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Jasun Horsley, detective liminal, investiga los límites, las zonas grises de nuestra cultura, donde el tiempo se suspende y es posible transformar las estructuras que controlan nuestra percepción

 

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Parte uno: La insoportable levedad de la liminalidad

 

Los límites externos (¿Qué es liminalidad?)

La liminalidad se puede entender mediante cuatro contextos diferentes: espiritual o religioso, social, político y psicológico.

1. Originalmente, la palabra fue acuñada por antropólogos para referir a practicas religiosas ceremoniales durante las cuales los participantes eran guiados por maestros de ceremonias de un estado (y estatus) a otro, por ejemplo el ritual de mayoría de edad. El estado liminal es el intermediario en el cual el iniciado está en el umbral (līmen) entre su estatus anterior y uno nuevo que aún le es desconocido.

2. En el ámbito social, la liminalidad refiere a períodos de caos en los que viejas estructuras, instituciones o tradiciones han sido derrocadas o destruidas, y en los que aún no se han establecido nuevas. Las personas atrapadas en una situación liminal no pueden actuar racionalmente porque han desaparecido las estructuras en las que su racionalidad está basada. Estar en un estado liminal significa crisis para la mayoría de las personas; las emociones se desatan y hacen que sea difícil pensar claramente. Esto lleva a aquellos que están atrapados a un comportamiento “mimético” (imitativo). Las situaciones de liminalidad permanente son conocidas como schismogenesis. Cuando la unidad previa está rota pero los varios aún inconclusos elementos se ven forzados a permanecer juntos; las sociedades pueden estar atoradas en este estado por mucho tiempo.

3. En la política de la liminalidad, el futuro es desconocido. Esto significa que puede no haber maestros de ceremonia porque nadie ha atravesado antes por el proceso, así que no hay nadie que guíe a la gente fuera de él. Esto permite la emergencia de falsos maestros de ceremonia que llenan el vacío creado por la necesidad de la gente de ser guiada. Estos líderes autoimpuestos perpetúan la liminalidad porque su poder y autoridad dependen de la desorientación e impotencia de los otros. 

4. En psicoterapia, la liminalidad es un estado en el camino de individualización cuando la antigua personalidad (ego) de alguien, y las creencias, valores y criterios que la acompañan han comenzado a desmoronarse, pero en el que de estas “ruinas” no ha emergido un nuevo yo coherente. En este proceso, el psicoterapeuta actúa como un maestro de ceremonias. Él o ella está allí para guiar al paciente hacia un estado de ser más individualizado. Sin embargo, existen dos problemas en este arreglo. Primero, que el terapeuta puede actuar como maestro de ceremonias sólo en tanto que él o ella haya pasado por el estado liminal de individualización (un logro extremadamente raro). Y segundo, aún más problemático, la naturaleza de la individualización requiere un nuevo y autónomo estado de ser, lo cual significa que la persona debe recorrer el camino sola, y eventualmente rechazar todas las formas externas de guía, incluyendo –especialmente– la del maestro de ceremonias (terapeuta). En un sentido, dejar el estado liminal a un nivel individual significa volverse productivo dentro de él, aceptar la liminalidad como la condición humana, no como un medio para un fin sino como el fin mismo.

¿Son estos cuatro contextos cuatro maneras de ver una sola “cosa”?

 

Neti Neti: el medio aún es el mensaje, así que ¿cuál es el mensaje?

pijama-6La liminalidad es un concepto inherentemente “espiritual” porque se relaciona con el famoso principio de Neti Neti: “ni esto ni aquello”. Neti  Neti se refiere a cómo, en su camino a la verdad (con “V” mayúscula), el aspirante debe inspeccionar cuidadosamente cada experiencia que llega a su camino y luego rechazarla. Como Buda bajo el árbol frente a Maya, excepto que al final el Buda también debe ser rechazado como Maya.

El problema al escribir sobre liminalidad es que la escritura en sí es antiliminal. El lenguaje es un sistema de símbolos que crea la ilusión de una progresión lineal de principio a fin (cada enunciado y cada palabra, esta pieza, etc.). El lenguaje y el tiempo son similares en este aspecto, y la liminalidad, como el limbo, implica un espacio en el cual el tiempo mismo está suspendido. No hay nada que pueda decirse acerca de la liminalidad que no, de alguna manera, la enflaquezca. No hay nada…

He intentado abordar esto escribiendo sobre el acto mismo de escribir, como lo estoy haciendo. Esto genera un sentimiento de liminalidad para mí, el autor, y por ende también para el lector. ¿Es esto un ensayo sobre la liminalidad o es el “comentario del DVD” acerca de cómo se escribió el ensayo? ¿Ninguno? ¿Ambos? Liminal, liminal, liminal.

Intenté armar este ensayo al estilo no-liminal para ser más informativo y menos subjetivo o “creativo”, pero no funcionó. Tú el lector debes experimentar la liminalidad de otra manera; al pensar que entiendes lo que es sólo estás impidiendo que te ocurra una experiencia de liminalidad. Juntos conspiramos para que así sea. Toda la sociedad es una suerte de defensa colectiva contra la liminalidad. 

La liminalidad es como una liberación: nos gusta la idea pero hacemos todo lo que podemos para impedir que suceda. Si no lo hiciéramos, ya hubiera pasado, porque la liberación, como la liminalidad, es el natural e inevitable estado de la existencia. ¿Por qué? Porque la existencia no es nada salvo percepción, y la percepción no puede ser nada más que liminal y libre.

Con ello en mente, continuaré con este ensayo pero ejerceré mi derecho a hacer asociaciones libres que podrían parecer infundadas, azarosas, absurdas ––porque eso es lo que es estar en un estado liminal, porque la liminalidad significa pérdida de contexto. Y el contexto lo es todo. Así que quizás la liminalidad significa despojarnos de nuestra experiencia hasta el mismo contexto, y cuando todo es contexto, nada es. O más bien, ¿qué queda para ser contextualizado? 

La respuesta es simplemente: tú (es decir, percepción).

Todo esto es para ti.

 

“Thou Art That”: identidad institucional

Regresando a los cuatro modos, no hay una clara división entre religión, sociedad y política. Es más un continuum de “costumbres” o modos de comportamiento. Debajo de los valores religio-socio-político-culturales –y de las instituciones que las sostienen y las promueven– está la psicología. La psicología explora las experiencias formativas que dan lugar a los valores que llevan a las costumbres que crean las instituciones y sistemas sociales, políticos, religiosos y demás.  

De lo que realmente quiero hablar ahora es de las instituciones. Qué son, cómo surgen, si realmente las necesitamos y, de ser así, por qué… Y de cuándo es que una institución sana y necesaria se vuelve innecesaria y maligna. 

Conozco a alguien que maneja una librería de viejo local. Él cuida su imagen pública en el pueblo porque eso es bueno para el negocio. Al mismo tiempo, está consiente que tener un negocio local ayuda a cuidar su imagen porque lo hace parecer respetable. Tener una librería le da un sentido de quién es y le proporciona ciertos límites y claves de comportamiento. Le dice “cómo ser”. Ya que representa a su negocio (el cual también es una institución, aunque privada), su personalidad pública está al servicio de su negocio. De manera similar, las instituciones nos protegen de nosotros mismos y en cambio nos enganchamos a ellas y las protegemos de nosotros.

La idea de valores universales (la moral) es común a prácticamente todos los sistemas sociales. Para poder proveer guía, soporte y la reafirmación necesaria para crear cohesión y estabilidad social, las instituciones deben dar la impresión de ser solidas y fundamentales. No pueden ser vistas meramente como productos de la mente humana que busca la mejor manera de generar cohesión social. La librería de mi amigo funciona bajo ciertas reglas que él no creo pero que adoptó y adaptó de un consenso más amplio sobre cómo funcionan las librerías. Puede implementar algo propio, pero no demasiado: los clientes deben sentirse seguros del lugar al que están entrando. Una librería es una suerte de espacio liminal (cualquier tipo de negocio lo es) porque es un espacio para atravesar, no para quedarse. El hecho de que entremos o no a una librería, o a cualquier negocio, depende no sólo de si queremos comprar algo, sino de qué tan cómodos nos sintamos al hacerlo, y también, qué tan cómodos nos sintamos al no comprar. Las reglas de una librería de viejo son simples y universales: entra, mira, compra si quieres, retírate sin comprar si no encuentras nada de tu agrado, no te lleves nada sin pagarlo. Existen variables, tales como si los clientes pueden usar el baño o qué tan serviciales son los empleados, pero estas pueden ser cómodamente negociadas si el contexto principal ha sido honrado y establecido de manera segura. Ninguna de estas reglas (salvo quizás la de robar) necesita estar por escrito o ser expresada a los clientes en ningún momento, porque todos saben el “quehacer” de las librerías.

Las instituciones son como quehaceres concretizados, y los quehaceres son las expresiones personificadas de instituciones e ideologías internas que dan lugar a las instituciones y son sostenidas por ellas.

Aquí hay otro ejemplo. Uno de los libros en la librería de viejo de mi amigo es, por supuesto, la Biblia. La Biblia es un libro, pero a diferencia de otros libros no puede ser vista como otro libro más. No puede ser vista meramente como el producto de mentes humanas porque hacerlo la pondría en competencia con miles de otros libros. Debe ser presentada como la palabra de Dios. Es un artículo de fe. No hay prueba de que sea la palabra de Dios; por el contrario, es demostrablemente un libro escrito por seres humanos. Sin embargo, la idea de que esos seres humanos estaban divinamente inspirados (que Dios intervino en asuntos humanos para asegurarse de que el Libro llegara a tener existencia física en la manera precisa que él disponía), aunque esta también sea una idea humana, es suficiente para proporcionar cohesión y estabilidad a la institución colectiva del cristianismo. Lo mismo aplica al Corán y al islam, al judaísmo y al Talmud.

Ahora que lo pienso, el lenguaje parecería ser una llave hacia cómo se crean los consensos, lo cual quizás se relacione a cómo el lenguaje es inherentemente antiliminal. 

 

El problema con los problemas

Ya sean políticos o religiosos (usualmente una mezcla de ambos), las ideologías son sistemas de valores diseñados para crear y mantener instituciones que generan cohesión social. Esto es quizá la razón por la cual la psicología está generalmente fuera de la ecuación cuando se trata de formar tales ideologías.[1] (Y también puede ser la razón por la que estoy casi neuróticamente atraído a incluir mi propia psicología en todo lo que escribo). Dicho simplemente: la diferencia del punto de vista psicológico de la liminalidad es que la psicología tiende a considerar que todas las ideologías están arraigadas en varios niveles de patología. Pero incluso si la psicología reconoce a la ideología –y a la identidad social que construye– como una forma de patología, también admite que puede no haber una manera realista de existir sin ella. Al menos ninguna manera que se pueda describir o proscribir, ya que hacerlo sería reducirla a una ideología y experiencia grupal (al igual que escribir sobre la liminalidad la despoja de su liminalidad).

La función de la ceremonia religiosa, creencias espirituales, instituciones sociales e ideologías políticas, y en gran medida el tratamiento psicológico también, no es ayudar a que nos ajustemos a la liminalidad y hagamos nuestro hogar allí, sino redefinirla como un medio para un fin. Una parte necesaria de esa redefinición conlleva crear un estado nuevo y arbitrario de los elementos del estado anterior y perdido para que el individuo pueda mudarse de manera “segura”. Un ejemplo obvio serían las elecciones políticas: cada vez que llega un nuevo período de elecciones, los candidatos enfatizan en todos los problemas (el caos social, lo cual es liminalidad) actuales para ofrecer soluciones. Luego, los candidatos hacen promesas que sumariamente olvidan tan pronto como ganan el suficiente poder para mantenerlas. Estos son los falsos maestros de ceremonia que, al representar erróneamente la naturaleza de la liminalidad, pretenden saber cómo guiar a la gente fuera de allí; por ejemplo, al omitir mencionar que los problemas que prometen resolver son problemas que ellos, o personas como ellos, generaron (ejemplo tópico: los terroristas de ISIS que, siendo el resultado de las reservas secretas para entrenamiento y fondeo estadounidense, luego forman ISIS).

Los falsos maestros de ceremonia (i.e. los políticos) perpetúan la liminalidad mientras al mismo tiempo ofrecen soluciones fantasma o caminos fuera de la liminalidad. Esto significa que la liminalidad debe ser entregada en anticipo (vista sólo como una serie de problemas en vez de algo inherente a las estructuras sociales, ideologías e instituciones) y luego liquidada; convertida en una serie de problemas que, al introducir nuevos valores, estructuras, políticas, líderes, etcétera (ad nauseaum), debe ser resuelta.

liminalist-0El problema es que los problemas que subyacen a la liminalidad no son problemas sociales sino psicológicos. De ahí que no puedan ser abordados con reformas sociales o ideologías nuevas. De hecho, esas reformas sociales, políticas y “nuevas” ideologías son, como dijo Freud de la religión, síntomas del problema mismo. Tampoco parecen ser síntomas que traen consigo salud, sino síntomas que, al ser malinterpretados y considerados formas viables del tratamiento, desvían nuestra atención fuera del problema y hacia una solución fantasma. (Un ejemplo fácil: la religión institucionalizada ofrece una solución al miedo a la muerte, sin mencionar a la pobreza o a la injusticia social  ­–y a un millón de otras afecciones tangenciales, y ello sólo pospone estos problemas y por lo tanto los exacerba, al menos potencialmente). 

El problema, o bien la realidad psicológica que no abordo aquí es que la mayoría de la gente depende de un grupo de identidad para su supervivencia psicológica. La mayoría de la gente necesita un sentido de identidad nacional, cultural, sexual, etc., para saber cómo comportarse. La vía principal por la que se proporciona esta identidad grupal es por medio de valores institucionales e instituciones fiables; excepto que no lo son. En esta liminalidad perpetua, las mismas estructuras en las que confiamos son por naturaleza poco fiables y hacen que la gente se vuelva extremadamente susceptible a la manipulación. Lo único que se requiere es debilitar a esas instituciones para causar un sentimiento de pánico, y luego, debido a que las personas no están entrenadas a manejar una experiencia de liminalidad, ellas mismas irán en busca de un maestro de ceremonia falso para que los pastoree o los guíe hacia un lugar aparentemente estable. Cualquier cosa para evitar la insoportable levedad de la liminalidad.   

La premisa de esta serie de piezas que escribo para Pijama Surf es que la espiritualidad –que en su forma más verdadera es la búsqueda de ir más allá de la identidad y hacia un estado de perpetua liminalidad– se está convirtiendo en una necesidad social y práctica. La cada vez más engañosa y destructiva marea de liminalidad ilegítimamente perpetuada y de soluciones falsas, identidades de grupo sospechosas, instituciones corruptas, etc., está al alza. Esto genera un clima cada vez más urgente en el cual ninguna opción dentro de los pares de opciones es viable; en el cual todo lleva a un doble filo de disonancia cognitiva potencialmente insoportable, un sentimiento familiar a todos cuando éramos niños: condenados si hacemos algo, condenados si no hacemos nada. La impotencia es la experiencia primaria de estar en un estado de liminalidad. 

La única manera de navegar esta marea alta es desarrollar una capacidad de liminalismo, esto es, de no hacer nada (de no-hacer, si queremos ser zen al respecto): pérdida de poder, control e incluso conocimiento básico acerca de lo que es verdadero o falso, real o irreal, frente a problemas colectivos cada vez más infranqueables y a “soluciones” cada vez más problemáticas.

 

Twitter del autor: @JaKephas 

Otros textos de Jasun Horsley en Pijama Surf

 


[1] La psicología, aunque mantiene ciertas similitudes con la ideología, es distinta de esta porque permite la existencia del inconsciente (en lugar de, digamos, Dios, o la ley natural) como el factor principal determinante de la actividad humana. Como resultado, observa la manera en que los valores (e ideologías) se forman inconscientemente, y encuentra que el factor determinante no está en una verdad empírica o realidad, sino en experiencias subjetivas del individuo (o la sociedad). Para dar un ejemplo, en The Childhood Origins of the Holocaust, Lloyd deMause muestra cómo la ideología nazi (incluido el aparentemente irracional odio a los judíos) puede rastrearse a las tempranas y brutales experiencias de los niños alemanes en las generaciones que crecieron para formar el movimiento nazi. 

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Como la mayoría de las personas que crecieron en los 90, el internet en un principio me pareció el medio de comunicación ideal para incrementar la conciencia colectiva y liberar a los individuos de paradigmas de control (la vieja idea con ecos religiosos de que la información nos haría libres). Parecía un medio utópicamente democrático, rizomático, en sintonía con las ideas de la noósfera y de la evolución de la mente global. Un medio que empoderaba a las personas que querían conectar con otras personas sin los filtros y las restricciones de las corporaciones y los gobiernos. Los jardines de data se estaban abriendo y fluía el polen electrónico por los campos de resonancia mórfica, podíamos compartir y estimular mutuamente nuestra creatividad... Era un medio psicodélico, una tecnología que venía directamente del laboratorio de Hermes, el dios de la comunicación.

Estas ideas nos venían de Tim Leary, que había dicho que la computadora era el LSD de los 90 y de una nueva generación de comunicólogos, programadores, periodistas, escritores y hacktivistas: Douglas Rushkoff, heredero de McLuhan y protegido de Tim Leary, quien en Cyberia y Media Virus había identificado la red como un mecanismo de conciencia infeccioso, donde los nuevos pranksters y reality hackers podían hacer de las suyas; William Gibson, el autor de Neuromancer, en donde el ciberespacio se vaticinaba como un desdoblamiento astral; Jaron Lanier y Mark Pesce llevaban la batuta en el diseño de realidad virtual (pensado como una topología de la imaginación); Atom Jack, el programador de Fusion Anomaly, una enciclopedia psicodélica de hyperlinks que simulaban ser un cerebro holográfico, sin duda uno de los sitios más mágicos en la historia de internet y que, antes de Wikipedia, nos hacía pensar que la red nos iba a hacer despertar de la Matrix (y no que era la misma Matrix); el editor de Wired,  la revista más identificada con la red, era Kevin Kelly, una especie de sacerdote de la tecnología (la cual nos llevaría a ser dioses); en Wired y en otras compañías circulaban ideas de filosofía tecnoespiritual siguiendo la visión de Pierre Teilhard de Chardin y Buckminster Fuller, una "techgnosis" (usando el término de Erik Davis) que hacía de la red una imagen de la mente humana materializada o exteriorizada: el ciberespacio como el éter sináptico del cerebro planetario. Más allá de esta rutilante capa pensante de mavericks de la información, estaban, sin embargo, grandes corporaciones de tecnología y agencias del gobierno como DARPA, que habían sido instrumentales en el desarrollo de la tecnología (como ocurre comúnmente, mucha de la innovación es fondeada por el complejo militar). Era inevitable, como ocurre con todas las tecnologías, proyectamos en la red, la gran metáfora de nuestra mente, nuestros propios complejos, deseos y miedos y nuestras propias dinámicas políticas y económicas de control, vigilancia y mercantilismo.  

El internet que experimentamos hoy, es un internet donde un puñado de sitios controlan la mayor parte del tráfico (de igual manera que ocurría con las cadenas de TV), el internet donde ya no existe la privacidad y cada movimiento no sólo esta siendo registrado sino está siendo capitalizado por agencias de marketing --que trabajan estrechamente ligadas a las redes sociales. El internet donde los usuarios pasan la mayor parte del tiempo subiendo selfies y actualizando sus perfiles, recibiendo microdosis de dopamina en los feeds de Twitter o Facebook, leyendo encabezados de los mismos sitios de noticias, cada vez con menor capacidad de atención (su atención siendo disputada por fuego cruzado) e interés por aventurase más allá de los límites dados por el perímetro... no es el internet que muchos habían previsto. Ese internet de la información como agente psicodélico, como herramienta revolucionaria. Este internet no ha cumplido los sueños cósmicos de los 90. Siendo justos, esos sueños eran desaforados, como ocurre momentos después de tener una experiencia psicodélica y uno piensa que la realidad nunca va a ser igual y el mundo estará por siempre teñido de una luz iridiscente de una amplia gama de posibilidades donde la imaginación podrá reinar con alas infinitas. Esos momentos tan entrañables, en la cresta del viaje donde piensas que podrás llevarte la luz contigo a todas partes donde vayas, que haber tocado las alturas te hará por siempre angelical, se revelan ahora como ilusorios. El conjuro de Maia.

 

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Para ejemplificar este complejo sentimiento encontrado de entusiasmo y desánimo, nada mejor que el video aquí presentado. Un diálogo airado, electrizante, cargado del espíritu mercurial de la era (con un leve tono saturnal de la experiencia reflexiva como contrapeso), entre dos mentes geniales.

El teórico de medios Douglas Rushkoff es uno de los grandes iconos intelectuales de esos primeros vuelos del internet, una voz que en su momento fue entusiasta, pero sin dejar de ser lúcida y crítica. La realidad es que las cosas eran diferentes en ese entonces. La burbuja se rompió, llevándose consigo también esos tonos psicodélicos oníricos que dibuja el jabón en el aire. Esta conversación entre Douglas Rushkoff y Jason Silva sobre la actualidad de la tecnología y sus viejas promesas, nos sitúa de nuevo en la palestra electrónica, pero desde una doble perspectiva: el punto de atalaya de Rushkoff, años después; y el empuje catalizador de la nueva generación -- vía Jason Silva-- que no se arredra ante la prudencia conservadora y las decepciones de los más grandes.

Rushkoff, el emblema de la vieja guardia. Jason Silva, el exhost de la cadena de Al Gore Current TV, autodenominado "un junkie del asombro", un filósofo exprés de la era de YouTube, con una gran capacidad de sintetizar información y redistribuirla, y que mantiene ese entusiasmo jovial de que la tecnología no sólo es una manifestación inevitable de la evolución y la complejidad humana sino que es un disparo cósmico de la matriz de la tierra hacia las estrellas y la autodivinización.

Rushkoff nos cuenta sobre los inicios, las cosas que han cambiado; en los 90:

Las personas que usaban alucinógenos eran las únicas que se atrevían a construir estas plataformas [las computadoras, la web], las únicas que tenían la imaginación para construir esta realidad, tenían la costumbre de imaginar algo que luego se materializaba.

Silicon Valley como hijo de los 60, de los hippies que podían regresar a tierra firme y construir palacios de silicio. Pero las cosas han cambiado:

El problema es que los psiconautas disciplinados implementaban esto y tenían una moralidad implícita, la gente que hacía las computadora compartía un sentido de valores en común sobre las personas, las paradojas, el arte y cuando veo a la gente que está programando nuestra realidad hoy veo a chicos de Stanford que acaban en Goldman Sachs para trabajar en algoritmos que superen a los corredores de bolsa humanos... ya no veo esa moral, ya no hay una conexión con lo real sino una realidad virtual...

cyberiaRushkoff considera que detrás de las ideas de la singularidad y el transhumanismo hay una falta de estimación del ser humano, una visión de la historia como la evolución de la "información por sí misma moviéndose hacia estados de mayor complejidad... y los humanos sólo ayudando a las computadoras a manifestar la nueva etapa de la evolución". Esto es una crítica de la idea de que el ser humano es sólo un vehículo para que la información --los genes, los memes y los replicantes-- consiga volverse autoconsciente y avance con su propia agenda, algo que yace detrás de las visiones tecnoespirituales de Ray Kurzweil, entre otros.

Silva argumenta que no hay nada antinatural en la tecnología, es la inevitabilidad de la evolución, de la manifestación expansiva de la conciencia humana: "la tecnología es una piel humana, de la misma forma que una tela es parte de una araña... nuestros smartphones son un andamiaje de la mente. Cuando vemos al Mars Rover moviéndose por la superficie de Marte, estamos viendo a la mente humana gatear por la superficie del planeta rojo".

Mientras que Silva señala que la resistencia a nuevas tecnologías es algo que ya se ha visto antes, desde la implementación del alfabeto en Grecia, donde, según un diálogo platónico, se temía que sería desastroso para la memoria humana. Rushkoff matiza y señala que el lenguaje nos permitió cosas como viajar en el tiempo con la mente y el progreso científico, pero también nos dio el mesianismo, el milenarismo y las profecías apocalípticas. Ideas de progreso y redención al final de la historia que a veces escinden nuestra conciencia y suprimen la importancia de nuestras relaciones inmediatas. Ante el entusiasmo irreflexivo que naturaliza toda tecnología como parte de la evolución de la mente humana, Rushkoff advierte:

Lo importante es quién está construyendo estas tecnologías, con quién estamos en concierto... Google, por ejemplo, una compañía que [según su eslogan: "don't be evil"] nunca hará nada malo, pero que construye drones y robots para perseguir a las personas.

Rushkoff aquí pide analizar si existe una agenda o no en los espacios programados en los que nos movemos, una mirada menos naíf. Reflexionar sobre las relaciones que tienen las empresas que controlan y diseñan nuestra tecnología con los gobiernos, por ejemplo. Se preocupa, también, de que los paraísos artificiales y la hiperinteligencia que promete el transhumanismo en su alianza con la inteligencia artificial no serán precisamente democráticos, sino que serán un reflejo de la misma economía desigual del llamado 1%. "Los que están maniobrando la nave, no confío en ellos. Zuckerberg, Sergey Brin, todavía están buscando una historia que vendernos, historias como las que le cuentan a los niños para que se duerman". La fachada revolucionaria empoderadora del discurso de internet se desvanece cuando vemos "que nuestras mejores mentes están construyendo Twitter y haciendo cosas 'disruptivas' pero luego van con Papá Goldman Sachs y le entregan la compañía y convierten sus empresas en nuevos peones de Wall Street". 

Silva alega que la forma en la que la tecnología nos acerca a la información y nos permite entrar en contacto con mentes como las de Terence McKenna o ver imágenes del cosmos que generan epifanías, le produce una dosis perenne de inspiración y asombros ("shots of awe", lo llama). Rushkoff toma su distancia: "Mientras nosotros perseguimos esos highs estamos patrocinando una estructura tecnológica que no controlamos". La tecnología nos brinda estímulos incesantes on demand que antes recibíamos de manera menos gratuita y poco frecuente del mundo real --como si siempre estuviéramos recibiendo dulces de una máquina dispensadora que excitaran nuestras neuronas con rushes de dopamina y antes nos los teníamos que ganar con otras personas o generar ese asombro por nosotros mismos. Este es el gancho con el que aceptamos todo tipo de medidas que antes nos parecían escandalosamente invasivas y adoptamos aplicaciones y aparatos como mediadores de todas nuestras relaciones.

Rushkoff aplica una sospecha psicodélica a la tecnósfera:

Lo mejor de los psicodélicos es que ves las estructuras que antes habías aceptado sin cuestionarlas bajo una nueva luz, entiendes que las circunstancias de tu realidad son construcciones sociales de personas que pueden o no tener en consideración tus mejores intereses.

Una noción de los psicodélicos más cercana a su significado etimológico: aquello que manifiesta la mente. Algo más parecido a un des-alucinógeno. Rushkoff agrega que el secreto de los psicodélicos es darnos esa dosis de asombro pero ya no tomándolos, sino en la vida cotidiana y si no logramos regresar a la realidad con las joyas no tiene sentido dar el brinco.

Mostrándose decepcionado por cosas como BitCoin, que reprodujo "estúpidamente el mismo formato especulativo" de la economía capitalista, Rushkoff considera que más que mejorar los paradigmas que vienen instaurándose desde la Era Industrial, debemos de ir más atrás y rescatar otro tipo de valores, remontándonos al Renacimiento y a las nociones que McKenna llamaba el "archaic revival". Una "tecnología para hacernos más humanos y no para extraer más datos o vender más cosas", puesto que hoy la tecnología "es indiferenciable del mercado", esta es el alma capitalista del techne.

Por último, en una nota más optimista, Rushkoff recuerda que en su época, en los 90, también había personas que veían las cosas de manera sombría y él estaba cumpliendo el rol de sacarlos del malviaje, lo que reconoce es ahora el papel de Silva, quien todavía tiene la exuberancia para excitar a las personas. Algo que también es necesario, la fantasía y la ilusión, reencantarnos con el mundo en el que vivimos.

Twitter del autor: @alepholo