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TOP: 10 adicciones de 10 famosos escritores

Arte

Por: pijamasurf - 07/09/2013

La adicción no es, necesariamente, un comportamiento autodestructivo que conduce solo a la decadencia; la adicción también puede ser el suelo de la creatividad, y el caso de estos 10 escritores así parece demostrarlo.
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Jean Cocteau, Soixante dessins pour «Les Enfants terribles» (1934)

En nuestra época y quizá al menos desde el siglo XIX, las adicciones se consideran, en general, un comportamiento negativo que debe corregirse, erradicarse. Públicamente las adicciones se juzgan y se condenan, por más que en la intimidad prácticamente cualquier persona sea adicta a algo. Por lo regular se dice que las adicciones entorpecen y disminuyen, conducen irremediablemente a la decadencia y la autodestrucción.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando no es así? ¿Qué pasa cuando una adicción, por extraordinario que pueda parecer, es el soporte de una persona, el suelo que le permite construir otras cosas? ¿Cómo entender una adicción cuando, de suprimirse en alguien, entonces sí esta persona se desmoronaría y caería de lleno en el absurdo de la existencia?

Como se sabe, en la actividad artística es particularmente fácil encontrar ejemplos de este cariz “constructivo” de la adicción. En la historia de la cultura lo raro es encontrar artistas que no hayan sido adictos a alguna de esas sustancias o comportamientos condenados por la moralidad de su época.

A continuación compartimos los casos de 10 escritores con las respectivas adicciones que, con toda probabilidad, les permitieron edificar la grandeza de su obra.

 

Honoré de Balzac / Café

La adicción de Balzac llevaba por nombre café. Se dice que este hombre que mucho tenía de pantagruélico, incluso en su literatura, bebía un promedio de 50 tazas de café al día y en algún momento incluso comenzó a comer granos. Escribió el francés, hablando del primer café de la mañana cayendo en el estómago en ayunas:

El café lo encuentra vacío, ataca ese forro delicado y voluptuoso, se convierte en una especie de alimento que requiere sus jugos; los exprime, los solicita como una pitonisa clama a su dios, maltrata a esas hermosas paredes como un carretero que brutaliza a sus caballos; los Plexus se inflaman, queman y lanzan sus chispas hasta el cerebro. A partir de entonces, todo se agita: las ideas se tambalean como batallones de un gran ejército en el campo de batalla, y se libra la batalla. Los recuerdos vuelven a paso de carga, con los pendones desplegados; la caballería ligera de las comparaciones se despliega en espléndido galope; la artillería de la lógica acude con sus carros y saquetes; las ocurrencias llegan en tromba; se alzan figuras; el papel se llena de tinta, pues empieza el desvelo que terminará en torrentes de agua oscura, como la batalla en pólvora negra.

También en Pijama Surf: Entre orgías creativas y placenteras está el café: el estimulante favorito de los creadores

 

Lord Byron / Sexo

La fuerza creativa por antonomasia, potencia indomable, sustrato del mundo. El sexo fue la adicción de Lord Byron, quien, según la leyenda, durante un solo año en Venecia fornicó con más de 250 mujeres y no pocos hombres. Su obsesión lo llevó a conservar un poco del vello púbico de cada una de las personas con quien estuvo y guardarlo en un sobre con el nombre correspondiente.

 

Elizabeth Browning / Opio

Poeta de la era victoriana, Browning tuvo, como otros creadores de su misma época, una relación especial con el opio, la cual comenzó a los 15 años, cuando le fue administrado por una herida en su columna. A los 30, cuando enfermó del corazón y los pulmones, consumía dosis de hasta 40 gotas de láudano por día.

 

Paul Verlaine / Absenta

La fée verte, el “hada verde”, fue la debilidad de Verlaine, vicio que compartió con otros poetas coétaneos como Baudelaire y su amante Rimbaud. A este, por cierto, un día le disparó en el brazo, influido doblemente por los efluvios de la absenta y por su reciente rompimiento con el autor de Una temporada en el infierno.

paul_verlaine

 

Dostoievski / Juego

La adicción de Dostoievski al juego es conocida, incluso por la novela que escribió al respecto, la cual, dicho sea de paso, sirvió para pagar algunas de las deudas derivadas de su afición a la ruleta. Biográficamente llegó a este en una etapa de profunda tristeza por el fallecimiento de su esposa y su hermano.

 

Ayn Rand / Anfetaminas

La escritora ruso-estadounidense Ayn Rand se volvió adicta a las anfetaminas a raíz de un tratamiento médico, consumiéndolas durante casi 30 años sin, al parecer, mayores efectos que sus erráticos cambios de ánimo.

 

James Joyce / Flatulencias

Acaso la menos nociva de las adicciones mencionadas hasta ahora, Joyce tenía una inclinación singular por las ventosidades del cuerpo, en especial por las de Nora, su esposa, de las cuales habla con cierta profusión en una serie de cartas que incluso guardan unidad temática al respecto.

 James Joyce and Nora Barnacle on the day of their marriage in 1931

William S. Burroughs / Heroína

De las muchas sustancias de las que pudo hacerse adicto, Burroughs terminó unido a la heroína, prácticamente desde sus primeros años de juventud hasta los últimos de su vida.

 

Charles Dickens / Morgues

En el caso de Dickens el comportamiento adictivo no se manifestó con respecto a una sustancia, sino con un lugar: las morgues. Algo encontraba el autor de Oliver Twist en estos recintos de muerte y silencio, y se dice que podía pasar varios días atestiguando el ir y venir de los cadáveres y los procedimientos que se les aplicaban a estos. Dickens describía esto como “la atracción por lo repulsivo”.

 

Ernest Hemingway / Alcohol

Es Hemingway, pero la verdad es que en este caso podrían enlistarse cientos de escritores, sin que sea fácil decidir cuál tendría la primacía sobre los otros. Lo interesante de los escritores alcohólicos (y no solamente) es que, a pesar de todo, el alcohol no les arrebata su lucidez ni su compromiso con aquello en lo que creen: pueden pasar todo el día y todos los días ebrios, pero aun así escriben y son capaces de, entre tumbos y resacas, legar al mundo una obra genial.

 

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La memorable frase de Shakespeare refleja una verdad poética que trasciende el tiempo: antes que polvo de estrellas, somos materia de sueños.

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Siempre regresamos a algunas ideas o frases que resuenan en el centro de nuestra conciencia. Nadie dudara que la obra de William Shakespeare se encuentra entre los más altos puntos que la mente humana ha alcanzado; y entre su obra, hay algunos momentos que resuenan con un entendimiento de la condición humana y de la naturelaza del mundo que son difíciles de igualar, que conmueven al espíritu, que podemos considerar verdades poéticas. Mucho se ha dicho de Shakespeare, el personaje: especulaciones sobre sí era un  sólo hombre o si era el seudónimo de alguien más (existe la teoría esotérica avanzada por Manly P. Hall de que Shakesapeare era el nombre de pluma de Sir Francis Bacon,"uno de los iluminados de todas las eras"); más allá de este fascinante misterio detectivesco que surge ante la vastedad de su obra, podemos decir que al menos simbólicamente Shakespeare era todos los hombres y en su obra está el mundo, con sus sombras y sus fulgores. Borges atinadamente captura esta universialidad que rezuma a través de la obra shakespeariana: "¿Los fervorosos que se entregan a una línea de Shakespeare, no son, literalmente, Shakespeare?”.

Quiero regresar a una frase de Shakesepeare, una de las más citadas, aquella que dice "somos la misma substancia de la cual están hechos los sueños". Esta frase sencilla y a la vez enigmática, aparece recurrentemente para dar a entender una idea que aparece en la historia de la literatura y el misticismo: que la vida es sólo un sueño --una frase que tiene, sin embargo, una gran profundidad de significado y diversas acepciones. La frase aparece en el cuarto acto de La Tempestad, y es dicha por Prospero, el hechicero (basado en el mago John Dee) que comanda a los espíritus elementales, exiliado en su isla. El diálogo entero, dicho en un momento de desconsuelo, enriquece la frase:

Nuestros festejos han terminado. Estos actores nuestros/, como te avisé, eran todos espíritus, y/ se han fundido en el aire, en sutil aire/, y, como la tela sin cimiento de esta visión/, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios/, los solemnes templos, y la misma gran esfera/, con todo lo que le pertenece, se disolverá, y, como este efímero espectácul0, no dejará rastro alguno. Estamos hechos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños/, y nuestra pequeña vida se encierra en un sueño.

Janis Muir imageMucho se pierde en la traducción (incluimos el texto en inglés al final), pero más allá de un análisis poético, tenemos aquí una de las rendiciones más lúcidas, a mi juicio, de toda la historia de la literatura de esta relación entre el sueño y el mundo, y ya no sólo de que la muerte hará de la vida un sueño, disolviendo nuestros actos, sino la inferencia de que la naturaleza misma es cosa mentale. Esta cualidad onírica inherente hace que la vida sea fundamentalmente teatralidad, sólo tan significante como una obra de teatro ( a play, que es también sólo un juego). En el momento más álgido, Prospero tiene esta conciencia: la dicha y el sufrimento se desvanecerán (nos enamoramos de fantasmas). Es una tragedia pero también es una bendición: si somos la misma substancia de la cual está hechos los sueños, podemos andar con ligereza y disfrutar de estas visiones insubstanciales que componen nuestra existencia. El mismo concepto, la impermanencia, en el budismo es la clave del despertar o la iluminación.

Es un lugar común en la literatura, decir que la vida, que todo es un sueño --y así esto es el cliché recurrente del cine moderno también. Pero no por eso se resta importancia a este entendimiento, el atisbo fundamental de la conciencia. Borges, en sus innumerables citas, nos muestra una variación de la misma idea, entre el teatro y el sueño:

En el siglo XVIII, Addison lo dirá con más precisión. “El alma, cuando sueña —escribe Addison—, es teatro, actores y auditorio.” Mucho antes, el persa Umar Khyyam había escrito que la historia del mundo es una representación que Dios, el numeroso Dios de los panteístas, planea, representa y contempla, para distraer su eternidad; mucho después, el suizo Jung, en encantadores y, sin duda, exactos volúmenes, equipara las invenciones literarias a las invenciones oníricas, la literatura a los sueños.

Según la literatura védica y la literatura gnóstica, la sustancia del mundo es la mente.  En la actualidad solemos decir "somos polvo de estrellas", para significar que estamos hechos de esta misma sustancia original que compone a las estrellas; pero incluso de manera más básica somos sustancia onírica, polvo de sueños, las mismas estrellas son materia de sueños. Esta es la gnosis que al poetizar Shakespeare logra dotar de una fuerza que, a diferencia de los actores (que son meros fantasmas), permanece.

 

Our revels now are ended. These our actors,

As I foretold you, were all spirits and

Are melted into air, into thin air:

And, like the baseless fabric of this vision,

The cloud-capp'd towers, the gorgeous palaces,

The solemn temples, the great globe itself,

Yea, all which it inherit, shall dissolve

And, like this insubstantial pageant faded,

Leave not a rack behind. We are such stuff

As dreams are made on, and our little life

Is rounded with a sleep.

 

William Shakespeare

From The Tempest, Act 4 Scene

 

Twitter del autor: @alepholo