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Con esta entrega finaliza la reflexión de Jason Horsley en torno al fenómeno OVNI y sus implicaciones más allá de las concepciones culturales comunes que se asocian con este y, mejor, como una proyección de ciertas inquietudes de nuestra mente individual y colectiva.
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Ester Rogers

El ego se niega a angustiarse por las provocaciones de la realidad, a dejarse ser obligado a sufrir. Insiste en que no puede ser afectado por los traumas del mundo exterior; demuestra que, de hecho, esos traumas presentan más ocasiones para obtener placer.

—Sigmund Freud

Espero que no haga falta decir que explorar la idea de las percepciones (relacionadas con los OVNIS), al estar informados por creencias basadas en el primer trauma, es una “operación” muy delicada. Se relaciona directamente al sufrimiento y la consternación personal de los individuos, y corre el riesgo (de hecho es su principal objetivo) de exponer la ilusión necesaria (o ficción crucial) y así permitir que el trauma completo regrese a un nivel consciente. Mi interés es este, mis razones para excavar en áreas tan sensibles, es por lo tanto doble. En primer lugar, tengo muchas razones para creer que mis tempranas experiencias traumáticas, que fueron reprimidas por años, son aquellas que me llevaron a tener este interés casi obsesivo en el trabajo de Strieber. El segundo se debe a que mi principal enfoque ahora, tanto en la vida y como escritor, es detectar narrativas falsas, suposiciones incorrectas y percepciones distorsionadas, para así poder encontrar las bases de mi propia vida, tanto interna como externa.  Esto implica identificar los patrones del trauma que me han llevado a tener mi propio complejo de Mulder (una necesidad de creer en lo imposible) e, inseparablemente, han determinado el tipo de ficciones a las que me siento atraído, crucial para mis propias estrategias de defensa. Solo al hacerlo puedo deshacerme de la parcialidad perpetua (esa infantil creencia “en la magia”) y así ver qué hay detrás, es decir, qué es exactamente lo que mis percepciones están percibiendo realmente, pero que hasta ahora, no me he permitido ver.

Irónicamente, experimentadores de lo alienígena como Strieber, tienden a sugerir que la negación, el necio rechazo de ver “la verdad” (allá afuera), le pertenece a aquellos que se rehúsan a aceptar al OVNI y todo lo que este implica (lo imposible). No es que estén equivocados; pero al identificar dichos puntos ciegos fuera de sí mismos, podría reforzar su propia ceguera, su rechazo y negación de ver que “lo alienígena” no es y nunca será lo que parece ser, al menos hasta que el trauma psicológico que han creado (o convocado) a dichos complejos y a los que han otorgado una realidad casi física, haya sido identificado. Solo entonces, podemos ver que el extraterrestre somos nosotros, y que somos algo completamente diferente a nuestros patrones de creencias, nuestras ilusiones, esperanzas o nuestro trauma diciéndonos que lo somos.

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Cualquier cosa oculta es un secreto. Mantener secretos funciona como un veneno psíquico que enajena a su poseedor de la comunidad. En dosis pequeñas, de hecho, este veneno puede ser un remedio invaluable, uno preliminar y esencial para diferenciar al individuo.

Carl Jung, El hombre moderno en busca de su alma

Estoy consciente de que no debería necesariamente tomar la palabra de Strieber literalmente cuando este pide que lo tomemos seriamente, no más al menos, de lo que deberíamos tomar las palabras de otras personas. Las personas rara vez quieren decir lo que dicen, porque rara vez saben lo quieren decir o lo que están diciendo en realidad.

Queremos que las personas tomen lo que decimos con seriedad. Lo que eso realmente significa, la mayor parte del tiempo, es que queremos que nos crean (y más que nada, que estén de acuerdo con nosotros). No queremos ser comprendidos necesariamente (aunque digamos que sí), porque ser comprendidos significa ser vistos como somos en realidad. No queremos ser vistos como somos, sino como nos gustaría que nos vieran y como escogemos creer que somos, estos últimos dos son prácticamente iguales. (Creo que los autistas tienen la habilidad natural de ver y escuchar lo que está oculto detrás de lo que las personas le presentan al mundo, y es por eso que a los autistas les cuesta mucho trabajo entender las señales sociales y por eso de la misma manera, les cuesta mucho trabajo ser entendidos).

Lo que pienso de Strieber es que sus relatos son relatos profundamente personales a los que ha atribuido un significado universal, de esa manera inadvertidamente obscureciendo su significado real. “The Prisoner of Infinity” es un intento de encontrar un significado oculto, y si tiene éxito, estoy consciente de que podría resultar muy doloroso para Strieber, y puede ser percibido por él (y otros) como invasivo.

¿Acaso es invasivo señalar que el emperador realmente está desnudo? Depende de qué punto de vista tengan. Lo que pasa con la realidad, es que no tiene mucho respeto por nuestras ilusiones, incluyendo, o especialmente, la ilusión de la privacidad (una existencia discreta del ego). Desde el punto de vista del inconsciente, la privacidad es tan solo una palabra cortés para ser sigiloso, o para la negación. Y los secretos son tóxicos.

Por el peligro inherente de la misión, toqué el tema no como si se tratara de una investigación científica, sino más como un proyecto de arte, usando las creaciones creativas de Strieber (su ficción, no-ficción, los diarios y las grabaciones de audio de su sitio) como la materia prima para mi propia exploración creativa. “The Prisoner of Infinity” es una reinterpretación de la obra de Strieber y espero que logre ponerla en una luz nueva y más fascinante que antes. La intención del texto no es desprestigiarlo o restarle validez, pero revelar una dimensión más personal, y por lo tanto más vital y significativa.

Me he acercado a Strieber con esa intención, no como una revelación de conclusiones formuladas de antemano, sino como una encuesta a la que todos están invitados a participar —incluyendo, y especialmente dirigida, al mismo Strieber. “The Prisoner of Infinity” está tan escrito y terminado como lo está incompleto. La primera parte “Whitley’s Game”, está dividida en 12 capítulos que he estado compartiendo, semanalmente, con un pequeño grupo de lectores, recibiendo comentarios, discutiéndolos por Skype y grabando las conversaciones. Un par de semanas después, subo ese capítulo al sitio, junto con las conversaciones editadas (que incluyen collages musicales que mezclan canciones con las grabaciones de audio de Strieber y otras personas), imágenes de la red, y arte original hecho por mí, mi pareja u cualquier persona que desee mandar material. El único medio que todavía no presento es el video. En cuanto al grado en el que este proyecto se relaciona con Strieber, es tanto una manera de exponerlo como un homenaje, por lo que no es ninguno de los dos en realidad.

El trabajo viene con una “advertencia de gatillo” porque el material es muy sensible y creo que aquellos que pueden beneficiarse más de él también son aquellos, que como Strieber y yo, han sufrido algún tipo de trauma extremo en su historia temprana, y quienes podrían no estar consciente de ello.

Toda obra de arte, u obra que aspira a ser arte, tiene como modus operandi y raison d’etre la misma meta y metodología, esa de llevar luz a la oscuridad, o hacer lo que es inconsciente, consciente. Para el artista en cuestión, el elemento de la elección, en el proceso puede parecer, durante algunos momentos, menor o irrelevante o hasta ilusorio. Si fueron mis propios patrones neuróticos los que me obligaron a narrar esta “ficción crucial” o si me sentí inspirado por mi dharma espiritual, y cómo saber la diferencia o si hay alguuna diferencia, es algo que no intentaré contestar. Pero me encantaría saber qué es lo que piensan ustedes. 

Criado por el OVNI: Trauma, percepción y creencia —una nueva teoría de ufología (Primera parte)

Criado por el OVNI: disociación, viaje en el espacio y cultos pasivos —una nueva teoría de ufología (Segunda Parte)

[Traducción de la serie: Adriana Morales]

Twitter del autor: @jakephas

Surf Open Acapulco: El surfista como anfibio (FOTOS)

Por: Javier Raya - 07/06/2013

Ya en la recta final de la competencia y cercados por el mal clima, los asistentes al Surf Open Acapulco ven desde tierra firme a los surfistas que, pase lo que pase, siguen entre las olas.
[caption id="attachment_61861" align="aligncenter" width="655"]Tim_Reyes-7812 Tim Reyes
(Foto: Edwin Morales)[/caption]

En este par de días que llevamos viendo a los surfistas (“surfos”, en la jerga de los más familiarizados) entrar y salir de las olas he pensado que son como de una especie aparte: no son propiamente humanos sino anfibios. Es decir, uno no puede simplemente decidir que quiere ser surfista, buscar una tabla y llegar a una playa a montar olas. Es algo, por así decirlo, más bien biológico.

Me convencí de ello durante la comida de hoy. El mal clima que nos recibió desde el jueves se agudizó durante la noche, y las competencias que debían comenzar hoy viernes, a las 6 am, fueron pospuestas hasta que las aguas se calmaran un poco. Las semifinales se llevaron a cabo en un mar picado, revuelto y casi negro, con olas que parecen una baraja de espuma, y con corrientes sumamente peligrosas incluso para los riders profesionales. Hay que ser suicida o surfista para atreverse a esas olas tan pesadas que caen como martillos sobre la espalda; hay que ser de una especie diferente, mitad humano y mitad pez.

Hablábamos de eso con Tania Miranda, PR de Vans, que comía con un surfista cuando llegué al restaurante. Desde la terraza del restaurante podíamos ver el horizonte quebrado y gris, las crestas de la ola, montañas de agua revuelta y aún muchos surfistas tratando de montarlas.

[caption id="attachment_61864" align="aligncenter" width="655"]Foto de Jaime Fernández Foto de Jaime Fernández[/caption]

Le pregunté al surfista de la mesa su opinión sobre el peligro de nadar en aguas así, peligro que para mí era evidente. Contestó que el único problema que veía era que surfear en olas tan bravas con mal tiempo requiere un esfuerzo físico extra. “Te cansas más”, me dijo. “Tienes que nadar más fuerte, pero en sí las olas están increíbles.”

Después de todo muchos de los riders de la competencia llevan días entrando y saliendo del agua, tratando de hacerse un lugar en la tabla de finalistas, y para este momento están cansados y necesitan cuidar sus reservas de energía. Y con este clima es más que normal que necesiten un poco de descanso. 

Les conté que me metí un rato al mar antes de ir a comer. No fue una sabia decisión: aunque puedo nadar aceptablemente bien el mar no está para amateurs este viernes. Tragué demasiada agua y aún sentía restos de arena entre los dientes mientras comía. El surfo me contó que lo peor era “cuando tragas pura espuma. Se te cierran la branquia, aquí”, dijo, señalándose la garganta, “y es como si te estuvieras ahogando de pronto; pero así como se te cierra se vuelve a abrir solita.”

El que se refiriera a la garganta como a una “branquia” me hizo sospechar. Los peces tienen branquias, pero él parecía, al menos a primera vista, un hombre.

Además de por la tabla uno reconoce a las y los surfistas por el color de la piel, más quemado de lo normal, como caramelo, y los extraños rayos rubios que tienen en el cabello. Parecen tallados directamente en madera y me dan la impresión de ser de una sola pieza, mientras que los humanos "normales" como nosotros parecemos hechos de piezas. Supongo que es lo que pasa con el cuerpo de los deportistas: una conciencia de su función recorre cada uno de sus movimientos; el cuerpo piensa por sí mismo.

Ayer estuve jugando con esa idea, tratando de descubrir a los surfistas sin tabla entre la gente que va y viene dentro del hotel, buscando en qué entretenerse debido a que la playa es demasiado peligrosa y las albercas están cerradas por la lluvia. Por eso se me ocurrió que no era tan descabellado pensar a los atletas desde otros parámetros (el filósofo Michel Serres tiene un libro maravilloso sobre los alpinistas), pues como todo deportista de alto rendimiento, los surfos no entran dentro de los parámetros del cuerpo humano “normal”: necesitan dietas especiales y su vida transcurre entre el agua y la arena, lo que poco a poco debe modificar además de su piel, sus músculos y sus huesos, su respiración; y aquí —con el asunto de la “branquia”— tenía una comprobación directa: se trata de sirenas y tritones, no de hombres y mujeres. Uno podría incluso decir que respiran mejor dentro del agua que aquí afuera, sobre tierra firme.

[caption id="attachment_61862" align="aligncenter" width="655"]Foto de Jaime Fernández Foto de Jaime Fernández[/caption]

Pero las diferencias entre surfistas y personas (razonablemente) normales no termina ahí, pues sus mentes también funcionan con otras reglas.

Mientras el surfista vaciaba un enorme plato de pasta, frijoles y arroz, nos contaba tranquilamente que los tiburones son menos peligrosos de lo que se piensa. “Es más fácil que te atropellen en la ciudad o que te roben a que un tiburón te agarre. Además uno casi nunca sabe cuando hay tiburones. Al tiburón no lo ves nunca. No se te anuncia”, nos contaba. “Sabes que ahí anda cuando ves focas cerca. Si ves focas, seguro anda un tiburón por ahí dando vueltas. Seguro ahorita por aquí hay uno, pero no lo vemos. No hay problema cuando son chiquitos, de 1 o 2 metros. El problema es cuando son más grandes; esos son de los que te sacan un pie antes de que te des cuenta.”

Más por cortesía que por la pinta de surfista que no tengo, me preguntó si yo surfeaba. Le conté que hice tabla corta en la adolescencia. En realidad mi única aventura fue cuando me zafé un hombro, así de malo era en este deporte. Estaba cansado de haber nadado todo el día y antes de irme decidí montar una ola más. Con esa frase, el surfo reaccionó. "Una ola más". Mostró una enorme sonrisa cómplice, casi infantil. Le pregunté si él hacía caso de esas precauciones, de no nadar en el mar con lluvia o con marea picada. “No”, respondió. “Esas son las mejores olas.”

A diferencia de los niños que juegan con pelotas o que hacen deportes en tierra, los niños de la playa crecen como este surfo, con el mar en el traspatio de la casa. No importa si llueve, truena o relampaguea: el mar también tiene sus ciclos y ellos aman el mar, no importa cómo se les presente. El problema es para los organizadores de la competencia que tienen que arreglar los desperfectos de la logística que la tormenta les pone enfrente —retrasos en las competencias, mudar las actividades de playa a los interiores, esperar y esperar a ver si el sol se aparece entre tanta grisura. Así se ve que efectivamente, al menos en el Surf Open Aca, hay una tajante división entre dos tipos de personas: los mortales, que estamos secos y a resguardo de la lluvia, y los surfistas, que están donde deben estar, entre las olas.

El surfista fue muy agradable durante la comida, y cuando se fue a descansar a su cuarto reparé en que no tuve la cortesía de preguntarle su nombre durante la charla. Quedamos para hacer una clase informal de surf mañana temprano, si el clima mejora. Según él, surfear con tabla larga es incluso más fácil que patinar sobre concreto. Yo diría que el concreto —a menos que haya un terremoto— no se mueve, pero él es el profesional, al final. Le pregunté a Tania que quién era el surfo. “Diego Cadena, sobre el que escribiste ayer.”

Pensé que tal vez uno no reconocería a un tiburón si no lo ve rodeado de agua. Fuera del mar los surfistas tratan de parecerse a los humanos. Se sientan y se ponen a comer. No sé, tal vez estoy idealizando de más. Pero en el fondo —o en la superficie, que es al final donde se balancean los surfistas sobre el mar— a mí no me engañan: sospecho que los surfistas van nadando incluso mientras caminan. Son anfibios. Qué otra cosa podrían hacer.

[caption id="attachment_61860" align="aligncenter" width="738"]Foto de Edwin Morales Foto de Edwin Morales[/caption]