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¿Es la realidad consensual sólo una alucinación cultural compartida?

La abundancia y variedad de las alucinaciones permiten reflexionar que tal vez no exista una realidad primaria no-alucinatoria: la percepción parece intervenir en todo proceso de realidad y el observador, con su mirada y su contenido cultural, proyecta su propia imagen sobre el mundo hasta trastocarlo.

Por: Alejandro de Pourtales - 31/01/2013 a las 08:01:59

IMAGEN VÍA MEDSCAPE

Normal consciousness will  be referred to as consensus trance; the hypnotist will be personified as the culture. The  ”subject,” the person subjected to this process, is you.- Charles Tart

 

En su libro Hallucinations el médico y neurofilósofo Oliver Sacks traza una historia de las alucinaciones, explorando y contextualizando el fascinante mundo de la percepción alterada. Según el escritor Paul Devereux, además de entender los procesos neurales que hacen que podamos “alucinar” y desmitificar a las alucinaciones como algo que sólo le ocurre a los enfermos mentales, Sacks sugiere que en algunos casos las alucinaciones pueden ser provocadas por la influencia de los demás –de la presión social y cultural. Esto es altamente significativo, en el entendido de Devereux, posible evidencia que contribuye a apuntalar la noción de que la realidad que percibimos está siendo construida no sólo por los procesos fisiológicos que interactúan con el mundo fenomenológico, sino por un proceso social que afecta nuestra percepción de la realidad. En otras palabras al ver un árbol, no vemos el árbol como es, más que la imagen que la luz desdobla en nuestro cerebro, vemos lo que han visto las personas de nuestro entorno, miembros de una matriz  de información colectiva. Dice Deveraux: “la percepción es una fiesta itinerante”.

Existe al parecer una relación de retroalimentación entre los elementos del cerebro que controlan nuestra percepción ordinaria y lo que nos es útil y hasta socioculturalmente permisible percibir. En el acto cotidiano de percibir intervienen numerosos procesos que coordinan varias partes del cerebro –sobre todo restringiendo la acción de otras partes, creando una especie de visión angular de lo real, indispensable para poder vivir sin ser anegado por una plétora de estímulos existentes (e igualmente reales). Este acto de edición constante es lo que nos otorga una visión estable del mundo, “una visión  que es enormenente moderada por la perspectiva de mundo [worldview] que tenga la cultura en la que habitamos”. Podríamos sugerir que estos movimientos –o candados– perceptuales se ven espejeados por procesos socioculturales que colectivamente construyen “la realidad” –un modelo, que quizás más que reflejar lo que es el mundo, refleja lo que creemos que es o lo que queremos que sea el mundo.  Por esto Devereux se pregunta: “¿Puede que nuestra realidad consensual sea la alucinación compartida de nuestra cultura?”

Evidentemente el cuestionamiento de Devereux no es nada nuevo –quizás la pregunta sobre la realidad sea la pregunta ontológica fundamental, antes que conocer el origen y sentido del universo, de manera más inmediata y apremiante, descubrir si estamos viviendo en un mundo objetivo, ineludible y autónomo, o si despertaremos de un sueño (y es que descubrir esto podría ser el sentido mismo de la existencia). Lo interesante aquí quizás sea la adaptación a este modelo –que evoluciona del Maia a la Matrix– de una noción de lo cultural y social como origen de la ilusión –o como alimento fundamental en la construcción de lo real a través de una relación bidireccional con la percepción.

La posibilidad de que la realidad sea una construcción colectiva –en la que la realidad de un objeto depende de la percepción de un observador– está en el centro del debate de la física cuántica. Y aunque existen visiones polarizadas en este sentido –físicos que como Einstein afirman una realidad independiente del observador– la experiencia cotidiana para muchas personas, especialmente aquellas que se han permitido sostener estados alterados de conciencia, sugiere que el mundo que vemos está estrechamente ligado a la forma en la que vemos (los lentes son tan importantes como el paisaje), la cual a su vez está estrechamente ligada al mundo en el que vivimos (lo que pensamos sobre el paisaje es tan importante como el paisaje). De nuevo podemos enhebrar una relación bidireccional: la información que recibimos del mundo natural y la información que tenemos sobre ese mundo natural coexisten de manera inseparable, entrelazadas cuántica y culturalmente, hasta el punto de que quizás sean procesos en movimiento, cocreándose permanentemente.

Existen sólidos argumentos en contra de esta versión de la realidad como ilusión o simulacro –que ha tenido entre sus más famosos exponentes a Buda, Platón, el Obispo Berkely, y en cierta medida a Niels Bohr– entre ellos la solidez de una mesa.  ¿Por qué al golpear una mesa no la atravieso, al menos algunas veces? O ¿por qué si me colocó en frente de un autobus no logró desaparecer e impedir que me atropelle?  O, como se preguntaba en pleno asombro el matemático Ralph Abraham, ¿por qué cuando salgo de mi casa mi coche sigue ahí? …entre la matemática del caos y la entropía, por qué existe cierta solidez y estabilidad en el universo que experimentamos. Según Devereux se debe a que estoy entrancado en un mismo consenso de realidad, con la mesa, con el autobus, con el coche (y contigo). Decía Terence Mckenna que la cultura es nuestro sistema operativo –quizás ocurra con nostros como ocurre con una computadora: un cierto sistema operativo sólo puede procesar ciertas cosas según ha sido programado, si queremos hacer o percibir otras tenemos que correr un sistema operativo diferente.

Ejemplos de cómo el contexto sociocultural influye en la percepción de la realidad abundan. Algunos casos antropológicos muestran cómo se pueden atravesar estas barreras. Más allá del caso pop new age multicitado en el que supuestamente una tribu indígena no podía ver  los barcos que se acercaban (con desesos atroces, por cierto) simplemente por que no tenía noción o parangón de algo similar –o que supuestamente se asumía que caballo y hombre eran uno solo–… existen casos rigurosamente documentados. Por ejemplo, Edith Turner, esposa de Victor Turner, editor de la publicación académica Anthropology and Humanism, en 1985 participó en un ritual de sanación en Zambia en el que dice haber visto después de la sanación una masa de unos 15 centímetros expelida del cuerpo de una mujer, una materialización del espíritu de la enfermedad. Su visión fue compartida por varias personas más y la obligó “a reoorganizar la forma en la que hacía antropología”. Según el etnofarmacólogo Christian Ratsch, después de vivir con los lacandones de la selva de Chiapas, concluyó que las experiencias mágicas que le sucedieron sólo podían ser explicadas porque había adoptado la visión del mundo de esta etnia indígena: “la alucinación lacandona”.

Es posible que todos estemos alucinando todo el tiempo. En cierta medida esta alucinación podría entenderse desde la teoría de la resonancia mórfica y la habituación de Rupert Sheldrake, que señala simplemente que aquello que ha pasado más veces y con mayor cercanía a nosotros tiene mayor probabilidad de repetirse. Que sólo veamos un árbol en el espectro de la luz visible –y no en ultravioleta, como algunos animales–, más que ser una prueba de la realidad objetiva del árbol, es una prueba de que hemos visto muchas veces el árbol así –acaso porque en algún punto tener este espectro limitado de percepción nos fue útil. La repetición es la materia prima de la realidad. Según Sheldrake la naturaleza contiene una memoria inherente, una memoria externa e incorpórea que va almacenando no sólo todos los actos sino también todos los pensamientos, todas las percepciones. Esta memoria no es del todo externa ya que existe en un campo mórfico que nos interpenetra. Es como si estuvieramos aportando permanentemente al guión y a la forma en la que se proyecta una película –una matriz de información que refleja en cada parte toda la información que se emite, como el collar de perlas del dios Indra que en cada perla no sólo reflejaba todas las otras perlas sino cada reflejo… el nodo, el presente, esta percepción, es el punto de interacción entre todos los reflejos. Así la realidad se convierte en una casa de espejos.  Algunos podrán aspirar a una especie de hiperestesia, a un descondicionamiento cultural, para percibir una realidad superior: cuerpos energéticos, figuras divinas, o hasta códigos matemáticos. Pero también existe la opción de dejarse llevar por río en el baile de las máscaras y quizás más que buscar dejar de alucinar, de dejar de encontrar una imagen deforme o alterada por el efecto ubicuo de los cristales, sería mejor disfrutar de las abominaciones y de los ocasionales accidentes sublimes de la luz. Y al final quizás uno se encuentre solamente con su propio reflejo distribuido por todas partes, indiferenciado del mundo.

[Daily Grail]

Twitter del autor: @alepholo