No sigue el camino de los ajustes infinitos del orden establecido. No pule el orden ptolemaico; lo contradice y lo redefine. Es otro tipo de intervención con otro tipo de consecuencias.

Copérnico sustituye aquel orden por otro orden nuevo. Es un ejercicio iniciático, básico, esencial, fundacional. Redefine el modelo sacando a la Tierra del centro del ecosistema y colocando en su lugar al Sol… Y todo eso, visto desde la Tierra.

Copérnico cambia de orden y con esa intervención redefine la realidad que él engendra. Sustituye el orden básico y ya nada es igual. Copérnico cambia.

De ese tipo de “crack” hablo. En la aparente continuidad de una progresión, de pronto y como por acaso se produce una disrupción y lo que era continuo se vuelve salto. La tranquila evolución de un orden se ve súbitamente alterada por una revolución, un quiebre que subvierte todo a partir de un nuevo orden.

Las cartas se reparten de nuevo. Son aquellos mismos planetas y su fuente solar, pero dispuestos de otro modo, en otro orden. Cambia el orden simbólico de las piezas básicas –a eso llamamos “cambio de orden”-- y entonces cambian los múltiples efectos de sentido y de valor que de él emanan.

El cambio no es efecto de la progresión, sino de la inflexión. Cae la serie semántica de proceso, desarrollo y continuidad y entra una nueva con otros padrones.

Si hablamos de cambio, entonces ya no hablamos de mejoras, de ajustes, de afinaciones y recreaciones; al contrario, pasamos a hablar necesariamente de innovación, creación, transformación y disrupción. De la conservación a la revolución.

(Hablo de lo mismo que hablara Thomas Kuhn  cuando se refería a los "cambios de paradigma" en su La estructura de las revoluciones científicas).

Es necesario para eso tener en mente un modelo gráfico de dos vectores paralelos. La continuidad del proceso sobre una recta es progreso, evolución –si va en sentido de origen a destino, y la disrupción pasa por el salto de un vector al otro, que a eso lo llamamos revolución. El punto de salto debilita al vector en evolución y el punto de caída origina el nuevo vector creado.

Salto de adrenalina –claro está, pero también –nobleza obliga-- salto de vértigo y sobre todo, salto de riesgo. Salto porque lo que se supera es un abismo, un quiebre, una falta de articulación, una nada. Es la falta misma de conexión y continuidad.

El imaginario cientificista que gobierna el sentido común de nuestras sociedades no consigue despegar a la ciencia de la continuidad y el progreso; es la forma estereotipada con la que pensamos los procesos. Por eso es tan difícil descontinuar, quebrar y refundar; porque el sentido común no nos deja y tiene demasiados adeptos.

Hay dos nociones de gran prestigio y fuerza política que se ven sacudidas por este debate. Me refiero a la realidad y al sentido común. El “crack” del que hablamos relativiza la realidad; y vaya sinsabor para la realidad el de verse relativizada... Lo que llamamos realidad no es otra cosa que la matriz de sentido que emana del orden establecido. Y como el orden siempre parece eterno, ella aparece como inmutable. Es un efecto, pero se nos presenta como causa y se pone como determinante.

Cuando se produce una transformación, otro orden sustituye al vigente y otra matriz de sentido y valor emerge y se impone. Hay un momento incluso en que conviven dos realidades, discontinuas y contradictorias.

La realidad, acostumbrada a su hegemonía, se ve desbancada. Revolución. Crisis. Conmoción. Emoción. Temblores. La realidad se revela como construcción y su peso político cae en descrédito. Todos dudamos. Todos somos otros.

Como se ve, el gesto disruptivo tiene un calado vertical tan profundo que incomoda al nervio. Saca de quicio, quiero decir. Por eso es infrecuente.

Y el sentido común, que era subsidiario eficiente y cómodo de la realidad impuesta, se vuelve de buenas a primeras, nada. Antes nomás era la convergencia completa de las percepciones a favor de la ratificación constante del valor de las premisas del orden vigente. Parecía que lo que sentíamos siempre confirmaba el orden vigente; política y percepción se alineaban como por causa divina. Y como nos gusta y necesitamos convencernos de que no hay nada más libre e independiente que los sentidos, entonces su ratificación caía como una sanción celestial y obturaba cualquier debate. Pero no. El sentido común es la sensación más influenciable del mundo y la más dependiente de todas; el sentido común es alienación. Él sólo responde al poder. Sólo sabe confirmar, nunca impugnar. Por eso no nos sirve. Es intrínsecamente cobarde y subalterno.

Claro que en la escuela debemos saber que hay al menos otro orden posible. Un modelo donde hay profesores, alumnos, conocimientos, aulas, materiales…. Pero no en el orden y bajo la estructura en que están hoy. No se trata de que no haya Sol, sino de qué posición ocupa el Sol en el nuevo ecosistema; lo mismo que los alumnos o la creatividad. Redefinir el orden, cambiar las posiciones relativas. Eso tenemos que hacer! Y cambiará todo.

Cómo deseo el momento en que nos gobierne la angustia de las dos realidades superpuestas e inconciliables. Eso es lo que debemos lograr. Ese movimiento nos liberará hacia la otra escuela. Un momento vertical, franco y seco que reconfigure de una vez. Un giro nuevo, hecho de un nuevo orden de piezas históricas.

No estamos en una historia de progreso. No vendrá lo nuevo por evolución de lo impuesto. No hay continuidad. Giramos en vacío y toca saltar (y todas sus connotaciones). Ni hay, tampoco, matrices de valor y sentido compatibles. Hay tensión, subversión y estampidas. Hay crisis de poder. Debe haber cambios de rumbo. Hay caos, sobre todo en los instantes de la duplicidad. En esos momentos en que dos ordenes conviven, todos vemos doble. Reina la confusión. Orilla la revolución.

Queda más, lo sé. Pero siento necesario un acuerdo robusto en este plano de la discusión para poder seguir adelante. Porque lo que sigue no es fácil; el miedo y los ridículos nos acosarán. Por eso debemos construir un sólido acuerdo de base, que nos fortalezca cuando las dudas lleguen, cuando las ratas abandonen los barcos, cuando por un momento nos sintamos solos y parezca que el calor y la falta de agua se están cargando nuestras facultades básicas.

Ellos podrían ser cualquiera –tú o yo o tú y yo. Son una pareja que atraviesa por problemas sexuales. Como tantos. Preguntan, se informan y reciben dos recomendaciones. Dos opciones, como solemos decir. Acudir a un sexólogo o visitar a un psicoanalista.

Por razones prácticas –digamos, acuden primero al sexólogo. El Doctor los escucha un poco, los alienta mucho y los guía después. Paso a paso en la evolución sexual del matrimonio. Epiciclos de epiciclos que les devolverán el goce perdido. Artes y artilugios para recuperar el placer. Reconexión. Progreso. Un paso adelante. La solución.

Salen felices; sienten que se han recuperado. Saben cómo y por dónde y tienen un pronóstico. Es sólo hacer y esperar. Aplicar. Reconocerse. Recuperarse. Y lo hacen… y suben… y vuelven a bajar. Lo que duran esas (auto)ayudas.

El problema se reinstala, de nuevo; repetimos, infelizmente. Toca probar la otra opción. Y van.

Los recibe el psicoanalista, que habla menos y escucha más. No calma. ¿Qué hará?

Deja que el silencio reorganice las piezas. El problema es de ellos y la solución, si viene, también deberá venir de ellos. No se pone en el lugar de la solución; se presenta como gestor de las relaciones relativas. Arma el orden de las cosas.

Y luego pregunta, sin connotaciones: ¿ustedes se aman?

Su intervención está en otro plano. Es de otro modelo. No va en busca de los nuevos epiciclos de aquel sexo desgastado. Se detiene y escala un nuevo orden; robusto y sano. El del amor. Y si no viene, pues entonces no hay nada que hacer.

Ya más computadoras iguales no vale la pena hacer; o se hacía la Mac o mejor no se hacía nada –volvió gritando Jobs. Eso hace el psicoanalista: pone a Job ante el dilema ético de si está dispuesto a abandonar su lugar de mártir y migrar a fiel. Si sí, entonces habrá futuro; si no, entonces sólo se sucederán repetición y espejismos.

Luego, como siempre, la vida tiene sus matices.

Twitter del autor: @dobertipablo