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Tian Yu, la mujer que casi muere por fabricar tu iPad

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/06/2013

Después de jornadas laborales de 12 horas diarias por seis días a la semana, Tian Yu se arrojó desde el cuarto piso de su dormitorio en una fábrica de Shenzhen, China, donde se manufacturan iPad y otros gadgets parecidos.

Tian Yu

La explotación laboral que permite la fabricación de los productos Apple y de otras marcas como Microsoft y Sony es bien conocida, concentrándose sobre todo en plantas del sur de China pertenecientes a la firma Foxconn. Desde hace varios años se ha documentado ampliamente el trato inhumano que reciben estos obreros, quienes laboran por jornadas que rondan las 12 horas diarias, viven prácticamente esclavizados al interior de las fábricas (donde incluso tienen sus dormitorios) y, en general, son víctimas de una situación en la que la ganancia del producto se obtiene a costa de dichas condiciones.

En este contexto, recientemente el periódico inglés The Guardian retomó el caso de Tian Yu, una joven que el 17 de marzo de 2010 se arrojó desde el cuarto piso de su dormitorio, el mismo año en que otros 17 compañeros también lo intentaron, de los cuales murieron 14. Después de 12 días en coma, Yu despertó con fracturas en su columna vertebral y sus costillas y semiparalizada. Tenía entonces 17 años.

Durante los tres años que han transcurrido desde entonces poco ha cambiado en Foxconn, a pesar de la presión de campañas mediáticas y de activistas al respecto.

Jenny Chan, de la organización de defensa de derechos humanos Sacom, con sede en Hong Kong, ha seguido de cerca el caso de Yu y a partir de lo cual publicaron un artículo en la revista académica especializada New Technology, Work and Employment con el título “Una sobreviviente de suicidio: la vida de una trabajadora china” (disponible en inglés en este enlace).

En términos generales Chan ofrece un panorama detallado, puntual, de las condiciones en que laboran los obreros de Foxconn y las políticas de esta empresa, un “sistema de granja-batería humana”, según lo resume Aditya Chakrabortty en The Guardian, en el que el empleo de personas muy jóvenes o migrantes rurales muy pobres, o el hacinamiento de los dormitorios, son situaciones habituales.

“Apresúrate en busca de tus mejores sueños, persigue una vida magnífica”, dice el libro que todo empleado de Foxconn debe leer al ser admitido en su plantilla, un lema dolorosamente irónico que inevitablemente recuerda el “Arbeit macht frei” (“El trabajo los hará libres”) inscrito en la entrada de varios campos de concentración nazi, Auschwitz incluido.

“¿Cómo estás?”, preguntaba diariamente alguno de los supervisores de la fábrica a los obreros, a lo que estos tenían que contestar siempre, “¡Bien! ¡Muy bien!”, para después volver al silencio absoluto.

Asimismo, una jornada usual de Yu era de más de 12 horas del día por seis días a la semana; se le obligaba a acudir a reuniones laborales sin que esto se incluyera en su horario de trabajo y a saltarse comidas para cumplir con sus obligaciones. Las pausas para ir al baño estaban restringidas y los equívocos se castigaban con una reprimenda severa. Por último, no había algún tipo de entrenamiento previo para el trabajo.

Ante esto, un día Yu tomó la decisión de suicidarse. El detonante lo tuvo el día en que le avisaron que ese mes no recibiría su paga por un error de la administración. Foxconn le debía el equivalente a poco más de 200 dólares (más o menos la cuarta parte del valor de un iPhone).

Apple, por su parte, tampoco parece muy interesada en que esta situación cambie. Cuando ocurrió el intento de suicido de Yu, Tim Cook declaró que se le pediría a Foxconn que mejorara las condiciones laborales de sus empleados, pero al parecer no ocurrió nada más allá de

Chakrabortty cierra su recuento con un contraste sumamente elocuente de esta inequidad tan propia de nuestro tiempo: mientars que Yu recibió un “pago humanitario” en una sola exhibición de 180 mil yuanes (poco más de 29 mil dólares), tan solo el año pasado el salario personal de Tim Cook fue de 4 millones de dólares.

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En Internet: "A suicide survivor: the life of a Chinese worker", de Jenny Chan (PDF, inglés).

[Guardian]

El gesto es leve, elemental: saquemos al maestro del centro y pongamos a los alumnos. Giro copernicano en la educación. Pongamos a girar al maestro, volvámoslo orgánico al sistema pero no amo y señor del sistema y dejemos que el alumno, en el centro, nos reilumine.

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Podríamos habernos apiadado del enorme buen trabajo que habían hecho por cientos de años los astrónomos ptolemaicos elaborando epiciclos sobre epiciclos para atender a las complejidades que les deparaba la observación. Apiadarnos –decía- y no asumir el giro copernicano.

Pero no. Con una velocidad inusitada para lo que la historia de la humanidad nos tiene acostumbrados, viramos hacia el modelo copernicano y Ptolomeo y sus ptolemaicos quedaron en la historia. Meritorios, pero equivocados. Cambio de paradigma.

Digo esto porque todos los días tengo impulsos de apiadarme de la escuela y sus enormes trabajos de ratificación desesperada. Miles de miles de planillas, planificaciones, concordancias, horarios, ajustes, parrillas y demás. Mucho tiempo puesto en eso. Mucho esfuerzo puesto en eso. Mucho empeño y mucha fe. Algunos talentos, incluso.

Pero no. Prefiero pedir disculpas por no apiadarnos del esfuerzo ajeno y seguir en la senda de la transformación escolar. Pasarlos –educadamente- a la historia; llevar esos cerros de tiempo invertido al museo de los méritos… pasados. Nos toca otra hora. Nuestro cambio de paradigma.

Algo insensibles, debemos mirar al frente, mantener alta la quijada y avanzar sin reparar mucho a los lados. Olvidarnos de las víctimas de la transformación y enfocarnos en sus beneficiarios. Son más estos últimos que los primeros. Pero cuesta, ¡cómo no! Resulta impertinente afirmar que esa trama sofisticadísima de epiciclos concatenados que acaban dibujando hasta una elipse, es falsa, no sirve más. Pero no servía más. Copérnico tenía razón. Lo mismo que me siento insolente cuando le digo a la escuela que ya basta, que así no y –conmovedoramente- nos insisten con sus horarios, sus records, sus sofisticados saberes ya inútiles, su experticia obsoleta. Lo lamento, pero ya no.

Cuando cae un paradigma legendario como la educación tal como la entendemos, cae con toda su historia y toda su tradición. Es la caída estrepitosa de un mamut. Habrá polvo, ruido, algo de sangre y pena. O de las Torres Gemelas. Se cae un ícono y con él un modo de hacer y de pensar. Se cae una tradición.

Porque cuando la resistencia de un paradigma obsoleto rebasa su propio tiempo y sobrevive de más, acaba sosteniéndose sobre hipótesis saturadas, bizarras y lo que fuera sensato pasa a ser maniqueo. Y entonces, de la convicción pasa a la resistencia. Eso engendra violencia, de los dos lados. Las cosas tienen su tiempo y cuando lo rebasan, degeneran y se tergiversan.

La escuela ya rebasó su tiempo. Ya debería haberse modificado. Su mantenimiento se va volviendo obsceno. Lo siento violento, porque es por cuenta de la necedad. O de la vanidad y del poder. La escuela ya debería haber cambiado, con menos tensión. ¿Por qué esperar hasta ahora? ¿Por qué habernos quedado hasta que la conspiración estudiantil nos arrincone, la denuncia de la prensa nos humille y la abulia profesional generalizada nos gane el día a día? ¿Por qué no cedimos antes, cuando hubiera sido mejor? ¿Por qué no cedemos ya mismo? ¿Qué tentación nos detiene?

O porque nos aterra el día después –que puede ser- o porque no sabemos ni cómo ceder ni en manos de quiénes. Una de dos. O las dos.

Los ptolemaicos ya sabían a las alturas históricas de los Galileos, Keplers y Copérnicos que lo suyo no resistía y que para que resistiera debían hacerle decir casi lo contrario a sus fundamentos. Quiero decir, que los epiciclos –elogio de la circularidad- construyeran las elipses –degradación de la circularidad. Ya sabían que para no mover a la Tierra de su lugar central debían contorsionarse hasta el límite y el absurdo, y que ni aún así… Sin embargo, resistían. Hasta con la Inquisición, cuando las creencias y el poder entraban en juego. Fueron feroces porque estaban derrotados.

Yo creo que debemos creer en el paralelo. Como allá, acá, en la educación, también los modelos no resisten más. La mera y obvia observación los contradice flagrantemente. No se puede seguir educando así. Y como entonces también, el paradigma saliente se redefine como si no fuera vocacional de lo que lo hizo ser y quiere poder decir cualquier cosa, todo, hasta su negación, con tal de no perder. Se dice constructivista, se dice interactivo, se dice participativo, dinámico, abierto… Pero no. Se contorsiona para justificarse y sacar pájaros muertos de galeras raídas con tal de no evidenciar su desacople. No quieren mover “su” Tierra del centro. No quieren perder su poder ni enjuiciar su credo. No quieren tocar sus templos.

Pero como entonces, acá también podemos hacer un gesto simple, básico y nodal y zafarnos, todos, del enjambre de epiciclos en el que estamos atrapados. Y respirar.

El gesto es leve, elemental: saquemos al maestro del centro y pongamos a los alumnos. Con eso ya casi habremos hecho todo. Giro copernicano en la educación. Pongamos a girar al maestro, volvámoslo orgánico al sistema pero no amo y señor del sistema y dejemos que el alumno, en el centro, nos reilumine. Como entonces, con ese movimiento se explicaría mejor casi todo. Y acompañemos ese giro con otro, sinérgico: saquemos al saber positivo del centro y pongámoslo a orbitar alrededor de las personas, de las usinas vivas de producción social de conocimiento que somos nosotros. Apuesto que lograremos una segunda potenciación de luz. Giro epistemológico.

Y asumamos las consecuencias. Las religiosas y las políticas. Desacralicemos lo que haya que desacralizar; empoderemos lo que llega y comencemos a tejer un nuevo modelo.

Parece fácil y no lo es, lo sé. Pero cada día que pasa es peor. 

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com